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3 de septiembre de 2015

Como el humo y la vergüenza

Imagen AFP, en Le Monde  


El horror plasmado en dos dimensiones circula desde hace unos días en las tres o cuatro tomas "recortadas" que divulgó AFP y, que al verlas, a mí (también) me avergüenzan. Humana y europeamente me avergüenzan. Me avergüenza ver el cuerpo naufragado de un chico de tres años semienterrado en la arena de una playa turca. Y mi vergüenza ahora tiene nombre y apellido y nacionalidad: Aylan Kurdi, sirio. Y mi vergüenza se agranda aún más cuando me veo reflejado en cualquiera de los dos tipos pescando a unos metros del epicentro del horror plasmado, arriba y a la derecha de la foto. Con vergüenza me digo que esos dos pescadores despreocupados del entorno y centrados en la indiferencia simbolizan sin eufemismos Europa y los europeos mirándonos el ombligo. Es cruel. Me siento cruel. Cruel pretender que un político que me represente haga lo que yo no hago. Cruel ver que pertenezco bien a la comunidad a la que pertenezco. Es cruel saber que este horror plasmado es uno más de los cientos de horrores que no han sido captados por un fotógrafo en los últimos meses. Los títulos y copetes de los medios suenan solemnes y contundentes y hasta salmodian: “El verano terminó, Señor Cameron… ahora hágase cargo”, “La foto de una criatura muerta ahogada se convierte en símbolo del drama de los inmigrantes”, “Una foto para abrir los ojos”, “Aylan, el pequeño sirio que huía de uno de los bastiones islamistas”, "La imagen de un chico que es el mundo entero”, “El disparo que sacude al mundo”. Pero esos títulos se esfumarán injustificablemente de la actualidad en unos días como la vida de cientos de otros desesperados del planeta, como el humo y la vergüenza.


Alejandro Luque. París, 3 de septiembre de 2015

4 de mayo de 2011

El Lunar Violeta

Fotomontaje del biologuero

El lunar violeta
Alejandro Luque


Desde la inusitada aparición del lunar violeta en la palma de la mano izquierda, muchos pensamientos oscuros te habían guiado a lugares aún más tenebrosos. Ninguno de esos lugares incluía la visita al consultorio de tu médico, ya que estabas convencido del espantoso diagnóstico que flotaba implícito en cada uno de tus soliloquios. El terror intentaba aflorar por las hendijas de tu cotidianeidad, pero te las arreglabas bien para contenerlo en su jaula con osados recursos.
Lo primero que hiciste fue tatuarte con henna un símbolo en forma de estrella heptagonal cuyo centro incluía esa protuberancia violácea. Pero en menos de veinte días, la figura amarronada desapareció y el lunar terminó por cobrar una magnitud aún más inquietante. Luego decidiste vendarte la mano con la excusa de cubrir un cierto corte profundo, producto del descuido al preparar una salsa criolla. La idea funcionó hasta que entendiste que era una nueva solución transitoria, “Una herida desaparece, cuanto mucho, al mes de producida”.
Así fue que concluiste que lo más adecuado sería eliminar la mano, y con ella el lunar. “Es lo mejor: la vieja hacha, y a morderse los dientes”. Fuiste al galpón en el patio de tu casa donde te costó un buen rato ubicar la herramienta en medio del desorden acumulado por años. Allí estaba, arrumbada y herrumbrada, pero aún digna e imponente. Un roce del filo con tu pulgar te estremeció las entrañas, ya que el óxido había carcomido la lámina. La dejaste en el mismo rincón en el que la encontraste, recogiste de una caja vetusta un ovillo y ya te volvías pensando en que el machete para la carne sería más apropiado, “más manipulable y no tendré necesidad de aplicarme la antitetánica después”, cuando el hacha perdió su equilibrio y ¡pum! cayó a tus espaldas. “Bueno, si así lo querés, serás testigo. Pero entendé que por razones de higiene y prevención el machete ha sido designado el agente de la amputación”.
La recogiste, entraste con ella a tu casa y la apoyaste sobre la pared del comedor, frente a lo que habría de ser la improvisada sala de operaciones, “¡En primera fila!”. Fuiste a la cocina a recoger el machete cuando pensaste que necesitarías la botella de alcohol del botiquín “para desinfectar, no sea cosa”.  Volviendo del baño con el desinfectante, mudaste tu sillón de lectura al centro de la habitación, te sentaste y comenzaste a inmovilizar esa mano inquina sobre el reposabrazos con varias vueltas de hilo sisal. En unos minutos tu miembro se puso morado por la falta de irrigación, al punto de que el lunar comenzó a perderse de vista con ironía, como arrepintiéndose y tomando conciencia de lo que iría a ocurrir, pero lo ignoraste y seguiste con tu cometido. “El último nudo y sin moño”. El brazo con el vergonzoso estigma se había dormido. “¡Mejor!... Menos dolor”.
Probaste si todo estaba bien seguro. Tiraste con tu cuerpo y verificaste que habías hecho un buen trabajo. Recordaste aquella mañana cuando eras un niño y habías atado a tu tía abuela en su sillón mecedor porque jugabas a que eras un indio y ella la cautiva. La dejaste varias horas inmovilizada. Inútiles fueron sus súplicas y advertencias, como vanos sus esfuerzos por librarse de las ataduras. Al ver el chorro de líquido ambarino que caía por debajo del sillón, te acercaste por detrás de la cautiva con cautela y empezaste a aflojar las cuerdas con precaución. Cuando consideraste que podía terminar sola, saliste corriendo y te escondiste por el resto de la tarde.
“¡Bueno, hagámoslo!”. Buscaste el machete a tu alrededor, pero entonces te diste cuenta de que lo habías olvidado en la cocina, “¡qué imbécil!”. Con desesperación, recorriste mentalmente el camino y te precipitaste sobre el utensilio que había quedado sobre la mesada. Volvías con él. En realidad era el machete, brillante y desafiante, el que colgado del aire avanzaba con lentitud a la altura de tu cabeza apuntando al lugar en el estabas sentado. Pero a sólo un metro de su destino, el hacha celosa y sensiblera volvió a perder su equilibrio y ¡plof! se desplomó. Lo que provocó que el machete ingrávido también abandonara su impulso y ¡zipaf! cayera a unos metros, justo en frente de tu campo de visión.
Como los de tu pobre tía para evitar hacerse encima aquella tarde, infructuosos fueron tus innumerables intentos por atraer el machete hacia el sillón. Y tu ira fue en aumento al ver que lo único que lograbas mover a distancia ¡zifzif! era el hacha pesada y vetusta que se meneaba insolente como una serpiente por detrás del machete. “¡Carajo! ¿No entendés que no es con vos la cosa?”.
Quietud y silencio total. El corazón parecía haberse alojado en tu brazo inmovilizado, muy inflamado y ya casi azul. Mientras que una horda de termitas voraces te recorría las venas, pensaste que tendría que haber otra solución. Y de ello te convenciste sin saber cuál sería, en verdad. Abatido, pero no vencido aún, desanudaste el hilo y liberaste el miembro exangüe.  
Tu brazo, grotescamente marcado por las ataduras, necesitó horas para recuperar su circulación normal. Durante todo ese tiempo, las hormigas en su interior parecían devorarlo. Las muy malditas persistían con sus pellizcos dolorosos en la carne, a pesar de que las rociaste varias veces con el derribante para jardines. Lo peor fue que, al rato, el lunar violeta volvió a aparecer, indemne y orgulloso, y en tu opinión habiendo ganado innegables centímetros en la palma de tu mano.
Por una nueva hendidura de tu conciencia, el terror pretendía filtrarse otra vez. Pero para contenerlo en su jaula, un nuevo plan de batalla ya se estaba urdiendo en tus abismos de guerrero: “¡Un balde repleto de soda cáustica!”.

3 de agosto de 2009

presa


Foto de este lugar

presa

Alejandro Luque

frío blanco cueva negro silencio
hambre fatiga sueño vigilia miedo
brasa aullido eco
silencio silencio


Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

El Error

Tumba de la familia Raspail - Père-Lachaise, París

El Error
ADL

Se despertaba por instinto antes de las Laudes y miraba el reloj. Con delicadeza retiraba la sábana que cubría su cuerpo con ese gesto conocido que repetía cada noche, cinco minutos antes de las tres. Entonces sus pies desnudos tocaban la laja gris de la celda. En invierno, la planta de los pies comunicaba el dolor lacerante del frío al hueso. En esos momentos sor Sixta levantaba la mirada y agradecía al Cristo sobre la cabecera de su catre. Para evitar la seducción de la tibieza del verano, solía desperdigar granos de maíz por el suelo. De pie, frente a la única silla en el reducto, se quitaba el camisón de algodón y los cinturones con púas de plomo. Siempre con los ojos cerrados se embutía en su sotana negra y se calzaba con su único par de zapatos, demasiado 33 para su torturados 37. Besaba la cruz colgada en la pared y acomodaba su propio crucifijo en la oquedad del pecho seco. Diez minutos después salía de su celda y bajaba las escaleras, a oscuras y con sigilo, hasta el refectorio.

Una vez en la cocina podía observar el seminario curial a través de la ventana, justo en frente del claustro. Allí esperaba la señal. Ésta llegaba como una insinuación desde las profundidades de la oscuridad en la que el portal del huerto que daba al cementerio, casi imperceptible a esas horas de la madrugada, cambiaba de un marrón profundo a un negro aterciopelado. Sixta, entonces, abría la puerta de la cocina, se persignaba, la cerraba a sus espaldas y corría en dirección del olivo del huerto. Con luna llena o nueva, sequía o nieve, el olivo era el milagro de la abadía: siempre con hojas y fértil. La sombra de Sixta en la noche era su disfraz más cómplice. Del olivo al portal del cementerio sólo había diez pasos.

El rosario colgado en el portal abierto era la señal para avanzar sin peligro. Del otro lado del muro quedaba por franquear las tumbas y la plazoleta de San Francisco para alcanzar el mausoleo episcopal. Allí estaría él, esperándola como cada noche. Juntos se volverían a reunir para cumplir con el pacto que hubieron sellado diez años atrás. En las insospechables profundidades del edificio mortuorio, se encontrarían cara a cara, una vez más, sin poder calmar la excitación.

–¡Querida Sixta!...
–¡Hermano Pablo!...
–Vía Jesús.
–Amén.

Como después de cualquier misa Pablo se quitaba la faja violeta que sostenía la cintura de su sotana; Sixta su tocado negro con los ojos siempre cerrados. Envolviendo sus manos con todas esas telas, Pablo corría la pesada lápida de la fosa que escondía un pasadizo secreto, y ambos bajaban por la escalera para llegar al sótano.

Allí estaba encadenado, casi tragado por la oscuridad del rincón que lo albergaba, el error. Un cuerpo retorcido por el castigo infame del síndrome de Proteus. Un monstruo informe de diez años incapaz de hablar ni de moverse. Sixta le devolvía el rosario a Pablo que sacaba, como de costumbre, los restos de comida escondidos debajo de su sotana y se los entregaba a la hermana. Ella los aceptaba y se acercaba gateando hasta el error. Desmenuzando el alimento en mendrugos, los metía con delicadeza en la boca deformada que aceptaba entre gruñidos.

–Hijo mío querido… ¡Perdón! –lloraba Sixta su pecado, al tiempo que frotaba y ungía con sus lágrimas la piel rugosa e inflamada debajo de las cadenas que contenían al error.
–Dios nos perdone, mi ángel –replicaba Pablo, mientras rezaba su rosario en el rincón opuesto del sótano y sin mirar.

Y ya no hablaban más. Juntos recogían los excrementos del rincón y cubrían con un manto oscuro y limpio el cuerpo del error que se dormía. Volvían sobre sus pasos habitualmente antes de las cinco. Como en cada madrugada antes de la hora prima, Sixta y Pablo intentaban conciliar un sueño imposible en la oscuridad desdentada de sus respectivas celdas.

31 de julio de 2009

El Sabor De La Convicción

Foto encontrada en la red

El sabor de la convicción

ADL

La que vendría a ser mi suegra está empecinada, y Nayla, en su silencio respetuoso, le otorga la razón a esa bruja que insiste en unirnos según el rito de la familia; esas tonterías comunitarias que embrutecen y aíslan a los extranjeros en el país que los recibe. Porque esta familia nómada de cuatro mujeres que vive en plena capital, sigue durmiendo sobre esterillas improvisadas, rodeadas de cirios de colores y pequeñas figuras estrafalarias hechas de trapos y ramas secas. Demás está decir que, salvo Nayla, las otras tres ni siquiera hacen el esfuerzo mínimo por aprender nuestra lengua de forma apropiada. Viven aisladas en su quiste temporal. Pero Nayla no, porque yo no lo permitiré.

Mientras me atiza con sus argumentos excéntricos, la bruja mira a su hermana y busca el consentimiento implícito de su madre ─la bruja mayor─ que me observa sin verme. La madre de Nayla replica burlona con su acento enrevesado, “Tiempo agora de regar Nayla y dar tú mullos nietas… usando regadera de tú…”. Evitando ponerme a la altura de lo llano de su grosería, intento una vez más atraerla a mi realidad occidental, “¿Para qué quiere usted seguir poblando este mundo de locos?, ¿para crear más hambre?” Argumento que rechaza altanera mientras sacude a diestra y siniestra una especie de plumero con ristras de caracoles tintineantes. “No decide tú tus fillos”.

Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.