Mostrando entradas con la etiqueta dictadura militar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta dictadura militar. Mostrar todas las entradas
24 de marzo de 2016
12 de febrero de 2016
Darse Cuenta
Hablando del estado (y tratamiento!) de nuestros hospitales, anoche volví a ver Darse Cuenta, del enorme Alejandro Doria, y a pesar del indudable paso de los años sobre algunas escenas y ciertos clichés del guión, volví a emocionarme y enfurecerme por la irreverente actualidad social y humana que revela la trama de esta peli de mediados de los ochenta. Para los que no la vieron, narra las vicisitudes de un médico en un hospital público devastado y en proceso de “reorganización” que, en plena crisis de identidad profesional y personal, decide hacerse cargo de un paciente joven que luego de sufrir un grave accidente de moto quedara postrado y abandonado por su familia de escasos recursos y su pareja negada a hacerse cargo de la discapacidad. Como banda de sonido tan minimalista como poderosa, la Maza de Silvio Rodríguez. Las actuaciones justas de Luis Brandoni, China Zorilla, Luisina Brando, María Vaner, Dora Baret y el debut en pantalla grande de Darío Grandinetti logran acordes irreprochables. La narración, que es esencialmente un drama que incluye varios dramas interdependientes (la impotencia de la pobreza, la desesperación frente al desamor marital, la invisibilidad del futuro profesional, el estado desastroso del servicio público hospitalario) apunta en todo momento a mostrar al protagonista atrapado en la desazón y colgado de un hilo muy fino, que es el de restablecer a su paciente valiéndose de los recursos mínimos con los que cuenta. Una vieja película argentina recomendable que deja un gusto agridulce y dispara necesariamente varias reflexiones.
Y las reflexiones que me surgieron son, ¿por qué nuestros hospitales públicos agonizan desde hace décadas? ¿Por qué las sucesiones de administraciones empeoran sistemáticamente el estado de las cosas? ¿Por qué el valor humano y profesional, tan preciado y encumbrado por la generalidad de la gente y los flamantes gobiernos de turno, siempre termina desaprovechado, cuando no desacreditado? ¿Por qué empeñarse en pedirle productividad a las instituciones que no fueron diseñadas para otra cosa que no sea la de rendirle el servicio real (y no solamente nominal) que se le debe a la comunidad, en especial la de sectores con pocos o ningún recurso? ¿Por qué politizar lo “impolitizable” y terminar mirando al costado (derecho o izquierdo) mientras enfrente se nos caen a pedazos los logros sociales que supimos conseguir? Y la lista de porqués seguiría con respuestas quizá complicadas o simples afirmaciones del estilo, porque somos mayorías alternantes de boludos crónicos. Y aclaro que, para mí, inaugurar por cadena nacional hospitales que no van a funcionar es lo mismo que dejar degradarse los ya funcionales por la desidia de administraciones corruptas o irreverentes.
El título de la peli es obviamente revelador de una necesidad nacional tanto de aquella época (acabábamos de salir del horror represivo de los gobiernos de facto) como ahora, luego de más de tres décadas de plena democracia: darse cuenta. Darse cuenta de que no todo puede ni debe traducirse en productividad. Darse cuenta de que nuestro voto es el cheque en blanco que otorgamos a quienes nos gobiernan. Darse cuenta de que lo público es de todos y para todos. Darse cuenta de que el valor de nuestras instituciones empieza y termina en la valorización de la gente de buena voluntad que las conforman. Darse cuenta de que nos merecemos salud sin precio alguno. Darse cuenta de la importancia inestimable de nuestros hospitales públicos que albergan muchos profesionales y personal dignos y de vocación a los que debemos apoyar a toda costa y proteger de los tecnócratas y bribones del color de turno que sólo buscan resultados sin evaluar las condiciones ni las necesidades de campo. Darse cuenta, finalmente, de que el país somos nosotros (y no los otros, como un anexo de la individualidad militante) en cada acción u omisión que debiera dignificarnos. Y todo esto nada más que por empezar a reflexionar sobre nuestros hospitales públicos.
25 de marzo de 2015
24 DE MARZO DE 1976
24 de
Marzo de 1976
Alejandro Luque
Nunca
podré olvidar aquel día negro. Como de costumbre, esa mañana salimos temprano
con mi viejo a buscar el coche que él estacionaba en la cancha de la Sagrada
Familia, a doscientos metros de casa. Hacía frío y había esa garúa marplatense
que oscurece y moja todo. A esa hora, las seis y media de la mañana, yo estaba
en piloto automático y mi viejo, como de costumbre, callado. Así todos los días
de la semana caminábamos hasta “el patio de los curas” que estaba justo en
frente del destacamento de policía del puerto, subíamos al coche, mi viejo
encendía la radio (radio Rivadavia, creo) y me acercaba al colegio. Luego él
seguía camino a su laburo. Pero aquella mañana de viernes no llegamos al coche.
Pienso
que fue por la garúa y porque por la calle no pasaba un alma que nos pusimos a
caminar por el asfalto, cerca del cordón, en vez de seguir por la vereda. Lo
que siguió fue muy rápido. A mitad de camino escuchamos un grito, yo alcancé a
ver la silueta de un hombre a unos cien metros, otro grito y enseguida el golpe
sordo de metralla. Mi viejo se me tiró encima y los dos terminamos en el piso
al costado del cordón. No sé cuánto tiempo estuvimos en esa posición sin
movernos, unos minutos, supongo. No recuerdo si mi viejo me dijo algo ni
tampoco si yo lo hice. Sí me acuerdo del miedo atroz que yo tenía aunque no
entendía de qué. A continuación escuchamos acercándose a la carrera un par de
botas sobre el asfalto y la orden de “¡A tierra! ¡A tierra, carajo!”.
Yo
tenía la cabeza pegada al asfalto y lo único que podía ver eran los borceguíes
militares a unos centímetros y mis libros y carpetas desparramados un poco más
lejos. Escuché que el militar le decía a mi viejo que qué estábamos haciendo y
por qué no nos habíamos detenido a su orden. Mi viejo explicó algo con la voz
entrecortada, quizá que no había entendido qué ordenaba el grito. Yo lo sentía
sobre mí y me acuerdo perfectamente de los latidos agitados de su corazón.
“Documentos”, dijo el militar. En ese momento mi viejo se puso a mi costado y
sin levantarse sacó su billetera de la cartera de mano que tenía y le entregó
la libreta. Yo pude incorporarme un poco y ahí vi dos militares vestidos de
guerra, el que había hablado y que miraba los documentos de mi viejo y el de
los borceguíes casi sobre mi cabeza, los dos apuntándonos con sus armas.
“¿Dónde
vive? ¿Qué hace? ¿Adónde iba? ¿De quién es esta criatura? ¿No sabe lo que
pasa?” es la ráfaga de preguntas que recuerdo que el militar le disparaba a mi
viejo, y él respondiendo con la voz temblorosa y la cara pálida “Acá nomás, iba
a trabajar y a llevar a mi hijo a la escuela, no, no sé”. “¿No sabe que estamos
en estado de sitio?” Entonces el militar le devolvió la libreta a mi viejo y
nos ordenó ganar inmediatamente nuestro domicilio mientras los dos no dejaban de encañonarnos.
Volvimos
a casa casi pegados a las paredes de la cuadra. Recuerdo la cara de mamá al
vernos entrar, estaba en camisón con los rastros indelebles de la noche en
blanco, envuelta en los vapores de eucaliptus que salían de las cacerolas para combatir el enésimo
ataque bronquial de mi hermano. Luego siguió la radio, la noticia del golpe de
estado militar en el país y la repetición de los comunicados conjuntos de las
fuerzas armadas. Veníamos de una etapa siniestra, pero ese día comenzamos a vivir
el periodo más negro y mortífero de toda nuestra historia. Un día como hoy,
que nunca podré olvidar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


