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7 de agosto de 2017

Vos tendrías que


Hace mucho que quiero escribir sobre esta maliciosa construcción del condicional que escucho muy seguido de aquellos que opinan superficialmente –y no dudo que de buena fe– sobre lo que uno debe hacer según ellos para resolver la situación de mierda que nos acontece y que ellos perciben desde su lugar.
No hay expresión menos empática que el “Vos tendrías que”. Este condicional –paquete modo que aprendimos a usar para relativizar el rigor de algo que queremos afirmar–, tiene un componente en castellano que es el verbo tener y que se usa en este caso como mandato equivalente al deber. El condicional lo suaviza, onda que lo que vos pensás que tengo que hacer, que debo hacer, para no presionar, se transforma en el vos tendrías que, que suena mucho mejor, porque parece que no obliga y, por sobre todo, le saca racionalmente al emisor la responsabilidad de que vos encuentres una solución verídica. Es verdad, de hecho no lo hace. Uno podría hacer aquello para que le vaya mejor, que seguir con esto otro con lo que sin lugar a dudas no la va tan bien. Recuerden: poder es posibilidad, tener es deber o mandato. Uno le agrega el condicional y parece que son la misma cosa, pero no lo son.
Lo que jode doblemente al receptor del “vos tendrías que” (receptor que, desde el vamos, está en falta frente al emisor, ya que éste piensa que uno no está haciendo lo que “habría” de hacerse) es sentir en carne propia que todo lo que uno ha intentado, vivido, fracasado y vuelto a intentar, para el otro no es suficiente, que no sirve ni existe, que uno está ahí sangrando al pedo porque no vio que se podría haber hecho otra cosa. De hecho, uno “tendría” que haber hecho esa otra cosa que no hizo o no la hizo del todo como “tendría” que haberla hecho. “Estoy sin laburo hace mucho, está complicado” “¿Ya miraste en los avisos en el diario?” “Sí, claro. Hay trabajo en este rubro, pero no es el mío” “Ah, vos tendrías que pensar en lo que querés” “Yo sé lo que quiero” “Sí, pero vos tendrías que ser menos pretencioso y reconvertirte” “Reconvertirme, de acuerdo, pero ¿en qué, cómo? Y vos, ¿sabés qué es reconvertirse?” “Bueno, yo te digo lo que me parece que tendrías que hacer” “Gracias”.
A veces no existe este diálogo, porque el que está buscando laburo y no lo encuentra, o al que le va mal en una relación y no logra cambiarla, o quien intenta hacer las cosas de otra manera pero no puede; en resumen, el que “tendría que” hacer lo que no hace según el otro se enmudece pensando que las cosas en su vida están aún peor de lo que estaban antes de recibir esa lección de dirección preclara y bien fundada, porque está disfrazada de ese condicional implacable que no obliga aunque ponga en falta.
Yo me pregunto, ¿cuándo nos volvimos tan pelotudos como para pensar que si el otro está mal es uno quien la tiene clara? ¿Cuándo nos convencieron –y quién lo hizo– de que la empatía es crear distancia, altura y diferencia? Porque cada vez que decimos una frase que empieza por “vos tendrías que” nos alejamos años luz de la realidad del otro. La empatía no tiene nada que ver con eso. Cuando decimos “vos tendrías que” –no nos mintamos– no le estamos dando una pista real y con onda al otro, no le estamos brindando ayuda alguna porque no estamos ni ahí de ponernos en su lugar, de acercarnos, si más no fuera, a entender realmente su problema: le estamos diciendo que debiera hacer eso que pensamos, que seguramente ni siquiera nosotros haríamos, y que no hay nada más que discutir. El “vos tendrías que” es una putada por eso: es indiscutible, es un juicio, desde cualquier lado que se lo mire es algo infranqueable, y suele terminar con la misma lógica impardable del otro famoso “hacé lo que te parezca”. Cada vez que decimos "vos tendrías que", a sabiendas o no, estamos emitiendo un juicio sobre el otro. Sí, lo juzgamos porque desde nuestro lugar nos parece claro el camino que el otro debiera seguir, sin detenernos un momento a "sentir" lo que el otro está sintiendo y necesitando en su lugar. El "vos tendrías que" es la No-Empatía.
En un atelier que seguí hace unos meses para organizar mi situación de desempleo, la instructora puso desde el primer día una única consigna que teníamos que respetar a rajatabla. Cada vez que nos dirigiéramos a uno de nuestros pares del atelier para indicarle algo que pensábamos sobre su histórico o sus formas de hacer o no hacer, teníamos que hacerlo utilizando el encabezado “En tu lugar yo…”. Jamás el “Tendrías que”. A fuerza de cumplir con la consigna, esos desconocidos que éramos y con los que nos fuimos conociendo a lo largo del taller, dejaron de ser un objeto de juicio para transformarse en personas iguales que tienen problemas distintos a los de cada uno, como los de cada uno son distintos a los de los demás. Todos estamos en el mismo quilombo del que cada uno sabe que no es fácil salir ni por dónde, aunque sabemos que tenemos que hacerlo, que "tendríamos que hacerlo", y que lo que menos necesitamos es que desde una cierta altura de superación y falta de verdadera empatía alguien venga a decirnos lo que tendríamos que hacer sin haber medido por un segundo a quién se lo están diciendo y viniendo desde qué lugar.
Por favor: no digan más lo que ustedes piensan que tendría que hacer el otro. Cada vez que lo hacen es seguro que lo dañan, lo frustran, lo ningunizan y, por sobre todo, no le están dando la pista a la solución que necesita, que está buscando desesperadamente o desde sus propias limitaciones. Si no se pueden poner en el lugar del otro, que es lógico, no digan nada. Es preferible que no le digan nunca nada. Y tengan en cuenta que están rodeados de muchos, cientos, miles, miles de miles de otros que sienten, viven y se desencarnan a cada segundo, a cada minuto, todos los días al despertarse, cuando se lavan los dientes, cuando abren el diario, cuando se meten la mano en el bolsillo, cuando apagan la luz, cuando te los cruzás en la calle o vienen a tu casa o te los encontrás en FB o en la mesa de un café. Todos ellos sienten exactamente lo mismo cuando alguien empieza o termina sermoneándolos con el puto “vos tendrías que”. Y lo digo por simple y pura empatía que, a estas alturas de lo incomprensible, se me hace tan necesaria como el aire cada vez más putamente enrarecido que respiramos todos por igual.



4 de agosto de 2017

222


222 millones de euros es la suma que va pagar el club de fútbol parisino Paris Saint-Germain a su par en Barça  por la transferencia de un chico de 25 años a su plantel. ¡222 millones de euros para perseguir y patear una pelota unas horas por mes y entretener a una importante población de gente por ese rato! Gente que, en su media y en el mejor de los casos, recibe un salario de 1800 euros por mes por laburar 40 horas semanales. 222 millones de euros es el equivalente de 10.000 salarios de esa gente durante diez años (120.000 salarios medios). Pero el asombroso tema no termina ahí. Este muchacho, quien debe ser un deportista excepcional, ganará 30 millones de euros netos de impuestos por año, durante 5 años. ¡30 millones de euros anuales netos, 150 millones de euros en 5 años! Esta gente del público para la que existen estos eventos del fútbol y que hay que entretener (sin olvidar que, además, pagan el espectáculo asistiendo al evento o siguiéndolo por los medios), tiene que laburar un promedio de 35 a 40 años para obtener una jubilación que (y otra vez, en el mejor de los casos) será del 80% de ese salario de 1800 euros, o sea: unos 1500 euros de jubilación por mes. Por lo que el salario de este chico de 25 años en los próximos 5 años representa 10 años de jubilación de 10.000 gentes de este público, que son quienes al final justifican y consolidan este enorme despropósito humano. Que no es el único, es verdad. Y así estamos.



222 millions d'euros est la somme à payer par le club parisien de football Paris Saint-Germain à son pair Le Barça pour le transfert d'un garçon de 25 ans à son équipe. 222 millions d'euros pour taper et poursuivre une balle pendant quelques heures par mois et d’amuser une grande population de personnes y durant ! Des personnes qui, dans leur moyenne et au mieux, reçoivent un salaire de 1800 euros par mois pendant 40 heures par semaine. 222 millions d'euros représente l'équivalent de 10 000 salaires de ces personnes pendant dix ans (120 000 salaires moyens). Mais le sujet incroyable ne s'arrête pas là. Ce garçon, qui doit être un athlète exceptionnel, gagnera 30 millions d'euros nets d'impôts par année pendant 5 ans. 30 millions d'euros par an nets, 150 millions d'euros en 5 ans ! Ces personnes du public pour lesquelles ces événements de football existent, et qui doivent être amusés (sans oublier que, en plus, ils paient le spectacle en y assistant ou en le suivant dans les média), il faut qu’ils bossent en moyenne 35 à 40 ans pour obtenir leur retraite que (et encore, dans le meilleur des cas) ne sera qu’un 80% de ce salaire de 1800 euros, soit environ 1500 euros de retraite par mois. Ainsi, le salaire de ce garçon de 25 ans au cours de ces 5 prochaines années représente 10 ans de retraite de 10 000 personnes de ce public, qui sont finalement ceux qui justifient cette énorme absurdité humaine. Que ceci ne soit pas la seule bêtise, c'est vrai. Pourtant, nous y sommes.


AL


23 de junio de 2016

Brexit-or-not

Quelques réflexions très personnelles sur le Brexit-or-not. Je suis allé à Londres 2 fois : une première de passage et une deuxième pour un entretien de boulot. Bien que distants et de nature différente, dans les deux visites je ne me suis pas senti en Europe. En commençant par la monnaie, suivant par la circulation, et finalement par la bouffe ; bah oui, on dira tout ce que vous voulez des bontés culinaires anglaises, mais la bouffe du royaume n’est pas au top du tout. Anglais et anglaises sont dans ce moment en train de décider s’ils veulent ou pas rester dans l’Union Européenne. Tous les sondages font état d’un fifty-fifty. Selon la source « stay » or « out » on anticipe 2 ou 3 pour cent à faveur du demandant de l’enquête. Donc on verra ce soir, demain et les jours à venir toute une procession de personnages publics d’un côté et d’autre de la controversée flaque que nous sépare se lamenter ou se féliciter de la décision, quoi qu’elle en fût. J’aimerais bien qu’on nous propose aux européen-nes un référendum pour décider si l’on veut que l’UK reste dans l’union. Je voterais pour le « out ». Bien que potence économique indiscutable et une mer de séparation actuelle, ne soit-telle que géologique, depuis le début, avec toutes les exceptions particulières demandées par le royaume (et accordées !) qui nous ont coûté (et ils nous coûtent à l’heure actuelle) de l’argent du contribuable pour les maintenir comme membre en état spéciale, je crois que il ne faut pas insister. On est in ou on est out. Je crois que une grande partie d’anglais-es n’ont jamais étaient in, même s’ils ont très bien profité de leur propre ambiguïté dès le début. L’union Européenne va mal, oui. Mais elle pourrait aller mieux sans tant d’exceptions et tant de mécontentement et rejet de ses principes (perfectibles) par ses parts. Il y a beaucoup encore à faire, nul doute, mais aussi il faut renforcer notre identité d’européen-e-s pour ceux qui le sentent vraiment et voudraient y participer. Au risque même de l’affaiblir ou l'annuler à force de consultations populaires, dont la France n’est pas excepté, de tous ce composants qui ne font point à l’esprit de l'union. C'est notre Union, tout de même. A nous aussi d'y réfléchir. Je suis donc pour le brexit, et point final.

17 de marzo de 2016

Mortal Mala Educación

Mortal mala educación

Yo estaba a punto de cruzar porque el semáforo peatonal acababa de pasar a verde. El tipo al volante del Volkswagen gris, que me pasó rozando, venía con el celular en la oreja, lo que está prohibido por código, y a no menos de 50 km/h, que también es una grave infracción cuando se circula por una zona de un máximo de 30 km/h. Así el tipo, que venía muy jugado,  pasó en rojo desacelerando los cien metros hasta el nuevo semáforo en rojo que esta vez respetó, pero sin sacarse el móvil de la oreja. Yo ya caminaba en su dirección por la vereda paralela a la bicisenda. A unos 30 metros por detrás del Volkswagen, una mujer pedaleando una bici de alquiler. El semáforo pasa al verde. El Volkswagen no avanza enseguida sino hasta que la ciclista esté pasando a pleno impulso justo por detrás. El tipo acelera sin mirar, dobla a la derecha sin haber puesto el guiño y se lleva por delante, en realidad por el costado, a la ciclista. Traumatismos varios y seguramente alguna quebradura, quita de puntos al permiso y multa, SAMU, policía, no se deploran víctimas fatales.

1. Circular usando un teléfono móvil
2. Pasar en rojo
3. No respetar el máximo de velocidad
4. No ceder la prioridad al peatón
5. No comunicar la intención de cambiar de dirección
6. No ceder el pasaje prioritario a un ciclista circulando en la bicisenda por la derecha

Seis faltas al código de la ruta en cien metros y menos de dos minutos, con la cerice sur le gâteau de un accidente material y corporal estúpido. En resumen, una irresponsabilidad que supongo terminará traducida en la justicia como circulación poniendo en riesgo la seguridad de otros usuarios.

El año pasado decidí tomar clases en una escuela local de manejo de coches. Durante tres meses asistí a numerosos seminarios de formación y aprendizaje del código de la ruta en Francia y a sesiones de manejo en tiempo real que me permitieron pasar hace unas semanas los dos exámenes teórico y práctico obligatorios para obtener el permiso de conducir.  

Yo ya sabía manejar. En Argentina, de hecho, había obtenido el permiso que hace décadas se venció y nunca renové, por lo que siempre estuve limitado para conducir en Francia: digamos que era una asignatura pendiente. Pero haber hecho esas “dos cursadas” a esta altura de mi vida fue una experiencia reveladora en varios aspectos, pero uno en particular: el de la comunicación. Y así en la vida como en la ruta, considero que comunicamos muy mal en general.

Soy un gran caminante urbano, por lo que he presenciado en varios puntos del planeta cientos de situaciones similares al enciclopédico accidente parisino que abrió esta nota. Lo que me permite afirmar, incluyéndome en la horda de los embrutecidos metropolitanos al volante: manejamos mal, o si se quiere relativizar, no manejamos correctamente.

Si en un momento de lucidez nos preguntamos qué es manejar, como eso que hacemos ya instintivamente luego de sentarnos al volante de un automóvil para trasladarnos de un punto a otro, la respuesta debiera de ser: manejar es conocer y aplicar el código de circulación en acuerdo con los otros usuarios con los que compartimos la vía pública valiéndonos de la habilidad de manipular correctamente nuestro vehículo. Un código es un lenguaje, una serie de elementos y reglas para transmitir claramente mensajes y compartirlos en un contexto de comunicación. Dicho de otra manera: el código de la ruta implica el uso correcto del lenguaje de la circulación y la correcta conducción del automóvil. Cuando uno de estos dos principios falla, o los dos, hay un choque. En el uso del idioma oral y escrito, las diferentes reglas para articular palabras, oraciones y estados conforman el código, y el uso correcto y claro de la palabra, los gestos y los signos nos permiten comunicar con los otros. Si algo falla, lo que uno expresa el otro no lo entiende. Podemos saber cómo pronunciar o escribir una palabra y lograr incluirla en una frase, pero si desconocemos qué significa y cuál es su subordinación (el lugar que le corresponde) seguramente nuestro interlocutor no entenderá el concepto de lo que queremos transmitirle. Por otro lado, aunque seamos doctos en el uso de la lengua, si no articulamos correctamente (si hablamos comiéndonos las palabras) nuestros dichos no pasan o pasan mal. Para evitar este tipo de conflictos comunicacionales, nos educan. La educación es la trasmisión de un código y la ejercitación de su uso. Ser educado implica que aprendimos a aplicar el código y lo utilizamos para comunicarnos claramente con los otros.

El problema es que la no aplicación del código del lenguaje oral o escrito puede crear confusión e incluso situaciones violentas. Pero la no aplicación del código de la ruta, en una muy triste generalidad, es literalmente mortal. No fue el caso de la situación que describí más arriba, pero podría haberlo sido. De hecho, según las autoridades de tráfico locales, 3400 personas mueren por año en accidentes automovilísticos en Francia, y el 99 por ciento de esos accidentes están provocados por infracciones al código de la ruta, y las principales causas que provocan esta negra estadística son: circular en exceso de velocidad, en estado alcoholizado, no respetar semáforos y no señalar la intención de maniobra. Teniendo en cuenta que estoy escribiendo esta nota a mitad del día, según esa estadística ya deben haber muerto 5 personas en algún accidente, y quizá porque alguien no usó el guiño o se llevó por delante un semáforo en rojo o circuló a 100 km por hora donde estaba indicado un límite de 50 km/h o estaba escribiendo un SMS.

Para terminar, y volviendo a la situación que desencadenó esta reflexión, no estamos solos en la vida ni circulamos solos en la calle, como parece que pensaba el tipo del Volkswagen gris. Conducir un automóvil es una responsabilidad que de ninguna manera se puede tomar a la ligera porque en eso se juega la vida de uno y, lo que es peor, la de los otros. Si yo fuera autoridad pertinente, no dudaría un minuto en quitarle al conductor del Volkswagen gris el derecho a circular en un automóvil hasta que me demuestre sin ambigüedad que conoce el código y, por sobre todo, que lo aplica a rajatabla. El registro de conducir es una herramienta muy útil que debiera extenderse solamente como resultado de un proceso de educación probada. De lo contrario, y en manos irresponsables, puede convertirse en un arma mortal.

Datos estadísticos de mortalidad rutera:

- Muertos debido a accidentes de la ruta en Argentina durante 2014 (1): 7613 personas (más de 21 personas por día). Media de América latina: 2148. Población de la Argentina: más de 43 millones.

- Muertos debido a accidentes de la ruta en Francia durante 2014 (2): 3384 personas (más de 9 personas por día). Media de Europa: 3809. Población de Francia: más de 67 millones.


(2) https://fr.wikipedia.org/wiki/Accident_de_la_route_en_France


3 de septiembre de 2015

Como el humo y la vergüenza

Imagen AFP, en Le Monde  


El horror plasmado en dos dimensiones circula desde hace unos días en las tres o cuatro tomas "recortadas" que divulgó AFP y, que al verlas, a mí (también) me avergüenzan. Humana y europeamente me avergüenzan. Me avergüenza ver el cuerpo naufragado de un chico de tres años semienterrado en la arena de una playa turca. Y mi vergüenza ahora tiene nombre y apellido y nacionalidad: Aylan Kurdi, sirio. Y mi vergüenza se agranda aún más cuando me veo reflejado en cualquiera de los dos tipos pescando a unos metros del epicentro del horror plasmado, arriba y a la derecha de la foto. Con vergüenza me digo que esos dos pescadores despreocupados del entorno y centrados en la indiferencia simbolizan sin eufemismos Europa y los europeos mirándonos el ombligo. Es cruel. Me siento cruel. Cruel pretender que un político que me represente haga lo que yo no hago. Cruel ver que pertenezco bien a la comunidad a la que pertenezco. Es cruel saber que este horror plasmado es uno más de los cientos de horrores que no han sido captados por un fotógrafo en los últimos meses. Los títulos y copetes de los medios suenan solemnes y contundentes y hasta salmodian: “El verano terminó, Señor Cameron… ahora hágase cargo”, “La foto de una criatura muerta ahogada se convierte en símbolo del drama de los inmigrantes”, “Una foto para abrir los ojos”, “Aylan, el pequeño sirio que huía de uno de los bastiones islamistas”, "La imagen de un chico que es el mundo entero”, “El disparo que sacude al mundo”. Pero esos títulos se esfumarán injustificablemente de la actualidad en unos días como la vida de cientos de otros desesperados del planeta, como el humo y la vergüenza.


Alejandro Luque. París, 3 de septiembre de 2015

25 de marzo de 2015

24 DE MARZO DE 1976

24 de Marzo de 1976
Alejandro Luque

Nunca podré olvidar aquel día negro. Como de costumbre, esa mañana salimos temprano con mi viejo a buscar el coche que él estacionaba en la cancha de la Sagrada Familia, a doscientos metros de casa. Hacía frío y había esa garúa marplatense que oscurece y moja todo. A esa hora, las seis y media de la mañana, yo estaba en piloto automático y mi viejo, como de costumbre, callado. Así todos los días de la semana caminábamos hasta “el patio de los curas” que estaba justo en frente del destacamento de policía del puerto, subíamos al coche, mi viejo encendía la radio (radio Rivadavia, creo) y me acercaba al colegio. Luego él seguía camino a su laburo. Pero aquella mañana de viernes no llegamos al coche.

Pienso que fue por la garúa y porque por la calle no pasaba un alma que nos pusimos a caminar por el asfalto, cerca del cordón, en vez de seguir por la vereda. Lo que siguió fue muy rápido. A mitad de camino escuchamos un grito, yo alcancé a ver la silueta de un hombre a unos cien metros, otro grito y enseguida el golpe sordo de metralla. Mi viejo se me tiró encima y los dos terminamos en el piso al costado del cordón. No sé cuánto tiempo estuvimos en esa posición sin movernos, unos minutos, supongo. No recuerdo si mi viejo me dijo algo ni tampoco si yo lo hice. Sí me acuerdo del miedo atroz que yo tenía aunque no entendía de qué. A continuación escuchamos acercándose a la carrera un par de botas sobre el asfalto y la orden de “¡A tierra! ¡A tierra, carajo!”.

Yo tenía la cabeza pegada al asfalto y lo único que podía ver eran los borceguíes militares a unos centímetros y mis libros y carpetas desparramados un poco más lejos. Escuché que el militar le decía a mi viejo que qué estábamos haciendo y por qué no nos habíamos detenido a su orden. Mi viejo explicó algo con la voz entrecortada, quizá que no había entendido qué ordenaba el grito. Yo lo sentía sobre mí y me acuerdo perfectamente de los latidos agitados de su corazón. “Documentos”, dijo el militar. En ese momento mi viejo se puso a mi costado y sin levantarse sacó su billetera de la cartera de mano que tenía y le entregó la libreta. Yo pude incorporarme un poco y ahí vi dos militares vestidos de guerra, el que había hablado y que miraba los documentos de mi viejo y el de los borceguíes casi sobre mi cabeza, los dos apuntándonos con sus armas.

“¿Dónde vive? ¿Qué hace? ¿Adónde iba? ¿De quién es esta criatura? ¿No sabe lo que pasa?” es la ráfaga de preguntas que recuerdo que el militar le disparaba a mi viejo, y él respondiendo con la voz temblorosa y la cara pálida “Acá nomás, iba a trabajar y a llevar a mi hijo a la escuela, no, no sé”. “¿No sabe que estamos en estado de sitio?” Entonces el militar le devolvió la libreta a mi viejo y nos ordenó ganar inmediatamente nuestro domicilio mientras los dos no dejaban de encañonarnos.

Volvimos a casa casi pegados a las paredes de la cuadra. Recuerdo la cara de mamá al vernos entrar, estaba en camisón con los rastros indelebles de la noche en blanco, envuelta en los vapores de eucaliptus que salían de las cacerolas para combatir el enésimo ataque bronquial de mi hermano. Luego siguió la radio, la noticia del golpe de estado militar en el país y la repetición de los comunicados conjuntos de las fuerzas armadas. Veníamos de una etapa siniestra, pero ese día comenzamos a vivir el periodo más negro y mortífero de toda nuestra historia. Un día como hoy, que nunca podré olvidar. 


15 de diciembre de 2014

Bruine


Bruine
Alejandro Luque


Son sólo gotas, agua
Son muchas, son millones
Son causa de mi incordio
Son mi humor y el efecto
El camino obligado
El estío olvidado
El rendez-vous incierto
Del retraso que odio
Me moja los cordones
La garúa, me fragua

24 de mayo de 2014

Con palabras


Alejandro Luque


Bien antes de la hora precisa decretada en la sentencia, se sienta al condenado en la silla que se encuentra encalvada en el piso de cemento de la sala de ejecución. El dispositivo es en general robusto y simple, con antebrazos resistentes, respaldo elevado y dimensiones estándares. Las versiones más modernas incluyen reservorios para recibir las incontinencias del condenado que puedan advenir previamente y sobre todo durante la ejecución. Algunas administraciones sugieren suministrar al preso un psicotrópico con el almuerzo o la cena final unas horas antes del evento.

Se ajustan con firmeza las gruesas correas de cuero para contener manos, brazos, tronco, cintura, muslos y piernas. Una correa de calibre más fino se utiliza para mantener pegada al respaldo de la silla la cabeza del reo, ya sea a nivel del cuello o de la barbilla. La capucha es opcional. El principio de electrodos es el mismo para todos: cabeza, pie, tierra. Cada uno asegura el traspaso de una descarga mortal desde la línea al cuerpo del reo. En número pueden ser dos o cinco. Opcionalmente pueden agregarse más electrodos para aumentar la eficacia del resultado final, como así también geles o pomadas conductores para transmitir mejor la descarga y, de paso, evitar el desagradable problema de despegar después las correas fundidas en la carne del cadáver; Hollywood ya filmó en cinemascope, 3D y HD la escena en todos los ángulos posibles. Sobre la cabeza, una placa metálica de forma y tamaño diferentes puede ser utilizada como elemento de alta conducción, también de forma opcional. La silla está emplazada en el medio de una habitación blindada y a prueba de balas. En opción, una ventana con “stores” o con vidrios en general opacos del lado de la silla pero transparentes para los espectadores. Pueden acompañar al condenado un cura bendiciendo, un pastor arengando, un imán reivindicando, pero siempre un vocero leyendo el protocolo de la sentencia, reloj visible con segundero impasible colgado en la pared, análogo o digital.

En las opciones más tradicionales, y muro de por medio, tres pequeñas habitaciones aisladas en réplica y con un teléfono o intercomunicador flanquean la pieza de la silla. Tres suboficiales asignados penetran uno a uno en cada habitáculo que obviamente posee un gran interruptor o conductor a palanca y una banqueta minimalista. Sólo una de las habitaciones está conectada con el circuito eléctrico y la silla. Esta logística, concebida para disminuir el peso moral del verdugo (quien vivirá el resto de su vida sabiendo que tuvo una posibilidad sobre tres de haberse convertido en un asesino legal) obviamente cuesta más dinero al contribuyente, por lo que ha sido modificada en varios estados a dos ejecutores o, incluso, a uno solo. Dicen que en algunas habitaciones del verdugo cuelgan placas con las iniciales HPB o HB, por Harold P. Brown, el inventor del dispositivo.

Para resumir, digamos que a la hora indicada el teléfono suena. Los agentes que esperan el “go” atienden y luego bajan al unísono y en gesto seco la dicha palanca a lo largo de una escala graduada que, en la última posición transmite la primera descarga máxima de voltaje –y sólo una de ellas que nunca se sabrá cuál– desde la línea eléctrica hasta la silla: 2 kilovatios a un flujo de 10 a 8 amperes durante al menos 60 segundos. El protocolo debe ajustarse al volumen y resistencia del condenado. La palanca se sube a la posición original por unos minutos, durante los cuales un médico verifica si los signos vitales del recluso han desaparecido. El golpe de gracia se lleva a cabo a continuación: la palanca se vuelve a bajar a un setenta por ciento de su escala durante un tiempo variable de una decena de segundos a minutos.

Cuando la corriente alcanza al individuo, ésta debe atravesar la piel para recorrer el cuerpo y todos sus órganos y terminar por descargarse en la tierra, lo que genera inmediatamente heridas de diferente profundidad al nivel de los electrodos. Desde el punto de vista estadístico, una gran mayoría de los condenados pierden conciencia casi inmediatamente a pesar de la agitación que se observa en el cuerpo durante el tiempo que dura la descarga. La muerte suele sobrevenir también casi inmediatamente a la aplicación del flujo eléctrico, o al menos eso se cree. Como varios condenados han sobrevivido a este primer intento de quitarles la vida, de forma sistemática una segunda descarga a menor voltaje es puesta en marcha a continuación: y en casos extremos de supervivencia, una tercera que puede sobrepasar los diez minutos. Desde la primera, el cuerpo del reo alcanza en segundos temperaturas de sesenta grados. Se supone, teniendo en cuenta los resultados de las autopsias, que en los primeros segundos de la descarga las neuronas literalmente se cuecen después de registrar para el cuerpo un dolor seguramente inconmensurable. Dolor que, como se aclaró más arriba, puede extenderse por varios minutos, según la resistencia del individuo.

Una vez declarada oficialmente la muerte clínica del condenado, el cuerpo es despegado de la silla y llevado a la morque de la prisión, mientras los familiares de las víctimas se retiran de la sala de observación de la ejecución con la seguridad de que la administración que han elegido les ha rendido justicia contra un acto abominable.       

22 de abril de 2014

Sábanas


Alejandro Luque

No hablo de amor, de ése que pasa por la piel y atraviesa el hueso y nos transforma por el resto de nuestras vidas. Hablo de ese espacio entre la piel y el hueso, esa mísera porción de la anatomía que esclaviza liberando, que libera esclavizando, ese resquicio ínfimo entre mi piel y la otra piel pegada que frota y se frota, de membranas turbulentas, de músculos involuntarios intrusos intrépidos incontenibles, de volúmenes por espacios. Hablo de oscuridades ciertas que se deben explorar, de alientos viscerales que se deben sentir, de sudores imparables que eclosionan y se fusionan a dos. Hablo de gemidos que ensordecen el trictrac de la cama, del colchón hundido en el medio, del entremezclarse enrularse entregarse, del rechazar las sábanas para acabar sin límites. De lenguas de dedos de pelos de saliva, mucha saliva. Hablo de desbordes, de destiempo y recuperaciones. De algo dulce, de un faso enseguida si se puede, del enfriarse al aire, de la respiración que quiere llegar al hueso. De no bancarse el cielorraso y de volver a empezar. Por la piel, sobre todo por la piel. Por las manos, esas fieras sublimes descontroladas. Por los poros saturados que al lamerlos saben a sal. Por la lengua que se activa y los labios que se desenfrenan de despalabras. Y después cerrar los ojos otra vez, tensarse y distenderse al destiempo del tiempo, sentirse parte prolongación exceso éxtasis. Y aún después volver a acabar como si fuera la primera vez, como si fuera la última aunque suene insensatamente increíble e increíblemente insensato. Acabar sin tapujos, sin fronteras, sin culpas ni convicciones innecesarias. Reposarse. Hablo de reposarse luego de una cruda batalla, de sentir el corazón agitado desagitarse y los pulmones a punto de explotar descomprimirse. Hablo del rigor de las sábanas que ahora se despliegan a medias desde el rincón en el que fueron abandonadas. Hablo de la necesidad de cubrirse, de echar un manto, de reabsorber los jugos. Hablo de la separación, de la distancia, de volverse uno y el otro. Hablo de los pasos hasta el baño, del repiqueteo lejano del agua que lava, que civiliza, que enfría, que renueva. Hablo del roce inconfundible de la ropa que se calza, de la malla del reloj que recupera su puño, los pies que se deslizan con dificultad en las zapatillas, las cuatro manos tanteando sobre la alfombra: dos que buscan una prenda, otras dos que buscan los forros usados. Hablo de las preguntas retóricas, del gesto último y obvio entre las penumbras que marca el sendero hasta la puerta. Hablo de la sensación de volverse uno después de la ausencia, de recuperar el reino, de saber que en unas horas, en unos días, en unas semanas, habrá que volver por la senda y señalarla entre las penumbras para llenar ese espacio de vacío más allá de la piel. Hablo de éso. Del espejo en el baño, de una buena ducha, de un último vistazo a facebook y de poner a cargar el mobile. Hablo de tomarse media botella de agua y de mirar por la ventana y de estirar completamente las sábanas y de poner el despertador y después dormir. No, no hablo de amor.

31 de marzo de 2013

No Sé

No sé cuándo dejaste de ser
Cuándo nos anocheció el tiempo usado
No sé si fui yo
Si fuiste vos
Si por una vez nos pusimos de acuerdo
Y la cagamos en perfecta sincronía
No sé si mis culpas son más culposas
Que tu convicciones
Ni mis certezas más certeras
Que tus dudas
No sé
No estoy seguro
Si cuando decíamos te quiero
Si cuando nos convencíamos de navegar el mismo río
Si cuando nos perjurábamos imprescindibles
El uno para el otro
Si cuando nos rasgábamos las vestiduras
Clamándonos convencidos de que éramos lo que éramos
No sé si en ese entonces
En aquel tiempo ufano de todos los principios
No sé
Si entonces
Digo
Nos dábamos cuenta del descuento
De la responsabilidad civil y moral
De que remar a dos nunca fue fácil
De la fatiga individual
Del menosprecio indebido
Del valor indeleble de la ausencia
Y del silencio morboso
No sé qué pasó
No sé qué nos pasó
No sé tampoco
Si fuiste vos o fui yo
Ni si vale la pena el análisis
No sé nada
El sol ya no está aquí
Anochecimos
Y es tarde ya
Remo
Solo
En contra de una corriente
Que ya no es la nuestra
Remo
Y ya no sé desde cuándo

1 de mayo de 2012

1ro De Mayo, Día Internacional Del Trabajdor



Imagen de la revuelta del 4 de mayo de 1886 publicada por el entonces diario Harper’s Weekly

1ro. de Mayo, día internacional del trabajador
Alejandro Luque


En la segunda mitad del siglo 19, Estados Unidos venía de dar los primeros pasos en la carrera de la revolución industrial. Los desocupados del campo y mano obrera extranjera afluían a las grandes ciudades en verdaderos contingentes que terminaban hacinados en las villas de las periferias. La mayor parte de la población trabajaba en condiciones de insalubridad entre 12 y 14 horas diarias, muchos incluso 18 horas. Las mujeres y los niños ganaban menos de la mitad que los hombres y toda la masa obrera, fuertemente reprimida y desconsiderada, tenía salarios miserables. 

Las protestas iban in crescendo con la demanda principal de que se estableciera la jornada laboral de 8 horas (la equilibrada consigna de “8 horas de trabajo, 8 horas para dormir y 8 horas para la casa”). Frente a un ultimátum de huelga general propuesto por uno de los sindicatos de obreros, el entonces presidente Andrew Johnson promulgó una tímida ley que reducía el tiempo de trabajo a 8 horas pero que no fue adoptada por todos los estados. En Chicago, bastión de todos los excesos de explotación humana, importantes manifestaciones de protesta que incluían izquierdistas y derechistas comenzaron el 1 de mayo de 1886 y una masa importante de obreros se declaró en huelga. Hubo enfrentamientos entre los huelguistas y los rompehuelgas que mantenían la producción de varias fábricas en los que la policía reprimió a muerte. 

Pero fue el 4 de mayo, luego de una concentración oficial y pacífica llevada a cabo en el parque Haymarket, que la policía decidió desalojar del sitio a los manifestantes. Entonces alguien tiró un explosivo y la policía se desbocó abriendo fuego a mansalva sobre la muchedumbre. El número de víctimas mortales y heridos después de esta masacre nunca se conoció oficialmente. La represión inmediata posterior (estado de sitio, toque de queda, allanamientos, abusos y torturas) fue apoyada por la prensa, en general antianarquista y anticomunista. 

Unos meses después, en un proceso fuera de las normas jurídicas y en ausencia de pruebas, 8 manifestantes “libertarios” fueron declarados culpables de incitación a la violencia y de infringir el orden establecido, 2 a cadena perpetua, 1 a 15 años de trabajos forzados y los 5 restantes condenados a la horca. Los condenados eran activistas anarquistas, 5 de ellos alemanes, 1 inglés y 2 estadounidenses; 3 eran periodistas, 2 tipógrafos, 1 carpintero, 1 pastor y 1 vendedor. 

En 1889, durante el Congreso Socialista Obrero de la Segunda Internacional en París, se estableció el 1° de mayo como día de lucha reivindicativa del trabajador en homenaje a los Mártires de Chicago. Desde entonces el día es celebrado en muchos países, salvo en Estados Unidos, Reino Unido y Andorra.    

1 de noviembre de 2011

Suite Francesa


Suite francesa

Alejandro Luque

Estoy enamorado. Lo oculto, me lo oculto (aunque no lo termine de lograr) para no sangrar. Se sangra por amor si es unilateral o cuando –aún bilateral– no se ha realizado. Pero soy más débil de lo que puedo pretender, entonces devengo enamorado. Vamos a cenar a un restaurante; elijo yo esta vez aunque no sea local (¡lejos de serlo!) y nos metemos en La Bodega, bucólico bar-minutas español en pleno centro de la provinciana Burdeos. Una mujer colorida de harapos se acerca a nuestra mesa y nos ofrece rosas. Imposible reprimir mi nature de romántico empedernido, así que ofrezco una rosa blanca a quien amo que en su francesísima forma se conmueve y me regala unos diez mil besos en sus diferentes declinaciones. Entre frutos del mar y pimientos rellenos nos sentimos colmados –yo la siento sin duda, yo me siento sin duda– y hay que salir del lugar porque ya absorbimos todo el clima que ofrece. Caminamos por calles llenas de cosas y de gentes que no vemos, pero que cobran el brillo de ser únicas por contenernos en este momento. Digo esto porque nos lo confesamos en el código de las miradas. Digo esto porque estoy enamorado. Subimos a su departamento como otras veces, pero esta vez yo estoy enamorado. Ella me regala otros diez mil besos que correspondo vehemente como soy, y nos acercamos al equipo de audio para invitarlo. Primero es U2, selección estricta de One, luego el resto del CD. Hay risas y sonrisas y ese tipo de quejidos de elefante cuando dos cuerpos se reencuentran y se dicen gracias por estar conteniéndose. Hay torpezas obvias, sobre todo porque yo estoy enamorado. La rosa blanca sale de su celofán y comienza a sorber agua de una copa de champagne. Me dejo desnudar mientras mis manos deshacen la civilidad su cuerpo. Es como otras noches, solo que esta vez yo estoy enamorado; o sea que es tan distinto que me parece la primera vez. De pronto (y no se cómo se las arregló el invitado), Piazzola comienza a amasar su bandoneón en el equipo y así nos encontramos en el cobijo indescriptible de las sábanas (Mi querido Julio seguramente encontraría la más bella descripción). Los elefantes invaden la habitación pero no hay temor por una estampida. Las pieles se humeden y las topologías recónditas imponen sus respectivas demandas. Mano contra mano como encastre. Vientre contra vientre como molde. Cuello contra cuello como troquel. Planta del pie que recorre ese circuito deportivo de las piernas que se dejan recorrer y se transforman en autorrutas fértiles y suavísimas. Los sexos entregados y dispuestos. Las bocas que fabrican jugos y sabores inimaginables y que se vierten inclementes sobre todas las superficies nunca del todo descubiertas. Bocas incendiarias sin tapujos ni territorios vedados en su requisa. Ella se deja descender a los infiernos, se expone al fuego firme y me rescata al borde de las llamas: yo me dejo rescatar porque estoy enamorado. Y  nos reencontramos en la superficie de mis labios, allí, en la cabeza que intenta definir las emociones en una ecuación cuadrática (aunque a la fecha esta cabeza no sepa definir qué es la raíz cuadrada de dos). Hay una necesidad imperiosa de complementarse en el seno de la manada de elefantes que no dejan de aturdirnos con sus quejidos dulcísimos. Las sábanas se vuelven demasiado pesadas para nuestras pieles. Yo pronuncio las palabras mágicas que no puedo reprimir un solo momento más y las puertas del paraíso se abren. Tomo la real conciencia de que estoy enamorado pero no hay plástico o látex o forros o condones (torpeza descubierta a último momento): solo la imperiosa necesidad del placer desnudo de artilugios. Y entonces no, y es entonces ahora mi boca la que desciende los valles exuberantes y explora el mapa aterciopelado la que llega al frondoso territorio de los sueños donde toma el lugar de mi sexo y que se las rebusca para multiplicar más elefantes. Mi boca limitada a mi lengua limitada a mis labios limitados a los suyos que sólo quiere retribuir el amor que siento con el placer más intenso que se pueda otorgar, porque estoy enamorado. Y en el cenit del pasar de los elefantes que ya son millones, y en la emoción de Don Astor que decide llorar a su Nonino, y en su vientre que convulsiona el placer, yo me derramo sin quererlo en rugiente compañía. Mi cuerpo asciende hasta encontrase con sus ojos, con su nariz, con sus labios que hablan y que siguen liberando más y más elefantes. El tempo entonces se vuelve adagio con la Milonga en Re. El sudor de las pieles se homologa y las temperaturas se hermanan. Llamamos a las sábanas. Un elefante perdido flota unos segundos sobre nuestros cuerpos y nos reúne en el calor de regocijarse luego de. Estoy enamorado e intento ocultarlo porque aún me quedan cinco días de espera antes de conocer el resultado del obligado análisis anti-HIV.


27 de agosto de 2011

OBLIVION

"Obelisco at nigh" foto de Frans Swaalf

oblivion
Alejandro luque


tránsito mental de buenos aires hora cero y humedad cien por ciento cuando los semáforos en la aturdidora cabezaciudad funcionan tan al pedo correctamente
que uno tiene la sensación de estar en la ciudadcabeza ideal

el ruido fií­zzzzzz de los neumáticos sobre el asfalto
satinados por los slaloms surrealistas entre los baches

pararse en una esquina y observar cómo algún perdido
vaya uno a saber con qué destino e intención
toma la próxima a la derecha y pone el guiño
después de haber girado

su ruta y nada importa

levantar la cabeza y desconocer las constelaciones
a través de los destellos desdibujados por la lluvia
esa sensación de estar presenciando
tal vez
la gran escena de la vida con la sola certeza de saberse empapado

ser tan poca cosa en medio de cualquier metrópolis y
sin embargo
osar hacerse la pelí­cula en la que uno es el único protagonista
y aún así­ disfrutarse como si fuera un logro trascendental

lastima bandoneón mi corazón

pero aquí­ se está, empapado de buenos aires y de ausencia
y eso es mucho
es la herida abierta
un desangrarse maravilloso

por eso se le cae a uno una pajera lágrima en la mejilla
que se mezcla con el chorro que tributa desde la frente

y en ese momento
el tipo se da cuenta de que existe un atlántico inexorable
entre su necesidad de estar sobre una nueve de julio y su diagonal
y su realidad de oblivion en una avenida encharcada de nombre impronunciable

9 de mayo de 2011

25 De Mayo 940


Foto de Juan Ignacio Luque
25 de Mayo 940
Alejandro Luque


Es ese rincón ahora olvidado que alguna vez guardó
un secreto, que tuvo un brillo particular e irrepetible
que se nos fijó en la memoria como un hito
 inalterable.
Es aquel lugar en el que fuimos conscientes
de nosotros mismos por primera vez.

La ruta 226 entre Mar del Plata y Azul era un largo trayecto de cuatro o cinco horas de movilidad restringida, una interminable trayectoria que había que rellenar con juegos improvisados, lecturas previsibles y momentos de silencio. De noche contábamos las estrellas sobre un mar de tierra oscura. Pero de día eran las vacas: las holando argentinas y las Aberdeen-Angus, con cuernos, sin ellos; o el mosaico cubista de campos cultivados: trigo, maíz, papa, ciclado; o el número de  mojones ruteros entre dos estaciones de servicio. Cuando la atmósfera del habitáculo se llenaba de un olor acre y casi asfixiante, sabíamos que algún zorrino vagabundo se había meado de susto al pasar el coche. Contábamos también los nidos de horneros en los postes de electricidad; los de dos o tres pisos valían doble o triple. Nunca olvidaba algunos Patoruzú listos para canjearlos en la librería de don Ricardo por una de las Locuras de Isidoro o –si tenía tres- por una revista D'Artagnan.
El coche pasaba al lado de la estación, franqueaba la avenida Mitre con su muralla de casonas, zaguanes y portales de hierro forjado. El ajetreo de los amortiguadores al atravesar la vía nos despertaba los cuerpos entumecidos justo antes de doblar a la izquierda para tomar la avenida 25 de Mayo. El kiosco de don Ricardo, a la derecha después de la esquina; el consultorio del doctor Spadari, mi homeópata salvador, más adelante y en la mano contraria. En el 940 el auto hacía un giro y subía a la vereda hasta casi tocar el portón de entrada. Era de hierro, pintado de blanco y muy pesado. Papá lo abría, volvía a subirse al coche y avanzaba unos metros, se bajaba otra vez para cerrarlo y luego conducía por la larga trotadora hasta el fondo donde estaba la casa y los galpones. Tía Anita salía a recibirnos bordeando su increíble jardín en el que un duraznero solía llorar sin respiro sus frutos en verano, o nos esperaba en el vano de la puerta del comedor vidriado. Allí y entonces yo empezaba mis vacaciones y el viaje interminable se evaporaba definitivamente de mi conciencia. Me dejaba mimar un rato desde la permisiva severidad de mi tía que me prefería por encima de todos los vivientes. Si era de noche, nos acostábamos después de descargar con rapidez los bártulos indispensables; si llegábamos de día, ejecutábamos esa organización espontánea entre los viajeros y el anfitrión dispuesto que ofrece su lugar y todo el contenido a las visitas, y no se hable más.
Tarde o temprano, atravesando a la carrera la trotadora, yo volvía al portón de entrada que estaba justo debajo de un altillo deshabitado. Todo me parecía inmenso, a una altura inalcanzable. Enseguida me dejaba invadir por la atmósfera saturada del orín de los murciélagos que se cobijaban en los rincones privados de luz, ese perfume denso y dulzón que era parte del reconocimiento del lugar. Ya entonces me buscaba. En mi universo privado de un chico de cinco o seis años gritaba mi nombre para sentir la resonancia de aquel lugar como un gesto instintivo y territorial, igual que los perros mean sobre las meadas de los que pasaron antes.

Alejandro… Alejandro… Alejandro…


Un rato después volvía por el pasillo sin olvidar de espiar los rincones de la casona de los Arrouy ni de visitar los galpones del fondo. Al final entraba en la casa de mi tía y el concepto de aburrimiento dejaba de existir por el tiempo que duraran las vacaciones.  

Hoy todo parece más breve y pequeño, tal vez por tanto aburrimiento acumulado. Frente a la chapa con el 940 que observo como un turista perdido casi podría alcanzar el techo del altillo con mis manos. Ya no está tía Anita ni el duraznero llorón. Tampoco papá al volante. Y según me pareció ver al pasar, ni siquiera quedan horneros en la 226. Espiando a través de una hendija pude ver que levantaron una especie de dúplex al fondo, donde estaban los galpones, lo que acortó la trotadora y, seguramente, arrasó el jardín. Tampoco parecen quedar murciélagos o mi olfato ya perdió la capacidad de percibirlos. Pero el portón es el mismo. Caprichosamente blanco, manchado de óxido y bastante descascarado, aún reconozco en él las ranuras y el rigor de su nobleza. Vuelvo a gritar mi nombre, quizá con menos ahínco pero no menos vehemente, y es el viejo portón el que resuena como riéndose del tiempo. Es ese pedazo de hierro casi inalterable el que me devuelve en un eco destemplado aquella inacabada identidad mía aún intacta.

16 de septiembre de 2010

Buenos Aires, Argentina, 16 de Septiembre de 1976




Fueron secuestrados la noche del 16 de septiembre de 1976 en la ciudad de La Plata.
Hoy tendrían seguramente hijos y quizá nietos.
Hoy habrían podido hablar de sus incipientes adolescencias desde el lugar que les correspondería ocupar como adultos en el seno de una sociedad que debía albergarlos.
Hoy, acertados o equivocados, tendrían una posibilidad, la que sea, para vivir a sus maneras.
Hoy no están, y nada, NADA JAMÁS, podrá justificar la causa de sus ausencias ni el dolor de quienes desde entonces y aún esperan.

4 de septiembre de 2010

Las Puertas De Tannhaüser


"Puerta de Tannhaüser" foto y montaje del biologuero

Las puertas de Tannhäuser
Alejandro Luque

… a A. T., porque al leer nos reconocerás.

Y despertar con un mate henchido de fiaca mañanera y un bombón los cuerpos, con don Julio la ternura todavía palpitándonos en las orejas, resonándonos sobre todas las cortezas y sub-cortezas que por la noche no dejaron de repetir al unísono “pero el amor, esa palabra”. Con los restos de tu olor resumido en los huecos de mis manos siento ampliar los sutiles límites de mi alma. Tras el invierno de Vivaldi, tu voz se me resbala por la piel como un frío de ausencia previsible que pretendo olvidar. Ahora, antes y siempre, la imagen estampada de vos conmigo, de yo en vos, de nosotros, tan indeleble como un tatuaje milenario que se resiste a partir, un coraje que podría parecer temerario, y una única mano nuestra que se vuelve traslúcida de tanto vos y yo. El intento de un templo, el último ramalazo feroz de la utopía que se agita en el nido que recreamos.

Caricias cotidianas, ondas que se expanden en la calma de un estanque. Nosotros las manos, nuestras irrepetibles huellas dactilares que convertimos en signos irrelevantes a fuerza de sacarnos guantes, de arrancarnos máscaras, de fundir pieles. Sol y nubes, y las tormentas de siempre cuando nos volvemos un menos frente a un más, aunque ya hayamos aprehendido a ser algo más relevante que la neutralidad del resultado. Sombras ahuyentando soledades para no dejarnos abatir por la insistencia de la distancia que acecha. Pero en este exacto momento y a dúo, un no querer salir de la hojarasca, de este bendito sopor que invalida la lúcida dialéctica en la que relamemos nuestra prodigiosa singularidad, la pesadez de dos pares de ojos cerrados, del par cuando deviene uno más el otro porque los dos. Pero tu cara y tu sonrisa, aquí y ahora, se me asoman como tímidos brotes desde la comisura del espacio fértil que nos recibe.

¡Ay! Imperativamente un salto, un rompimiento urgente, una fuga para ponernos en foco. Como si mis límites que fueran la consecuencia de tu presencia me resultaran insoportables. Vos aquella vez, yo entonces, por eso ahora nosotros. ¡Qué más! Tanto recuerdo inasible y próximo y absurdo duele, pesa, pero es verdad que también cobija de forma extraña. Tanta comunión creada y suspendida por algún recóndito mago sabio e insuperable que terminó sacando de la galera eso que somos vos y yo. ¡Cuánto antiguo temor a un lado, cuánta ternura justo aquí, cuánto silencio colmado ahora!

Una atmósfera azul como a vos te gusta, un aire tibio que me reconforta y me eriza la piel, este refugio que sofoca las maneras, los gestos cotidianos de lo mudable, las leves aproximaciones, los imperceptibles roces, nuestro aliento acompasado a la carrera del contacto. El olor del café que preparó algún aprendiz de brujo y tu figura erguida que se alza inalcanzable sobre mi pecho, completan el acorde perfecto: sería insoportable una nota más. ¡Tanto se derrama aquí dentro que necesito estirarnos!

Manos y piernas trazan una geometría de todas las formas más vagas aunque no menos armoniosas; corean los himnos y epitafios de los intérpretes mejores que nosotros, y sabemos que no exagero porque los oímos deambular entre los amalgamas de tonos ocres y los recortes de siluetas indefinidas e indecisas: se acercan, trepan por las paredes e intentan rasgar las sábanas; se alejan rechazándose por un segundo para tomar envión y recrear una trigonometría tan robusta como inconcebible. Es nuestra sombra, isósceles del rectángulo, gelatina con sabor a terciopelo púrpura, sangre y saliva, sueños y carcajadas a flor de miradas, claridad espumosa que se zambulle en el océano de nuestras voces que ya saben cómo no prometer nada más profundo que la forma que estamos proyectando ahora a nuestro rededor. En un recodo de la cueva, un oscuro códice prestidigita labios, hombros, espaldas y piernas y sexos cargados, peces y valvas, improbables destinos y sonetos entrecortados.

Saturno cae ahí afuera, en una esquina húmeda de gente que entrecruza sus sombras sin percatarse, y sus anillos se despliegan y nos envuelven, nos distorsionan, sístole y diástole en un abrazo que nos fustiga toda su dulzura. Hay el destiempo y el agujero negro que lo engulle todo. Y por un brevísimo momento, ese que dicen dura el paso de un ángel, nada pero nada tiene importancia. Volvemos condensados como el vapor en gotas de lluvia.

Puede que quede por ahí algún resquicio de solidez dormido desde siempre que se niega a despertar, a dilatarse y despegar. Equilibrios que nos consolidan cuando recuperamos el aliento y nos volvemos vos y yo, esos que buscan tocar fondo con los pies para sentirse seguros en medio de un mar demasiado vasto.

Entonces surgen viajes, miles, ausencias en años luz y quimeras del ego masturbatorio. Encuentros posibles y desencuentros estúpidamente innecesarios. Escapes al borde del hastío porque la rutina y sus demás horrores allegados.

Y no soy quien, ¿pero quién soy para agregar un límite más?

¿Quiénes somos?


Buscando una respuesta entre nuestras dos sombras a punto de disgregarse, mis dedos se deslizan por las cuerdas de tus melodías que se extinguen. Para reconocerte intento tañirte. Husmeo tu rastro en el aire porque me niego a creer que todos estos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.

¿Pero, qué cuando te encuentre? ¿Qué cuando todo se reduzca a la urgencia de una puerta que se cierra y la ondulación del agua cese y nos veamos instantáneamente enfrentados, sin cercos ni virtudes, al recuerdo de nosotros? Entonces, ¿dónde las palabras y las cifras, los disfraces y el universo mustio de desnosotros? ¿Dónde entonces? ¿Dónde la búsqueda cuando al final el camino siempre nos conduce a las puertas del encuentro?


23 de febrero de 2010

Nos


Foto de este blog

Nos
ADL

La mosca se embate con la ventana.
La luz, el olor, las cosas afuera
que brillan lo inmundo que el mundo emana.
Choca e insiste porque es su manera.

Mosca impávida, ciega, sinónimo
de desidia y del último estertor.
Mosca hermana del destino anónimo,
bestia esclava del olvido y del hedor.

Choca y me recuerda, nos los humanos
golpeando ciegos el muro invisible:
se atonta, insiste, trepa bien en vano,

Ignora que el vidrio es una redada
que esconde lo impensable e imposible:
mi gata, por debajo, agazapada.

13 de agosto de 2009

Realmente Podrido


Realmente podrido
elale


La sensación es casi siempre la misma: la inseguridad de la realidad que, al cabo de un rato, se vuelve contundente. Las imágenes se repiten con su parsimonia elocuente, y la angustia late esa fibrilación que me hace estar casi sin ser, justo al principio. ¿Hace falta decir que la mano sale por entre el abrigo de las sábanas para apagar el despertador antes de que emita su puteada insoportable? ¿No es evidente para todos, o casi todos, que lavarse los dientes y tirarse agua en la cara para diluir las lagañas, sean actos automáticos que la memoria puede recrear como realidades? ¿No es eso, la conciencia de estar “procediendo como siempre”, lo que nos asegura de que estamos vivos? Después de todo, si uno vive en el mismo techo que otra persona, la simple falta de rutina es la señal de alerta. Uno no corre el riesgo, en esos casos, de ser encontrado duro y lleno de moscas porque un vecino avisara a los bomberos por el olor in-so-por-table.

Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.