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1 de mayo de 2016

Muguet de Mai


El muguet o lirio de los valles, o para los amantes de la taxonomía Convallaria majalis, es el símbolo urbano del 1ro de mayo en Francia. Ese día, que es el del trabajo en casi todo el mundo, ocurre algo muy especial en las calles galas: se tolera que particulares vendan sus ramitas de muguet a otros particulares eximiéndolos a ambos de impuestos. Hay mucha historia detrás de este folklore, que según algunos habría visto sus comienzos en la realeza de mediados del siglo 16, pero lo cierto es que oficialmente se instauró en todo el país en 1936 gracias al gobierno del Front populaire (Frente popular, agrupamiento de partidos de izquierda diversa que ganó en esa época las elecciones), año en que se instituyó el concepto de las vacaciones pagas en la ley de trabajo francesa. El requisito, que hoy por hoy se respeta poco, es que el ramo de muguet que se venda debe haber sido recoltado por el vendedor, dándose a entender que la reventa no está permitida. Las ramitas con sus flores blancas tienen un perfume intenso muy particular con un efecto relajante de frescura indiscutible. La planta florece en estas latitudes entre fines de abril y mediados de mayo en lugares abrigados y muy húmedos. Este símbolo, que muchas veces se ofrece con los mejores deseos de prosperidad y que rinde homenaje a una de las adquisiciones sociales más importantes del siglo pasado, también nos recuerda lo efímero que todo puede ser: las florcitas blancas se secan en pocos días, al punto de que en junio ya no hay más. Algunos no terminan de comprarlo que ya están contando las campanitas del ramo de muguet: si hubiera 13, eso es signo de suerte.  

21 de marzo de 2016

USA en Cuba

   Quisiera pensar, realmente quisiera pensar, que las increíbles fotos que acabo de ver en las que el presidente de los Estados Unidos de América (del Norte) posa con la imagen de fondo del Che Guevara estampada en el edifico del Ministerio del Interior o la otra de Camilo Cienfuegos del edifico del Ministerio de Comunicaciones, durante un acto decididamente histórico de diplomacia que se celebró hoy en la plaza de la Revolución y frente al monumento en memoria a José Martí en La Havana, fueran signos sinceros de un cambio profundo. Quisiera pensarlo, de todo corazón. Y sin embargo no puedo, realmente no puedo, sacarme de la cabeza la imagen de una máquina aplanadora que prepara el terreno para la construcción de enormes centros comerciales o la de una labradora abriendo sin prejuicios el terreno para sembrar de forma masiva las crueles semillas de Monsanto.

1 de mayo de 2012

1ro De Mayo, Día Internacional Del Trabajdor



Imagen de la revuelta del 4 de mayo de 1886 publicada por el entonces diario Harper’s Weekly

1ro. de Mayo, día internacional del trabajador
Alejandro Luque


En la segunda mitad del siglo 19, Estados Unidos venía de dar los primeros pasos en la carrera de la revolución industrial. Los desocupados del campo y mano obrera extranjera afluían a las grandes ciudades en verdaderos contingentes que terminaban hacinados en las villas de las periferias. La mayor parte de la población trabajaba en condiciones de insalubridad entre 12 y 14 horas diarias, muchos incluso 18 horas. Las mujeres y los niños ganaban menos de la mitad que los hombres y toda la masa obrera, fuertemente reprimida y desconsiderada, tenía salarios miserables. 

Las protestas iban in crescendo con la demanda principal de que se estableciera la jornada laboral de 8 horas (la equilibrada consigna de “8 horas de trabajo, 8 horas para dormir y 8 horas para la casa”). Frente a un ultimátum de huelga general propuesto por uno de los sindicatos de obreros, el entonces presidente Andrew Johnson promulgó una tímida ley que reducía el tiempo de trabajo a 8 horas pero que no fue adoptada por todos los estados. En Chicago, bastión de todos los excesos de explotación humana, importantes manifestaciones de protesta que incluían izquierdistas y derechistas comenzaron el 1 de mayo de 1886 y una masa importante de obreros se declaró en huelga. Hubo enfrentamientos entre los huelguistas y los rompehuelgas que mantenían la producción de varias fábricas en los que la policía reprimió a muerte. 

Pero fue el 4 de mayo, luego de una concentración oficial y pacífica llevada a cabo en el parque Haymarket, que la policía decidió desalojar del sitio a los manifestantes. Entonces alguien tiró un explosivo y la policía se desbocó abriendo fuego a mansalva sobre la muchedumbre. El número de víctimas mortales y heridos después de esta masacre nunca se conoció oficialmente. La represión inmediata posterior (estado de sitio, toque de queda, allanamientos, abusos y torturas) fue apoyada por la prensa, en general antianarquista y anticomunista. 

Unos meses después, en un proceso fuera de las normas jurídicas y en ausencia de pruebas, 8 manifestantes “libertarios” fueron declarados culpables de incitación a la violencia y de infringir el orden establecido, 2 a cadena perpetua, 1 a 15 años de trabajos forzados y los 5 restantes condenados a la horca. Los condenados eran activistas anarquistas, 5 de ellos alemanes, 1 inglés y 2 estadounidenses; 3 eran periodistas, 2 tipógrafos, 1 carpintero, 1 pastor y 1 vendedor. 

En 1889, durante el Congreso Socialista Obrero de la Segunda Internacional en París, se estableció el 1° de mayo como día de lucha reivindicativa del trabajador en homenaje a los Mártires de Chicago. Desde entonces el día es celebrado en muchos países, salvo en Estados Unidos, Reino Unido y Andorra.    

27 de abril de 2012

La Mujer De La Derecha



La mujer de la derecha

Alejandro Luque

¿Es tu voz ese boomerang que vuelve para impactarme en el medio de la llaga, o simplemente es que me olvidé de tomar el bupropión? Porque convengamos que después de tanto tiempo, de tanto insomnio y terapeutas con esa cara de nada que firman recetas, guardan el cheque de la consulta y ya te reservan turno para la siguiente, escuchar tu voz en la ducha o al otro lado de la puerta me perturba, me confunde. ¿Sos realmente vos o es que acabo de retroceder diez casilleros en este estanciero ridículo de la vida en el que el loco más furioso es el que tiene más y termina ganado todos los terrenos? 

No podés ser vos, no. Ni siquiera sabés dónde vivo, como tampoco sabés cómo me las he arreglado para vivir hasta hoy. No sabrías volver sobre tus pasos porque al irte borraste tus propias huellas. Desaparecí de tu vida porque hiciste ese pase mágico de nada por aquí, nada por allá, y simplemente dejé de estar en tu cotidiano, en tus proyectos; dejé de formar parte del café negro y bien cargado de las mañanas rutinarias que te atormentaban y del beso en el ascensor, mirándonos al espejo que tenía dos manchas ahí. Pluf y no estuve más. Y seguiste tu camino, tan libre que ni siquiera yo sé dónde estás ahora, por eso que no es tu voz ni estás al otro lado de la puerta, golpeando y llamándome con ese nombre que hace años nadie usa. Ese nombre que encendía nuestra intimidad porque era un llamado a la guerra sucia que más nos gustaba, ese nombre que respondía a otro nombre, el tuyo, que aún vibra en las paredes e intenta convencerme de que volviste, de que estás ahí, al otro lado de la puerta. No podés ser vos, no. Nunca tuviste un buen olfato para orientarte. Acordate de aquella vez cuando te perdiste en el Reina Sofía y te encontré hecha un ovillo y casi llorando al pie del Guernica. Y aunque vos hayas insistido en que la lágrima abriendo tu mejilla izquierda te la había sacado el grito desencajado de la mujer de la derecha, yo supe entonces que sentirte perdida era demasiado para vos, para la seguridad de quien maneja todo, y que esa no era la primera lágrima. Lo verifiqué cuando te levanté con mis brazos y partimos de la gran sala sin que vos te dieras vuelta una sola vez para corroborar que aquella mujer sólo podría haber gritado tu desamparo. 

Así que no vengas con tus fantasmas de cuarta, intentando convencerme de que lograste retomar el camino que te trajo de nuevo a la puerta de mi pocilga. Y no insistas con el perfume de lilas que sabés es mi perdición. Sé que no lo fabrican desde hace años, porque Lancôme decidió que eran demasiadas lilas a portar por una sola mujer. No, no es tu perfume el que me está desesperando, sino mi falta de atención que últimamente olvida el bupropión porque sabe a metal, porque sabe al olvido necesario de eso que fui. Sí, no te rías, si ya sabés que soy de los que empañan su presente con los brillos que expiraron. ¿No lo dijiste vos una vez? “Sos un romántico empedernido y no tenés remedio”. Pero hay remedios, creéme, aunque tengan gusto a metal repetitivo, a regurgito estéril, aunque abomben y transformen las puertas y las paredes en muros aislantes a prueba de ruido y de calor y de ausencia. Y yo terminé siendo de los que necesitan tomar esos remedios para que las puertas y las paredes se queden quietas en su lugar. 

Así que no me vengas ahora con tu ectoplasma indolente, porque sabés que detesto los fantasmas burlones. Y no, no voy a levantarme para abrir la puerta y cometer el acto ridículo de comprobar que no estás del otro lado. Por que esa que escucho no es tu voz. Ni siquiera es la memoria de tu voz porque pasó mucho tiempo y ya cambié cuatro veces de analista. Y tampoco me importa que ahora intentes convencerme con tus azules profundos que me deliraban, porque aprendí en todo este tiempo las ventajas del verde y lo conveniente de los marrones. No, no es que me haya olvidado del azul, es que también tuve que lograr ponerlo en su lugar. El mundo sin vos se había vuelto pálido y sin relieves, así que me ensañaron a pintar con los ojos, a cambiarle el tono a mi universo. Al principio fue duro, sí, porque vos sabés que nunca fui muy ducho con las amalgamas y los degradés. Pero al final logré convencerme de que más vale usar la paleta de la imaginación que pasarse semanas en la tela del insomnio. Sí, no poder dormir. Entonces entendés de lo que te estoy hablando: afortunadamente existe el bupropión. 

No me pidas que ponga en el equipo de audio ese tema que sabés me va a hacer mal. ¿Por qué querés escucharlo ahora? Ya sé, es muy fuerte, es nuestro. Me parece estar viéndote en aquel boliche perdido del barrio del Pilar, cuando te estaba mostrando los rincones de Madrid y sus tapas y sus noches interminables y ruidosas. Vos te pusiste a bailar sólo para mí ese tema que le pedimos al DJ. Escuchá, escuchá. No. No hables ahora por favor. No vengas a arruinarlo todo con tu piel, que sabés pertinentemente que me descontrola. No digas nada y bailemos, pero no quieras engañarme. Estoy cansado de engaños, de intentos, de esfuerzos enciclopédicos por dejar de ser una larva que se cubre de musgo y de líquenes mientras los inviernos me arrecian. Sh. Escuchá. 

Esperá. No deshagas la cama todavía. Todavía no. Permitime el encanto de la colcha estirada y ufana que nos vuelve a recibir sin tiempo ni reproches. Así, acurrucados en la misma calma que solía abrigarnos de la inclemencia de nuestras individualidades. Así, enredados. Y por favor, no sigas golpeando a mi puerta. Ya sabés que está bien cerrada y que no tengo más la llave que la abre. Te queda tan bien tu vestido azul y tu voz tan tuya. No te rías así. Bueno, no importa. Ya sé que los fantasmas no pueden reír. Quedémonos así. Dejá tranquila esa puerta de una vez. Y no te preocupes que te dejo sobre la mesita de luz la última pastilla de bupropión. Seguro que te va a hacer bien aunque no seas vos.

1 de mayo de 2011

Sobre Héroes Y La Resistencia


Ernesto Sábato - 24 de junio de 1911, 30 de abril de 2011

Sobre Héroes y La Resistencia
Alejandro Luque


Cuando se tiene la posibilidad de estar frente a una de esas personas que se apoderó un día incierto de nuestra alma como un íncubo para convertirse en un Maestro, sólo nos queda el rol de humilde testigo, de médium eficiente sin otra voluntad que la de servir de puente. Si bien esta breve entrevista no es más que un deseo que ya nunca se realizará en la realidad, me queda el consuelo de la ficción. Abro mi descuajeringado ejemplar de Héroes con sus anotaciones y subrayados que atraviesan más de dos décadas, y la aún resistente primera edición de La Resistencia menos marcada por el paso del tiempo. Así la imaginación juega su sino y se las arregla para usar las palabras como fichas en un tablero. Se abre el telón y aparece la silueta sombría de un hombre sentado frente a un atril. Muy cerca, debajo de un cono tenue de luz ocre, estoy yo, mi intención injustificablemente cristalizada en el tiempo como un espectro obcecado. 



–Para un ateo, ¿qué significa resistir?
–Vivir… simplemente vivir hasta que la vida se nos escape en el último aliento. Luchar por seguir vivo, sin que la lucha sea el fin en sí mismo sino el mejor traje de combate que uno puede ponerse para darle batalla a la muerte.
–Entonces, ¿la muerte es la gran ganadora?
–No, porque, ¿qué es la muerte sino un inmenso vacío burlón…? No, no la veo como la gran ganadora porque mientras estoy vivo mi humanidad se justifica. El tema pasa por el ¿qué soy estando vivo? Es el hombre que soy y que lucha contra el mal y sus propias miserias, el que gana cada día desde su existencia. Cuando no esté vivo, nada tendrá importancia ni habrá resistencia porque simplemente ya no estaré.
–En Héroes el mensaje parecía más intransigente: no había resistencia que valga (ni individual, ni nacional) frente al lado oscuro del hombre. Una especie de rendición frente a la fatalidad. Sin embargo, en La Resistencia vos nos proponés darle lucha a esa condición de ángeles caídos. Si el germen de lo malo está con nosotros, ¿no valdría la pena rendirnos a la evidencia y empezar por un nuevo mundo más sincero?
No hay posibilidades serias de un nuevo mundo, chasqueando los dedos, como no las hay de un nuevo hombre. La humanidad es algo demasiado complejo como para pretender que vaya unificada en la misma dirección. Los personajes de Héroes representan eso, la imposibilidad del acuerdo indeleble. Cada uno se ve en lo que considera “su” mundo y termina creyendo que nada se puede cambiar en “el” mundo. Y se abandona a esa realidad que él mismo cree que creó. Se nace con un destino inexorable, es una frase que podría decir Alejandra. De ahí también surge la pérdida de los valores éticos y morales. ¿Te acordás de cambalache, ¿no?
–Sí. Pero entonces, algo cambió en tu visión de las cosas entre Héroes y la Resistencia, ¿qué es?
–Héroes fue un proceso muy largo que abarcó muchas épocas de decisiones personales y eventos mundiales enormes, supongo que vos podés entender eso. También correspondió a la “idea” del hombre en su tiempo. Todavía existía el marxismo como única alternativa para el desarrollo de ese hombre al que el individualismo pragmático comenzaba a devorar. Había verdades primeras que, por tales, no se ponían en duda, porque la realidad nos mostraba que la dirección que podíamos llegar a tomar desde donde estábamos parados nos conduciría a la catástrofe. Y así fue. Pero no porque el marxismo no fue aplicado o mostró su inaplicabilidad, sino porque el hombre perdió el valor de la lucha como algo que está por encima de su cabeza y su interés personal. Con La resistencia intentaba recordarnos que aún tenemos la posibilidad de ser responsables. De evitar lo que como masas contrapuestas estamos construyendo: nuestro propio abandono como especie frente al obstáculo de la masificación. Luchar, resistir desde el compromiso sincero y para nada egoísta, es lo que hará de personajes como Fernando y Alejandra, Martín o Bruno, unos seres necesarios de ficción, pero no la realidad última de la humanidad.
–Entonces, ¿existe la esperanza para el ateo?
Estamos a tiempo de revertir este abandono y esta masacre. Esta convicción ha de poseernos hasta el compromiso… El ser humano sabe hacer de los obstáculos nuevos caminos porque a la vida le basta el espacio de una grieta para renacer.
–¿Te puedo abrazar?
–Sí, por favor.


Las pocas luces en el escenario se apagan y la imaginación cierra el telón.

16 de febrero de 2011

Visitas (Y Despedida)


K en julio de 2008, foto del biologuero

Visitas (y despedida)
Alejandro Luque


A Kathleen Smith, que partió –ella también y prematuramente– hoy.

Antes de ir a la clínica, decido pasar chez toi en pleno Montparnasse, a quince minutos del laboratorio. Salir del trabajo cuando hay sol y la ropa ligera ni se siente, es un placer que no dejaré jamás de disfrutar. Entre el laboratorio y tu morada las calles están afortunadamente infectadas de árboles que dan verde y sombra y ese perfume de tilos y plátanos que calma (salvo a los alérgicos). Qué generosos esos seres vivos en los que pocas veces reparamos. Están ahí, siempre, aunque pareciera que el hombre tiende a ignorar lo que no se mueve, sobre todo en la urbe. Bueno… lo que se mueve también. Nos amurallamos y nos creemos que todo por fuera es estático y perenne, nos sentimos seguros de la continuación en nuestro cocoon, como si poseyéramos un escudo de eternidad.

Pero estoy yendo hacia vos y me sacudo de asfalto y azulejos. Sé que nunca los soportaste. Te he leído más de una vez pidiendo con desesperación menos cáscara y más piel. Creo que por eso vuelvo a visitarte. A visitarlos, porque siempre estás con ella, con tu esposa. Con el paso de los años aprendí a quererla sin llegar a conocerla como te conozco a vos. De hecho, en varias oportunidades recorrí sus trabajos e intenté entenderte en tu elección. Creo que siempre he hecho eso con los compañeros de mis amigos: aceptarlos desde la comprensión que hizo que ellos los eligieran. Con Carol he descubierto en vos eso que muchas veces vi en mí: amamos al que hace mejor que nosotros eso que tanto nos gusta: la fotografía, en este caso. Sus clichés son magníficos, profundamente expresivos, llenos de esa vida instantánea que tanto vos como yo nos empeñamos en captar por otro medio (y vos inmensamente mejor que yo). Prefiero sus fotos a sus escritos, sin dudas.

Llego y los encuentro, como siempre, a los dos juntitos retozando el tiempo detenido cerca de ese árbol cuya especie desconozco. Parece un nogal, pero nunca lo vi eructar sus nueces. Les llega a los dos la sombra de esta tarde de verano en pleno centro de un París trufado de turistas que vagan sus calles en horarios raros. Intuyo tu sonrisa irónica, porque los dos sabemos que París no tiene otra estación que la que uno quiera darle. Aunque estamos los tres solos, me perturba esa pareja que pasa a unos metros y nos mira, nos mide. Creo que los dos son argentinos, porque estoy seguro de que ella dijo “dejá”, así, con ese argentino acento en la a. Quizá los están  buscando, quizá acaban de visitarlos a ustedes dos. Quién sabe.

Carol está casi desnuda, y vos, como siempre, atiborrado de papelitos, cartas, postales, monedas y piedritas de colores que me recuerdan los caracolitos que asoman sus cuernos al sol. Como ninguno de los dos dice nada, me acomodo yo también debajo de la sombra del árbol sin nombre, saco la revista del bolso y se las muestro. Quiere el azar del viento que se abra en la página donde está uno de los textos que he firmado. Se los leo, asegurándome de que la pareja de argentinos ya está lejos. Leo con calma. Al terminar, no los dejo decir nada porque no pretendo respuestas aunque me asalte la fiebre de preguntas, como de costumbre. Te dejo la revista, la acomodo en el hueco que sirve para dejar flores, y les saco una foto a los dos. Enseguida me doy cuenta de que te arropo aún más mientras Carol sigue casi desnuda y sin protestar. Pero es así la vida y lo que ya no lo es. Antes de irme te señalo el título de la revista, que es el del foro de cuentos que cree en tu homenaje, y siento tu sonrisa acariciarme el corazón. Quiero sentirla. Lo necesito en medio de este verano de tímidas despedidas.

Corro al metro. Odio las contorsiones surrealistas de la gare Montparnasse, pero no tme queda otra. Veinte minutos después me bajo en la Plaza de Clichy, “la triste plaza con su muchedumbre alienada y amarga” según el que te dije. Camino a grandes pasos y trepo por el pie occidental de la butte de Montmartre hasta la rue Duresme donde termina mi escalada. Entro en la clínica, digo bonjour desde las tripas a toda esa gran gente que se ocupa de la gente que ya no puede ocuparse de sí misma, y tomo el ascensor hasta el cuarto piso. Me pongo el barbijo, el guardapolvo, los guantes y me cubro los zapatos con unas medias enormes. Golpeo y entro en la habitación.

K, en la cama, está comiendo una ensalada y me brinda la sonrisa sincera de quien esperó todo el día una visita desde su vacío de enfermo soltero y extranjero. Hablamos de los juegos olímpicos en China, de las nuevas e incómodas perfusiones que le pusieron a nivel del cuello por lo inaccesible de sus venas en los brazos y las piernas, de esa puta infección que le resta menos posibilidades de las que realmente tiene, de los avances de mis experimentos en el laboratorio que ella no pisa desde hace más de un año. Le pido disculpas por no haber pasado ayer; “Anoche me llegaron las correcciones de la revista y quería terminarla”, me justifico, y me pide que le vuelva a contar sobre el foro, y porqué Perras Negras.

Y aquí estoy yo, dibujándole a K rayuelas imposibles como si fueran modelos para armar, y es ella la que recuerda en su sopor y balbucea un octaedro, y yo replico con bestiarios, y ella menciona a su hermano de tierra Charlie Parker y yo le recuerdo lo irrisorio de los premios y lo raro de algunos exámenes. Para el final del juego pronuncio los nombres de Manuel y de la querida Glenda. Nos reímos de las coincidencias que no son tales y pienso –siempre termino pensando– en la maga.

No hablamos de su batalla, porque los guerreros no necesitan de eso. Aunque entre cuento y cuento de los que bien matan el tiempo, percibo una brizna de cansancio en su gesto. Pero, ¿cómo animar al guerrero desde una ridícula tribuna? ¿Cómo transmitirle la energía indecente que a uno le sobra? Un beso, una sonrisa y alguna que otra promesa. Fuera de la habitación me quito el disfraz aséptico de visita y, casi al partir, me pregunto si estuvo bien no haberle contado a K que esta tarde fui a visitarte al cementerio de Montparnasse para dejar en tu morada la revista que armamos en el foro y arroparte aún más.

Sin responderme, porque muchas veces no hay respuestas, salgo de la clínica pensando en mi casa, en mis cosas, en mi vida y la vida de los otros, y en cómo hacer para darle belleza literaria a toda esta ausencia terrible de ayer, de hoy, de mañana.

Mañana fue hoy.

París, verano de 2008, invierno de 2011. 

16 de septiembre de 2010

Buenos Aires, Argentina, 16 de Septiembre de 1976




Fueron secuestrados la noche del 16 de septiembre de 1976 en la ciudad de La Plata.
Hoy tendrían seguramente hijos y quizá nietos.
Hoy habrían podido hablar de sus incipientes adolescencias desde el lugar que les correspondería ocupar como adultos en el seno de una sociedad que debía albergarlos.
Hoy, acertados o equivocados, tendrían una posibilidad, la que sea, para vivir a sus maneras.
Hoy no están, y nada, NADA JAMÁS, podrá justificar la causa de sus ausencias ni el dolor de quienes desde entonces y aún esperan.

6 de agosto de 2009

Hiroshima Y Nagasaki

El hongo atómico sobre Nagasaki
Hiroshima y Nagasaki
AL
La mañana del 6 de agosto de 1945 estaba despejada. El cielo abierto por encima de Hiroshima dejaba prever ataques aéreos, por lo que una parte de la población ya había sido movilizada hacia el norte luego del ultimátum de Postdam (en la pluma y voz de Truman, que el imperio Nipón decidió ignorar). Una parte. Pero a Hiroshima también llegaban refugiados de otras regiones y el vital aprovisionamiento.

La estimación oficial del número de personas presentes aquella mañana en la ciudad y las islas del delta del Ota varía según las fuentes: de 150.000 a más de 250.000. Un B-29, el Enola Gay, largó el arma de destrucción masiva con corazón de uranio sobre el centro de la ciudad a las 8 y cuarto de la mañana. El aparato explotó a menos de 600 metros del suelo, justo por encima del hospital Shima. “Una enorme burbuja de gas incandescente de más de 400 metros de diámetro se formó en unos segundos, emitiendo una poderosa irradiación térmica.

Debajo del hipocentro, la temperatura de las superficies expuestas a esa radiación alcanzó valores cercanos a los 4000 °C. Hubo incendios que se iniciaron incluso a varios kilómetros del epicentro. Las personas expuestas a este rayo ignominioso se quemaron. Aquellas protegidas al interior o por los edificios fueron aniquiladas o heridas debido a las proyecciones que trajo la poderosa onda de choque unos segundos después. Vientos de 300 a 800 km/h devastaron las calles y las casas.

El largo calvario de los sobrevivientes recién comenzaba cuando el hongo atómico, que aspiraba el polvo y los escombros, todavía continuaba con su ascensión de varios kilómetros. “Un enorme incendio generalizado se dispersó rápidamente con picos extremos de temperatura en varios lugares. Si la explosión no tocó algunas zonas, éstas tuvieron que afrontar segundos después el diluvio de fuego causado por los movimientos intensos de las masas de aire perturbadas.

Al observar los efectos de la explosión el copiloto del Enola Gay, Bob Lewis, pronunció la famosa frase que quedó registrada en el archivo de vuelo: “¡Dios mío! ¿Qué hemos hecho? Aunque viviera cien años quedarán en mi espíritu por siempre estos pocos minutos”.

El número real de muertos aquella mañana nunca se conocerá. Las cifras cambian según quien las emite. Así se calcularon, en el momento, de 70.000 a 80.000 muertos por la explosión, la onda de choque y la tormenta de fuego, y un número equivalente de heridos. Pero análisis más recientes confirman cifras que duplican las anteriores.

Un segundo ultimátum fue emitido por los norteamericanos el 8 de agosto, que fue igualmente ignorado por Hiroito, especulando con la ayuda de las fuerzas rusas que nunca llegaría. A las 11 horas y 49 minutos de la mañana del 9 de agosto de 1945, otro B-29, el Bockscar, dejaba caer sobre Nagasaki, uno de los puertos más importantes al sur de Japón, la segunda arma de destrucción masiva con corazón de plutonio y un poder devastador superior a la anterior. 

La bomba atómica explotó a menos de 500 metros del suelo, y el hongo de la deflagración se elevó a una altura de 18 kilómetros. Una vez más, el número de víctimas es aún oficialmente incierto aunque las cifras del momento se evaluaron en 35.000 muertos y un número equivalente de heridos. Análisis más recientes calculan que los decesos en Nagasaki sobrepasaron la cifra de 60.000.

Entre los sobrevivientes a las dos explosiones se han identificado y registrado más de 300 tipos de cáncer, y más de doscientos de leucemia que, indudablemente, habrán aumentado el número final de muertos luego de los atraques.

Los ataques nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki son, hasta hoy, los únicos llevados a cabo con fines bélicos sobre poblaciones civiles.

Algunas fuentes: 
-Schull W. The somatic effects of exposure to atomic radiation: The Japanese experience, 1947–1997. PNAS, 1998. 95(10): 5437–5441.

19 de julio de 2009

Visitas


Julio Cortázar y Carol Dunlop, antes de la época de "Cosmonautas"
Foto que considero patrimonio de la humanidad

Visitas
Alejandro Luque

Antes de ir a la clínica decido pasar chez toi, en pleno Montparnasse, a quince minutos del laboratorio. Salir del trabajo cuando hay sol y la ropa ligera ni se siente es un placer que no dejaré de disfrutar. Entre el laboratorio y tu morada las calles están afortunadamente infectadas de árboles que dan verde y sombra, y ese perfume de tilos y plátanos que calma, si no da alergia. Qué generosos esos seres vivos en los que pocas veces reparamos. Están ahí, siempre, pero parece ser que el hombre tiende a ignorar lo que no se mueve, sobre todo en la urbe. Bueno… lo que se mueve también. Nos amurallamos y nos creemos que todo por fuera es estático y perenne, nos sentimos seguros de la continuación en nuestro cocoon, como si tuviéramos un certificado de eternidad.

Pero estoy yendo hacia vos y me sacudo de asfalto y azulejos. Sé que nunca los soportaste. Te he leído más de una vez pidiendo con desesperación menos cáscara y más piel. Creo que por eso vuelvo a visitarte. A visitarlos, porque siempre estás con ella, con tu esposa. Con el paso de los años aprendí a quererla sin llegar a conocerla como a vos. De hecho en varias oportunidades recorrí sus trabajos e intenté entenderte en tu elección. Creo que siempre he hecho eso con los compañeros de mis amigos: aceptarlos desde la comprensión que hizo que ellos eligieran al otro. Y en este caso, con Carol he descubierto en vos eso que muchas veces vi en mí: amamos al que hace mejor que nosotros eso que tanto nos gusta. La fotografía, en este caso. Sus clichés son magníficos, profundamente expresivos, llenos de esa vida instantánea que tanto vos como yo nos empeñamos en captar. Por eso prefiero sus fotos a sus escritos, sin duda.

Llego y los encuentro, como siempre, a los dos juntitos retozando el tiempo cerca de ese árbol cuya especie desconozco. Parece un nogal, aunque nunca vi nueces dispersas al pie del tronco. Les llega a los dos la sombra de esta tarde de verano en pleno centro de un París confundido de turistas y de horarios raros. Intuyo tu sonrisa irónica, porque los dos sabemos que París no tiene otra estación que la que uno quiera darle. Sin embargo, el rigor del verano se me vuelve inapelable. Me perturba esa pareja de viajeros que pasa a unos metros y nos mira, nos mide. Creo que son paisanos nuestros, porque me pareció escuchar que ella dijo “dejá”, así, con ese argentinamente delator acento en la a.

Carol está casi desnuda, y vos, como siempre, atiborrado de papelitos, cartas, postales, monedas, y piedritas de colores como "caracolitos que asoman sus cuernos al sol." Como ninguno de los dos dice nada, me acomodo yo también debajo de la sombra del nogal sin nueces, saco la revista del bolso y se las muestro. Quiere el azar del viento que se abra en la página donde está uno de los textos que he firmado. Se los leo, asegurándome de que la pareja de intrusos argentinos está lejos. Leo con calma y al terminar no los dejo decir nada, porque no pretendo respuestas, aunque me asalte la fiebre de preguntas, como de costumbre. Te dejo la revista, la acomodo según creo, y les saco una foto a los dos. Luego ironizo al darme cuenta de que te arropo aún más, mientras Carol sigue casi desnuda y sin protestar. Pero es así la vida y lo que ya no lo es. Antes de irme te señalo el título de la revista, que es el del foro, y siento tu sonrisa en mi corazón. Quiero sentirla. Lo necesito en medio de este verano de tímidas despedidas.

Corro al metro. Odio las contorsiones surrealistas de la gare Montparnasse, pero no me queda otra. Veinte minutos después me bajo en la Plaza de Clichy, “la plaza menos interesante de París” según vos. Camino a grandes pasos y trepo por el pie occidental de la butte de Montmartre hasta la rue Duresme donde termina mi escalada. Entro en la clínica, digo bonjour desde las tripas a toda esa gente que se ocupa de la gente que ya no puede ocuparse de sí misma, y tomo el ascensor hasta el cuarto piso. Me pongo el barbijo, el guardapolvo, los guantes, y me cubro los zapatos. Golpeo y entro en la habitación. K está comiendo una ensalada y me brinda la sonrisa sincera de quien esperó todo el día, quizá toda la semana, una visita desde su vacío de enfermo soltero y extranjero. Hablamos de la ceremonia de los juegos olímpicos en China, de las nuevas e incómodas perfusiones que le pusieron a nivel del cuello por lo inaccesible de las venas en sus brazos y piernas, de esa puta infección que le resta menos posibilidades de las que rel tumor y sus metástasis le brindan. Le pido disculpas por no haber pasado estos días .“Estuve reuniendo las últimas correcciones de la revista y quería terminar la edición”, me justifico Y como queriendo ahuyentar el inmenso cansancio que pretende abatirla, me pide que le vuelva a contar sobre el foro de cuentos, y el porqué de Perras Negras. Y aquí estoy yo, dibujándole a K rayuelas imposibles como si fueran modelos para armar, y es ella la que recuerda en su sopor y balbucea un octaedro, y yo replico con todos los fuegos mis bestiarios, y ella menciona a su hermano de tierra Charlie Parker y yo le recuerdo lo irrisorio de los premios y la rareza de algunos exámenes. Para el final del juego pronuncio los nombres de Manuel y de la querida Glenda. Nos reímos de las coincidencias que no son tales y pienso –siempre termino pensando- en la maga.

Me desenvuelvo de mi disfraz aséptico de visita y, casi al partir, me pregunto si vale la pena contarle a K que esta tarde fui a visitarte y que te dejé la revista para vestirte aún más. Sin responderme, salgo de la clínica pensando en mi casa y en cómo hacer para darle belleza literaria a toda esta ausencia terrible de ayer, de hoy, de mañana.

1 de julio de 2006

Hotel Terrasse


Biologuero, con el Hotel Terrass de fondo


La manera de percibir imita cada vez más los montajes del buen cine; creo que Ludmilla estaba todavía hablándome cuando pensé en el Hotel Terrass, en los balcones sobre las tumbas; o tal vez había soñado vagamente con el hotel y entonces Ludmilla, despertándome con un vaso de jugo de frutas, se volvió parte de las últimas imágenes y empezó a hablar mientras algo del hotel y los balcones sobre el cementerio seguían presentes. Después el métro me llevó hasta la Place de Cliché como si sólo él hubiera tomado la decisión y organizado los cambios de estaciones necesarios. Con Ludmilla no habíamos hablado mucho, era más de mediodía y no pensábamos siquiera en almorzar, hacía calor y yo estaba desnudo en la cama, Ludmilla envuelta en mi bata según su mala costumbre habitual, los dos fumando y tomando jugo de fruta y mirándonos y Marcos, claro, y la joda, todo eso. De manera que, Perfecto. Sí, Andrés, le dije, pero no quiero que todo quede como en una heladera desenchufada, pudriéndose despacio. Me miró cariñsamente, desnudo, medio dormido, desde tan lejos. Estás aprendiendo, Ludlud, es precisamente mi método y eso que habías llegado a la conclusión de que sólo servía para estropear más las cosas. No es el método sino las cosas mismas, le dije, siempre te agradecí la verdad pero hubiera sido mejor que no tuvieras que venir a contarme de Francine. Lo mismo puedo decirte, Ludlud, ojalá vos no me hubieras traído esas novedades, perfumadas con Joda y jugo de pomelo, pero ya ves, ya ves. También yo te lo agradezco, por supuesto. Somos educadísimos, salta a la vista.

Después ni siquiera llegué a la altura del Hotel Terrass, había sido un impulso mecánico que se cumplía como para darme tiempo y entrar en ese nuevo tiempo, ratificación de algo presumible pero aún no asumido; sé que salí del métro en la Place de Cliché y que anduve por las calles, bebiendo coñac en uno o dos cafés, pensando que Ludmilla y Marcos habían hecho perfectamente bien, que no tenía sentido plantearse problemas de futuro puesto que probablemente otros decidirían por nosotros como siempre. Pero el guardagujas había movido a fondo la palanca y todo se estaba desviando a la carrera, imposible aceptar de golpe los nuevos paisajes en las ventanillas, asimilarnos así nomás. Nada hubiera podido parecerme más horrible que la introspección en una terraza de café, fácil repugnante monólogo interior, remasticación del vómito; simplemente los hechos se daban como una mano de póker, había quizá que ordenarlos, poner los dos ases juntos, la secuencia del ocho al diez, preguntarse cuántas cartas pediría, si era el momento de blufear o si me quedaba una chance de ful. Coñac en todo caso, eso sí, y morder en la nueva vía con todas las ruedas hasta el próximo cambio de agujas.


Fragmento de Libro de Manuel, de Julio Cortázar (1973)