Mostrando entradas con la etiqueta Antología. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Antología. Mostrar todas las entradas

1 de julio de 2006

Instrusión


Lara...

Intrusión
Alejandro Luque

Percibo recién ahora su presencia en la otra sala ya que la lluvia acaba de terminar con su inquietante repiqueteo sobre los techos. Se mueve entre las sombras, se cobija en los rincones oscuros de la casa. La sangre comienza a fluir por mis venas a una velocidad indescriptible, y el miedo que me acechaba unos minutos antes ya no existe. Siento crecer una necesidad imperiosa de desplazarme lentamente hasta el vano de la puerta. Sé que puedo estar cometiendo un grave error, pero también reconozco que no hay otra salida. Acomodo mi cuerpo, contengo mi respiración y avanzo lentamente. El espejo de pie, al fondo del pasillo, pretende asustarme con mi propia imagen y se me erizan los pelos en la piel. Me recompongo, me desplazo y gano la habitación. Mis sentidos confirman que el intruso está cerca del escritorio. Es el momento de avanzar sigilosamente para sorprenderlo antes de que sea tarde. Vestida de oscuridad soy prácticamente invisible. Inexorablemente soy. Por detrás del perchero hago el contacto visual. Me condenso. Está ahí, hurgando entre los papeles. Entonces todo deviene instinto implacable. Avanzo un poco, me agazapo, tomo ímpetu, salto y atrapo certeramente su cola con mis garras recientemente afiladas en el tapizado del sillón del living, sin hacerle daño. Aún no, porque tengo por delante toda la oscuridad de la noche para jugar con este ratón.

Diferencias Horarias


Torre Eiffel penetrando la bruma, foto del Biologuero

Diferencias Horarias
Alejandro Luque

Volver, cuando de distancias y de tiempos se trata, posee ese matiz inevitable del miedo al encuentro y, a la vez, al desencuentro. El traslado en sí opera a modo de intersticio entre las rutinas de la nueva vida y las viejas imágenes que uno mismo dejó impregnadas en ese lugar al que uno vuelve. Una hora de viaje se convierte en sesenta minutos de posibilidades, de dudas, de recuerdo, ya hilarante, ya lacerante. Y uno avanza como la flecha que busca el blanco, decidido y prácticamente imparable. Y el tiempo cambia a medida que se atraviesan los meridianos.

Llegar es algo así como recuperar la valija y otros menesteres que uno depositó un tiempo antes en una consigna. Hay ese ánimo de recuperación, de readquisición de códigos, de hábitos, de reconocimiento meteorológico del cielo, de la tierra y de los humores. Vientos fuertes, humedad penetrante, sensación térmica, dérmica, visceral. Y también las horas, porque si volver es sentirse la flecha que se dirige al blanco, llegar es tomarse el tiempo para perder la piel, para desnudarse de todas las ropas, seguramente inadecuadas para recorrer el otro lado del charco. Luego uno va vistiéndose en cada kilómetro que une el aeropuerto con el primer destino que marcará un descanso. Es un proceso casi natural, inexorable, y no está exento de un cierto pudor. Es en esos momentos en los que uno mira el reloj y se da cuenta de que ganó o perdió varias horas.

Estar implica poner en pausa lo que se dejó del otro lado y arrancar aquello que quedó detenido en el lugar de destino. Es durante ese intervalo de un tiempo necesariamente desordenado, que uno recupera la identidad propia que siguió viviendo en los otros durante su ausencia. Uno se reconvierte a la realidad más subjetivamente inalterada que los otros le reclaman. Se podrían argumentar millones de canas nuevas, arrugas y curvas siempre in crescendo, hasta la infección de algunos acentos extraños que delatan la enfermedad del exilio. Pero allí, en cada encuentro, en cada mate y asado, en cada vaso de vino tino o en el porro de la paz de toda reunión de viejos conocidos, uno vuelve a ofrecer lo que fue a la luz de los demás. Y las horas nuevamente; porque aún con el flamante atuendo de visitante local, ahora es el alma y sus alrededores los que piden su momento para mutar, o quizá para desmalezarse del aire impregnado del otro mundo, tal vez para despertarse. Sin pretenderlo, uno recrea una simbiosis imposible con el pasado, con su pasado; con esa parte de su vida que quedó truncada, desmembrada de todo futuro el día que se ejecutó el primer partir, pero que no murió ni se desvaneció. Porque los códigos se retoman como si se los hubiese dejado a un costado por un rato. Porque los ojos ingenuos comienzan a olvidarse de las canas y de las curvas para develar los rostros de siempre, esos que permanecen inmutables detrás de las caras. Por momentos, las alas se despliegan.

Regresar es el salto al vacío conocido. En ese nuevo volver las horas son siglos interminables. La miríada de sensaciones y momentos inolvidables flota en una suerte de presente quimérico y comienza a decantar lentamente. Las vecindades del alma y el alma misma se abroquelan, se contraen, se encierran en su capullo. Uno se pone el traje del regreso con el primer signo inocultable de la vuelta. No es natural, pero es necesario ese arropamiento poco instantáneo. Debajo, el charco inmenso se encarga de ahogar el dolor que pudiera aflorar. El mecanismo de pausa y arranque se disparan y la flecha se lanza a su nuevo blanco.

Ser del otro lado tiene que ver con el cambio, vivir con las decisiones que se han tomado de una u otra forma alguna vez. Vivir a veces bien, a veces mal. Caminar un sendero con códigos a los que uno se va habituando, pero que nunca serán los de uno. Algo debe haber de importante en ese quedarse del otro lado, de lo contrario no tendría sentido el regreso. Quizá tenga que ver con esa sensación sutil que suele surgir durante la estadía: saberse de paso, siempre, y siempre extranjero en cualquier lugar. Parece increíble, pero una vez que se es extranjero, no hay posibilidad de reversión. Queda la esperanza de volver, de llegar y de estar de vez en cuando, como sucedáneo para ese ser que se es, aunque las horas intenten engañarlo a uno con sus sesenta minutos de ubicuo rigor de presente. Y desde ese presente en la distancia, uno aprende a ser muchos, y varios de nosotros logramos ser felices, de a ratos.

Obviamente, uno vuelve a cambiar la hora al llegar al aeropuerto.

Errante

"Tour et Lampadaire", Paris, foto del Biologuero

ERRANTE

Alejandro Luque

Palomas y cuervos. Y por supuesto gente. Pero ningún gato, ni un miserable perro que ladre o que decida hacer de su camino el mío. Las calles y los barrios, no obstante, podrían albergar esos seres ubicuos que suelen pulular en el entorno. O, al menos, que habitaban los lugares en los que viví. Pero no.

Río Cuarto tiene un puente que atraviesa un intento de río que muchas veces es un hilo irónico frente a la sed veraniega de sus habitantes. El puente, al que fotografié en detalle para el asombro de los lugareños, fue ensamblado por un equipo alemán en 1914. Siempre me pregunté por qué nunca lo usaron para filmar esas películas bien americanas de la primera guerra, de la que es un fiel exponente. Macizo y eficiente, como toda la tecnología germánica, flota por encima de ese vacío que debiera ser llenado por el cuarto río de Córdoba. El trayecto tiene unos quinientos metros y sendos pasajes peatonales a los costados. Las arcadas de hierro y el relieve de los bulones se suceden con inercia, inertes. Uno lo atraviesa de noche sabiendo que no se va a caer. Y, sin embargo, esa travesía tiene tanto de aventura que cada parante que define un recoveco es una puerta abierta al universo. Una noche, en uno de esos rincones, encontré un proyecto de gato todo gris y desamparado que me obligó a abrigarlo y ponerle el nombre de Férula, como el personaje de La Casa de los Espíritus.

Mis noches de lujuria al otro lado del río ‘pandito’, regadas de Blenders y de profundas amistades que me llenaban el corazón, me exigían atravesar el puente a diario y muy tarde… Nocturnamente. La tasa de alcoholemia jugaba sus descontroles, pero la solidez del puente acompañaba cada movimiento torpe y desencajado. Un hombre borracho, y con el corazón lleno, pisa mal, huele mal, pero sabe siempre en qué dirección está su norte… siempre diez grados a la derecha y diez a la izquierda. En esas travesías solían acompañarme los cuzcos de la rivera. Verdaderas carcazas vestidas de perros que salían de la oscuridad que reinaba al principio del puente. Ladraban frases pretenciosamente feroces, pero que terminaban siempre con esa tonta aceptación canina frente a la mano que se estira prometiendo una caricia. El acto humano que, más que nada, tenía por objetivo amansar los ladridos que atontaban y revolvían el alcohol en la sangre, provocaba toda una corte de acompañamiento que se diluía casi siempre del otro lado del puente. En ocasiones, un cuzco obstinado seguía más allá mis pasos en ‘ese’ y los monólogos impertérritos que me surgían. Cuando el asfalto se perdía en una estela de polvo, los guardianes caninos y bien alimentados del barrio se despertaban, y el cuzquito osado volvía, solemne y convencido, sobre sus pasos. En el garaje de estudiante donde vivía me esperaba Férula con sus miaus roncos y su pelambre gris presta a la caricia, pero no demasiado. Lo justo. Quizá percibía mi estado de embriaguez o, simplemente, vivía su oficio de gata. La cama solía ser una superficie donde arrojarse cansado para metabolizar el alcohol en menos de seis horas, antes de volver al laboratorio e intentar escribir una tesis.

Por aquellos días y aquellos lares, el asfalto de la ciudad se confundía con los caminos de tierra. No era necesariamente un problema, salvo cuando las precipitaciones iban más allá de las seguras previsiones. Allí y entonces, el asfalto se convertía en pasarelas de agua que desembocaban sobre el alisado. En minutos, este se convertía en verdaderos estanques fangosos poblados de cuanto bicho uno se imagine. Arañas molestas, hormigas haciendo puentes incomprensibles, garrapatas flacas escondiéndose en las cornisas, grillos silenciosos y perturbados colonizando los zaguanes, ratones, por lo común ausentes, atravesando los salones y las cocinas… y moscas embelesadas de tanto terreno pegajoso. Al almacén iba en botas para comprar Raid y espirales contra los mosquitos previsibles. Nunca faltaba una sanguijuela que se incrustaba en el jean o la piel y que había que despegar con asco y tirarla en el inodoro. Allí se arqueaba y se condensaba, justo antes de vaciar el depósito de agua. Y por la noche, ranas. No sólo el coro, sino la visita. Tanta agua por todos lados invitaba a traspasar el bajo de las puertas, a trepar por los vidrios y saltar dentro de la pileta de la cocina. Allí las encontraba por la mañana, perdidas, desesperadas. En un universo equivocado.

En esos momentos, Férula se volvía más salvaje que de costumbre y no comía su alimento. Pasaba la noche fuera del garaje correteando sobre los techos. A unas cuadras, el arroyito se volvía una masa alocada e incontenible de agua que bajaba hacia su destino. Y cruzar el puente de ida o de vuelta cobraba una nueva magnitud. Con todo, los cuzcos no abandonaban jamás sus escondrijos. Las tertulias de discusiones eternas resolviendo el mundo y explicándolo de todas las maneras posibles se sucedían sin considerar el nivel del agua. Las noches eran abiertas y los perros seguían ladrando. Los gatos maullaban sus celos como bebés desesperados. Los zorzales y las urracas pasaban, nidaban y partían.

Hoy, atravesando el Pont Alexandre con una lata de cerveza en la mano, me asombré de la belleza del Grand Palais a la izquierda y de la contundencia barroca del Petit Palais a la derecha. El Sena, masivo y agitado, reflejaba los rayos de un sol tímido sobre su cresta. Había mucha gente sacando fotos y que hablaba idiomas inciertos. Busqué algún perro suelto, algún gato abandonado en un rincón. Sólo encontré hordas de palomas y varios cuervos. Alguien se acercó y me pidió en una lengua universal que le sacara una foto. Clic. Volaron algunas palomas mientras uno de los cuervos miraba con avidez el ocular de la cámara.

Del otro lado del puente recordé, y no pude evitar comparar. Bien que a mi espalda se acostaba el sol sobre la torre Eiffel, mi espectáculo preferido, me di cuenta de que en París no hay perros en las esquinas, ni gatos abandonados. No hay calles de tierra ni la ironía de un río pandito. Sólo palomas y cuervos. Y, por supuesto, gente.