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3 de septiembre de 2015

Como el humo y la vergüenza

Imagen AFP, en Le Monde  


El horror plasmado en dos dimensiones circula desde hace unos días en las tres o cuatro tomas "recortadas" que divulgó AFP y, que al verlas, a mí (también) me avergüenzan. Humana y europeamente me avergüenzan. Me avergüenza ver el cuerpo naufragado de un chico de tres años semienterrado en la arena de una playa turca. Y mi vergüenza ahora tiene nombre y apellido y nacionalidad: Aylan Kurdi, sirio. Y mi vergüenza se agranda aún más cuando me veo reflejado en cualquiera de los dos tipos pescando a unos metros del epicentro del horror plasmado, arriba y a la derecha de la foto. Con vergüenza me digo que esos dos pescadores despreocupados del entorno y centrados en la indiferencia simbolizan sin eufemismos Europa y los europeos mirándonos el ombligo. Es cruel. Me siento cruel. Cruel pretender que un político que me represente haga lo que yo no hago. Cruel ver que pertenezco bien a la comunidad a la que pertenezco. Es cruel saber que este horror plasmado es uno más de los cientos de horrores que no han sido captados por un fotógrafo en los últimos meses. Los títulos y copetes de los medios suenan solemnes y contundentes y hasta salmodian: “El verano terminó, Señor Cameron… ahora hágase cargo”, “La foto de una criatura muerta ahogada se convierte en símbolo del drama de los inmigrantes”, “Una foto para abrir los ojos”, “Aylan, el pequeño sirio que huía de uno de los bastiones islamistas”, "La imagen de un chico que es el mundo entero”, “El disparo que sacude al mundo”. Pero esos títulos se esfumarán injustificablemente de la actualidad en unos días como la vida de cientos de otros desesperados del planeta, como el humo y la vergüenza.


Alejandro Luque. París, 3 de septiembre de 2015

22 de diciembre de 2014

Fin De La Inocencia

El fin de la inocencia
Alejandro Luque

Tenía ganas de romper todo, de patear la mesa y de tirar por la ventana las cajas con todos los juguetes. Pero sabía que eso no estaba bien. Mamá se enojaría y haría que papá se ponga serio y con esos ojos fuertes gritando que así no te quiero. Y eso es feo. Después de todo, lo único que me gustaba de Papá Noel eran sus regalos, porque él mismo medio que me da miedo con esa cosa blanca que le tapa la boca y esa panza enorme de elefante. Creo que no me importa que no sea verdad y que sea… ¿cómo dijo mamá?... ¡ah, sí!, un símbolo. ¡Nada! Que Papá Noel no existe y que todos los regalos los compran ellos, y que los juguetes son caros, y que papá no tiene trabajo, y que ya soy todo un hombrecito, y que tengo que entender. Y encima, los reyes tampoco. Así que todo el pastito y el agua que había que poner nunca sirvió para nada porque ellos no vienen. Vienen papá y mamá por la noche y se toman el agua y tiran el pasto a la basura, y después ponen los regalos debajo del arbolito. Yo que siempre quise quedarme despierto para verlos… A los reyes, porque a Papá Noel no lo quería ver porque me asusta. Si él no existe, mucho no me importa. Pero los Reyes Magos… Y lo que más me dolió fue que, cuando mamá me explicaba, mi hermana se reía. ¿De qué se reía ella, si siempre los dos escribimos las cartas a Papá Noel y vamos a buscar el pasto para los camellos de los Reyes? Yo ya no la quiero a mi hermana porque es grande, y se parece a mamá cuando se enoja, y siempre se ríe de mí, y le dice a sus barbies que yo soy un nenito tonto. Y me da más ganas de romper todo y tirar por la ventana sus barbies, porque ella es la tonta. Pero esta vez no le voy a convidar un sólo caramelo de los que me voy a comprar con la plata que anoche me dejó el ratón Pérez por la muela que me arranqué en secreto y dejé debajo de la almohada.

4 de noviembre de 2012

Evasión Necesaria


Foto de Oscar Anthony

Evasión Necesaria
Alejandro Luque

Al borde del acantilado nos volvimos a prohibir mirar atrás. Entre el revoltijo de la espuma y el filo de los peñones, las olas comenzaban a disgregar el cuerpo flácido de Alejandro que acababa de dejar su vida luego de la oración en el altar de piedra a nuestras espaldas. Doce manos lo recogieron y lo lanzaron al abismo, como lo estipulaba el libro. Pronto la noche devoraría la intensidad del lugar. Con la misma parsimonia teníamos que proceder, uno a uno, antes de que el sol matinal develara los secretos del altar.

Las órdenes y todos sus detalles estaban claramente consignados en el libro y todos estábamos preparados a la ejecución. De hecho, uno de nosotros entendió que los sacrificios debían de hacerse en orden alfabético, por lo que ahora le tocaba, sin lugar a dudas, a Claudia. Con cierto horror contenido en la mirada, Claudia terminó por bajar la cabeza y aceptar su suerte. Avanzó sobre el acantilado y se posicionó sobre la piedra en forma de lecho. Desde la ventana este de la construcción surgió de nuevo el rayo y Claudia se desplomó como un saco de papas. Nos acercamos con un miedo obvio. Alguien intentó un puntapié y, a falta de reacción, arrastramos a Claudia hasta el desfiladero. Rodó, como Alejandro, por el primer desnivel. Luego el cuerpo se desplomó en un ruido sordo para terminar deslizándose por las placas inclinadas hasta el mar. Y no volvimos a mirar atrás.

Alguien, quizá yo, quiso decir algo, pero algún otro, quizá yo, impidió la irrupción. Era el turno de Gabriela, que sin decir palabra y mirándonos con esa altanería que la caracterizaba, se paró en la placa y cerró los ojos. Hubiese querido besar sus labios aún húmedos y turgentes antes de entregarla al mar que azotaba las piedras con sus olas, pero alguien, quizá Lucía, me recordó que las reglas del rito eran precisas. Si no fue ella, en todo caso recuerdo que enseguida y bien estoicamente se irguió sobre la piedra y el rayo la fulminó.

Tal vez fue Marcelo el que hizo aquella observación sobre la molesta distancia que separaba la placa del acantilado, pero fue Noemí –de eso estoy seguro– quien minimizó el comentario y condujo a Marcelo a su posición. Estoy seguro de que antes del fin quiso decir algo, pero el problema de Marcelo siempre fue lo solapado de su voz. Nadie notó nada, y ejecutamos.

Noemí y Pedro ejecutaron el rito casi como calcomanías, no por nada eran gemelos. Curiosamente, mientras los otros cuerpos flotaban y se desmembraban entre las rocas del acantilado, los de ellos dos se mantuvieron unidos, hasta se podría decir que se alejaban del efecto destructivo de las olas. Pero sólo duró la percepción de un momento.

Hubo una estéril discusión entre Pablo y Pablín que se definió por el riguroso apellido de cada uno. Fue Pablo quien ocultó por unos segundos el cuerpo de Pablín antes de que las olas y los peñascos hicieran su cometido. Con Pablo hicimos un gran esfuerzo para arrastrar a Pablín hasta el borde del acantilado, y antes de tomar su posición me dijo que admiraba mi estoicismo: “Vas a tener que ponerte al borde del acantilado, porque sos el último y nadie empujará tu cuerpo hasta el mar”. Respondí que todo estaría calculado en el rito, y que no se preocupara.  Casi que no pude terminar mi frase que el rayo lo fulminó.


Hice un gran esfuerzo para hacer rodar el cuerpo de Pablo que cayó casi encima del de Pablín que parecía esperarlo disgustado por ese orden estúpido del alfabeto. Los separó una ola, y la segunda los despedazó.


Ya casi no quedaba luz en el lugar. Sentí el frío del abandono sobre cada célula de mi cuerpo. Releí el ritual en el libro y no había dudas: era mi turno. El insistente ruido del mar, las olas y la espuma que vomitaban las rocas era lo único que percibía. Debía avanzar hacia la roca para que el rayo desde el altar de piedra me fulminara en mi turno. Sabía que no podía mirar hacia atrás. Ya no veía los rastros de Alejandro, Gabriela, Marcelo, Noemí, Pablín y Pablo.

Parado frente a la piedra de ejecución, la vista perdida en la inmensidad de un mar que finalmente no era el mío, y vedado de mirar hacia atrás; un pie en el aire y el temor del abandono vibrando en mi piel, miré hacia la derecha, primero, y hacia la izquierda, después. Pensé entonces que tal vez el ritual del libro fuera una gran mentira, pero en medio de mi pensamiento sentí que algo vibraba a mis espaldas, que medía la distancia última. Sin volver la vista atrás caminé hacia la izquierda retomando finalmente la dirección del sol naciente que nunca debí abandonar.

Desde aquel día sigo aún avanzando sin volver la vista atrás.
       

4 de septiembre de 2010

Divina Penumbra


"En la mira", fotomontaje del biologuero

Divina penumbra
Alejandro Luque


Alguien sonreía, desde lejos, disfrazado de penumbra. El joven representante del pueblo hablaba con un dejo de ansiedad al foro, recitaba la lista casi interminable de anomalías en el uso de los fondos de acción social. Instaba e insistía a sus pares en lo que él definía como un delito aberrante. En alta definición, una cámara captó la gota de sudor que caía desde la ceja sobre el pómulo derecho del concejal. Alguien hizo una remarca irónica sobre el origen del deliberante que la bancada de la derecha festejó como si se tratara de una genialidad. A la izquierda hubo quien frunció el seño y algunos hasta se animaron a levantar el puño. El joven continuó con su descarga y anunció cifras, fechas y nombres.

Cinco minutos después, ya se podía descargar desde Youtube un videoclip de treinta segundos que mostraba el sudor del elegido con la leyenda de “Cuando la mentira te hace sudar la gota gorda”.

Blandiendo un ramillete de hojas en la mano, el joven puso a disposición de la asamblea todos los documentos que verificaban sus aseveraciones. Al fondo del anfiteatro hubo quienes se levantaron indignados, otros partían en silencio y a hurtadillas. Pero justo en frente del joven, a la derecha, se reían y vociferaban; a la izquierda no sabían qué actitud tomar, aunque algunos presentían que su par estaba llevando las cosas demasiado lejos. El edil buscaba con su mirada febril los signos de algún apoyo, casi con esperanza, casi con la sed infantil de un amparo inconcebible. La cámara hizo un zoom ahora de sus manos temblorosas.

Fue desde una cuenta de Facebook que, acto seguido, se dispersó en la red una presentación de veinte segundos con los taglines de “Representante popular saca acusaciones de la galera” y “Cacatúa en la cámara pretende ensuciar la abnegada tarea de nuestros representantes”.

Las manos de la penumbra volvieron a recorrer con premeditada parsimonia la lista telefónica del celular y los dedos eligieron un número. En el hemiciclo, alguien al oeste exigía las fuentes no-mi-nales que estaban a la base de las acusaciones, mientras que al este se organizaba una estrategia de emergencia a seguir de oreja a oreja. El joven diputado respondía blandiendo con fervor su ramillete de páginas fotocopiadas y pedía calma y silencio para continuar con su alegato. La cámara captó en detalle el momento en que el joven sacó de la pechera de su saco un pañuelo color rosa claro, a tono con la camisa, para enjugarse la frente.

Casi al mismo tiempo, el administrador de un foro en línea de discusión política ejecutaba la orden de iniciar un hilo para comentar sobre el nerviosismo sospechoso del edil y conjeturar con ironía acerca de sus manierismos. Al pie de sus mensajes agregaba los enlaces al nuevo video que mostraba los gestos del diputado entremezclados con secuencias de contenido gays, y “La vida en rosa” como banda sonora.

En la penumbra, las mismas manos terminaban con la comunicación y colgaban. El joven pudo hacer sus últimas declaraciones en las cuales acusaba con pruebas irrefutables miembros del gobierno, en complicidad con la propia cámara, de una corrupción desfachatada. El curioso desorden que en seguida estalló en la sala absorbió toda la atención y englutió los nombres, las fechas y los lugares que gritaba desposeído el joven representante del pueblo mientras era retirado del recinto por la autoridad policial.

El único interés que despertó para el pueblo la actuación del diputado aquella tarde fueron los detalles que horas después empezaron a desplegar los medios sobre su licenciosa vida de homosexual encubierto. Curiosamente, al día siguiente y haciendo uso de varios espacios, el vocero de la diócesis cristiana del país recordaba a sus creyentes que la homosexualidad era una aberración inaceptable para la estabilidad de la humanidad.

Del tórrido escándalo de los fondos y del joven edil, que terminó divorciado y sin la tenencia de sus dos hijos, nadie volvió a escuchar una palabra; pero desde las penumbras, las manos siguieron esculpiendo su sonrisa de mármol.

14 de febrero de 2010

Gregorio Y Salvador


 Fotomonaje de Alejandro Luque

Gregorio y Salvador
Alejandro Luque
A Patricia C.

La ambulancia llegó a la curia del Sagrado Corazón diez minutos después del llamado. Los enfermeros subieron las escaleras corriendo hasta alcanzar la habitación del padre Gregorio. Varias sotanas oscuras rodeaban la cama como cuervos estatuarios. Ya velaban al hombre que yacía boca arriba, con signos morados inconfundibles en su rostro. Un socorrista se hizo paso entre los presentes para llegar hasta Gregorio; lo auscultó, pidió una dosis de adrenalina y que desplegaran el equipo de reanimación. Desgarró la sotana y la camiseta de algodón que cubrían el cuerpo inanimado del cura. El pecho casi imberbe de Gregorio quedó al descubierto, como así también su vientre flácido y prominente. “... paciente de unos setenta años, cianosis importante en conjuntivas y labios, sin reacción ocular, latidos inaudibles, enviando dos centímetros cúbicos de adrenalina por vía periférica… preparados para la reanimación y traslado al ‘hache-ce’, cambio”. Otro socorrista metió el respirador sobre el rostro de Gregorio y comenzó a bombear aire en sus pulmones. El tercer enfermero acercó a la cama el equipo de reanimación y pasó los electrodos al primero que practicaba el masaje cardíaco. Sin perder el tiempo, dictó un amperaje, pidió que se alejaran y envió la descarga eléctrica que atravesó el cuerpo de Gregorio. Este se agito en una profunda contorsión. “Pulso recobrado a los veinte minutos, inestable a 65, respiración asistida y en equilibrio, procedemos al traslado, cambio”. El cuerpo del sacerdote pasó, con la ayuda de seis manos, a una camilla que lo transportó a la ambulancia y luego a las urgencias del Hospital Central, donde se recuperó en unas semanas de su infarto agudo de miocardio.

Gregorio volvió a la curia y pidió que lo exoneraran de la celebración de las misas y la confesión. Empezó a tomar la costumbre de vagar por los jardines. Solía vérselo sentado durante horas frente a los castaños en una clara actitud  de meditación. Cada día tomaba “religiosamente” los medicamentos que le habían sido recetados y prácticamente no hablaba con nadie. Sus pares comprendían la debilidad en la que el cura se encontraba respecto de su salud, por eso lo acompañaban en su silencio y sus meditaciones en la espera de su total recuperación.

Al segundo mes, Gregorio fue a hacerse uno de los controles obligatorios al hospital. Allí encontró al socorrista que lo había reanimado.
‒¿Cómo se encuentra, Padre?
‒Mal, hijo… Mal.
‒¡Enfermera! –gritó el socorrista.
‒No, hijo –interrumpió Gregorio sonriendo. –No es clínico el malestar. Dejá a la enfermera tranquila y mejor decime cómo te llamás.
‒Salvador Reyes, ¡a su servicio!
‒Salvador… Quiero agradecerte este trecho de vida que me has regalado... Gregorio hizo una pausa antes de continuar‒. Salvador… qué curioso…
‒De nada, pero, ¿por qué le parece curioso mi nombre, Padre?
‒Porque el misterio de nuestra salvación está siempre frente a nuestras narices, confundido en el paisaje y disfrazado de nombres y de símbolos, sin que lo podamos percibir hasta que lo vemos o nos ayudan a hacerlo.
‒No entiendo, Padre.
‒¿Cuántos minutos estuve ‘muerto’, Salvador?
‒Unos veinte, creo.
‒Pues bien, estuve muerto todo ese tiempo y después de mi vida no había nada; NADA, ¿entendés? Ni un túnel con luz al final, ni ángeles indicando un camino, ni mis padres recibiéndome… Nada, nada de nada.
‒Creo…
‒¡No creas, Salvador!.. ¡No creas nunca! ¡Viví! Viví este todo que es la vida. Vivilo con intensidad y responsabilidad. Maravíllate de vivir sin pretender que habrá luego alguna otra maravilla por la que valga la pena esperar. El único reino que poseemos es nuestra existencia, la que sea y mientras dure.

Gregorio lo abrazó como lo haría un oso, corazón contra corazón, y siguió su camino. En ese momento, Salvador se dio cuenta de que el cura no llevaba la sotana. Iba a decirle algo, pero la alarma del servicio de urgencias lo obligó a salir corriendo.

16 de agosto de 2009

El Exorcismo De Agnès


Chamán shipibo-conibo, foto del blog Mauvais Esprit

El
exorcismo de Agnès
Alejandro Luque

El joven, de unos veinte años, yacía postrado e inconsciente en una hamaca que colgaba de dos arbustos a la derecha, según se entraba al albergue del chamán. Como cada choza de la tribu de shipibos, la del sanador consistía en una pared continua y circular de adobe cubierta por haces de hojas secas y con una abertura que daba al norte, en dirección del río sagrado. La única diferencia con las otras era su posición central en la aldea. La oscuridad de la noche paría batallones implacables de insectos alados que si no se estrellaban aturdidos contra quien estuviera fuera de su mosquitero terminaban achicharrados en las lenguas de fuego que escupían las fogatas. La humedad que exudaba el río Ucayali era insoportable. Combatiendo a cuatro manos esas penumbras infestadas, Agnès se acercó una vez más hasta el muchacho. Enjugó el sudor de su frente, constató la inflamación de los ganglios sublinguales y le tomó el pulso. Le costó encontrarlo. La piel del joven seguía ardiendo, su respiración estaba agitada y entrecortada; y el cuerpo cubierto de ramas, de hojas y de restos secos de mejunjes que olían fuerte, parecía un saco de arena olvidado. Calculó que si la fiebre no descendía antes de la mañana, el joven terminaría como un vegetal que serviría para el festín de todas las alimañas del lugar. Volvió a la tienda de campaña y comenzó a escribir unas líneas en su cuaderno de notas.

El brujo se sirve de una mezcla de hojas y flores secas que cuece durante horas en agua proveniente de lugares específicos y soleados del río. Filtra el cocido y prepara una pasta que luego usa para untar el pecho del enfermo. Confirmo que no es ayahuasca, ya que los ramos colgados a la entrada de la choza me indican que se trata, fundamentalmente, de tres especies vegetales: Eucalyptus botroyoides, Anadenathera peregrina y Datura toe. Como ya he informado, esta tribu hace barrera a las infecciones pulmonares con las esencias del eucalipto rojo. No cabe duda de que las flores narcóticas del “floriopondio” (la Datura) sirven para calmar al enfermo. En cuanto a la función del “yopo” (la segunda especie), tengo mis dudas. Sobre este árbol -raro en la región- valdría la pena centrar algún estudio adicional.

Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

8 de agosto de 2009

No Ver Los Pies


No ver los pies
Alejandro luque

La primera vez, no levantó los ojos por convicción sino por instinto. Allí estaban Casiopea y la cabeza de la Hidra brillando con indiferencia inmutable. Así sintió Adèle la confirmación de su insignificancia en el mundo, de la insignificancia de todo el mundo por debajo de las estrellas.

Dos lunas antes, una mujer muy joven había llegado hasta ella con su hijo, de unos tres años, morado y con los miembros sacudiéndose de forma alocada. Adèle lo tomó en sus brazos y corrió al estanque. Una luna llena se asomaba por encima del bosque, y la tarde de un cielo de verano consumía los últimos rayos de sol que rebotan en la piel del agua. La “curadora” clamaría después que, al sumergirla, la criatura había escupido un espíritu en forma de nube. Volvió con el niño que recobraba sus colores humanos y le dio de beber la pócima a base de mandrágora y tomillo que siempre tenía preparada. Era la fuente de todas sus curaciones. Ofreció a la madre una bolsa de lienzo repleta de hierbas y las indicaciones precisas de cómo hacer la infusión y cuándo administrarla. La mujer recuperó a su vástago y partió sin decir una palabra.

Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

3 de agosto de 2009

El Error

Tumba de la familia Raspail - Père-Lachaise, París

El Error
ADL

Se despertaba por instinto antes de las Laudes y miraba el reloj. Con delicadeza retiraba la sábana que cubría su cuerpo con ese gesto conocido que repetía cada noche, cinco minutos antes de las tres. Entonces sus pies desnudos tocaban la laja gris de la celda. En invierno, la planta de los pies comunicaba el dolor lacerante del frío al hueso. En esos momentos sor Sixta levantaba la mirada y agradecía al Cristo sobre la cabecera de su catre. Para evitar la seducción de la tibieza del verano, solía desperdigar granos de maíz por el suelo. De pie, frente a la única silla en el reducto, se quitaba el camisón de algodón y los cinturones con púas de plomo. Siempre con los ojos cerrados se embutía en su sotana negra y se calzaba con su único par de zapatos, demasiado 33 para su torturados 37. Besaba la cruz colgada en la pared y acomodaba su propio crucifijo en la oquedad del pecho seco. Diez minutos después salía de su celda y bajaba las escaleras, a oscuras y con sigilo, hasta el refectorio.

Una vez en la cocina podía observar el seminario curial a través de la ventana, justo en frente del claustro. Allí esperaba la señal. Ésta llegaba como una insinuación desde las profundidades de la oscuridad en la que el portal del huerto que daba al cementerio, casi imperceptible a esas horas de la madrugada, cambiaba de un marrón profundo a un negro aterciopelado. Sixta, entonces, abría la puerta de la cocina, se persignaba, la cerraba a sus espaldas y corría en dirección del olivo del huerto. Con luna llena o nueva, sequía o nieve, el olivo era el milagro de la abadía: siempre con hojas y fértil. La sombra de Sixta en la noche era su disfraz más cómplice. Del olivo al portal del cementerio sólo había diez pasos.

El rosario colgado en el portal abierto era la señal para avanzar sin peligro. Del otro lado del muro quedaba por franquear las tumbas y la plazoleta de San Francisco para alcanzar el mausoleo episcopal. Allí estaría él, esperándola como cada noche. Juntos se volverían a reunir para cumplir con el pacto que hubieron sellado diez años atrás. En las insospechables profundidades del edificio mortuorio, se encontrarían cara a cara, una vez más, sin poder calmar la excitación.

–¡Querida Sixta!...
–¡Hermano Pablo!...
–Vía Jesús.
–Amén.

Como después de cualquier misa Pablo se quitaba la faja violeta que sostenía la cintura de su sotana; Sixta su tocado negro con los ojos siempre cerrados. Envolviendo sus manos con todas esas telas, Pablo corría la pesada lápida de la fosa que escondía un pasadizo secreto, y ambos bajaban por la escalera para llegar al sótano.

Allí estaba encadenado, casi tragado por la oscuridad del rincón que lo albergaba, el error. Un cuerpo retorcido por el castigo infame del síndrome de Proteus. Un monstruo informe de diez años incapaz de hablar ni de moverse. Sixta le devolvía el rosario a Pablo que sacaba, como de costumbre, los restos de comida escondidos debajo de su sotana y se los entregaba a la hermana. Ella los aceptaba y se acercaba gateando hasta el error. Desmenuzando el alimento en mendrugos, los metía con delicadeza en la boca deformada que aceptaba entre gruñidos.

–Hijo mío querido… ¡Perdón! –lloraba Sixta su pecado, al tiempo que frotaba y ungía con sus lágrimas la piel rugosa e inflamada debajo de las cadenas que contenían al error.
–Dios nos perdone, mi ángel –replicaba Pablo, mientras rezaba su rosario en el rincón opuesto del sótano y sin mirar.

Y ya no hablaban más. Juntos recogían los excrementos del rincón y cubrían con un manto oscuro y limpio el cuerpo del error que se dormía. Volvían sobre sus pasos habitualmente antes de las cinco. Como en cada madrugada antes de la hora prima, Sixta y Pablo intentaban conciliar un sueño imposible en la oscuridad desdentada de sus respectivas celdas.

1 de julio de 2006

La Historia Apócrifa De Chactas

Entierro de Atala, Girodet-Troison (1767-1824)

La historia apócrifa de Chactas
Alejandro Luque


Cuando llegaron al valle con sus pieles blancas que hedían soberbia y prepotencia, no valieron los ataques que organizaron las siete tribus ni, al final, los esfuerzos de nuestros brujos para detener la avanzada del hombre del oeste. Nos diezmaron sin clemencia, se apoderaron de nuestras tierras y de nuestros dioses, y nos acorralaron en los yermos montañosos del sureste. Lejos del espíritu del Gran Río, perdimos fuerza y los dioses terminaron por abandonarnos. Algunos de nuestros ancestros se contentaron con los cactos y las rapaces, y se reunieron en tribus abrasadas por el sol y el hambre. Otros se abandonaron a su suerte, creyendo encontrarla en nuestras antiguas tierras. Lograron dividirnos. Ganaron.

Pero el golpe más brutal de los invasores fue que nos impusieron su dios vengador de tres caras: la que azota con su barba blanca, la que exige una paz obligada en la que el pueblo que la recibe es siempre perdedor, y la del crucificado que pregona la aceptación del fuerte sobre del débil.

Soy Chactas, hijo de Mimbras de la tribu de los Natchez. He perdido todo, nada me queda. Y juro que no será la sangre de los invasores la que llore sobre tu tumba, Atala, cuando el sol se vuelva a poner detrás del monte de encinas. Aquel reducto oculto donde nos prometimos la desnudez que heredamos de nuestro pueblo será un invento, un engaño como el que las nubes inquietas del sur juegan en los meses del sol sobre nuestras cabezas. Tampoco será la vanagloria violenta de los brujos blancos la que te rendirá los homenajes dignos de tu alcurnia, porque tu cuerpo no estará ahí. Aunque así se lo hayas prometido a tu madre que abrazó la cruz y quiso imponértela.

Porque no sabrán que no estás debajo de esa piedra que sostiene al crucificado y en la que pintaron un nombre que no es el tuyo. Pero si sospecharan, no te encontrarán, lo sé. Chactas te promete que ninguna luna pintará la sombra de los leños en cruz sobre tu morada. Sé que no podré evitar que el gusano de la muerte te desmigue, pero cumpliré con el pacto de nuestra estirpe. Caminaré orgulloso el resto del camino que me queda por recorrer, Atala. Y no temas, no me perseguirán como a una bestia de caza, porque no seré culpable de otra cosa que de esconder mi corazón sometido al látigo de tu abandono inexorable. No lloraré como lo hago ahora.

Oculto un mechón de mis cabellos en tu mano, los cabellos que amabas y recorrías con tus dedos como buscando el fondo del río. Lo enrollo en tu mano que aún lleva esos leños en cruz que nos separaron sólo por un instante. El único bien que poseo es el aro de mis ancestros. Me lo arranco para sangrarte en silencio y reemplazar con él la cruz. Aubry, ese viejo cómplice que me arrebata la delicadeza de tus pies tan iguales a los míos, me reprende y me dice: “Un esclavo de la iglesia no llora”. Te entregamos a la tierra en esta cueva, Atala. Te devolvemos a nuestros dioses derrotados que te guiarán en el viaje.

Mentiremos, Atala, porque nos enseñaron a hacerlo. Mentiremos para rebelarnos contra ese dios mezquino que masacró nuestros dioses y nos confundió. Mentiremos, y los invasores nos creerán, mi amor… Ellos siempre creen.

Urbi Et Orbi



Sacre Coeur, Paris, foto del Biologuero


Urbi et Orbi
Alejandro Luque

Es en esta época del año, La Pascua de Resurrección, y a fines de diciembre, por la Navidad, que esta latinísima expresión nos salta en la primera plana de todos los medios. Estrictamente hablando, quiere decir “a los romanos y al resto del planeta”. Teniendo en cuenta la datación del carbono catorce de esta frase, vale decir que el resto del planeta en aquellas épocas era un vecindario más que nada circunscrito a los dominios abarcables de la roma papal de los últimos siglos. Hoy la frase tiene otra connotación, quizá más global (a la imagen y semejanza del google earth) y que se podría traducir como “a los presentes y a los que nos ven por la televisión, nos escuchan por radio y nos leen en la prensa”.

Como sea, es el momento del año en el que la cristiandad recibe, sin pagar el diezmo, la bendición papal. Algunos católicos apostólicos románicos (perdón… romanos) aseguran que si uno está en la Piazza San Marco, la bendición “llega más profundamente”.

La bendición del Papa, como todo personaje mediático y político que maneja opiniones y es capaz de dirigir guerras, no es para menospreciar ni para pretenderlo como un discurso telúrico o folclórico más. Su Santísima Figura rocía a los presentes y al resto del mundo de agua bendita y de un mensaje que refuerza el dogma de su reino, el reino del Dios de los católicos. Y en ese mensaje se puede leer, como una gitana recorriendo las marcas de nuestra palma, dónde está occidente y hacia donde va. Porque no olvidemos que el occidente cretino (perdón… cristiano) es el nuestro. Seamos fervientes creyentes, fervientes agnósticos, fervientes evangelistas u ortodoxos, o fríos indiferentes. La institución de la iglesia, como los gobiernos y su peluca política, infiere profundamente en nuestras vidas.

Hace un rato, Su Santidad Benedicto XVI utilizó varias veces la palabra “honroso u honra” para definir las salidas de nuestros problemas mundiales. Que Irak salga honrosa de esta situación evidentemente poco honorable, que se logre una salida honrosa frente a los ‘problemitas’ nucleares que nos afectan. Volvió a esa posición que nunca resolvió nada sobre Palestina e Israel. No tiren más bombas y que se reconozca ese ‘controvertido’ estado. También posó sus ojos celestes en las realidades de injusticia e inestabilidad política de la América latina y de las problemáticas, más que insoportables, de África.

Nada nuevo bajo el sol. Urbi et orbi. A quien quiera escuchar aquí y allá. No podemos criticar la política de los Estados Unidos de América en Irak. No podemos enfrentar el poder económico de Israel y decirles que no tienen razón de ocupar de esa manera ese territorio. No podemos confiar en la arquitectura política de Irán y su desarrollo nuclear, por tanto no podemos apoyarlos (y automáticamente apoyamos la arquitectura política de USA que tiene su poder nuclear listo para ser utilizado). Los problemas en Africa son todos políticos. No hablemos de S.I.D.A., ni de la cultura de los preservativos, ni de la humanidad económica que podría sofocar a ese continente de una plaga occidentalmente injusta.

Urbi et orbi. No hablemos de la explotación a los límites de la esclavitud que ya llega, de la mano de las derechas, incluso al primer mundo. No hablemos de la asfixia que sufre el planeta para que una fracción circule por impecables autorrutas en magníficos coches. No hablemos del problema del petróleo que se nos acaba, como el agua que ya comienza a dar signos de agonía. No hablemos del colonialismo en pleno siglo XXI ni de los crónicos chicos que se mueren de hambre allí donde el primer mundo católico, apostólico y románico (perdón… romano) se instala para obtener más creyentes y mejores beneficios.

Urbi et orbi. La Pascua de Resurrección es el festejo de la esperanza. Es el momento en el que la cristiandad, en luto por la muerte terrible de su pastor, bate los colores de sus almas, porque el hijo de Dios les mostró que él podía volver contra todas las vicisitudes.

La esperanza de un mundo razonable y humanamente mejor latiendo en nuestros corazones de seres responsables. "Honrar la vida" como supo escribir magistralmente esa pérdida irreparable de Eladia Blázquez.

Todo lo demás, me parece un circo urbi et orbi.

Con todo el respeto a la creencia de cada un@, me permito emitir esta opinión de Pascua.

Responsable Pascua de Resurrección a tod@s y cada un@.