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4 de agosto de 2017

222


222 millones de euros es la suma que va pagar el club de fútbol parisino Paris Saint-Germain a su par en Barça  por la transferencia de un chico de 25 años a su plantel. ¡222 millones de euros para perseguir y patear una pelota unas horas por mes y entretener a una importante población de gente por ese rato! Gente que, en su media y en el mejor de los casos, recibe un salario de 1800 euros por mes por laburar 40 horas semanales. 222 millones de euros es el equivalente de 10.000 salarios de esa gente durante diez años (120.000 salarios medios). Pero el asombroso tema no termina ahí. Este muchacho, quien debe ser un deportista excepcional, ganará 30 millones de euros netos de impuestos por año, durante 5 años. ¡30 millones de euros anuales netos, 150 millones de euros en 5 años! Esta gente del público para la que existen estos eventos del fútbol y que hay que entretener (sin olvidar que, además, pagan el espectáculo asistiendo al evento o siguiéndolo por los medios), tiene que laburar un promedio de 35 a 40 años para obtener una jubilación que (y otra vez, en el mejor de los casos) será del 80% de ese salario de 1800 euros, o sea: unos 1500 euros de jubilación por mes. Por lo que el salario de este chico de 25 años en los próximos 5 años representa 10 años de jubilación de 10.000 gentes de este público, que son quienes al final justifican y consolidan este enorme despropósito humano. Que no es el único, es verdad. Y así estamos.



222 millions d'euros est la somme à payer par le club parisien de football Paris Saint-Germain à son pair Le Barça pour le transfert d'un garçon de 25 ans à son équipe. 222 millions d'euros pour taper et poursuivre une balle pendant quelques heures par mois et d’amuser une grande population de personnes y durant ! Des personnes qui, dans leur moyenne et au mieux, reçoivent un salaire de 1800 euros par mois pendant 40 heures par semaine. 222 millions d'euros représente l'équivalent de 10 000 salaires de ces personnes pendant dix ans (120 000 salaires moyens). Mais le sujet incroyable ne s'arrête pas là. Ce garçon, qui doit être un athlète exceptionnel, gagnera 30 millions d'euros nets d'impôts par année pendant 5 ans. 30 millions d'euros par an nets, 150 millions d'euros en 5 ans ! Ces personnes du public pour lesquelles ces événements de football existent, et qui doivent être amusés (sans oublier que, en plus, ils paient le spectacle en y assistant ou en le suivant dans les média), il faut qu’ils bossent en moyenne 35 à 40 ans pour obtenir leur retraite que (et encore, dans le meilleur des cas) ne sera qu’un 80% de ce salaire de 1800 euros, soit environ 1500 euros de retraite par mois. Ainsi, le salaire de ce garçon de 25 ans au cours de ces 5 prochaines années représente 10 ans de retraite de 10 000 personnes de ce public, qui sont finalement ceux qui justifient cette énorme absurdité humaine. Que ceci ne soit pas la seule bêtise, c'est vrai. Pourtant, nous y sommes.


AL


17 de marzo de 2016

Mortal Mala Educación

Mortal mala educación

Yo estaba a punto de cruzar porque el semáforo peatonal acababa de pasar a verde. El tipo al volante del Volkswagen gris, que me pasó rozando, venía con el celular en la oreja, lo que está prohibido por código, y a no menos de 50 km/h, que también es una grave infracción cuando se circula por una zona de un máximo de 30 km/h. Así el tipo, que venía muy jugado,  pasó en rojo desacelerando los cien metros hasta el nuevo semáforo en rojo que esta vez respetó, pero sin sacarse el móvil de la oreja. Yo ya caminaba en su dirección por la vereda paralela a la bicisenda. A unos 30 metros por detrás del Volkswagen, una mujer pedaleando una bici de alquiler. El semáforo pasa al verde. El Volkswagen no avanza enseguida sino hasta que la ciclista esté pasando a pleno impulso justo por detrás. El tipo acelera sin mirar, dobla a la derecha sin haber puesto el guiño y se lleva por delante, en realidad por el costado, a la ciclista. Traumatismos varios y seguramente alguna quebradura, quita de puntos al permiso y multa, SAMU, policía, no se deploran víctimas fatales.

1. Circular usando un teléfono móvil
2. Pasar en rojo
3. No respetar el máximo de velocidad
4. No ceder la prioridad al peatón
5. No comunicar la intención de cambiar de dirección
6. No ceder el pasaje prioritario a un ciclista circulando en la bicisenda por la derecha

Seis faltas al código de la ruta en cien metros y menos de dos minutos, con la cerice sur le gâteau de un accidente material y corporal estúpido. En resumen, una irresponsabilidad que supongo terminará traducida en la justicia como circulación poniendo en riesgo la seguridad de otros usuarios.

El año pasado decidí tomar clases en una escuela local de manejo de coches. Durante tres meses asistí a numerosos seminarios de formación y aprendizaje del código de la ruta en Francia y a sesiones de manejo en tiempo real que me permitieron pasar hace unas semanas los dos exámenes teórico y práctico obligatorios para obtener el permiso de conducir.  

Yo ya sabía manejar. En Argentina, de hecho, había obtenido el permiso que hace décadas se venció y nunca renové, por lo que siempre estuve limitado para conducir en Francia: digamos que era una asignatura pendiente. Pero haber hecho esas “dos cursadas” a esta altura de mi vida fue una experiencia reveladora en varios aspectos, pero uno en particular: el de la comunicación. Y así en la vida como en la ruta, considero que comunicamos muy mal en general.

Soy un gran caminante urbano, por lo que he presenciado en varios puntos del planeta cientos de situaciones similares al enciclopédico accidente parisino que abrió esta nota. Lo que me permite afirmar, incluyéndome en la horda de los embrutecidos metropolitanos al volante: manejamos mal, o si se quiere relativizar, no manejamos correctamente.

Si en un momento de lucidez nos preguntamos qué es manejar, como eso que hacemos ya instintivamente luego de sentarnos al volante de un automóvil para trasladarnos de un punto a otro, la respuesta debiera de ser: manejar es conocer y aplicar el código de circulación en acuerdo con los otros usuarios con los que compartimos la vía pública valiéndonos de la habilidad de manipular correctamente nuestro vehículo. Un código es un lenguaje, una serie de elementos y reglas para transmitir claramente mensajes y compartirlos en un contexto de comunicación. Dicho de otra manera: el código de la ruta implica el uso correcto del lenguaje de la circulación y la correcta conducción del automóvil. Cuando uno de estos dos principios falla, o los dos, hay un choque. En el uso del idioma oral y escrito, las diferentes reglas para articular palabras, oraciones y estados conforman el código, y el uso correcto y claro de la palabra, los gestos y los signos nos permiten comunicar con los otros. Si algo falla, lo que uno expresa el otro no lo entiende. Podemos saber cómo pronunciar o escribir una palabra y lograr incluirla en una frase, pero si desconocemos qué significa y cuál es su subordinación (el lugar que le corresponde) seguramente nuestro interlocutor no entenderá el concepto de lo que queremos transmitirle. Por otro lado, aunque seamos doctos en el uso de la lengua, si no articulamos correctamente (si hablamos comiéndonos las palabras) nuestros dichos no pasan o pasan mal. Para evitar este tipo de conflictos comunicacionales, nos educan. La educación es la trasmisión de un código y la ejercitación de su uso. Ser educado implica que aprendimos a aplicar el código y lo utilizamos para comunicarnos claramente con los otros.

El problema es que la no aplicación del código del lenguaje oral o escrito puede crear confusión e incluso situaciones violentas. Pero la no aplicación del código de la ruta, en una muy triste generalidad, es literalmente mortal. No fue el caso de la situación que describí más arriba, pero podría haberlo sido. De hecho, según las autoridades de tráfico locales, 3400 personas mueren por año en accidentes automovilísticos en Francia, y el 99 por ciento de esos accidentes están provocados por infracciones al código de la ruta, y las principales causas que provocan esta negra estadística son: circular en exceso de velocidad, en estado alcoholizado, no respetar semáforos y no señalar la intención de maniobra. Teniendo en cuenta que estoy escribiendo esta nota a mitad del día, según esa estadística ya deben haber muerto 5 personas en algún accidente, y quizá porque alguien no usó el guiño o se llevó por delante un semáforo en rojo o circuló a 100 km por hora donde estaba indicado un límite de 50 km/h o estaba escribiendo un SMS.

Para terminar, y volviendo a la situación que desencadenó esta reflexión, no estamos solos en la vida ni circulamos solos en la calle, como parece que pensaba el tipo del Volkswagen gris. Conducir un automóvil es una responsabilidad que de ninguna manera se puede tomar a la ligera porque en eso se juega la vida de uno y, lo que es peor, la de los otros. Si yo fuera autoridad pertinente, no dudaría un minuto en quitarle al conductor del Volkswagen gris el derecho a circular en un automóvil hasta que me demuestre sin ambigüedad que conoce el código y, por sobre todo, que lo aplica a rajatabla. El registro de conducir es una herramienta muy útil que debiera extenderse solamente como resultado de un proceso de educación probada. De lo contrario, y en manos irresponsables, puede convertirse en un arma mortal.

Datos estadísticos de mortalidad rutera:

- Muertos debido a accidentes de la ruta en Argentina durante 2014 (1): 7613 personas (más de 21 personas por día). Media de América latina: 2148. Población de la Argentina: más de 43 millones.

- Muertos debido a accidentes de la ruta en Francia durante 2014 (2): 3384 personas (más de 9 personas por día). Media de Europa: 3809. Población de Francia: más de 67 millones.


(2) https://fr.wikipedia.org/wiki/Accident_de_la_route_en_France


17 de noviembre de 2012

El Corazón En La Piedra

Foto del biologuero

El corazón en la piedra 
Alejandro Luque 

Juan veía caer la lluvia y reconocía el sabor de esa frustración cercana al fastidio. Para colmo de males, las pilas del mpman acababan de dar su último suspiro. Él, que venía de magnificar la soledad de una ruptura insoportable en las huellas efímeras que el agua enjuga sobre los embaldosados, pensó que sólo faltaba que las malditas gárgolas de Notre-Dame, empeñadas en escupir lanzas certeras a los cuatro lados de la catedral, terminaran desplomándose sobre su cabeza.

La gárgola descendió suavemente desde su encono de burla y olvido, y escondiendo los garfios de los extremos de las alas y su pico de carroñera ofreció al tiempo una mirada y un silencio.

Juan buscó refugio en el parvis del ala norte, justo debajo de una de las grandes rosetas, e intentó convencer al encendedor caprichosamente humedecido de que pariera una puta llama que encendiera un puto cigarrillo para soportar el incordio de las putas gotas colándosele en torrentes por entre la ropa. Porque había olvidado, como de costumbre, el paraguas. Con ironía, se permitió pensar que nunca fue del tipo de persona que lleva el paraguas por si llueve. Él era impermeable a esa clase de convenciones prácticas que estilan los parisinos en invierno; esos que ni bien cae una gota despliegan la sombrilla y lo miran a uno gloriosos de justificar los diez o cien euros que la inclemencia les capitaliza. Él era él.

La gárgola conocía perfectamente el miedo, la intemperie y el vicio de los humanos de ser y pretenderse más de lo que la magia les permitía, por lo que levantó la cabeza hacia el campanario del norte como quien ora una despedida. Y en un movimiento ritual se lanzó a la caza de un corazón penetrando las fauces del diluvio.

Cuando el encendedor se dignó a funcionar, el cigarrillo ya estaba empapado. Juan sintió la densidad incómoda de su propia humanidad que siempre le pareció extranjera y se preguntó si un paraguas o un rayo de sol a través de las nubes cambiarían el estado de las cosas.

La gárgola se posó frente a él como un peón que una mano invisible cambiara de lugar en el tablero de juego. El diluvio se detuvo por un instante y el silencio lo ocupó todo.

La transformación de la gárgola fue igual de instantánea que la de Juan. Desparecieron los rasgos inhumanos y la piel desnuda afloró por entre la costra de piedra, la frágil coraza con la que habría de asumir el rigor de la vida. Mientras tanto, a Juan le crecían escamas, cuernos y alas para enfrentar la eternidad. El dolor de ambos fue sólo comparable a la necesidad imperiosa de sentirlo.

El rostro endurecido de Juan lagrimeaba la lluvia mientras que la silueta borrosa del borde del campanario marcaba la trayectoria de su vuelo, en el que el diluvio ya no lo inmutaba sino que se llevaba el dolor.

La gárgola quiso abrir sus alas pero sólo pudo correr con torpeza para resguardase de la lluvia y vivir los primeros latidos de su renacimiento.

Ya en la torre norte, Juan se ‘encascaraba’ y replegaba las alas. El cuerpo petrificado recibía el torrente que su boca en pico descargaba certero sobre el Cloître de Notre-Dame. Fijó por última vez la vista en la acera por la que corría torpemente un hombre desnudo. Guardián desterrado y expectante, así Juan empezó a templar su corazón.

27 de agosto de 2011

OBLIVION

"Obelisco at nigh" foto de Frans Swaalf

oblivion
Alejandro luque


tránsito mental de buenos aires hora cero y humedad cien por ciento cuando los semáforos en la aturdidora cabezaciudad funcionan tan al pedo correctamente
que uno tiene la sensación de estar en la ciudadcabeza ideal

el ruido fií­zzzzzz de los neumáticos sobre el asfalto
satinados por los slaloms surrealistas entre los baches

pararse en una esquina y observar cómo algún perdido
vaya uno a saber con qué destino e intención
toma la próxima a la derecha y pone el guiño
después de haber girado

su ruta y nada importa

levantar la cabeza y desconocer las constelaciones
a través de los destellos desdibujados por la lluvia
esa sensación de estar presenciando
tal vez
la gran escena de la vida con la sola certeza de saberse empapado

ser tan poca cosa en medio de cualquier metrópolis y
sin embargo
osar hacerse la pelí­cula en la que uno es el único protagonista
y aún así­ disfrutarse como si fuera un logro trascendental

lastima bandoneón mi corazón

pero aquí­ se está, empapado de buenos aires y de ausencia
y eso es mucho
es la herida abierta
un desangrarse maravilloso

por eso se le cae a uno una pajera lágrima en la mejilla
que se mezcla con el chorro que tributa desde la frente

y en ese momento
el tipo se da cuenta de que existe un atlántico inexorable
entre su necesidad de estar sobre una nueve de julio y su diagonal
y su realidad de oblivion en una avenida encharcada de nombre impronunciable

19 de julio de 2009

Visitas


Julio Cortázar y Carol Dunlop, antes de la época de "Cosmonautas"
Foto que considero patrimonio de la humanidad

Visitas
Alejandro Luque

Antes de ir a la clínica decido pasar chez toi, en pleno Montparnasse, a quince minutos del laboratorio. Salir del trabajo cuando hay sol y la ropa ligera ni se siente es un placer que no dejaré de disfrutar. Entre el laboratorio y tu morada las calles están afortunadamente infectadas de árboles que dan verde y sombra, y ese perfume de tilos y plátanos que calma, si no da alergia. Qué generosos esos seres vivos en los que pocas veces reparamos. Están ahí, siempre, pero parece ser que el hombre tiende a ignorar lo que no se mueve, sobre todo en la urbe. Bueno… lo que se mueve también. Nos amurallamos y nos creemos que todo por fuera es estático y perenne, nos sentimos seguros de la continuación en nuestro cocoon, como si tuviéramos un certificado de eternidad.

Pero estoy yendo hacia vos y me sacudo de asfalto y azulejos. Sé que nunca los soportaste. Te he leído más de una vez pidiendo con desesperación menos cáscara y más piel. Creo que por eso vuelvo a visitarte. A visitarlos, porque siempre estás con ella, con tu esposa. Con el paso de los años aprendí a quererla sin llegar a conocerla como a vos. De hecho en varias oportunidades recorrí sus trabajos e intenté entenderte en tu elección. Creo que siempre he hecho eso con los compañeros de mis amigos: aceptarlos desde la comprensión que hizo que ellos eligieran al otro. Y en este caso, con Carol he descubierto en vos eso que muchas veces vi en mí: amamos al que hace mejor que nosotros eso que tanto nos gusta. La fotografía, en este caso. Sus clichés son magníficos, profundamente expresivos, llenos de esa vida instantánea que tanto vos como yo nos empeñamos en captar. Por eso prefiero sus fotos a sus escritos, sin duda.

Llego y los encuentro, como siempre, a los dos juntitos retozando el tiempo cerca de ese árbol cuya especie desconozco. Parece un nogal, aunque nunca vi nueces dispersas al pie del tronco. Les llega a los dos la sombra de esta tarde de verano en pleno centro de un París confundido de turistas y de horarios raros. Intuyo tu sonrisa irónica, porque los dos sabemos que París no tiene otra estación que la que uno quiera darle. Sin embargo, el rigor del verano se me vuelve inapelable. Me perturba esa pareja de viajeros que pasa a unos metros y nos mira, nos mide. Creo que son paisanos nuestros, porque me pareció escuchar que ella dijo “dejá”, así, con ese argentinamente delator acento en la a.

Carol está casi desnuda, y vos, como siempre, atiborrado de papelitos, cartas, postales, monedas, y piedritas de colores como "caracolitos que asoman sus cuernos al sol." Como ninguno de los dos dice nada, me acomodo yo también debajo de la sombra del nogal sin nueces, saco la revista del bolso y se las muestro. Quiere el azar del viento que se abra en la página donde está uno de los textos que he firmado. Se los leo, asegurándome de que la pareja de intrusos argentinos está lejos. Leo con calma y al terminar no los dejo decir nada, porque no pretendo respuestas, aunque me asalte la fiebre de preguntas, como de costumbre. Te dejo la revista, la acomodo según creo, y les saco una foto a los dos. Luego ironizo al darme cuenta de que te arropo aún más, mientras Carol sigue casi desnuda y sin protestar. Pero es así la vida y lo que ya no lo es. Antes de irme te señalo el título de la revista, que es el del foro, y siento tu sonrisa en mi corazón. Quiero sentirla. Lo necesito en medio de este verano de tímidas despedidas.

Corro al metro. Odio las contorsiones surrealistas de la gare Montparnasse, pero no me queda otra. Veinte minutos después me bajo en la Plaza de Clichy, “la plaza menos interesante de París” según vos. Camino a grandes pasos y trepo por el pie occidental de la butte de Montmartre hasta la rue Duresme donde termina mi escalada. Entro en la clínica, digo bonjour desde las tripas a toda esa gente que se ocupa de la gente que ya no puede ocuparse de sí misma, y tomo el ascensor hasta el cuarto piso. Me pongo el barbijo, el guardapolvo, los guantes, y me cubro los zapatos. Golpeo y entro en la habitación. K está comiendo una ensalada y me brinda la sonrisa sincera de quien esperó todo el día, quizá toda la semana, una visita desde su vacío de enfermo soltero y extranjero. Hablamos de la ceremonia de los juegos olímpicos en China, de las nuevas e incómodas perfusiones que le pusieron a nivel del cuello por lo inaccesible de las venas en sus brazos y piernas, de esa puta infección que le resta menos posibilidades de las que rel tumor y sus metástasis le brindan. Le pido disculpas por no haber pasado estos días .“Estuve reuniendo las últimas correcciones de la revista y quería terminar la edición”, me justifico Y como queriendo ahuyentar el inmenso cansancio que pretende abatirla, me pide que le vuelva a contar sobre el foro de cuentos, y el porqué de Perras Negras. Y aquí estoy yo, dibujándole a K rayuelas imposibles como si fueran modelos para armar, y es ella la que recuerda en su sopor y balbucea un octaedro, y yo replico con todos los fuegos mis bestiarios, y ella menciona a su hermano de tierra Charlie Parker y yo le recuerdo lo irrisorio de los premios y la rareza de algunos exámenes. Para el final del juego pronuncio los nombres de Manuel y de la querida Glenda. Nos reímos de las coincidencias que no son tales y pienso –siempre termino pensando- en la maga.

Me desenvuelvo de mi disfraz aséptico de visita y, casi al partir, me pregunto si vale la pena contarle a K que esta tarde fui a visitarte y que te dejé la revista para vestirte aún más. Sin responderme, salgo de la clínica pensando en mi casa y en cómo hacer para darle belleza literaria a toda esta ausencia terrible de ayer, de hoy, de mañana.

1 de julio de 2006

Rayagüer


Línea 13 del metro parisino, foto del biologuero

Rayagüer
Alejandro Luque

Era tarde y estaba cansado. El tufo de neurastenia ciudadana terminaría por darme asco y me vendería el billete que siempre compro: el deseo de un viaje que sea corto. Pero el tumulto apurado e insolente en el autobús de las siete nos puso uno pegado al otro, y deseé que el viaje fuera largo. Fue mi mano la primera en despertarse. Fue el giro casi imperceptible de tu cabeza que nos volvió a la vida. Adelanté unos centímetros kilométricos mi cadera y la tuya me recibió con su resistencia micrométrica. Bailamos un rato el ritmo ajetreado del viaje mordiéndonos el jadeo. Tu mano luchó entre los intersticios de miles de extremidades hasta alcanzar la bragueta que ya no podía contener nada más. 

Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

... Y Después Soy Biólogo


La mesada de trabajo del Biologuero

... Y después soy biólogo
Alejandro Luque

Por la mañana existe ese lapso de tiempo entre el desayuno rápido y la puerta del ascensor que se abre frente al lugar que me contendrá una gran parte del día. Ese intervalo es lo más personal e íntimo de mi existencia social. Bajar las escaleras de mi departamento, abrir la puerta -no exactamente para ir a jugar-, husmear el aire, y cruzar la calle. Al paso, reconfortarme con los colores en plena construcción estética que el artista de mi verdulero pinta magistralmente. Entrar, enseguida, al bar-tabac para comprar los veinte cilindros demoníacos y encender uno compulsivamente. Nada me impide darle un vistazo al escaparate de Mirto, un negocio de ropa para jóvenes. A esa hora de la mañana todavía no manifiesto un juicio vehemente sobre las locuras de la moda. Me contento con saborear las potencialidades perdidas de mi cuerpo sintiéndome al lado de mí mismo. Luego el semáforo de l’Avenue de Clichy. Me preguntarán qué tiene de especial un semáforo en una avenida. Les respondo que mucho, y éste especialmente.

Hace varios años, cuando el tedio actual era un asunto impensable, una mañana muy fría de otoño, casi pegado al semáforo esperando que vomite su hombrecito verde, vi una chica joven que se me acercaba corriendo toda ella vestida en miles de capas de tules de colores y varias bufandas desplegadas como alas en su espalda. Creí que iba a saltarme encima, pero simplemente se agachó y recogió del pie del semáforo una hoja de álamo. Cuando se incorporó, me miró a los ojos sólo un instante, secó la hoja con los puños de su pulóver violeta y la abrigó en su vientre. Cruzamos juntos la avenida pero yo me dejé devorar por las fauces inclementes del metro, mientras que ella se habrá librado a la mañana parisina que reserva el rigor y sus grietas.

El viaje en metro es siempre eso: un viaje donde todos son piernas o rostros que esquivan otros rostros. La intimidad más próxima sin el mínimo contacto humano. El gusano avanza por el túnel secretando y absorbiendo viajeros. Finalmente todo pasa como los boletos por las máquinas, sin dejar rastro ni alma. Pero yo disfruto de ese viaje. A veces juego sonrisas, otras insinuaciones de caricias. Alguna vez fijé la mirada y, sólo una, recibí una cachetada. Por lo general, leo.

Cuando llego a la estación en frente de mi trabajo, el gusano me expulsa y saludo Les Invalides, primero, y la Dama de Hierro, después. Cruzo el campus entre el perfume de los narcisos en invierno o las hortensias en verano. Camino aún libre de mi contrato de trabajo. Saludo al quiosquero que acepta reservarme alguna locura cinéfila. Me acerco al edificio, tomo el ascensor. Cuando la puerta se abre, me dejo tragar por ese lugar que me dará de comer.

Después, soy biólogo durante unas ocho horas.


Hotel Terrasse


Biologuero, con el Hotel Terrass de fondo


La manera de percibir imita cada vez más los montajes del buen cine; creo que Ludmilla estaba todavía hablándome cuando pensé en el Hotel Terrass, en los balcones sobre las tumbas; o tal vez había soñado vagamente con el hotel y entonces Ludmilla, despertándome con un vaso de jugo de frutas, se volvió parte de las últimas imágenes y empezó a hablar mientras algo del hotel y los balcones sobre el cementerio seguían presentes. Después el métro me llevó hasta la Place de Cliché como si sólo él hubiera tomado la decisión y organizado los cambios de estaciones necesarios. Con Ludmilla no habíamos hablado mucho, era más de mediodía y no pensábamos siquiera en almorzar, hacía calor y yo estaba desnudo en la cama, Ludmilla envuelta en mi bata según su mala costumbre habitual, los dos fumando y tomando jugo de fruta y mirándonos y Marcos, claro, y la joda, todo eso. De manera que, Perfecto. Sí, Andrés, le dije, pero no quiero que todo quede como en una heladera desenchufada, pudriéndose despacio. Me miró cariñsamente, desnudo, medio dormido, desde tan lejos. Estás aprendiendo, Ludlud, es precisamente mi método y eso que habías llegado a la conclusión de que sólo servía para estropear más las cosas. No es el método sino las cosas mismas, le dije, siempre te agradecí la verdad pero hubiera sido mejor que no tuvieras que venir a contarme de Francine. Lo mismo puedo decirte, Ludlud, ojalá vos no me hubieras traído esas novedades, perfumadas con Joda y jugo de pomelo, pero ya ves, ya ves. También yo te lo agradezco, por supuesto. Somos educadísimos, salta a la vista.

Después ni siquiera llegué a la altura del Hotel Terrass, había sido un impulso mecánico que se cumplía como para darme tiempo y entrar en ese nuevo tiempo, ratificación de algo presumible pero aún no asumido; sé que salí del métro en la Place de Cliché y que anduve por las calles, bebiendo coñac en uno o dos cafés, pensando que Ludmilla y Marcos habían hecho perfectamente bien, que no tenía sentido plantearse problemas de futuro puesto que probablemente otros decidirían por nosotros como siempre. Pero el guardagujas había movido a fondo la palanca y todo se estaba desviando a la carrera, imposible aceptar de golpe los nuevos paisajes en las ventanillas, asimilarnos así nomás. Nada hubiera podido parecerme más horrible que la introspección en una terraza de café, fácil repugnante monólogo interior, remasticación del vómito; simplemente los hechos se daban como una mano de póker, había quizá que ordenarlos, poner los dos ases juntos, la secuencia del ocho al diez, preguntarse cuántas cartas pediría, si era el momento de blufear o si me quedaba una chance de ful. Coñac en todo caso, eso sí, y morder en la nueva vía con todas las ruedas hasta el próximo cambio de agujas.


Fragmento de Libro de Manuel, de Julio Cortázar (1973)

Urbi Et Orbi



Sacre Coeur, Paris, foto del Biologuero


Urbi et Orbi
Alejandro Luque

Es en esta época del año, La Pascua de Resurrección, y a fines de diciembre, por la Navidad, que esta latinísima expresión nos salta en la primera plana de todos los medios. Estrictamente hablando, quiere decir “a los romanos y al resto del planeta”. Teniendo en cuenta la datación del carbono catorce de esta frase, vale decir que el resto del planeta en aquellas épocas era un vecindario más que nada circunscrito a los dominios abarcables de la roma papal de los últimos siglos. Hoy la frase tiene otra connotación, quizá más global (a la imagen y semejanza del google earth) y que se podría traducir como “a los presentes y a los que nos ven por la televisión, nos escuchan por radio y nos leen en la prensa”.

Como sea, es el momento del año en el que la cristiandad recibe, sin pagar el diezmo, la bendición papal. Algunos católicos apostólicos románicos (perdón… romanos) aseguran que si uno está en la Piazza San Marco, la bendición “llega más profundamente”.

La bendición del Papa, como todo personaje mediático y político que maneja opiniones y es capaz de dirigir guerras, no es para menospreciar ni para pretenderlo como un discurso telúrico o folclórico más. Su Santísima Figura rocía a los presentes y al resto del mundo de agua bendita y de un mensaje que refuerza el dogma de su reino, el reino del Dios de los católicos. Y en ese mensaje se puede leer, como una gitana recorriendo las marcas de nuestra palma, dónde está occidente y hacia donde va. Porque no olvidemos que el occidente cretino (perdón… cristiano) es el nuestro. Seamos fervientes creyentes, fervientes agnósticos, fervientes evangelistas u ortodoxos, o fríos indiferentes. La institución de la iglesia, como los gobiernos y su peluca política, infiere profundamente en nuestras vidas.

Hace un rato, Su Santidad Benedicto XVI utilizó varias veces la palabra “honroso u honra” para definir las salidas de nuestros problemas mundiales. Que Irak salga honrosa de esta situación evidentemente poco honorable, que se logre una salida honrosa frente a los ‘problemitas’ nucleares que nos afectan. Volvió a esa posición que nunca resolvió nada sobre Palestina e Israel. No tiren más bombas y que se reconozca ese ‘controvertido’ estado. También posó sus ojos celestes en las realidades de injusticia e inestabilidad política de la América latina y de las problemáticas, más que insoportables, de África.

Nada nuevo bajo el sol. Urbi et orbi. A quien quiera escuchar aquí y allá. No podemos criticar la política de los Estados Unidos de América en Irak. No podemos enfrentar el poder económico de Israel y decirles que no tienen razón de ocupar de esa manera ese territorio. No podemos confiar en la arquitectura política de Irán y su desarrollo nuclear, por tanto no podemos apoyarlos (y automáticamente apoyamos la arquitectura política de USA que tiene su poder nuclear listo para ser utilizado). Los problemas en Africa son todos políticos. No hablemos de S.I.D.A., ni de la cultura de los preservativos, ni de la humanidad económica que podría sofocar a ese continente de una plaga occidentalmente injusta.

Urbi et orbi. No hablemos de la explotación a los límites de la esclavitud que ya llega, de la mano de las derechas, incluso al primer mundo. No hablemos de la asfixia que sufre el planeta para que una fracción circule por impecables autorrutas en magníficos coches. No hablemos del problema del petróleo que se nos acaba, como el agua que ya comienza a dar signos de agonía. No hablemos del colonialismo en pleno siglo XXI ni de los crónicos chicos que se mueren de hambre allí donde el primer mundo católico, apostólico y románico (perdón… romano) se instala para obtener más creyentes y mejores beneficios.

Urbi et orbi. La Pascua de Resurrección es el festejo de la esperanza. Es el momento en el que la cristiandad, en luto por la muerte terrible de su pastor, bate los colores de sus almas, porque el hijo de Dios les mostró que él podía volver contra todas las vicisitudes.

La esperanza de un mundo razonable y humanamente mejor latiendo en nuestros corazones de seres responsables. "Honrar la vida" como supo escribir magistralmente esa pérdida irreparable de Eladia Blázquez.

Todo lo demás, me parece un circo urbi et orbi.

Con todo el respeto a la creencia de cada un@, me permito emitir esta opinión de Pascua.

Responsable Pascua de Resurrección a tod@s y cada un@.

Diferencias Horarias


Torre Eiffel penetrando la bruma, foto del Biologuero

Diferencias Horarias
Alejandro Luque

Volver, cuando de distancias y de tiempos se trata, posee ese matiz inevitable del miedo al encuentro y, a la vez, al desencuentro. El traslado en sí opera a modo de intersticio entre las rutinas de la nueva vida y las viejas imágenes que uno mismo dejó impregnadas en ese lugar al que uno vuelve. Una hora de viaje se convierte en sesenta minutos de posibilidades, de dudas, de recuerdo, ya hilarante, ya lacerante. Y uno avanza como la flecha que busca el blanco, decidido y prácticamente imparable. Y el tiempo cambia a medida que se atraviesan los meridianos.

Llegar es algo así como recuperar la valija y otros menesteres que uno depositó un tiempo antes en una consigna. Hay ese ánimo de recuperación, de readquisición de códigos, de hábitos, de reconocimiento meteorológico del cielo, de la tierra y de los humores. Vientos fuertes, humedad penetrante, sensación térmica, dérmica, visceral. Y también las horas, porque si volver es sentirse la flecha que se dirige al blanco, llegar es tomarse el tiempo para perder la piel, para desnudarse de todas las ropas, seguramente inadecuadas para recorrer el otro lado del charco. Luego uno va vistiéndose en cada kilómetro que une el aeropuerto con el primer destino que marcará un descanso. Es un proceso casi natural, inexorable, y no está exento de un cierto pudor. Es en esos momentos en los que uno mira el reloj y se da cuenta de que ganó o perdió varias horas.

Estar implica poner en pausa lo que se dejó del otro lado y arrancar aquello que quedó detenido en el lugar de destino. Es durante ese intervalo de un tiempo necesariamente desordenado, que uno recupera la identidad propia que siguió viviendo en los otros durante su ausencia. Uno se reconvierte a la realidad más subjetivamente inalterada que los otros le reclaman. Se podrían argumentar millones de canas nuevas, arrugas y curvas siempre in crescendo, hasta la infección de algunos acentos extraños que delatan la enfermedad del exilio. Pero allí, en cada encuentro, en cada mate y asado, en cada vaso de vino tino o en el porro de la paz de toda reunión de viejos conocidos, uno vuelve a ofrecer lo que fue a la luz de los demás. Y las horas nuevamente; porque aún con el flamante atuendo de visitante local, ahora es el alma y sus alrededores los que piden su momento para mutar, o quizá para desmalezarse del aire impregnado del otro mundo, tal vez para despertarse. Sin pretenderlo, uno recrea una simbiosis imposible con el pasado, con su pasado; con esa parte de su vida que quedó truncada, desmembrada de todo futuro el día que se ejecutó el primer partir, pero que no murió ni se desvaneció. Porque los códigos se retoman como si se los hubiese dejado a un costado por un rato. Porque los ojos ingenuos comienzan a olvidarse de las canas y de las curvas para develar los rostros de siempre, esos que permanecen inmutables detrás de las caras. Por momentos, las alas se despliegan.

Regresar es el salto al vacío conocido. En ese nuevo volver las horas son siglos interminables. La miríada de sensaciones y momentos inolvidables flota en una suerte de presente quimérico y comienza a decantar lentamente. Las vecindades del alma y el alma misma se abroquelan, se contraen, se encierran en su capullo. Uno se pone el traje del regreso con el primer signo inocultable de la vuelta. No es natural, pero es necesario ese arropamiento poco instantáneo. Debajo, el charco inmenso se encarga de ahogar el dolor que pudiera aflorar. El mecanismo de pausa y arranque se disparan y la flecha se lanza a su nuevo blanco.

Ser del otro lado tiene que ver con el cambio, vivir con las decisiones que se han tomado de una u otra forma alguna vez. Vivir a veces bien, a veces mal. Caminar un sendero con códigos a los que uno se va habituando, pero que nunca serán los de uno. Algo debe haber de importante en ese quedarse del otro lado, de lo contrario no tendría sentido el regreso. Quizá tenga que ver con esa sensación sutil que suele surgir durante la estadía: saberse de paso, siempre, y siempre extranjero en cualquier lugar. Parece increíble, pero una vez que se es extranjero, no hay posibilidad de reversión. Queda la esperanza de volver, de llegar y de estar de vez en cuando, como sucedáneo para ese ser que se es, aunque las horas intenten engañarlo a uno con sus sesenta minutos de ubicuo rigor de presente. Y desde ese presente en la distancia, uno aprende a ser muchos, y varios de nosotros logramos ser felices, de a ratos.

Obviamente, uno vuelve a cambiar la hora al llegar al aeropuerto.

Errante

"Tour et Lampadaire", Paris, foto del Biologuero

ERRANTE

Alejandro Luque

Palomas y cuervos. Y por supuesto gente. Pero ningún gato, ni un miserable perro que ladre o que decida hacer de su camino el mío. Las calles y los barrios, no obstante, podrían albergar esos seres ubicuos que suelen pulular en el entorno. O, al menos, que habitaban los lugares en los que viví. Pero no.

Río Cuarto tiene un puente que atraviesa un intento de río que muchas veces es un hilo irónico frente a la sed veraniega de sus habitantes. El puente, al que fotografié en detalle para el asombro de los lugareños, fue ensamblado por un equipo alemán en 1914. Siempre me pregunté por qué nunca lo usaron para filmar esas películas bien americanas de la primera guerra, de la que es un fiel exponente. Macizo y eficiente, como toda la tecnología germánica, flota por encima de ese vacío que debiera ser llenado por el cuarto río de Córdoba. El trayecto tiene unos quinientos metros y sendos pasajes peatonales a los costados. Las arcadas de hierro y el relieve de los bulones se suceden con inercia, inertes. Uno lo atraviesa de noche sabiendo que no se va a caer. Y, sin embargo, esa travesía tiene tanto de aventura que cada parante que define un recoveco es una puerta abierta al universo. Una noche, en uno de esos rincones, encontré un proyecto de gato todo gris y desamparado que me obligó a abrigarlo y ponerle el nombre de Férula, como el personaje de La Casa de los Espíritus.

Mis noches de lujuria al otro lado del río ‘pandito’, regadas de Blenders y de profundas amistades que me llenaban el corazón, me exigían atravesar el puente a diario y muy tarde… Nocturnamente. La tasa de alcoholemia jugaba sus descontroles, pero la solidez del puente acompañaba cada movimiento torpe y desencajado. Un hombre borracho, y con el corazón lleno, pisa mal, huele mal, pero sabe siempre en qué dirección está su norte… siempre diez grados a la derecha y diez a la izquierda. En esas travesías solían acompañarme los cuzcos de la rivera. Verdaderas carcazas vestidas de perros que salían de la oscuridad que reinaba al principio del puente. Ladraban frases pretenciosamente feroces, pero que terminaban siempre con esa tonta aceptación canina frente a la mano que se estira prometiendo una caricia. El acto humano que, más que nada, tenía por objetivo amansar los ladridos que atontaban y revolvían el alcohol en la sangre, provocaba toda una corte de acompañamiento que se diluía casi siempre del otro lado del puente. En ocasiones, un cuzco obstinado seguía más allá mis pasos en ‘ese’ y los monólogos impertérritos que me surgían. Cuando el asfalto se perdía en una estela de polvo, los guardianes caninos y bien alimentados del barrio se despertaban, y el cuzquito osado volvía, solemne y convencido, sobre sus pasos. En el garaje de estudiante donde vivía me esperaba Férula con sus miaus roncos y su pelambre gris presta a la caricia, pero no demasiado. Lo justo. Quizá percibía mi estado de embriaguez o, simplemente, vivía su oficio de gata. La cama solía ser una superficie donde arrojarse cansado para metabolizar el alcohol en menos de seis horas, antes de volver al laboratorio e intentar escribir una tesis.

Por aquellos días y aquellos lares, el asfalto de la ciudad se confundía con los caminos de tierra. No era necesariamente un problema, salvo cuando las precipitaciones iban más allá de las seguras previsiones. Allí y entonces, el asfalto se convertía en pasarelas de agua que desembocaban sobre el alisado. En minutos, este se convertía en verdaderos estanques fangosos poblados de cuanto bicho uno se imagine. Arañas molestas, hormigas haciendo puentes incomprensibles, garrapatas flacas escondiéndose en las cornisas, grillos silenciosos y perturbados colonizando los zaguanes, ratones, por lo común ausentes, atravesando los salones y las cocinas… y moscas embelesadas de tanto terreno pegajoso. Al almacén iba en botas para comprar Raid y espirales contra los mosquitos previsibles. Nunca faltaba una sanguijuela que se incrustaba en el jean o la piel y que había que despegar con asco y tirarla en el inodoro. Allí se arqueaba y se condensaba, justo antes de vaciar el depósito de agua. Y por la noche, ranas. No sólo el coro, sino la visita. Tanta agua por todos lados invitaba a traspasar el bajo de las puertas, a trepar por los vidrios y saltar dentro de la pileta de la cocina. Allí las encontraba por la mañana, perdidas, desesperadas. En un universo equivocado.

En esos momentos, Férula se volvía más salvaje que de costumbre y no comía su alimento. Pasaba la noche fuera del garaje correteando sobre los techos. A unas cuadras, el arroyito se volvía una masa alocada e incontenible de agua que bajaba hacia su destino. Y cruzar el puente de ida o de vuelta cobraba una nueva magnitud. Con todo, los cuzcos no abandonaban jamás sus escondrijos. Las tertulias de discusiones eternas resolviendo el mundo y explicándolo de todas las maneras posibles se sucedían sin considerar el nivel del agua. Las noches eran abiertas y los perros seguían ladrando. Los gatos maullaban sus celos como bebés desesperados. Los zorzales y las urracas pasaban, nidaban y partían.

Hoy, atravesando el Pont Alexandre con una lata de cerveza en la mano, me asombré de la belleza del Grand Palais a la izquierda y de la contundencia barroca del Petit Palais a la derecha. El Sena, masivo y agitado, reflejaba los rayos de un sol tímido sobre su cresta. Había mucha gente sacando fotos y que hablaba idiomas inciertos. Busqué algún perro suelto, algún gato abandonado en un rincón. Sólo encontré hordas de palomas y varios cuervos. Alguien se acercó y me pidió en una lengua universal que le sacara una foto. Clic. Volaron algunas palomas mientras uno de los cuervos miraba con avidez el ocular de la cámara.

Del otro lado del puente recordé, y no pude evitar comparar. Bien que a mi espalda se acostaba el sol sobre la torre Eiffel, mi espectáculo preferido, me di cuenta de que en París no hay perros en las esquinas, ni gatos abandonados. No hay calles de tierra ni la ironía de un río pandito. Sólo palomas y cuervos. Y, por supuesto, gente.