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16 de febrero de 2011

Visitas (Y Despedida)


K en julio de 2008, foto del biologuero

Visitas (y despedida)
Alejandro Luque


A Kathleen Smith, que partió –ella también y prematuramente– hoy.

Antes de ir a la clínica, decido pasar chez toi en pleno Montparnasse, a quince minutos del laboratorio. Salir del trabajo cuando hay sol y la ropa ligera ni se siente, es un placer que no dejaré jamás de disfrutar. Entre el laboratorio y tu morada las calles están afortunadamente infectadas de árboles que dan verde y sombra y ese perfume de tilos y plátanos que calma (salvo a los alérgicos). Qué generosos esos seres vivos en los que pocas veces reparamos. Están ahí, siempre, aunque pareciera que el hombre tiende a ignorar lo que no se mueve, sobre todo en la urbe. Bueno… lo que se mueve también. Nos amurallamos y nos creemos que todo por fuera es estático y perenne, nos sentimos seguros de la continuación en nuestro cocoon, como si poseyéramos un escudo de eternidad.

Pero estoy yendo hacia vos y me sacudo de asfalto y azulejos. Sé que nunca los soportaste. Te he leído más de una vez pidiendo con desesperación menos cáscara y más piel. Creo que por eso vuelvo a visitarte. A visitarlos, porque siempre estás con ella, con tu esposa. Con el paso de los años aprendí a quererla sin llegar a conocerla como te conozco a vos. De hecho, en varias oportunidades recorrí sus trabajos e intenté entenderte en tu elección. Creo que siempre he hecho eso con los compañeros de mis amigos: aceptarlos desde la comprensión que hizo que ellos los eligieran. Con Carol he descubierto en vos eso que muchas veces vi en mí: amamos al que hace mejor que nosotros eso que tanto nos gusta: la fotografía, en este caso. Sus clichés son magníficos, profundamente expresivos, llenos de esa vida instantánea que tanto vos como yo nos empeñamos en captar por otro medio (y vos inmensamente mejor que yo). Prefiero sus fotos a sus escritos, sin dudas.

Llego y los encuentro, como siempre, a los dos juntitos retozando el tiempo detenido cerca de ese árbol cuya especie desconozco. Parece un nogal, pero nunca lo vi eructar sus nueces. Les llega a los dos la sombra de esta tarde de verano en pleno centro de un París trufado de turistas que vagan sus calles en horarios raros. Intuyo tu sonrisa irónica, porque los dos sabemos que París no tiene otra estación que la que uno quiera darle. Aunque estamos los tres solos, me perturba esa pareja que pasa a unos metros y nos mira, nos mide. Creo que los dos son argentinos, porque estoy seguro de que ella dijo “dejá”, así, con ese argentino acento en la a. Quizá los están  buscando, quizá acaban de visitarlos a ustedes dos. Quién sabe.

Carol está casi desnuda, y vos, como siempre, atiborrado de papelitos, cartas, postales, monedas y piedritas de colores que me recuerdan los caracolitos que asoman sus cuernos al sol. Como ninguno de los dos dice nada, me acomodo yo también debajo de la sombra del árbol sin nombre, saco la revista del bolso y se las muestro. Quiere el azar del viento que se abra en la página donde está uno de los textos que he firmado. Se los leo, asegurándome de que la pareja de argentinos ya está lejos. Leo con calma. Al terminar, no los dejo decir nada porque no pretendo respuestas aunque me asalte la fiebre de preguntas, como de costumbre. Te dejo la revista, la acomodo en el hueco que sirve para dejar flores, y les saco una foto a los dos. Enseguida me doy cuenta de que te arropo aún más mientras Carol sigue casi desnuda y sin protestar. Pero es así la vida y lo que ya no lo es. Antes de irme te señalo el título de la revista, que es el del foro de cuentos que cree en tu homenaje, y siento tu sonrisa acariciarme el corazón. Quiero sentirla. Lo necesito en medio de este verano de tímidas despedidas.

Corro al metro. Odio las contorsiones surrealistas de la gare Montparnasse, pero no tme queda otra. Veinte minutos después me bajo en la Plaza de Clichy, “la triste plaza con su muchedumbre alienada y amarga” según el que te dije. Camino a grandes pasos y trepo por el pie occidental de la butte de Montmartre hasta la rue Duresme donde termina mi escalada. Entro en la clínica, digo bonjour desde las tripas a toda esa gran gente que se ocupa de la gente que ya no puede ocuparse de sí misma, y tomo el ascensor hasta el cuarto piso. Me pongo el barbijo, el guardapolvo, los guantes y me cubro los zapatos con unas medias enormes. Golpeo y entro en la habitación.

K, en la cama, está comiendo una ensalada y me brinda la sonrisa sincera de quien esperó todo el día una visita desde su vacío de enfermo soltero y extranjero. Hablamos de los juegos olímpicos en China, de las nuevas e incómodas perfusiones que le pusieron a nivel del cuello por lo inaccesible de sus venas en los brazos y las piernas, de esa puta infección que le resta menos posibilidades de las que realmente tiene, de los avances de mis experimentos en el laboratorio que ella no pisa desde hace más de un año. Le pido disculpas por no haber pasado ayer; “Anoche me llegaron las correcciones de la revista y quería terminarla”, me justifico, y me pide que le vuelva a contar sobre el foro, y porqué Perras Negras.

Y aquí estoy yo, dibujándole a K rayuelas imposibles como si fueran modelos para armar, y es ella la que recuerda en su sopor y balbucea un octaedro, y yo replico con bestiarios, y ella menciona a su hermano de tierra Charlie Parker y yo le recuerdo lo irrisorio de los premios y lo raro de algunos exámenes. Para el final del juego pronuncio los nombres de Manuel y de la querida Glenda. Nos reímos de las coincidencias que no son tales y pienso –siempre termino pensando– en la maga.

No hablamos de su batalla, porque los guerreros no necesitan de eso. Aunque entre cuento y cuento de los que bien matan el tiempo, percibo una brizna de cansancio en su gesto. Pero, ¿cómo animar al guerrero desde una ridícula tribuna? ¿Cómo transmitirle la energía indecente que a uno le sobra? Un beso, una sonrisa y alguna que otra promesa. Fuera de la habitación me quito el disfraz aséptico de visita y, casi al partir, me pregunto si estuvo bien no haberle contado a K que esta tarde fui a visitarte al cementerio de Montparnasse para dejar en tu morada la revista que armamos en el foro y arroparte aún más.

Sin responderme, porque muchas veces no hay respuestas, salgo de la clínica pensando en mi casa, en mis cosas, en mi vida y la vida de los otros, y en cómo hacer para darle belleza literaria a toda esta ausencia terrible de ayer, de hoy, de mañana.

Mañana fue hoy.

París, verano de 2008, invierno de 2011. 

2 de abril de 2010

Entenderás


 Campaña española contra la violencia de género

Entederás
ADL

Pensaste quizá, desde el principio, que ciertas expresiones de mi rostro carecían de sentido, y por eso te permitiste persistir y volver a comenzar, una y otra vez. Y quizás también los monosílabos que me arrancaba tu insondable presencia te parecían un juego, un murmullo de gata arisca y caprichosa que siempre terminaba viéndote allí arriba como al enorme y poderoso domador de fieras que pretendías ser.

Quizá creíste, al regresar esta tarde con un nuevo saco repleto de promesas y súplicas repetidas, que encontrarías a la misma mujer en la casa: esa que siempre fui y que vos te empeñabas en tallar con tus manos, tu cabeza, tus piernas, con lo que se te cruzara en el camino. Sin duda te olí desde la habitación antes de que tus puños comenzaran a descargar su impaciencia sobre la puerta que no debías franquear. Vos, como de costumbre, habrás percibido mi desesperación aferrándose a los muros de nuestra ruina labrada a fuerza de desrazones.

Quizá en ese momento te convenciste de que los eternos vecinos ciegos sordos mudos seguirían sin entrometerse. Seguramente fue por eso que, desde tu cómoda impunidad, derribaste la puerta como un toro rabioso, te volviste a meter en mi vida y en mi carne que considerabas tu propiedad, y me arrinconaste ‒una vez más‒ entre la cama y el ropero ya vacío. Como de costumbre no escuchaste los gritos, todos tus gritos. No necesité aclararte que me largaba porque no me diste tiempo. No obstante, al reconocer los efluvios imparables de tu adrenalina, volví a decirte "¡No!".

Quizá el germen de tu enfermedad fue siempre la injustificable imposibilidad de comprender el alcance y el límite de esa palabra tan simple, por lo que el último golpe fue el más certero de toda tu vida y llegó antes que la policía.

Pero si algo hay de seguro, aunque ya sea tarde, es que ya no podrás venir a dejarme flores ni a llorarme arrodillado. Desde hoy podrás empezar a domar el tiempo en tu jaula para imaginar qué habría sucedido con nuestras vidas de haber respetado el significado del primero y el último de mis “¡No!".

Pantalla (Intimidades)


Fotomontage del biologuero

Pantalla (Intimidades)
Alejandro Luque

Pantalla (RAE): séptima acepción, femenino. Persona que, 
a  sabiendas o sin conocerlo,llama hacia sí la atención 
en tanto que otra hace o logra secretamente una cosa.


Abrió la sesión de chat como George35 y respondió, “CindyC, la foto que me agregaste a tu último mensaje me conmovió al punto de no saber cómo responderte”. Encendió un cigarrillo y saboreó el Johnnie Walker que comenzaba a corroer el alma de los tres cubos de hielo. Agregó: “Me permito tutearte porque siento que no tiene sentido ocultar”, pero se detuvo abruptamente en la palabra ocultar, y comenzó a jugar con ella en la pantalla.

Ocultar
Tucoral
Tarluco
Culotar
Culo… culo… CULO… ¡CUUUULO!

Tipeó tres puntos suspensivos y envió la frase inconclusa. Inmediatamente le llegó la previsible consternación de CindyC:  "(?_?)." El jean se había transformado en una prisión insoportable. Un buen sorbo de alcohol le quemó la garganta que seguía declinando la vibración de esas dos sílabas. Se levantó del sillón y sintió entre sus piernas una potencia incontenible pujando por aflorar al mundo y caer en buenas manos, en el calor y la humedad que esa parte de su cuerpo deseaba incesablemente. Fue a la sala de baño para calmar la fiera, para intentar jugar el rol cotidiano de partera que asiste con empeño y recibe la gozada semilla sin destino.

El espejo estaba ahí, justo encima del lavabo. Era lo suficientemente grande como para que sus ojos le devolvieran la imagen del cuerpo por encima de las rodillas. Un poco más arriba debía  de estar la fiera erecta esperando la caricia, la contención y el estímulo. Esbozó el contacto de la mano que dirige y recibe, pero ya sabía a la perfección que los espejos son unos espurios caprichosos.

Por eso los ojos de la persona que imitaba sus movimientos al otro lado del espejo se elevaron para alcanzar aquel otro lugar prohibido de la intimidad de quien está solo y contrariado. Fueron los esos ojos, y no los suyos, los que subieron la línea del vientre y pretendieron ignorar con brusquedad el magro relieve de unos senos que se resecaban por debajo de la remera arratonada. Más arriba delataban los rasgos indelebles de una mujer rígida que exudaba canas cincuentenarias. Entonces el cuerpo, y no la imagen, gritó un eructo de alcohol y obligó a que los cuatro ojos descendieran hasta su pelvis. La bragueta estaba abierta, la sensación de erección persistía pero lo único que emergía a través de la abertura era la vellosidad revoltosa del pubis que siempre odió. La vieja mujer en el espejo derramó una lágrima que él, del otro lado, se negó a enjugar, acostumbrado a lavar las mentiras que se esgrimen con vehemencia en ese reducto de todas las limpiezas y bajezas.

Volvió al ordenador y retomó la frase para terminarla con la misma excitación entre las piernas, “... no tiene sentido ocultar cuánto ha encendido al hombre que me habita, un hombre con poca experiencia pero dispuesto a amar a una mujer como vos. Me sonrojo de sólo pensarlo, pero necesito decirte que estamos destinados a encontrarnos. Si logro reponerme te enviaré la foto que me pedís. Tuyo y en vilo, G”. Envió, se prohibió más caricias y se dispuso a esperar lo que sea mientras absorbía las últimas gotas de whisky que quedaban en el vaso.

Del otro lado, CindyC_ leía con una sonrisa tempranamente morbosa sobre los labios y enviaba un emoticono de complicidad: "(°_~)". Desde otra habitación del departamento, su madre volvía a gritar por segunda vez, “¡Juanma, apagá esa consola y ponete a hacer los deberes, ya!”.

6 de marzo de 2010

Por Un Después Del Sapiens


 Foto de E.S. Ross, a partir de la Enciclopedia Británica

Por un después del sapiens
ADL

Ya sé que no es relevante según sus términos; pero usted siga transcribiendo sin chistar, que para eso le pago.

En aquella época había una simpleza natural hasta en la sala de baño. ¿Por qué me mira así? Supongo que usted conoce los bichos bolita, ¿no? ¡Pero sí, hombre! Esas carcasas grises del tamaño de una pastilla ovalada que ni bien uno las toca se enrollan en sí mismas y se hacen una pelotita. ¡Esos! Algunos los llamaban los bichos de la humedad porque solían pulular los rincones enmohecidos. ¡Cómo que los insectos son asquerosos! No eran algo asqueroso. Eran parte de nuestra cotidianeidad. Hace unos días leí que la forma correcta de denominarlos es… espere que lo tengo anotado en un papelito: ‘Armadillidium vulgare’. Sí. Suena a armadillo, a quirquincho. ¿Tampoco? Quir-quin-cho. ¿Que nunca oyó hablar? Es como un bicho bolita, pero más grande y con pelos. Era muy rico al asador, cuando no terminaba en charango. ¡Qué no, hombre! Que no acostumbro a comer insectos. ¡Y pobre animal, que tanto lo hemos consumido que ya casi no se lo ve. Sí, doctor: el hombre espanta, arrasa, le hecha flí a lo que no le gusta, sin entender y sin prever, y al final se va quedando cómodamente solo... ¿Que qué es el flí? Se escribe fleet…

Bué… mejor volvamos a los bichos bolita, porque hay que terminar de escribir este documento para mis dos nietos. Me gustaría que encontraran algún día en un rincón del baño algún bicho bolita. Ya sé que hoy es imposible con tanto deshidratante y detergentes poderosos. Que los vieran ahí, sentados o en cuclillas, haciendo sus menesteres y sin apuros. Créame que esos chicos son hijos del pavimento y del cemento; los aterroriza el barro y los mosquitos porque no sé qué se imaginan que son. ¿Voy muy rápido? Usted me frena cuando sea necesario.

Desearía que pudieran descubrir dónde se esconden, seguirlos, apenas tocarlos y observar cómo se enrollan, ruedan y se quedan inmóviles. Y un rato después, que vieran la manera en la que se desovillan y caminan apresurados con esos pies incontables que se agitan de la forma más sincronizada que se pueda concebir. Quisiera que mis nietos heredaran la naturaleza que en algún tiempo aún convivía con nosotros, porque allí estaba antes. Que inviten a las arañas a que salgan de la casa por la ventana. Que pidan un deseo cuando un grillo se mete por la puerta y que levanten el pie para no cortarles el camino a las hormigas. Eso: que sean huéspedes tolerantes.

No, querido. No creo que todo tiempo pasado haya sido mejor, ya que aunque me haya costado llegar con vida hasta el día de hoy, lo he hecho gracias a los innegables avances. Sí creo que este presente, y por sobre todo el futuro, no pinta bien; siento como que algo se nos ha perdido en el camino. Nos hemos vuelto autistas y demasiado soberbios, violentos y parásitos, egoístas y devastadores. En vez de haber ganado sabiduría para abandonar nuestra adolescencia, nos regodeamos en el confort mezquino y la individualidad estéril. Y así fue que nos olvidamos de que se puede salir al jardín para abrazar al duraznero y al nogal, nada más que porque son seres abrazables; ignoramos que existe el proceso maravilloso y perfumado de las coronas de los jacintos que se abren temprano a la mañana o el despliegue tímido de los capullos de las buenas noches por la tarde; que se puede sentir la tierra respirándonos sobre la piel. Y en una noche de verano poder salir a espiar las luciérnagas entre los ligustros…

¿Que hay que nombrar con claridad la propiedad y sus contenidos? De acuerdo… Escriba que dejo al cuidado de mis nietos la casona de Azul, con todos los fantasmas de los bichos, las plantas que la habitan y todas sus promesas. Y escriba muy claro que de esos fantasmas se tienen que hacer cargo porque son de ellos, y porque la libertad y el progreso bien entendidos son hijos del debido respeto que nuestra especie debe aprender a heredar para no terminar legando perdones siempre tardíos como inútiles. A propósito, ¿conoce usted la historia del pájaro dodo?  ¡No! No bobo, dodo. El pájaro, no usted. 

23 de febrero de 2010

Marta Sin Hache


 
Imagen de la campaña europea contra la violencia de género
 
Marta, sin hache
ADL

Marta, sin hache, da vueltas y vueltas y se propone en silencio excusas alucinantes, como no levantar la cabeza para evitar ser devorada por ese monstruo radiante de tentáculos que engulle a quien se atreva a mirarlo. Según sea el rigor de la mañana, Marta, sin hache, se niega a mirar su doble en el espejo porque teme ver lo que no quiere, lo que le produce terror. Hace unos años estuvo sin dormir casi una semana cuando descubrió tres canas en ese lugar ortiva que está por delante de la oreja. Se sintió ultrajada por su propio cuerpo, aunque no era la primera vez ni tampoco sería la última que debería pagar por eso Ya antes, Marta, sin hache, había descubierto que los senos que tanto sobaron sus dos hijos se caían como frutos marchitos, se deformaban vencidos por el rigor de la gravedad. De la gravedad de vivir. Después y eternamente, el parto de las mañanas cuando el cuerpo duele en cada poro y nos muestra todas sus horribles deformaciones al pretender dar a luz una familia holgazana. En todo caso, las deformaciones del cuerpo de Marta, sin hache, que ella ya no quiere ver en el espejo insufrible porque se convence de que no tienen sentido, ya no cuentan. Se cepilla los dientes, y al escupir ve  la espuma rosada, por lo que vanamente se dice que habría que ir al dentista y gira la cabeza sin levantarla. A la izquierda está la toalla de mano. Marta, sin hache, la toma y la apoya con suavidad y cierta firmeza sobre su rostro. Piensa que tendría que ser más cuidadosa, más atenta para evitar eso que manifiesta su cuerpo, porque siempre es así que lo que le pasa es un designio que la sobrepasa. Entonces recuerda lo que siempre le dijo su madre: “Fue la tipa del registro civil la que se empecinó en no ponerte la hache en el nombre; y a mí me dio lo mismo, porque todavía me dolían las tripas que me abriste para nacer”. Muchas veces se preguntaba qué habría sido de aquella mujer caprichosa con las mudeces. Como sea,  Marta, sin hache, se vio obligada a comenzar a vivir su identidad según la voluntad de los otros. Su madre se esfumó un día en la naturaleza, por lo que ella terminó en la casa de su tía como esclava, lavando a mano los pisos “porque quedan mucho mejor que con esos aparatos”, sentenciaba la arpía. Fue por aquellos tiempos que inventó su juego secreto de superviviente: se llamaba Martha, y hodiaba ha su tía, hamaba ha un príncipe que la rescataría del hinfierno, lo hesperaba con fervor, porque hél lograría que la hotra Marta holvidara todo sus tormentos. Y hél llegó, y se la llevó, y tuvieron dos ijos. Y se volvió Martha, con ache, hal precio de conocer hel gusto lacerante del haliento himpregnado de halcool. Por heso Martha, sin ache, no quiere volver nunca ha levantar su cabeza frente hal hespejo. Y no porque no quiera ver los ematomas que de costumbre lo cubren, ni por negar la hexpresión de sus hojos ha punto de hexplotar. Lo que la haterroriza hes descubrir detrás del reflejo de su cuerpo herróneo –hhhhherróneo–­ la hexpresión de furia hen la cara de hél, que seguro ya hestá hagazapado y listo para saltar sobre hella y recordarle quién hes hel hamo y quién hes Marta.

Nos


Foto de este blog

Nos
ADL

La mosca se embate con la ventana.
La luz, el olor, las cosas afuera
que brillan lo inmundo que el mundo emana.
Choca e insiste porque es su manera.

Mosca impávida, ciega, sinónimo
de desidia y del último estertor.
Mosca hermana del destino anónimo,
bestia esclava del olvido y del hedor.

Choca y me recuerda, nos los humanos
golpeando ciegos el muro invisible:
se atonta, insiste, trepa bien en vano,

Ignora que el vidrio es una redada
que esconde lo impensable e imposible:
mi gata, por debajo, agazapada.

16 de diciembre de 2009

La Espera



Imagen encontrada en este blog

La espera
ADL

Siete de la tarde. En una hora llega y yo todavía estoy en veremos. ¡Vamos, activate! Desempolvo de su rincón la vieja aspiradora y rasqueteo ─sí, así está de vieja y abandonada, como yo─ el departamento en menos de diez minutos. Demasiado tiempo, teniendo en cuenta sus extenuantes veintidós metros cuadrados. Reencarcelo al aparato en su confín y me pongo a recoger todos los objetos fuera de lugar. Publicidades mezcladas con facturas, diarios viejos que ni siquiera leí, los crucigramas, calzoncillos y remeras que quedaron misteriosamente abandonados sobre el sillón, colgados de las sillas y arrugados al pie del colchón. Y sí: no tengo cama sino un colchón sobre el piso de la habitación. Siete y veintitrés. Me pego una ducha reparadora. Tengo que acordarme de comprar shampoo y papel higiénico para el baño. Me visto en un santiamén con mi caballo de batalla: pantalón beige, camisa de algodón azulada y mis mocasines con suela térmica. Ocho menos diez. Mientras confirmo si todo está bien, siento la aspereza de mi barba. Frente al espejo del baño desaparece en menos de tres minutos. Enjuago la pileta, acomodo el jabón de mano en su lugar y pliego la toalla con delicadeza. Un pshh de perfume y ya está. Huelo el aire confinado de la sala y decido encender un sahumerio. Estiro el mantel de la mesa y acomodo las sillas. Cuatro minutos para las ocho. ¡El café! Casi me olvido. Corro a mi cocinita, saco el filtro con el café viejo, repongo, agrego agua y lanzo el ciclo. Sin detenerme a disfrutar del aroma poso sobre los individuales de rafia azulada dos tazas de la única porcelana que poseo. Me miro una vez más en el espejo, y me siento a esperar. Ocho y siete minutos, suena el timbre. Me siento excitado y contento por la reporchable puntualidad. Verifico a través del ojillo y abro entonces la puerta sonriente. 

¿Señor Martínez? Walter Gambaldi, de Seguros La Esmeralda, hablamos por teléfono ayer. Mil disculpas por el retraso, pero el tráfico está terrible.


13 de octubre de 2009

Al Ras Del Suelo



Al ras del suelo
Alejandro Luque

Dejame a mí –creo entender de tu susurro. Y digo creo porque, al mismo tiempo que me hacés vibrar el tímpano, me sobás, casi que me mordés el lóbulo de la oreja. Estábamos en el cielo mientras éramos vos y yo hasta que devine la posibilidad de ese abismo en frente de mí.

Trigésimo noveno piso y tus dedos dentro de mi boca. Te apoderás de mis brazos como si fueras dueña y señora. Los alejás de mi torso y los amontonás –sí, lo siento así– por encima de mi cabeza. Por eso tengo tus pezones que me rebotan sobre los labios.

Vigésima séptima planta, y tu lengua que me recorre desde la punta de la nariz hasta esa oquedad ridícula del ombligo. Te detenés por unos segundos, quizá entre el piso veintidós y el veintitrés, y me lamés en línea horizontal, te enredas entre los primeros indicios del pubis, y tus manos comienzan a buscar, a tantear el terreno oscuro y desquiciado que se debe colonizar. Pero me pregunto si sabés lo que pienso sobre el colonialismo.

Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

7 de octubre de 2009

Aire De Sonata


Separation II. Edvard Munch

Aire de sonata
Alejandro Luque

Presto agitato
Con nuestras membranas exhaustas de tanto reabsorbernos, comenzamos a remar el cauce de un mar silencioso y agitato. Pianissimo, como se suele hacer en ese tempo marcato y a contrapunto del primer encuentro, simulamos un sueño largo ma non troppo. Pero ambos sabíamos, espalda contra espalda, que era una nueva coda, simplemente el da capo para la próxima noche en la que estuviéramos juntos. Oí tu respiración perdiéndose ad libitum mientras sentía mi sueño desplegarse in crescendo e cuasi non legato.

Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

27 de septiembre de 2009

La Razón Del Aire



Hombre de Traje Negro III, pintura de Fabián Pérez


La razón del aire
Alejandro Luque

─¿Está listo, Don Fermín?
─Sí, yo estoy listo, ¿y usted?
─Eh... grabando…

Recuerdo como si fuera hoy que detrás de la higuera, debajo del mamarracho de hojas secas que mi mujer arrinconaba hasta formar una parva impenetrable, encontré la verdad. Fue una mañana en sepia de septiembre, como todas las mañanas que aún corretean los resquicios de mi mente.

Usted pensará, con todo derecho, que un viejo moribundo con un reprochable pasado judicial sólo vive para contar historias. No se equivocaría ya que por más que mi cuerpo se esté apagando y se termine llevando con él todos los secretos de alguna lejana voluptuosidad, mi mente aún conserva intacta toda su luz. Esa que usted espera que ilumine sus certezas y sus dudas, la confesión póstuma que cerrará un caso sin resolver luego de cincuenta años de una oscuridad que a los demás podrá empañarle la vista, pero a mí no.

─Vayamos por partes…
─Si realmente quiere saber, no me vuelva a interrumpir. Una historia debe escucharse en completo silencio para que las preguntas que surjan luego encuentren solas las buenas respuestas. 
─¡Oquéi, oquéi!… No interrumpo y escucho.

Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

23 de agosto de 2009

Perspectiva


Untitled, foto de Gottfried Helnwien

Perspectiva

Alejandro Luque

Volver es posible, aunque la exactitud de los aparatos guarde todavía la elegancia y la sobriedad del error caprichoso: año más, año menos. Después de todo, el tiempo nunca dejará de ser ese enemigo imaginario que nos controla la vida. Volver y reafirmar lo que sucedió en algún momento del pasado, hoy, es tan real como la ilusión que uno pudo tener de chico de que las líneas paralelas se cruzaban en algún punto.


¿Seis? ¿Siete? Carezco de los elementos tópicos para definir con certeza cuántos años tengo ahora que he vuelto. Sin haber perdido la conciencia de la cuarentena, tampoco puedo dominar como a un títere a ese que soy más de tres décadas hacia atrás en el tiempo. De hecho, el objetivo es justamente lo contrario. Volverme la criatura de aquel entonces para asegurarme luego de que todo se perpetrará.

Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

21 de agosto de 2009

Afuera


Afuera
Alejandro Luque


El beso rápido y superficial como los de las viejas publicidades nos alcanza cuando uno de los dos cierra la puerta del placard luego de haber colgado por enésima vez las trazas estereotipadas del engaño. “¡Hola!”, decimos al unísono, desembarazándonos de las manchas que pesan en el seno de una intimidad igual de forzada que civilizada. Desde la consecuencia de eventos automáticos que se establecen estratégicamente para durar, el otro va a la cocina a tomar un sorbo de agua mineral que diluya la saliva del tercero. El primero aprovechará para entrar en la habitación y mudarse de las escamas que crecen cuando se repta sobre otras sábanas. Atestiguamos como zombis, una vez más, la resistencia al cambio. Rondamos nuestra relación como dos fantasmas que se aferran a su propia muerte a toda costa; y acompañándonos nos desencontramos en justificaciones mutuas.

El amor había partido una tarde de nuestro otoño perenne por la misma puerta insulsa que usábamos para escaparnos por la mañana del mundo de la cohabitación condescendiente. En aquel momento uno de los dos habrá preguntado por protocolo “¿Qué tal el trabajo?” para que el otro respondiera por primera vez con el monosílabo de rigor mientras buscaba el control remoto del chupete electrónico. Luego el horno a microondas habrá oficiado de cocinero en aquel mundo de tiempos falsos y demasiado exhaustos; la mesa, de la excusa plana y sin relieves; y la habitación, de cofre que guarda ansiolíticos y forros, que cobija el sexo por decoro y calendario y que fermenta oscuridades.

Así comenzamos a volver puntualmente a la morada para castigarnos minuciosamente por nuestras infidelidades implícitas. Uno de los dos retiraba los platos y los cubiertos, el otro los lavaba, y cuatro manos enajenadas y desemparejadas secaban y ordenaban. Quedaba el zapping sobre el sillón Stark que nos abrazaba con el diseño obstinado de sus mil seiscientos dólares en veinticuatro cuotas. Luego el rito de acostarnos, de refregarnos el uno contra el otro y de volver a firmar el contrato, “Te amo”, “Yo también”, “Ponete el látex”, “Ya está”. Finalmente quedaba fingir la unión y la constelación: desposeer y alejarse. “¿Acabaste?”, “No, abrite más, que así no puedo”, “¿Así?”, “Sí”. Sentir sobre la piel y las entrañas, sobre las dos pieles y las dos entrañas, el silencioso rechazo acordado a dúo.

Ahora, el primero que ponga los pies en el suelo frío tendrá derecho a ducharse antes y a dormirse sin necesidad de preguntar o de responder. El segundo ganará acceso directo a la heladera y podrá capturar algo dulce; luego usurpará la sala y el home theater para brindarse un buen vaciamiento profiláctico de la conciencia; y por último tendrá vía libre para declamar en lenguaje de texto las diferencias ineluctables.

Todo seguirá así, hasta llegar a ese momento en el que los fantasmas se cansarán de los ectoplasmas del amor y se materializarán en entes mudables que parten. Mientras tanto, sólo nos queda saborear el encuentro con los espectros que nos esperan al otro lado de la puerta indefectiblemente insulsa.

16 de agosto de 2009

El Exorcismo De Agnès


Chamán shipibo-conibo, foto del blog Mauvais Esprit

El
exorcismo de Agnès
Alejandro Luque

El joven, de unos veinte años, yacía postrado e inconsciente en una hamaca que colgaba de dos arbustos a la derecha, según se entraba al albergue del chamán. Como cada choza de la tribu de shipibos, la del sanador consistía en una pared continua y circular de adobe cubierta por haces de hojas secas y con una abertura que daba al norte, en dirección del río sagrado. La única diferencia con las otras era su posición central en la aldea. La oscuridad de la noche paría batallones implacables de insectos alados que si no se estrellaban aturdidos contra quien estuviera fuera de su mosquitero terminaban achicharrados en las lenguas de fuego que escupían las fogatas. La humedad que exudaba el río Ucayali era insoportable. Combatiendo a cuatro manos esas penumbras infestadas, Agnès se acercó una vez más hasta el muchacho. Enjugó el sudor de su frente, constató la inflamación de los ganglios sublinguales y le tomó el pulso. Le costó encontrarlo. La piel del joven seguía ardiendo, su respiración estaba agitada y entrecortada; y el cuerpo cubierto de ramas, de hojas y de restos secos de mejunjes que olían fuerte, parecía un saco de arena olvidado. Calculó que si la fiebre no descendía antes de la mañana, el joven terminaría como un vegetal que serviría para el festín de todas las alimañas del lugar. Volvió a la tienda de campaña y comenzó a escribir unas líneas en su cuaderno de notas.

El brujo se sirve de una mezcla de hojas y flores secas que cuece durante horas en agua proveniente de lugares específicos y soleados del río. Filtra el cocido y prepara una pasta que luego usa para untar el pecho del enfermo. Confirmo que no es ayahuasca, ya que los ramos colgados a la entrada de la choza me indican que se trata, fundamentalmente, de tres especies vegetales: Eucalyptus botroyoides, Anadenathera peregrina y Datura toe. Como ya he informado, esta tribu hace barrera a las infecciones pulmonares con las esencias del eucalipto rojo. No cabe duda de que las flores narcóticas del “floriopondio” (la Datura) sirven para calmar al enfermo. En cuanto a la función del “yopo” (la segunda especie), tengo mis dudas. Sobre este árbol -raro en la región- valdría la pena centrar algún estudio adicional.

Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

15 de agosto de 2009

Piel Simple


Fotomontaje del biologuero

Piel simple
Alejandro Luque


Harto de tanto desencuentro individualista en mis relaciones urbanas, me pagué un pack de fin de semana all inclusive a Marruecos. Oferta razonable para la época del año, agente de viajes recomendado por serio, hotel discreto en la vieja medina del norte –o sea lejos del centro insoportablemente turístico con spa personalizado en la habitación. Las fotos de la publicidad podían mentir, pero ya sentía que mi cuerpo disfrutaba el reposo sobre la cama morisca justo debajo de una ventana en ojiva con vista a un patio interior. Pago en línea, billete electrónico, y la valija de rigor con dos cambios de ropa de verano, un libro y mis notas. La ciudad me regurgitó la noche del jueves y desapareció de mi existencia. 

Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

13 de agosto de 2009

Dorita Ojos De Hambre


Manifestación (1934) - Antonio Berni

Dorita ojos de hambre

Alejandro Luque


Aquella mañana se respiraba una mezcla extraña de tensión y determinación en el aire. Doña Idelma iba y venía chancleteando por el patio, un mate con poca yerba en la mano y el “porca miseria” que portaba en los labios y ofrecía cada dos frases que intercambiaba con los inquilinos.
–¿É usté, don Anyelo, anque lei v’andare? – me preguntó con los ojos casi desorbitados y la mano extendida, sin avanzar un centímetro más allá del vano de la puerta de mi habitación.
–Sí, doña Idelma –respondí mientras me levantaba del camastro para aceptar el mate. Y cuantos más seamos los que gritemos nuestra miseria, mejor –agregué.
–¡Porca miseria, mío filio! É molto pelicoroso perque la polítcia di capi vano lei rompere la testa –sentenció casi con lágrimas en los ojos.
–¿Para qué le sirve la cabeza al que se está muriendo de hambre, doña Idelma? –repliqué devolviendo el mate. ¡Gracias!
–¡San Yenaro benedeto! ¡Guardate a loro, porca miseria! –rogaba al aire mientras volvía a atravesar el patio con los ojos llenos de lágrimas.

Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

Realmente Podrido


Realmente podrido
elale


La sensación es casi siempre la misma: la inseguridad de la realidad que, al cabo de un rato, se vuelve contundente. Las imágenes se repiten con su parsimonia elocuente, y la angustia late esa fibrilación que me hace estar casi sin ser, justo al principio. ¿Hace falta decir que la mano sale por entre el abrigo de las sábanas para apagar el despertador antes de que emita su puteada insoportable? ¿No es evidente para todos, o casi todos, que lavarse los dientes y tirarse agua en la cara para diluir las lagañas, sean actos automáticos que la memoria puede recrear como realidades? ¿No es eso, la conciencia de estar “procediendo como siempre”, lo que nos asegura de que estamos vivos? Después de todo, si uno vive en el mismo techo que otra persona, la simple falta de rutina es la señal de alerta. Uno no corre el riesgo, en esos casos, de ser encontrado duro y lleno de moscas porque un vecino avisara a los bomberos por el olor in-so-por-table.

Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

¿Por Qué, María?




María terminó por desbordar los meandros de su cordura para navidad. Comenzó por rehuir del agua y a dormir acurrucada en un rincón de su habitación. Al escuchar el barullo de aquel año nuevo salió a la calle con un viejo rifle y se puso a amenazar a los paseantes. “¿Por qué?”, inquiría sin dejar de apuntar vacíos hacinados de probabilidades. El arma, de tan arrumbada, se había olvidado de cómo disparar. Así los vecinos le perdieron miedo y se acostumbraron a esquivarla. Y desde aquellas fiestas, cada Nochebuena María salía de su casa descalza, en camisón y armada de su escopeta oxidada. Vagaba por Santa Polola preguntando, “¿Por qué?”. Nadie nunca le respondía; no fuera a ser que se tratara de una aparición.

8 de agosto de 2009

La Leyenda Del Viento


Foto encontrada en la red

La leyenda del Viento

Alejandro Luque


Phebeas O'Reilly no tenía pata de palo, ni parche en el ojo, ni garfio por mano. Sin embargo, poseía un curioso papagayo originario de las islas Maldivas, cuyo mar circundante fue uno de los primeros que este bucanero surcó en sus mocedades. Como el ave no hablaba, nunca tuvo un nombre, pero los tripulantes de la flota lo llamaban el “húo de Neptuno”. Justo antes de las tormentas, el ave solía exaltarse y proferir incansablemente el extraño graznido de ¡huuúoóooh, huuúoóooh! Hay quienes aseguraron que el papagayo era la mano derecha del demonio, y que el mismo demonio no era otro que O’Reilly.

Según se cita en “Las Crónicas Marítimas del Sur”, Phebeas fue un despiadado y solitario lobo de mar que vestía de negro y blanco. En varios partes de la Armada Real de Hyspania, se mencionan los atracos sangrientos de un bucanero del norte apodado “el Orca”. Sir Barnes Baring, en su magnífico “Archivos de la Piratería en los Mares del Imperio”, asocia de manera indiscutible a la persona de Phebeas O’Reilly con el misterioso “el Orca”: …como asediaba los mares con su flota de tres navíos inseparables –el Viento, el Este y el Quizá- lo apodaban “el Orca”. (…) Constan en los registros de la prisión de la isla Victoria las confesiones detalladas del tránsfuga contramaestre del Este que confirman esta aseveración.

El Orca conformó la que habría de ser su flota implacable luego de obtener un importante botín de oro que transportaba un navío de la corona portuguesa. Según confirma un parte de la corte marítima de Portugal, el navío a mando de O’Reilly cañoneó y averió definitivamente la fragata de su Real Majestad a la altura de Cabo Verde. Luego del abordaje, el pirata incautó todas las posesiones en metal, como también el negrerío [sic] de esclavos que se transportaba con destino al mercado de Lisboa. (…) La insignia, propiedad de su Majestad, fue hundida. Hasta ese momento, la actividad de Phebeas no comprometía los intereses de la otra corona, la británica. Por lo que es de comprender la ausencia de registros en los primeros tiempos de la vida de este pirata.

Todo hace pensar que el Orca y su escuadra fueron los responsables del hundimiento de “La Gracia”, una insignia británica que transportaba oro y esclavos de las Américas, y la hija del Cónsul Británico en Monterrey. La joven, Margaret Philips, prometida a un noble londinense fue dada por muerta a falta de pedido de una recompensa. Pero el contramaestre del Este ha dejado testimonio de su cautividad en el Viento ya que el capitán del navío solía atravesar su cubierta con ella cuando la mar no estaba brava. Sin dudas, la mujer se convirtió en un sostén para O’Reilly: …preparados para abordar el navío español, la Señora convenció al capitán de hundirlo sin tomar posesión del metal.

No resulta comprensible aún el sentido de los movimientos del Orca y sus navíos. Hay quienes afirman que las rebeliones en las islas de Australia tienen que ver con la llegada de la flota de O’Reilly a esos mares, pero al mismo tiempo se cita la presencia del pirata en las inmediaciones de Samoa y abordajes poco creíbles en las regiones marítimas de Papúa y Seychelles. Pero algo inesperado debió de acontecer al norte de las islas Comores, ya que en esa época la actividad de Phebeas y su flota se vuelven caóticas.

Hay testimonios que afirman -entre ellos, los del contramaestre del Este- que el asalto a un bergantín con el nombre de “La Argentina” hirió mortal e inopinadamente al Viento, y que en aquel asalto Margaret perdió la vida. Otras fuentes hablan de la decadencia de O’Reilly, enceguecido por aumentar sus cuantiosos tesoros. Como sea, el Orca emprendió retirada y se refugió en el puerto natural de Anjouan. Parece ser que es allí donde enterró gran parte de su tesoro y el cuerpo de Margaret. El contramaestre del Este dice: … El Orca se volvió lánguido y extremadamente iracundo. (…) Lo obsesionaban los brujos locales y sus visiones. Jamás se separaba del “Húo de Neptuno” y solía increparnos violentamente para terminar de reparar al Viento. (…) Nunca volvió a hablar de la Dama, pero todos sabíamos que el golpe había sido certero en el alma de nuestro capitán. (…) En el último consejo de guerra, condenó a pasar debajo de la quilla del Quizá a siete tripulantes. (…) Solo y descontrolado, el Orca nos exigía, a cambio de tesoros imaginarios, seguirlo ciegamente.

Cuenta una leyenda que el Orca contrajo por aquella época la fiebre del sueño y estuvo al borde de la muerte. Cuando se despertó, comunicó a su equipaje que había visto una ciudad de cristal y plata con altísimas cumbres al otro lado del océano. Sabía que se trataba de un viaje largo y que lo único que sabía hacer era apoderarse de los tesoros que acaparaban los otros. Así el comandante del Viento comenzó su legendaria travesía. El primer navío de su flota en amotinarse fue el Este. Quizá lo siguió, y entre ambos rescataron los tripulantes del Viento.

El Orca y su papagayo se perdieron definitivamente cerca de las Azores. Los marinos supersticiosos aún temen encontrarse con el Viento cuando, a cada tormenta, escuchan filtrarse por las escotillas el fantasmal ¡huuúoóooh, huuúoóooh! premonitorio.

Pasión De Malevos

Pasión de malevos
Alejandro Luque


Todos en Santa Polola estábamos pendientes de los encuentros entre el Chulo y el Tajo. Manifiestamente se odiaban y parecía claro que no había lugar para los dos en el pueblo. Quien más, quien menos vaticinaba un final de sangre. Cada uno por su lado se pavoneaba con las putas del caserío y bastaba que se cruzasen sobre la misma vereda para que los facones encandilaran las vista de los paseantes y los ponchos flamearan en el aire. Como dos gallos se medían y amagaban el ataque, pero casi siempre se contenían. Así, cada pareja seguía su viaje dejando a sus espaldas una tensión que se podía palpar.

Una noche de luna tramposa los encontró a ambos en el bar del turco Sulimán. Recuerdo que el Chulo estaba en la barra tomando una caña cuando escuchó el grito camorrero del Tajo que se le venía al humo por la espalda. En un segundo se trenzaron. Sulimán se agarró la cabeza mientras los malevos rompían mesas, copas y botellas al rodar por el piso como dos sanguijuelas con fuego en la piel. Aquella vez el Chulo le marcó el brazo al Tajo y éste logró ensartarle la hoja en la oreja al otro. Cuando vi que Sulimán sacó su bufoso salí corriendo y me escondí en la suite al costado de la barra. En segundos el bollo de malevos entró catapultado a la habitación. No se percataron de mi presencia mientras seguían su baile de niños envueltos sobre el piso del bulo. La puerta se había cerrado y atrancado durante la pelea; por detrás se escuchaban las puteadas del turco. Aún rodaban su abrazo cuando los quejidos se transformaron en risotadas. El facón dispuesto en la mano del Tajo casi me encegueció con el reflejo de la luna espía. Se había montado sobre el tronco del Chulo y lo inmovilizaba con sus piernas. Pero no fue el filo del arma blanca el que se descargó sobre el cuerpo apresado.

El beso fue profundo como la noche y sin afrenta. Cuando el turco logró derribar la puerta, el Tajo salió volando por la ventana, y la sonrisa del Chulo, que lo siguió en la carrera, se le congeló en la cara al descubrirme agazapado en el rincón.

No los volvimos a ver aunque las malas lenguas nunca dejaron de murmurar que los dos malevos seguían jugando su pasión inconfesable al otro lado de la sierra.

Diferenciación Terciaria



Diferenciación terciaria

Alejandro Luque


Por mucho que la mujer que más amaba en el planeta intentaba consolarlo, Walter se hundía en una depresión sin salida. En menos de un mes su pene había perdido casi dos centímetros en reposo, y más de seis durante las cada vez más raras erecciones. El urólogo, la oncóloga y el fisioterapeuta intranquilizaban aún más con sus gestos inocultablemente azorados; proponían incomprensibles tratamientos hormonales y el implante quirúrgico como última alternativa. Cuando decidieron ir a ver al curandero de Sierra de la Ventana, los testículos de Walter ya se habían reabsorbido casi completamente al punto de que la bolsa escrotal, replegada en dos como un capullo, recubría una excrecencia del tamaño de una perla. El curandero ahumó la habitación y preparó una mezcla de hierbas que olía muy mal. Su mujer fue quien las recogió como a su marido para llevarlo de regreso al coche.

Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.