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11 de agosto de 2017

La Jubilación de Atilio Larreja



No hubo despedida oficial para Atilio Larreja. Con una pequeña caja de cartón bajo el brazo izquierdo y en la mano derecha un sobre conteniendo un CD —el último que le quedaba por entregar—, Larreja se dirigió sin exaltación al despacho de Recursos Humanos para firmar los papeles que oficializaban su retiro. Mientras se alejaba de lo que había sido por décadas su escritorio y atravesaba los de sus colegas de la Oficina Nacional de Censura, pensaba en el descanso anticipado que le imponían. No extrañaría aquel antro viciado de insonorización, cruces rojas, bandas negras y cortes. Se cruzó con la esbelta pelirroja que ya conocía bien. La pulposa venía dispersando vahos de ese perfume empalagoso que le revolvía el estómago, carpetas en mano y presta a ocupar el lugar que él acababa de quitar. Se ignoraron. Frente al despacho, Atilio dejó la caja con sus bártulos sobre un mostrador, se reacomodó los lentes que hacía rato dejaron de contrarrestar su hipermetropía, se ajustó la odiosa corbata de rigor y aplastó las canas rebeldes que le quedaban en las sienes y que le agregaban diez años a su edad. Golpeó y entró sin esperar.
En el archivo de audio se escucha con claridad la voz excitada de una mujer: “Te estoy esperando desnudita en nuestro nido, conejito. ¿Preferís aburrirte con la [pip] de mi hermana o revolcarte ahora conmigo?”. A lo que el interlocutor responde: “Estoy en camino, mi Carmina Putana. La [pip] de [pip] de mi mujer no cuenta, ya sabés. ¿Qué te estás tocando, [pip] mía? Te voy a [corte de banda]. La [pip] me va a reventar el cierre del pantalón”. Y ella: “Vení ya a toquetearme, mi hexápodo perverso, que la [pip] se me hace agua”.
El hombre, más joven que él, levantó la vista sin mayor interés, esbozó un saludo protocolar y lo invitó a tomar asiento con un gesto de la mano. Desde el escritorio que acababa de desocupar, Atilio lo había visto trepar varias jerarquías propias de la Oficina en un tiempo récord y volverse el inescrupuloso y poderoso jefe de Recursos Humanos. El mismo que le había negado la posibilidad de extender su actividad laboral por dos años más y jubilarse con mejor prorrata. Se sentó sin decir una palabra, corrigió la postura, puso entre las piernas el sobre y se frotó las palmas de las manos húmedas de ansiedad. Mientras evitaba inhalar el aire perfumado del despacho para ahorrarse más vértigo estomacal, se permitió evaluar el mal gusto de la decoración, la falta de luz por unas cortinas amarronadas que tapaban la única ventana que daba al exterior, el ficus artificial cubierto de polvo en un rincón, la foto familiar —mujer y dos nenas— encuadrada en falso metal y varias carpetas apiladas sobre el escritorio y en una mesa escuálida al costado.
—¿Preparado para vivir la gran vida, Larreta? —escuchó que le preguntaba el otro con exagerada jovialidad.
—Larreja —corrigió imperturbable.
—Todos los papeles están listos —agregó el hombre usando ese entusiasmo exuberante que Atilio conocía bien, y siguió—: me he ocupado personalmente de las certificaciones para que cobre lo más rápidamente posible, ¡y a vivir la vida, Larreta!
—Es Larreja, y le agradezco el empeño.
—Mire… Yo intenté alargar su situación, pero usted sabe cómo son los quisquillosos de arriba —declaró en mentada confidencia el director, los brazos apoyados sobre el escritorio.
—Veo —respondió Atilio buscándole la mirada sin éxito—. Me acabo de cruzar con la mujer a punto de tomar posesión de mi despacho —agregó con dejo irónico—. Bien podría haber esperado dos años para ofrecerle mi puesto.
—Eh… ¡Pero qué son dos años, Larreta! ¿Unas monedas más en su seguro jubilatorio? Por esos cacahuetes usted está libre desde hoy y abre paso a la juventud con dignidad. Si supiera cómo lo envidio, cómo quisiera estar en su lugar… —El joven retomó su posición para buscar entre los papeles del escritorio uno que le extendió enseguida—. Firme abajo a la derecha, ¡y a vivir la vida, Larreta!
Atilio Larreja leyó con detenimiento los detalles de su jubilación anticipada. Luego firmó. Devolvió el papel buscando una vez más la mirada del hombre, pero éste sólo recibió el documento, estampó un sello con ruido sordo y lo acomodó en una carpeta. Dejó su asiento, rodeó el escritorio y se acercó a Atilio que se incorporaba y recuperaba el sobre de entre sus piernas.

El video muestra la dirección en una calle y hace zoom en un portal. A continuación se enfoca el interior de uno de los departamentos. En primer plano se ve con bastante claridad el cuerpo de un hombre desnudo. Una cruz roja oculta su sexo.
—¡Ah, Larreta! —exclamó extendiendo la mano—. Le agradezco en nombre de la Oficina su valioso empeño al servicio de nuestros conciudadanos que esta familia insobornable protege de todo acto inmoral.
Se le acerca una mujer pelirroja con el sexo y los senos cubiertos por barras negras. Se abrazan, se besan [corte de banda].
Atilio Larreja no le correspondió; siempre había sentido cierta aprensión por esos seis dedos que el joven mostraba sin prejuicio. En cambio, le extendió el sobre con el CD. Sin bajar la vista advirtió con parsimonia:
—Su mujer seguramente recibió una copia este mediodía, su pelirroja cuñada ya habrá encontrado la de ella en uno de los cajones de mi antiguo escritorio y el pibe de las diligencias estará dejando la tercera en las oficinas de los quisquillosos de arriba.
El flamante excensor salió de la oficina sin saludar al boquiabierto director de Recursos Humanos, se quitó los lentes y la corbata y los metió en la caja que recogió del mostrador. Antes de abandonar el edificio, tiró la caja de cartón con todo su contenido en la gran máquina trituradora de la planta baja.
El coito explícito sigue sobre el sofá. Aunque una cruz roja impide ver los detalles del acto, ahora el zoom enfoca la mano izquierda del hombre con sus seis dedos apoyados sobre el flanco de la mujer que lo cabalga con inocultable frenesí.

Ya en la calle, encendió el cigarrillo que se había prohibido fumar en los últimos años. Fue en ese exacto momento que Atilio Larreja sintió el júbilo indescriptible de haber concluido el último e impecable acto de su vida profesional.


7 de agosto de 2017

Vos tendrías que


Hace mucho que quiero escribir sobre esta maliciosa construcción del condicional que escucho muy seguido de aquellos que opinan superficialmente –y no dudo que de buena fe– sobre lo que uno debe hacer según ellos para resolver la situación de mierda que nos acontece y que ellos perciben desde su lugar.
No hay expresión menos empática que el “Vos tendrías que”. Este condicional –paquete modo que aprendimos a usar para relativizar el rigor de algo que queremos afirmar–, tiene un componente en castellano que es el verbo tener y que se usa en este caso como mandato equivalente al deber. El condicional lo suaviza, onda que lo que vos pensás que tengo que hacer, que debo hacer, para no presionar, se transforma en el vos tendrías que, que suena mucho mejor, porque parece que no obliga y, por sobre todo, le saca racionalmente al emisor la responsabilidad de que vos encuentres una solución verídica. Es verdad, de hecho no lo hace. Uno podría hacer aquello para que le vaya mejor, que seguir con esto otro con lo que sin lugar a dudas no la va tan bien. Recuerden: poder es posibilidad, tener es deber o mandato. Uno le agrega el condicional y parece que son la misma cosa, pero no lo son.
Lo que jode doblemente al receptor del “vos tendrías que” (receptor que, desde el vamos, está en falta frente al emisor, ya que éste piensa que uno no está haciendo lo que “habría” de hacerse) es sentir en carne propia que todo lo que uno ha intentado, vivido, fracasado y vuelto a intentar, para el otro no es suficiente, que no sirve ni existe, que uno está ahí sangrando al pedo porque no vio que se podría haber hecho otra cosa. De hecho, uno “tendría” que haber hecho esa otra cosa que no hizo o no la hizo del todo como “tendría” que haberla hecho. “Estoy sin laburo hace mucho, está complicado” “¿Ya miraste en los avisos en el diario?” “Sí, claro. Hay trabajo en este rubro, pero no es el mío” “Ah, vos tendrías que pensar en lo que querés” “Yo sé lo que quiero” “Sí, pero vos tendrías que ser menos pretencioso y reconvertirte” “Reconvertirme, de acuerdo, pero ¿en qué, cómo? Y vos, ¿sabés qué es reconvertirse?” “Bueno, yo te digo lo que me parece que tendrías que hacer” “Gracias”.
A veces no existe este diálogo, porque el que está buscando laburo y no lo encuentra, o al que le va mal en una relación y no logra cambiarla, o quien intenta hacer las cosas de otra manera pero no puede; en resumen, el que “tendría que” hacer lo que no hace según el otro se enmudece pensando que las cosas en su vida están aún peor de lo que estaban antes de recibir esa lección de dirección preclara y bien fundada, porque está disfrazada de ese condicional implacable que no obliga aunque ponga en falta.
Yo me pregunto, ¿cuándo nos volvimos tan pelotudos como para pensar que si el otro está mal es uno quien la tiene clara? ¿Cuándo nos convencieron –y quién lo hizo– de que la empatía es crear distancia, altura y diferencia? Porque cada vez que decimos una frase que empieza por “vos tendrías que” nos alejamos años luz de la realidad del otro. La empatía no tiene nada que ver con eso. Cuando decimos “vos tendrías que” –no nos mintamos– no le estamos dando una pista real y con onda al otro, no le estamos brindando ayuda alguna porque no estamos ni ahí de ponernos en su lugar, de acercarnos, si más no fuera, a entender realmente su problema: le estamos diciendo que debiera hacer eso que pensamos, que seguramente ni siquiera nosotros haríamos, y que no hay nada más que discutir. El “vos tendrías que” es una putada por eso: es indiscutible, es un juicio, desde cualquier lado que se lo mire es algo infranqueable, y suele terminar con la misma lógica impardable del otro famoso “hacé lo que te parezca”. Cada vez que decimos "vos tendrías que", a sabiendas o no, estamos emitiendo un juicio sobre el otro. Sí, lo juzgamos porque desde nuestro lugar nos parece claro el camino que el otro debiera seguir, sin detenernos un momento a "sentir" lo que el otro está sintiendo y necesitando en su lugar. El "vos tendrías que" es la No-Empatía.
En un atelier que seguí hace unos meses para organizar mi situación de desempleo, la instructora puso desde el primer día una única consigna que teníamos que respetar a rajatabla. Cada vez que nos dirigiéramos a uno de nuestros pares del atelier para indicarle algo que pensábamos sobre su histórico o sus formas de hacer o no hacer, teníamos que hacerlo utilizando el encabezado “En tu lugar yo…”. Jamás el “Tendrías que”. A fuerza de cumplir con la consigna, esos desconocidos que éramos y con los que nos fuimos conociendo a lo largo del taller, dejaron de ser un objeto de juicio para transformarse en personas iguales que tienen problemas distintos a los de cada uno, como los de cada uno son distintos a los de los demás. Todos estamos en el mismo quilombo del que cada uno sabe que no es fácil salir ni por dónde, aunque sabemos que tenemos que hacerlo, que "tendríamos que hacerlo", y que lo que menos necesitamos es que desde una cierta altura de superación y falta de verdadera empatía alguien venga a decirnos lo que tendríamos que hacer sin haber medido por un segundo a quién se lo están diciendo y viniendo desde qué lugar.
Por favor: no digan más lo que ustedes piensan que tendría que hacer el otro. Cada vez que lo hacen es seguro que lo dañan, lo frustran, lo ningunizan y, por sobre todo, no le están dando la pista a la solución que necesita, que está buscando desesperadamente o desde sus propias limitaciones. Si no se pueden poner en el lugar del otro, que es lógico, no digan nada. Es preferible que no le digan nunca nada. Y tengan en cuenta que están rodeados de muchos, cientos, miles, miles de miles de otros que sienten, viven y se desencarnan a cada segundo, a cada minuto, todos los días al despertarse, cuando se lavan los dientes, cuando abren el diario, cuando se meten la mano en el bolsillo, cuando apagan la luz, cuando te los cruzás en la calle o vienen a tu casa o te los encontrás en FB o en la mesa de un café. Todos ellos sienten exactamente lo mismo cuando alguien empieza o termina sermoneándolos con el puto “vos tendrías que”. Y lo digo por simple y pura empatía que, a estas alturas de lo incomprensible, se me hace tan necesaria como el aire cada vez más putamente enrarecido que respiramos todos por igual.



4 de agosto de 2017

222


222 millones de euros es la suma que va pagar el club de fútbol parisino Paris Saint-Germain a su par en Barça  por la transferencia de un chico de 25 años a su plantel. ¡222 millones de euros para perseguir y patear una pelota unas horas por mes y entretener a una importante población de gente por ese rato! Gente que, en su media y en el mejor de los casos, recibe un salario de 1800 euros por mes por laburar 40 horas semanales. 222 millones de euros es el equivalente de 10.000 salarios de esa gente durante diez años (120.000 salarios medios). Pero el asombroso tema no termina ahí. Este muchacho, quien debe ser un deportista excepcional, ganará 30 millones de euros netos de impuestos por año, durante 5 años. ¡30 millones de euros anuales netos, 150 millones de euros en 5 años! Esta gente del público para la que existen estos eventos del fútbol y que hay que entretener (sin olvidar que, además, pagan el espectáculo asistiendo al evento o siguiéndolo por los medios), tiene que laburar un promedio de 35 a 40 años para obtener una jubilación que (y otra vez, en el mejor de los casos) será del 80% de ese salario de 1800 euros, o sea: unos 1500 euros de jubilación por mes. Por lo que el salario de este chico de 25 años en los próximos 5 años representa 10 años de jubilación de 10.000 gentes de este público, que son quienes al final justifican y consolidan este enorme despropósito humano. Que no es el único, es verdad. Y así estamos.



222 millions d'euros est la somme à payer par le club parisien de football Paris Saint-Germain à son pair Le Barça pour le transfert d'un garçon de 25 ans à son équipe. 222 millions d'euros pour taper et poursuivre une balle pendant quelques heures par mois et d’amuser une grande population de personnes y durant ! Des personnes qui, dans leur moyenne et au mieux, reçoivent un salaire de 1800 euros par mois pendant 40 heures par semaine. 222 millions d'euros représente l'équivalent de 10 000 salaires de ces personnes pendant dix ans (120 000 salaires moyens). Mais le sujet incroyable ne s'arrête pas là. Ce garçon, qui doit être un athlète exceptionnel, gagnera 30 millions d'euros nets d'impôts par année pendant 5 ans. 30 millions d'euros par an nets, 150 millions d'euros en 5 ans ! Ces personnes du public pour lesquelles ces événements de football existent, et qui doivent être amusés (sans oublier que, en plus, ils paient le spectacle en y assistant ou en le suivant dans les média), il faut qu’ils bossent en moyenne 35 à 40 ans pour obtenir leur retraite que (et encore, dans le meilleur des cas) ne sera qu’un 80% de ce salaire de 1800 euros, soit environ 1500 euros de retraite par mois. Ainsi, le salaire de ce garçon de 25 ans au cours de ces 5 prochaines années représente 10 ans de retraite de 10 000 personnes de ce public, qui sont finalement ceux qui justifient cette énorme absurdité humaine. Que ceci ne soit pas la seule bêtise, c'est vrai. Pourtant, nous y sommes.


AL


31 de marzo de 2017

Empatía



En estos días, en estos años, en este tiempo en el que nuestras urgencias individuales nos provocan esa presbicia social y cultural que no tiene solución en ninguna óptica de barrio o centro comercial, yo propongo salir a la calle a gritar, a hacer huelgas y pedir que las seguridades sociales nos cubran los lentes de la empatía. En esta época en la que cada franja tribal vitupera la que percibe en frente, al costado, arriba o abajo, yo pido porque los poderes legislativos, ocultos o no, nos marquen el camino legal hacia la empatía. Ahora que todo es inmediato, noticias, opiniones, juicios, irrelevancias y menosprecio, ahora que las distancias parecen haber desparecido y todas las personas nos creemos ver, entender, experimentar, comprender, sentir todo y a todos a través de las redes y sus inmediateces, yo pido por que nos envíen el enlace interactivo y permanente de la empatía. Hoy que la educación se nos cae a pedazos por opiniones, posturas, políticas, intereses y ausencia total de visión de futuro de todas las partes, yo reclamo que el primer día de cualquier clase les expliquemos y declinemos en todas sus formas a nuestro futuro qué quiere decir empatía, que lo escriban cien veces, mil veces, recorten y peguen, pero que entiendan al menos una vez su significado. En este momento en el que mueren pibes de hambre, de guerra, de odio, de abandono, de desvida; en este preciso momento en el que seguro hay alguien a menos de cien metros de nosotros que está solo, desamparado, al borde del abismo, necesitando una mano, enfermo, devastado, a punto de desvivirse, yo exijo que los candidatos que nos gobiernan y los que están haciendo campaña para hacerlo, nos digan claramente cómo van a implementar la empatía en el pueblo, en sus votantes, en sus ciudadanos; que lo digan sin peros ni timidez; que lo griten, que lo enarbolen como bandera. Ya quiero que los poderes judiciales penalicen la delincuencia de los apáticos con penas de empatía forzada; que se propongan ministerios de empatía durable y que se defina una cartera para establecer y mantener líneas verdes que reciban los reclamos de empatía. Que nadie en este mundo se vea privado de empatía. Que nadie nunca pueda decir que una persona no haya sabido ponerse en su lugar. Que el dolor nunca más sea un sentimiento ignorado. Que la invalidez, la enfermedad y el desamparo no vuelvan a ser un camino en soledad para quienes no quieran estar solos. Que la diferencia jamás sea la excusa para segregar. Y en este instante que ya se acaba exijo al individuo humano el compromiso de su propia humanidad: humanidad sin la que no seremos otra cosa que esto que estamos siendo, sufriendo, aceptando, destruyendo, ignorando por ausencia de empatía.

24 de marzo de 2017

Límite Exterior de la Plataforma Continental Argentina




El 22 de Marzo de 2017, la Comisión del Límite Exterior de la Plataforma Continental, dependiente de la Covención sobre los Derechos del Mar de la ONU, aprobó la zona pendiente de resolución (en rojo en el mapa) de 1633 km2, con lo que se concluye el reconocimiento del espacio marítimo-oceánico de la República Argentina que se extiende más allá de las 200 millas marinas desde la costa, y suma al territorio nacional 1.700.000 km2 de soberanía y juridicción para la explotación y conservación de recursos, como así también para fundamentar con argumentos aún más sólidos las demandas por litigios en Malvinas e islas del Atlántico Sur, sobre los que la Comisión no se expide. El proyecto fue presentado en 2009 durante la gestión de Cristina Fernández de Kirchner y fue aprobado con dos reservas (zona roja) en Marzo de 2016 durante la gestión de Mauricio Macri quien continuó la línea diplomática de su predecesora para que la comisión concluyera con la total aceptación del proyecto el 22 de Marzo de 2017. 




(Fuentes: Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Información para la prensa 088/17, 
Comisión Nacional del Límite Exterior de la Plataforma Continental

14 de noviembre de 2016

Democracias poco demo que hacen gracia


Anoche me encontré en un bar con un norteamericano de Washington radicado en París. Entre cervezas y mucha frustración mutua por diferentes razones, intercambiamos instan-táneas de este mundo de locos en el que él y yo vivimos, pero, y por sobre todo, yo logré entender lo incomprensible del sistema electoral de los EEUU. Cabe aclarar que Keith, así se presentó, tiene mi edad (la cincuentena), es profesional en medios de comunicación y vive en París desde 2009, el año siguiente a la explosión de la crisis de las “subprimes”, crisis sobretodo generada por los grandes especuladores bursátiles de su gran país.

Keith votó a Hillary Clinton básicamente porque se dice demócrata y para hacer frente a Donald Trump pero muy poco convencido por la honestidad de la que podría haber sido la primera mujer al mando de esa bolsa de gatos que es USA. Básicamente Keith me dijo lo que todos sabíamos: que HC ha participado en obscuras relaciones “carnales” con el lobby bancario/empresarial que puso de rodillas a millones de ciudadanos norteamericanos (y del mundo) en 2008; que más de una vez fue agarrada in fraganti diciendo, contradiciéndose, que hay que hacer lo que ella misma no hace: la promoción de la escolaridad pública versus la privada –su hija va, obvio, a la privada–; su mudable (o)posición contra el casamiento de gays; su cambio de ideas desde la anti-inmigración hasta a adherir al programa integrativo de Obama; sus ataques a Wall Street cuando su riquísima fundación vive de ellos; su camaleonismo con el (delicadísimo) tema de seguridad de salud; y varias otras perlas que, en lo personal, siempre me parecieron las de un candidato dispuesto a todo, sobre todo a mentir. Pero frente a ella estaba el Trump patéticamente misógino, climatoescéptico, el de los muros con México, el de la superioridad blanca, antiabortista y mata-putos, el de las deportaciones masivas que nunca pagó debidamente sus impuestos. Así, Keith voto contra Trump por Clinton.

Numéricamente hablando, o sea por cantidad de votos, ganó HC; sin embargo el presidente del país de Keith es Trump, por amplia mayoría electoral. Al preguntarle sobre esta contradictoria curiosidad, Keith me respondió: “En mi país no es el ciudadano el que tiene el poder del voto, sino los colegios electorales federales que no representan exactamente el número de habitantes sino su cualidad. De esta manera, un votante de una zona rural como el Wyoming tiene más de tres veces de peso que uno de Washington. Digamos que por 10000 habitantes de Washington hay 1 elector; por el mismo número en el Wyoming, hay tres o más. Es el número de votos de los colegios electorales, y no los de sus votantes, el que define en última instancia los resultados de las elecciones. Los colegios de electores de esos estados rurales son históricamente republicanos, mayoritariamente blancos, salvo un par de excepciones que fluctúan entre los dos polos. Mi voto por HC fue uno de los 200.000 [*] que sobrepasaron los que fueron atribuidos por los votantes norteamericanos a DT, y sin embargo el peso de voto de los colegios electorales puso a este populista desvergonzado al mando de la Casa Blanca. ‘En USA son las clases las que eligen a su líder, nunca el pueblo [sic]’.”

Hablamos de otras cosas y a la tercera cerveza nos despedimos con Keith que se fue a destilar su desilusión en una catrera cerca de Batignolles. Yo, mientras caminaba por Brochant yendo a casa, me resumí el tema así: “O sea que la primera democracia del mundo nos está diciendo que hay calidades de votantes, que no son del todo ellos los que eligen a su presidente y que ciertos votos tienen más valor que otros. Es increíble, pero para ese más del 50% que votó por Hillary en las controvertidas elecciones presidenciales de 2016, hoy, en el país de la libertad, está a la cabeza un tipo al que votó menos del 50% de votantes, tipo que es bastante desagradable, impresentable en su discurso, machista manifiesto, intolerante y oportunista… y, a mi modo de ver, peligroso. Como para Keith, Hillary no hubiese sido santo de mi devoción pero, de haberla votado, hoy yo estaría sintiendo el mismo rigor de fraude electoral con el que Keith vive desde este último martes.” 


[*] La cifra de 200.000 votos populares a favor de HC fue el resultado previsional que dio a conocer Associated Press al día siguiente del escrutinio. Al día de hoy, 15 de noviembre, y siempre de forma previsional, la agencia anunció una diferencia en aumento de 780.000 a favor de la demócrata. Y es que todavía falta escrutar poco más de tres millones de votos que fueron emitidos por correspondencia para obtener el resultado definitivo de la elección presidencial norteamericana.   

        

29 de octubre de 2016

Octubre de 1964: Jean-Paul Sartre Rechaza el premio Nobel de literatura


Por estos días, pero en 1964, Jean-Paul Sartre (1905-1980) enviaba una segunda carta a la Academia Sueca del Nobel explicando su indefectible negativa a aceptar el prestigioso premio literario que le fuera otorgado “por su obra abundante de ideas que, gracias al espíritu y la búsqueda de la verdad, ha ejercido una amplia influencia en nuestra época.” La primera, que Sartre envió unas semanas antes pidiendo que se lo eliminara de la lista de candidatos, no fue leída, aunque tampoco hubiese servido de nada ya que el premio había sido asignado meses atrás y los académicos difícilmente (si no jamás) desdicen sus decisiones. Más abajo traduzco la segunda carta, entonces, que Sartre envió a las editoriales de varios medios porque leer a Sartre es siempre un placer que hoy tengo ganas de compartir, porque en lo que a mí concierne este fue un ejemplo de compromiso político sobre el que vale la pena reflexionar, y porque es esta época también la de otro premio Nobel de literatura un tanto polémico, luego de dos semanas de un silencio interpretado de mil maneras y que Bob Dylan acaba de romper para anunciar asombrado su aceptación. Cabe agregar que la designación de Sartre al premio Nobel de literatura fue también muy polémica y extremadamente politizada, no menos que el rechazo mismo del premio por parte del escritor y pensador francés que ya había declinado varios otros honores institucionales.

“Lamento enormemente que el asunto haya tomado la apariencia del escándalo: un premio ha sido otorgado y yo lo rechazo. Esto ha ocurrido así debido a que no he sido informado con antelación de lo que se preparaba. Cuando leí en el ‘Figaro Littéraire’ del 15 de octubre, de la pluma del corresponsal sueco del diario, que la Academia sueca se inclinaba por mí, aunque no estaba todavía decidido, pensé que escribiendo una carta a la Academia, que envié al día siguiente, podría dejar las cosas en claro y que no se hablaría más. Ignoraba entonces que el premio Nobel es concedido sin que se le pida su opinión al interesado, y pensé que era tiempo de evitarlo. Pero entiendo que la Academia sueca que ha hecho una elección no pueda ya desdecirse.
Las razones por las que renuncio al premio no tienen que ver ni con la Academia ni con el premio Nobel en sí, como lo expliqué en mi carta a la Academia. En ella invoqué dos tipos de razones: personales y objetivas.
Las razones personales son las siguientes: mi rechazo no es un acto improvisado, siempre he declinado las distinciones oficiales. Cuando, después de la guerra, en 1945 me propusieron la Legión de Honor, la rechacé aunque tuviera amigos en el gobierno. Igualmente, nunca quise entre en el Collège de France, como me lo han sugerido algunos de mis amigos.
Esta actitud está basada en mi concepción del trabajo del escritor. Un escritor que toma posiciones políticas, sociales o literarias no debe actuar sino con los medios que le son propios, es decir la palabra escrita. Todas las distinciones que pueda recibir exponen a sus lectores a una presión que no me parece apropiada. No es lo mismo si firmo Jean-Paul Sartre, que si firmo Jean-Paul Sartre, premio Nobel.
El escritor que acepte una distinción de este tipo se compromete también con la asociación o la institución que lo ha honrado: mis simpatías por ‘organizaciones clandestinas’ venezolanas no comprometen a nadie sino a mí, mientras que si el premio Nobel Jean-Paul Sartre toma partido por la resistencia en Venezuela, acarrea consigo todo el premio como institución.
El escritor debe entonces rechazar dejarse transformar en institución, incluso si esto ocurre de las formas más honorables, como es este el caso.
Esta actitud es de toda evidencia absolutamente mía y no significa una crítica contra quienes han sido ya coronados. Estimo y admiro mucho a varios laureados que tengo el honor de conocer.
Mis razones objetivas son las siguientes:
El único combate posible en la actualidad en el frente de la cultura es el de la coexistencia pacífica entre las dos culturas, la del Este y la del Oeste. No quiero decir que se deban abrazar, sé bien que la confrontación entre esas dos culturas necesariamente debe tomar la forma de un conflicto, pero esta confrontación debe tener lugar entre los hombres y entre las culturas, sin la intervención de las instituciones.

En lo personal, percibo profundamente la contradicción entre las dos culturas: estoy hecho de contradicciones. Mis simpatías apuntan innegablemente al socialismo y a lo que se denomina el bloque del Este, pero nací y fui criado en una familia burguesa y una cultura burguesa. Esto me permite colaborar con todos los que quieren que las dos culturas se acerquen. No obstante, espero por supuesto que ‘gane el mejor’. O sea el socialismo.
Es por eso que no puedo aceptar ninguna distinción distribuida por las altas instancias culturales, tanto del Este como del Oeste, aunque comprendo más que bien su existencia. A pesar de que todas mis simpatías estén del lado socialista, sería igualmente incapaz de aceptar, por ejemplo, el premio Lenín si alguien quisiera otorgármelo, que no es el caso.
Sé bien que el premio Nobel en sí mismo no es un premio literario del bloque del Oeste, pero es lo que se hace de él, y pueden acontecer eventos que no fueran decididos por los miembros de la Academia sueca.
Es por eso que, en la situación actual, el premio Nobel se presenta objetivamente como una distinción reservada a los escritores del Oeste o a los rebeldes del Esto. No se ha coronado, por ejemplo, a Neruda, que es uno de los más grandes poetas suramericanos. Nunca se ha hablado seriamente de Louis Aragon, que sin embargo bien lo merece. Es lamentable que se la haya dado el premio a Pasternak antes de dárselo a Cholokov, y que la única obra soviética coronada haya sido una obra editada en el extranjero y prohibida en su país. Se podría haber establecido un equilibrio a través de un gesto similar en el otro sentido. Durante la guerra de Algeria, cuando habíamos firmado la ‘declaración de los 121”, hubiera aceptado el premio con reconocimiento, porque no se me habría coronado sólo a mí, sino también la libertad por la que luchábamos. Pero eso no ocurrió y es sólo después de que el combate terminara que se me otorga el premio.
En la motivación de la Academia sueca se habla de libertad: es una palabra que invita a muchas interpretaciones. Al Oeste, se comprende una libertad general: en lo que a mí respecta, entiendo una más concreta que consiste en el derecho de tener más que un par de zapatos y de comer a saciedad. Me parece menos peligroso declinar el premio que aceptarlo. Si lo acepto, me presto a lo que llamaría ‘una recuperación objetiva”. Leí en el artículo del Figaro Littéraire que ‘no me juzgarán por un pasado político controvertido’. Sé que este artículo no manifiesta la opinión de la Academia, pero muestra claramente en qué sentido se interpretaría mi aceptación en los medios de derecha. Considero ese ‘pasado político controvertido’ siempre válido, auqnue esyé dispuesto a reconocer ciertos errores cometidos en medio de mis camaradas.
No quiero decir con esto que el premio Noble sea un premio ‘burgués’, pero he aquí la interpretación burguesa que darían inevitablemente los medios que conozco bien.
Finalmente, vuelvo sobre el tema del dinero: es algo muy pesado que la Academa pone sobre las espaldas del laureado acompañando el homenaje con un monto enorme, y este problema me ha atormentado. O bien uno acepta el premio y con el monto recibido se puede apoyar organizaciones o movimientos que uno estima importantes: en lo que me concierne, pensé al comité Apartheid en Londres. O bien uno declina el premio en nombre de los principios generales, y uno priva a ese movimiento de un apoyo que le haría falta. Pero creo que es un falso problema. Renuncio evidentemente a las 250.000 coronas porque no quiero ser institucionalizado ni al Este no al Oeste. Pero no se puede pedir tampoco que se renuncie por 250.000 coronas a los principios que no son únicamente los suyos, pero que comparten todos sus camaradas.
Quiero terminar esta declaración con un mensaje de simpatía para el público sueco.”

Jean-Paul Sartre, 22 de Octubre de 1964



23 de junio de 2016

Brexit-or-not

Quelques réflexions très personnelles sur le Brexit-or-not. Je suis allé à Londres 2 fois : une première de passage et une deuxième pour un entretien de boulot. Bien que distants et de nature différente, dans les deux visites je ne me suis pas senti en Europe. En commençant par la monnaie, suivant par la circulation, et finalement par la bouffe ; bah oui, on dira tout ce que vous voulez des bontés culinaires anglaises, mais la bouffe du royaume n’est pas au top du tout. Anglais et anglaises sont dans ce moment en train de décider s’ils veulent ou pas rester dans l’Union Européenne. Tous les sondages font état d’un fifty-fifty. Selon la source « stay » or « out » on anticipe 2 ou 3 pour cent à faveur du demandant de l’enquête. Donc on verra ce soir, demain et les jours à venir toute une procession de personnages publics d’un côté et d’autre de la controversée flaque que nous sépare se lamenter ou se féliciter de la décision, quoi qu’elle en fût. J’aimerais bien qu’on nous propose aux européen-nes un référendum pour décider si l’on veut que l’UK reste dans l’union. Je voterais pour le « out ». Bien que potence économique indiscutable et une mer de séparation actuelle, ne soit-telle que géologique, depuis le début, avec toutes les exceptions particulières demandées par le royaume (et accordées !) qui nous ont coûté (et ils nous coûtent à l’heure actuelle) de l’argent du contribuable pour les maintenir comme membre en état spéciale, je crois que il ne faut pas insister. On est in ou on est out. Je crois que une grande partie d’anglais-es n’ont jamais étaient in, même s’ils ont très bien profité de leur propre ambiguïté dès le début. L’union Européenne va mal, oui. Mais elle pourrait aller mieux sans tant d’exceptions et tant de mécontentement et rejet de ses principes (perfectibles) par ses parts. Il y a beaucoup encore à faire, nul doute, mais aussi il faut renforcer notre identité d’européen-e-s pour ceux qui le sentent vraiment et voudraient y participer. Au risque même de l’affaiblir ou l'annuler à force de consultations populaires, dont la France n’est pas excepté, de tous ce composants qui ne font point à l’esprit de l'union. C'est notre Union, tout de même. A nous aussi d'y réfléchir. Je suis donc pour le brexit, et point final.

1 de mayo de 2016

Muguet de Mai


El muguet o lirio de los valles, o para los amantes de la taxonomía Convallaria majalis, es el símbolo urbano del 1ro de mayo en Francia. Ese día, que es el del trabajo en casi todo el mundo, ocurre algo muy especial en las calles galas: se tolera que particulares vendan sus ramitas de muguet a otros particulares eximiéndolos a ambos de impuestos. Hay mucha historia detrás de este folklore, que según algunos habría visto sus comienzos en la realeza de mediados del siglo 16, pero lo cierto es que oficialmente se instauró en todo el país en 1936 gracias al gobierno del Front populaire (Frente popular, agrupamiento de partidos de izquierda diversa que ganó en esa época las elecciones), año en que se instituyó el concepto de las vacaciones pagas en la ley de trabajo francesa. El requisito, que hoy por hoy se respeta poco, es que el ramo de muguet que se venda debe haber sido recoltado por el vendedor, dándose a entender que la reventa no está permitida. Las ramitas con sus flores blancas tienen un perfume intenso muy particular con un efecto relajante de frescura indiscutible. La planta florece en estas latitudes entre fines de abril y mediados de mayo en lugares abrigados y muy húmedos. Este símbolo, que muchas veces se ofrece con los mejores deseos de prosperidad y que rinde homenaje a una de las adquisiciones sociales más importantes del siglo pasado, también nos recuerda lo efímero que todo puede ser: las florcitas blancas se secan en pocos días, al punto de que en junio ya no hay más. Algunos no terminan de comprarlo que ya están contando las campanitas del ramo de muguet: si hubiera 13, eso es signo de suerte.  

21 de marzo de 2016

USA en Cuba

   Quisiera pensar, realmente quisiera pensar, que las increíbles fotos que acabo de ver en las que el presidente de los Estados Unidos de América (del Norte) posa con la imagen de fondo del Che Guevara estampada en el edifico del Ministerio del Interior o la otra de Camilo Cienfuegos del edifico del Ministerio de Comunicaciones, durante un acto decididamente histórico de diplomacia que se celebró hoy en la plaza de la Revolución y frente al monumento en memoria a José Martí en La Havana, fueran signos sinceros de un cambio profundo. Quisiera pensarlo, de todo corazón. Y sin embargo no puedo, realmente no puedo, sacarme de la cabeza la imagen de una máquina aplanadora que prepara el terreno para la construcción de enormes centros comerciales o la de una labradora abriendo sin prejuicios el terreno para sembrar de forma masiva las crueles semillas de Monsanto.

17 de marzo de 2016

Mortal Mala Educación

Mortal mala educación

Yo estaba a punto de cruzar porque el semáforo peatonal acababa de pasar a verde. El tipo al volante del Volkswagen gris, que me pasó rozando, venía con el celular en la oreja, lo que está prohibido por código, y a no menos de 50 km/h, que también es una grave infracción cuando se circula por una zona de un máximo de 30 km/h. Así el tipo, que venía muy jugado,  pasó en rojo desacelerando los cien metros hasta el nuevo semáforo en rojo que esta vez respetó, pero sin sacarse el móvil de la oreja. Yo ya caminaba en su dirección por la vereda paralela a la bicisenda. A unos 30 metros por detrás del Volkswagen, una mujer pedaleando una bici de alquiler. El semáforo pasa al verde. El Volkswagen no avanza enseguida sino hasta que la ciclista esté pasando a pleno impulso justo por detrás. El tipo acelera sin mirar, dobla a la derecha sin haber puesto el guiño y se lleva por delante, en realidad por el costado, a la ciclista. Traumatismos varios y seguramente alguna quebradura, quita de puntos al permiso y multa, SAMU, policía, no se deploran víctimas fatales.

1. Circular usando un teléfono móvil
2. Pasar en rojo
3. No respetar el máximo de velocidad
4. No ceder la prioridad al peatón
5. No comunicar la intención de cambiar de dirección
6. No ceder el pasaje prioritario a un ciclista circulando en la bicisenda por la derecha

Seis faltas al código de la ruta en cien metros y menos de dos minutos, con la cerice sur le gâteau de un accidente material y corporal estúpido. En resumen, una irresponsabilidad que supongo terminará traducida en la justicia como circulación poniendo en riesgo la seguridad de otros usuarios.

El año pasado decidí tomar clases en una escuela local de manejo de coches. Durante tres meses asistí a numerosos seminarios de formación y aprendizaje del código de la ruta en Francia y a sesiones de manejo en tiempo real que me permitieron pasar hace unas semanas los dos exámenes teórico y práctico obligatorios para obtener el permiso de conducir.  

Yo ya sabía manejar. En Argentina, de hecho, había obtenido el permiso que hace décadas se venció y nunca renové, por lo que siempre estuve limitado para conducir en Francia: digamos que era una asignatura pendiente. Pero haber hecho esas “dos cursadas” a esta altura de mi vida fue una experiencia reveladora en varios aspectos, pero uno en particular: el de la comunicación. Y así en la vida como en la ruta, considero que comunicamos muy mal en general.

Soy un gran caminante urbano, por lo que he presenciado en varios puntos del planeta cientos de situaciones similares al enciclopédico accidente parisino que abrió esta nota. Lo que me permite afirmar, incluyéndome en la horda de los embrutecidos metropolitanos al volante: manejamos mal, o si se quiere relativizar, no manejamos correctamente.

Si en un momento de lucidez nos preguntamos qué es manejar, como eso que hacemos ya instintivamente luego de sentarnos al volante de un automóvil para trasladarnos de un punto a otro, la respuesta debiera de ser: manejar es conocer y aplicar el código de circulación en acuerdo con los otros usuarios con los que compartimos la vía pública valiéndonos de la habilidad de manipular correctamente nuestro vehículo. Un código es un lenguaje, una serie de elementos y reglas para transmitir claramente mensajes y compartirlos en un contexto de comunicación. Dicho de otra manera: el código de la ruta implica el uso correcto del lenguaje de la circulación y la correcta conducción del automóvil. Cuando uno de estos dos principios falla, o los dos, hay un choque. En el uso del idioma oral y escrito, las diferentes reglas para articular palabras, oraciones y estados conforman el código, y el uso correcto y claro de la palabra, los gestos y los signos nos permiten comunicar con los otros. Si algo falla, lo que uno expresa el otro no lo entiende. Podemos saber cómo pronunciar o escribir una palabra y lograr incluirla en una frase, pero si desconocemos qué significa y cuál es su subordinación (el lugar que le corresponde) seguramente nuestro interlocutor no entenderá el concepto de lo que queremos transmitirle. Por otro lado, aunque seamos doctos en el uso de la lengua, si no articulamos correctamente (si hablamos comiéndonos las palabras) nuestros dichos no pasan o pasan mal. Para evitar este tipo de conflictos comunicacionales, nos educan. La educación es la trasmisión de un código y la ejercitación de su uso. Ser educado implica que aprendimos a aplicar el código y lo utilizamos para comunicarnos claramente con los otros.

El problema es que la no aplicación del código del lenguaje oral o escrito puede crear confusión e incluso situaciones violentas. Pero la no aplicación del código de la ruta, en una muy triste generalidad, es literalmente mortal. No fue el caso de la situación que describí más arriba, pero podría haberlo sido. De hecho, según las autoridades de tráfico locales, 3400 personas mueren por año en accidentes automovilísticos en Francia, y el 99 por ciento de esos accidentes están provocados por infracciones al código de la ruta, y las principales causas que provocan esta negra estadística son: circular en exceso de velocidad, en estado alcoholizado, no respetar semáforos y no señalar la intención de maniobra. Teniendo en cuenta que estoy escribiendo esta nota a mitad del día, según esa estadística ya deben haber muerto 5 personas en algún accidente, y quizá porque alguien no usó el guiño o se llevó por delante un semáforo en rojo o circuló a 100 km por hora donde estaba indicado un límite de 50 km/h o estaba escribiendo un SMS.

Para terminar, y volviendo a la situación que desencadenó esta reflexión, no estamos solos en la vida ni circulamos solos en la calle, como parece que pensaba el tipo del Volkswagen gris. Conducir un automóvil es una responsabilidad que de ninguna manera se puede tomar a la ligera porque en eso se juega la vida de uno y, lo que es peor, la de los otros. Si yo fuera autoridad pertinente, no dudaría un minuto en quitarle al conductor del Volkswagen gris el derecho a circular en un automóvil hasta que me demuestre sin ambigüedad que conoce el código y, por sobre todo, que lo aplica a rajatabla. El registro de conducir es una herramienta muy útil que debiera extenderse solamente como resultado de un proceso de educación probada. De lo contrario, y en manos irresponsables, puede convertirse en un arma mortal.

Datos estadísticos de mortalidad rutera:

- Muertos debido a accidentes de la ruta en Argentina durante 2014 (1): 7613 personas (más de 21 personas por día). Media de América latina: 2148. Población de la Argentina: más de 43 millones.

- Muertos debido a accidentes de la ruta en Francia durante 2014 (2): 3384 personas (más de 9 personas por día). Media de Europa: 3809. Población de Francia: más de 67 millones.


(2) https://fr.wikipedia.org/wiki/Accident_de_la_route_en_France


12 de febrero de 2016

Darse Cuenta



Hablando del estado (y tratamiento!) de nuestros hospitales, anoche volví a ver Darse Cuenta, del enorme Alejandro Doria, y a pesar del indudable paso de los años sobre algunas escenas y ciertos clichés del guión, volví a emocionarme y enfurecerme por la irreverente actualidad social y humana que revela la trama de esta peli de mediados de los ochenta. Para los que no la vieron, narra las vicisitudes de un médico en un hospital público devastado y en proceso de “reorganización” que, en plena crisis de identidad profesional y personal, decide hacerse cargo de un paciente joven que luego de sufrir un grave accidente de moto quedara postrado y abandonado por su familia de escasos recursos y su pareja negada a hacerse cargo de la discapacidad. Como banda de sonido tan minimalista como poderosa, la Maza de Silvio Rodríguez. Las actuaciones justas de Luis Brandoni, China Zorilla, Luisina Brando, María Vaner, Dora Baret y el debut en pantalla grande de Darío Grandinetti logran acordes irreprochables. La narración, que es esencialmente un drama que incluye varios dramas interdependientes (la impotencia de la pobreza, la desesperación frente al desamor marital, la invisibilidad del futuro profesional, el estado desastroso del servicio público hospitalario) apunta en todo momento a mostrar al protagonista atrapado en la desazón y colgado de un hilo muy fino, que es el de restablecer a su paciente valiéndose de los recursos mínimos con los que cuenta. Una vieja película argentina recomendable que deja un gusto agridulce y dispara necesariamente varias reflexiones.
Y las reflexiones que me surgieron son, ¿por qué nuestros hospitales públicos agonizan desde hace décadas? ¿Por qué las sucesiones de administraciones empeoran sistemáticamente el estado de las cosas? ¿Por qué el valor humano y profesional, tan preciado y encumbrado por la generalidad de la gente y los flamantes gobiernos de turno, siempre termina desaprovechado, cuando no desacreditado? ¿Por qué empeñarse en pedirle productividad a las instituciones que no fueron diseñadas para otra cosa que no sea la de rendirle el servicio real (y no solamente nominal) que se le debe a la comunidad, en especial la de sectores con pocos o ningún recurso? ¿Por qué politizar lo “impolitizable” y terminar mirando al costado (derecho o izquierdo) mientras enfrente se nos caen a pedazos los logros sociales que supimos conseguir? Y la lista de porqués seguiría con respuestas quizá complicadas o simples afirmaciones del estilo, porque somos mayorías alternantes de boludos crónicos. Y aclaro que, para mí, inaugurar por cadena nacional hospitales que no van a funcionar es lo mismo que dejar degradarse los ya funcionales por la desidia de administraciones corruptas o irreverentes.
El título de la peli es obviamente revelador de una necesidad nacional tanto de aquella época (acabábamos de salir del horror represivo de los gobiernos de facto) como ahora, luego de más de tres décadas de plena democracia: darse cuenta. Darse cuenta de que no todo puede ni debe traducirse en productividad. Darse cuenta de que nuestro voto es el cheque en blanco que otorgamos a quienes nos gobiernan. Darse cuenta de que lo público es de todos y para todos. Darse cuenta de que el valor de nuestras instituciones empieza y termina en la valorización de la gente de buena voluntad que las conforman. Darse cuenta de que nos merecemos salud sin precio alguno. Darse cuenta de la importancia inestimable de nuestros hospitales públicos que albergan muchos profesionales y personal dignos y de vocación a los que debemos apoyar a toda costa y proteger de los tecnócratas y bribones del color de turno que sólo buscan resultados sin evaluar las condiciones ni las necesidades de campo. Darse cuenta, finalmente, de que el país somos nosotros (y no los otros, como un anexo de la individualidad militante) en cada acción u omisión que debiera dignificarnos. Y todo esto nada más que por empezar a reflexionar sobre nuestros hospitales públicos.


3 de septiembre de 2015

Como el humo y la vergüenza

Imagen AFP, en Le Monde  


El horror plasmado en dos dimensiones circula desde hace unos días en las tres o cuatro tomas "recortadas" que divulgó AFP y, que al verlas, a mí (también) me avergüenzan. Humana y europeamente me avergüenzan. Me avergüenza ver el cuerpo naufragado de un chico de tres años semienterrado en la arena de una playa turca. Y mi vergüenza ahora tiene nombre y apellido y nacionalidad: Aylan Kurdi, sirio. Y mi vergüenza se agranda aún más cuando me veo reflejado en cualquiera de los dos tipos pescando a unos metros del epicentro del horror plasmado, arriba y a la derecha de la foto. Con vergüenza me digo que esos dos pescadores despreocupados del entorno y centrados en la indiferencia simbolizan sin eufemismos Europa y los europeos mirándonos el ombligo. Es cruel. Me siento cruel. Cruel pretender que un político que me represente haga lo que yo no hago. Cruel ver que pertenezco bien a la comunidad a la que pertenezco. Es cruel saber que este horror plasmado es uno más de los cientos de horrores que no han sido captados por un fotógrafo en los últimos meses. Los títulos y copetes de los medios suenan solemnes y contundentes y hasta salmodian: “El verano terminó, Señor Cameron… ahora hágase cargo”, “La foto de una criatura muerta ahogada se convierte en símbolo del drama de los inmigrantes”, “Una foto para abrir los ojos”, “Aylan, el pequeño sirio que huía de uno de los bastiones islamistas”, "La imagen de un chico que es el mundo entero”, “El disparo que sacude al mundo”. Pero esos títulos se esfumarán injustificablemente de la actualidad en unos días como la vida de cientos de otros desesperados del planeta, como el humo y la vergüenza.


Alejandro Luque. París, 3 de septiembre de 2015

25 de marzo de 2015

24 DE MARZO DE 1976

24 de Marzo de 1976
Alejandro Luque

Nunca podré olvidar aquel día negro. Como de costumbre, esa mañana salimos temprano con mi viejo a buscar el coche que él estacionaba en la cancha de la Sagrada Familia, a doscientos metros de casa. Hacía frío y había esa garúa marplatense que oscurece y moja todo. A esa hora, las seis y media de la mañana, yo estaba en piloto automático y mi viejo, como de costumbre, callado. Así todos los días de la semana caminábamos hasta “el patio de los curas” que estaba justo en frente del destacamento de policía del puerto, subíamos al coche, mi viejo encendía la radio (radio Rivadavia, creo) y me acercaba al colegio. Luego él seguía camino a su laburo. Pero aquella mañana de viernes no llegamos al coche.

Pienso que fue por la garúa y porque por la calle no pasaba un alma que nos pusimos a caminar por el asfalto, cerca del cordón, en vez de seguir por la vereda. Lo que siguió fue muy rápido. A mitad de camino escuchamos un grito, yo alcancé a ver la silueta de un hombre a unos cien metros, otro grito y enseguida el golpe sordo de metralla. Mi viejo se me tiró encima y los dos terminamos en el piso al costado del cordón. No sé cuánto tiempo estuvimos en esa posición sin movernos, unos minutos, supongo. No recuerdo si mi viejo me dijo algo ni tampoco si yo lo hice. Sí me acuerdo del miedo atroz que yo tenía aunque no entendía de qué. A continuación escuchamos acercándose a la carrera un par de botas sobre el asfalto y la orden de “¡A tierra! ¡A tierra, carajo!”.

Yo tenía la cabeza pegada al asfalto y lo único que podía ver eran los borceguíes militares a unos centímetros y mis libros y carpetas desparramados un poco más lejos. Escuché que el militar le decía a mi viejo que qué estábamos haciendo y por qué no nos habíamos detenido a su orden. Mi viejo explicó algo con la voz entrecortada, quizá que no había entendido qué ordenaba el grito. Yo lo sentía sobre mí y me acuerdo perfectamente de los latidos agitados de su corazón. “Documentos”, dijo el militar. En ese momento mi viejo se puso a mi costado y sin levantarse sacó su billetera de la cartera de mano que tenía y le entregó la libreta. Yo pude incorporarme un poco y ahí vi dos militares vestidos de guerra, el que había hablado y que miraba los documentos de mi viejo y el de los borceguíes casi sobre mi cabeza, los dos apuntándonos con sus armas.

“¿Dónde vive? ¿Qué hace? ¿Adónde iba? ¿De quién es esta criatura? ¿No sabe lo que pasa?” es la ráfaga de preguntas que recuerdo que el militar le disparaba a mi viejo, y él respondiendo con la voz temblorosa y la cara pálida “Acá nomás, iba a trabajar y a llevar a mi hijo a la escuela, no, no sé”. “¿No sabe que estamos en estado de sitio?” Entonces el militar le devolvió la libreta a mi viejo y nos ordenó ganar inmediatamente nuestro domicilio mientras los dos no dejaban de encañonarnos.

Volvimos a casa casi pegados a las paredes de la cuadra. Recuerdo la cara de mamá al vernos entrar, estaba en camisón con los rastros indelebles de la noche en blanco, envuelta en los vapores de eucaliptus que salían de las cacerolas para combatir el enésimo ataque bronquial de mi hermano. Luego siguió la radio, la noticia del golpe de estado militar en el país y la repetición de los comunicados conjuntos de las fuerzas armadas. Veníamos de una etapa siniestra, pero ese día comenzamos a vivir el periodo más negro y mortífero de toda nuestra historia. Un día como hoy, que nunca podré olvidar. 


22 de diciembre de 2014

Fin De La Inocencia

El fin de la inocencia
Alejandro Luque

Tenía ganas de romper todo, de patear la mesa y de tirar por la ventana las cajas con todos los juguetes. Pero sabía que eso no estaba bien. Mamá se enojaría y haría que papá se ponga serio y con esos ojos fuertes gritando que así no te quiero. Y eso es feo. Después de todo, lo único que me gustaba de Papá Noel eran sus regalos, porque él mismo medio que me da miedo con esa cosa blanca que le tapa la boca y esa panza enorme de elefante. Creo que no me importa que no sea verdad y que sea… ¿cómo dijo mamá?... ¡ah, sí!, un símbolo. ¡Nada! Que Papá Noel no existe y que todos los regalos los compran ellos, y que los juguetes son caros, y que papá no tiene trabajo, y que ya soy todo un hombrecito, y que tengo que entender. Y encima, los reyes tampoco. Así que todo el pastito y el agua que había que poner nunca sirvió para nada porque ellos no vienen. Vienen papá y mamá por la noche y se toman el agua y tiran el pasto a la basura, y después ponen los regalos debajo del arbolito. Yo que siempre quise quedarme despierto para verlos… A los reyes, porque a Papá Noel no lo quería ver porque me asusta. Si él no existe, mucho no me importa. Pero los Reyes Magos… Y lo que más me dolió fue que, cuando mamá me explicaba, mi hermana se reía. ¿De qué se reía ella, si siempre los dos escribimos las cartas a Papá Noel y vamos a buscar el pasto para los camellos de los Reyes? Yo ya no la quiero a mi hermana porque es grande, y se parece a mamá cuando se enoja, y siempre se ríe de mí, y le dice a sus barbies que yo soy un nenito tonto. Y me da más ganas de romper todo y tirar por la ventana sus barbies, porque ella es la tonta. Pero esta vez no le voy a convidar un sólo caramelo de los que me voy a comprar con la plata que anoche me dejó el ratón Pérez por la muela que me arranqué en secreto y dejé debajo de la almohada.

1 de diciembre de 2014

Trece Minutos



Trece minutos
Alejandro Luque

Praga. El vuelo AF 3502 con destino a París saldría previsiblemente con retraso. Me dije, mientras me alejaba de la puerta de embarque, que no valía la pena calentarme: después de todo en estos no man’s land siempre hay un lugar en el que probar un buen tinto y atontar el incordio. No muy lejos de la entrada, un bar con punto wifi abierto y zona para fumadores, algo así como un oasis en un desierto de espera. Me senté en una mesa bien aislada, desperté el smarphone, abrí el whatsapp y pinché el primer avatar. Con un apuro aburrido escribí: “prebulodesiblemente, vuelo retrasado x lo - 2 hs. t amo”. Envío y señas al mozo que llegó a la mesa, carta en mano, previo pedido de permiso a cada pie para avanzar.

Sin mucho pensar elegí una copa del Pomerol que aparecía al final de la carta, un château L’Evangile de 2006. “No, no snacks, obvious!” Creo que partió confundido y como había llegado, en una especie de procesión lastimosa que delataba a esas horas las que venía quemando en ese lugar vacío de glamour y de clientes. O casi. Al costado de una columna reparé en un tipo de traje ámbar, un ario grandote y cincuentón que me miraba con curiosidad más que elocuente a tres o cuatro metros de distancia internacional. Me permití sonreírle porque necesitaba sentirme yo. Jugamos la perversión de lo posible pero que no se dice hasta que llegó el peregrino con L’Evangile. El ario me hizo un gesto con su copa –seguramente conteniendo un blanco infectado de azúcares– y en ese momento me pregunté cuánto tiempo tardaría en acercarse hasta mí.

Tres minutos. Aceptó el gesto que lo invitaba a mi mesa. Me habló en esa lengua que siempre resistí a aprender, pero no hacía falta un traductor. Saqué un cigarrillo que él encendió automáticamente rozándome la mano en rancio cinemascope. Le envié la sonrisa Signal convencional, y ya nos armábamos detrás de nuestras nubes de humo, más por estrategia que por defensa. Estábamos simplemente calientes. Él me sobaba con sus ojos que chorreaban de ansiedad, mientras su mano dibujaba dos fonemas sobre mi pantalón: algo así como hotel. Yo, Signal y calculando con la vista de rayos x que nunca tuve si mi mano debajo de la mesa estaba tocando una rodilla o la bragueta del pantalón. Podía imaginar que el rojo tierra del Pomerol circulaba por mis venas y estimulaba cada poro de mi piel a que se abriera. No me molestó cuando apagó el cigarrillo en su copa porque entendí que era su aria manera de decirme que ya no teníamos nada que hacer allí. Me entubé los últimos mililitros del grand cru y, mientras recogía mis cosas, hasta me di tiempo para ver el llanto sanguíneo de algunas gotas ahogando su destino fútil al fondo de la copa.       

Diez minutos después de denodada pertinencia, el ario pagaba mi vino y yo enviaba un nuevo whatsapp: “vuelo anulado. espero transfer al hotel. t extraño. hasta mañana".