8 de agosto de 2009

No Ver Los Pies


No ver los pies
Alejandro luque

La primera vez, no levantó los ojos por convicción sino por instinto. Allí estaban Casiopea y la cabeza de la Hidra brillando con indiferencia inmutable. Así sintió Adèle la confirmación de su insignificancia en el mundo, de la insignificancia de todo el mundo por debajo de las estrellas.

Dos lunas antes, una mujer muy joven había llegado hasta ella con su hijo, de unos tres años, morado y con los miembros sacudiéndose de forma alocada. Adèle lo tomó en sus brazos y corrió al estanque. Una luna llena se asomaba por encima del bosque, y la tarde de un cielo de verano consumía los últimos rayos de sol que rebotan en la piel del agua. La “curadora” clamaría después que, al sumergirla, la criatura había escupido un espíritu en forma de nube. Volvió con el niño que recobraba sus colores humanos y le dio de beber la pócima a base de mandrágora y tomillo que siempre tenía preparada. Era la fuente de todas sus curaciones. Ofreció a la madre una bolsa de lienzo repleta de hierbas y las indicaciones precisas de cómo hacer la infusión y cuándo administrarla. La mujer recuperó a su vástago y partió sin decir una palabra.

Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

Rosa De Los Vientos



Rosa de los vientos
Alejandro Luque


Él se había acostumbrado a la improbabilidad del amor. Ignorando vestirse, se metió dentro de un traje azul y negó su imagen en el espejo. Partió al casino, olvidándose la esperanza en algún rincón sombrío.

Ella apostaba al amor en las probabilidades de todos los juegos. Sus manos eran como su perfil: diseños magníficos. Los ofrecía a quien supiera valorarlos, mientras que sus dedos hacían con las fichas ademanes deliciosos sobre el paño verde musgo.


Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

6 de agosto de 2009

Hiroshima Y Nagasaki

El hongo atómico sobre Nagasaki
Hiroshima y Nagasaki
AL
La mañana del 6 de agosto de 1945 estaba despejada. El cielo abierto por encima de Hiroshima dejaba prever ataques aéreos, por lo que una parte de la población ya había sido movilizada hacia el norte luego del ultimátum de Postdam (en la pluma y voz de Truman, que el imperio Nipón decidió ignorar). Una parte. Pero a Hiroshima también llegaban refugiados de otras regiones y el vital aprovisionamiento.

La estimación oficial del número de personas presentes aquella mañana en la ciudad y las islas del delta del Ota varía según las fuentes: de 150.000 a más de 250.000. Un B-29, el Enola Gay, largó el arma de destrucción masiva con corazón de uranio sobre el centro de la ciudad a las 8 y cuarto de la mañana. El aparato explotó a menos de 600 metros del suelo, justo por encima del hospital Shima. “Una enorme burbuja de gas incandescente de más de 400 metros de diámetro se formó en unos segundos, emitiendo una poderosa irradiación térmica.

Debajo del hipocentro, la temperatura de las superficies expuestas a esa radiación alcanzó valores cercanos a los 4000 °C. Hubo incendios que se iniciaron incluso a varios kilómetros del epicentro. Las personas expuestas a este rayo ignominioso se quemaron. Aquellas protegidas al interior o por los edificios fueron aniquiladas o heridas debido a las proyecciones que trajo la poderosa onda de choque unos segundos después. Vientos de 300 a 800 km/h devastaron las calles y las casas.

El largo calvario de los sobrevivientes recién comenzaba cuando el hongo atómico, que aspiraba el polvo y los escombros, todavía continuaba con su ascensión de varios kilómetros. “Un enorme incendio generalizado se dispersó rápidamente con picos extremos de temperatura en varios lugares. Si la explosión no tocó algunas zonas, éstas tuvieron que afrontar segundos después el diluvio de fuego causado por los movimientos intensos de las masas de aire perturbadas.

Al observar los efectos de la explosión el copiloto del Enola Gay, Bob Lewis, pronunció la famosa frase que quedó registrada en el archivo de vuelo: “¡Dios mío! ¿Qué hemos hecho? Aunque viviera cien años quedarán en mi espíritu por siempre estos pocos minutos”.

El número real de muertos aquella mañana nunca se conocerá. Las cifras cambian según quien las emite. Así se calcularon, en el momento, de 70.000 a 80.000 muertos por la explosión, la onda de choque y la tormenta de fuego, y un número equivalente de heridos. Pero análisis más recientes confirman cifras que duplican las anteriores.

Un segundo ultimátum fue emitido por los norteamericanos el 8 de agosto, que fue igualmente ignorado por Hiroito, especulando con la ayuda de las fuerzas rusas que nunca llegaría. A las 11 horas y 49 minutos de la mañana del 9 de agosto de 1945, otro B-29, el Bockscar, dejaba caer sobre Nagasaki, uno de los puertos más importantes al sur de Japón, la segunda arma de destrucción masiva con corazón de plutonio y un poder devastador superior a la anterior. 

La bomba atómica explotó a menos de 500 metros del suelo, y el hongo de la deflagración se elevó a una altura de 18 kilómetros. Una vez más, el número de víctimas es aún oficialmente incierto aunque las cifras del momento se evaluaron en 35.000 muertos y un número equivalente de heridos. Análisis más recientes calculan que los decesos en Nagasaki sobrepasaron la cifra de 60.000.

Entre los sobrevivientes a las dos explosiones se han identificado y registrado más de 300 tipos de cáncer, y más de doscientos de leucemia que, indudablemente, habrán aumentado el número final de muertos luego de los atraques.

Los ataques nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki son, hasta hoy, los únicos llevados a cabo con fines bélicos sobre poblaciones civiles.

Algunas fuentes: 
-Schull W. The somatic effects of exposure to atomic radiation: The Japanese experience, 1947–1997. PNAS, 1998. 95(10): 5437–5441.

3 de agosto de 2009

presa


Foto de este lugar

presa

Alejandro Luque

frío blanco cueva negro silencio
hambre fatiga sueño vigilia miedo
brasa aullido eco
silencio silencio


Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

El Error

Tumba de la familia Raspail - Père-Lachaise, París

El Error
ADL

Se despertaba por instinto antes de las Laudes y miraba el reloj. Con delicadeza retiraba la sábana que cubría su cuerpo con ese gesto conocido que repetía cada noche, cinco minutos antes de las tres. Entonces sus pies desnudos tocaban la laja gris de la celda. En invierno, la planta de los pies comunicaba el dolor lacerante del frío al hueso. En esos momentos sor Sixta levantaba la mirada y agradecía al Cristo sobre la cabecera de su catre. Para evitar la seducción de la tibieza del verano, solía desperdigar granos de maíz por el suelo. De pie, frente a la única silla en el reducto, se quitaba el camisón de algodón y los cinturones con púas de plomo. Siempre con los ojos cerrados se embutía en su sotana negra y se calzaba con su único par de zapatos, demasiado 33 para su torturados 37. Besaba la cruz colgada en la pared y acomodaba su propio crucifijo en la oquedad del pecho seco. Diez minutos después salía de su celda y bajaba las escaleras, a oscuras y con sigilo, hasta el refectorio.

Una vez en la cocina podía observar el seminario curial a través de la ventana, justo en frente del claustro. Allí esperaba la señal. Ésta llegaba como una insinuación desde las profundidades de la oscuridad en la que el portal del huerto que daba al cementerio, casi imperceptible a esas horas de la madrugada, cambiaba de un marrón profundo a un negro aterciopelado. Sixta, entonces, abría la puerta de la cocina, se persignaba, la cerraba a sus espaldas y corría en dirección del olivo del huerto. Con luna llena o nueva, sequía o nieve, el olivo era el milagro de la abadía: siempre con hojas y fértil. La sombra de Sixta en la noche era su disfraz más cómplice. Del olivo al portal del cementerio sólo había diez pasos.

El rosario colgado en el portal abierto era la señal para avanzar sin peligro. Del otro lado del muro quedaba por franquear las tumbas y la plazoleta de San Francisco para alcanzar el mausoleo episcopal. Allí estaría él, esperándola como cada noche. Juntos se volverían a reunir para cumplir con el pacto que hubieron sellado diez años atrás. En las insospechables profundidades del edificio mortuorio, se encontrarían cara a cara, una vez más, sin poder calmar la excitación.

–¡Querida Sixta!...
–¡Hermano Pablo!...
–Vía Jesús.
–Amén.

Como después de cualquier misa Pablo se quitaba la faja violeta que sostenía la cintura de su sotana; Sixta su tocado negro con los ojos siempre cerrados. Envolviendo sus manos con todas esas telas, Pablo corría la pesada lápida de la fosa que escondía un pasadizo secreto, y ambos bajaban por la escalera para llegar al sótano.

Allí estaba encadenado, casi tragado por la oscuridad del rincón que lo albergaba, el error. Un cuerpo retorcido por el castigo infame del síndrome de Proteus. Un monstruo informe de diez años incapaz de hablar ni de moverse. Sixta le devolvía el rosario a Pablo que sacaba, como de costumbre, los restos de comida escondidos debajo de su sotana y se los entregaba a la hermana. Ella los aceptaba y se acercaba gateando hasta el error. Desmenuzando el alimento en mendrugos, los metía con delicadeza en la boca deformada que aceptaba entre gruñidos.

–Hijo mío querido… ¡Perdón! –lloraba Sixta su pecado, al tiempo que frotaba y ungía con sus lágrimas la piel rugosa e inflamada debajo de las cadenas que contenían al error.
–Dios nos perdone, mi ángel –replicaba Pablo, mientras rezaba su rosario en el rincón opuesto del sótano y sin mirar.

Y ya no hablaban más. Juntos recogían los excrementos del rincón y cubrían con un manto oscuro y limpio el cuerpo del error que se dormía. Volvían sobre sus pasos habitualmente antes de las cinco. Como en cada madrugada antes de la hora prima, Sixta y Pablo intentaban conciliar un sueño imposible en la oscuridad desdentada de sus respectivas celdas.

1 de agosto de 2009

Nosotros Tres



Fotomontaje del biologuero

Nosotros tres

ADL

No hay tiempo para intercambiar opiniones acerca del indispensable Dom Pérignon.

Veo el brillo de tus ojos aumentado por el muro del cristal que se me interpone. Me pregunto si esa lágrima tributaria y enorme que divide tu mejilla izquierda fue forjada por el arrepentimiento o la intensidad de este momento que elegimos después de haber tatuado en nuestros pechos y con letras góticas los nombres de nosotros tres. Una trilogía que nos convirtió en cómplices y verdugos. El amor tiene ese no sé qué de fábula tragicómica, y vos y yo siempre jugamos bien la pantomima. Quizás por eso sonreís, y yo me deje contagiar por esa brisa inoportuna de frivolidad que supo enamorarme de vos.


Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

31 de julio de 2009

El Sabor De La Convicción

Foto encontrada en la red

El sabor de la convicción

ADL

La que vendría a ser mi suegra está empecinada, y Nayla, en su silencio respetuoso, le otorga la razón a esa bruja que insiste en unirnos según el rito de la familia; esas tonterías comunitarias que embrutecen y aíslan a los extranjeros en el país que los recibe. Porque esta familia nómada de cuatro mujeres que vive en plena capital, sigue durmiendo sobre esterillas improvisadas, rodeadas de cirios de colores y pequeñas figuras estrafalarias hechas de trapos y ramas secas. Demás está decir que, salvo Nayla, las otras tres ni siquiera hacen el esfuerzo mínimo por aprender nuestra lengua de forma apropiada. Viven aisladas en su quiste temporal. Pero Nayla no, porque yo no lo permitiré.

Mientras me atiza con sus argumentos excéntricos, la bruja mira a su hermana y busca el consentimiento implícito de su madre ─la bruja mayor─ que me observa sin verme. La madre de Nayla replica burlona con su acento enrevesado, “Tiempo agora de regar Nayla y dar tú mullos nietas… usando regadera de tú…”. Evitando ponerme a la altura de lo llano de su grosería, intento una vez más atraerla a mi realidad occidental, “¿Para qué quiere usted seguir poblando este mundo de locos?, ¿para crear más hambre?” Argumento que rechaza altanera mientras sacude a diestra y siniestra una especie de plumero con ristras de caracoles tintineantes. “No decide tú tus fillos”.

Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

Abaddón Posmoderno


Fotomontaje del biologuero

Abaddón posmoderno
ADL

Fui prácticamente despedida de mi trabajo por toser. Mi catarro matinal inocultable obligó a que el jefe de personal organizara una breve entrevista privada en su despacho para informarme que, por razones sanitarias de dominio público, yo debía tomar una licencia técnica de diez días hábiles sin goce de sueldo. Sentí una furia descontrolada al escuchar la forzada preocupación en el tono de su sentencia, una especie de náusea vindicativa que afloraba en forma de aliento ácido capaz de desintegrar su escritorio y hasta la médula de sus huesos. Dos semanas sin dinero, dos criaturas que atender y alimentar, y un marido desocupado y en plena depresión que contener. Sin duda por eso fue que se materializó la espada en mi mano y sentí que me crecían las alas en la espalda. La cólera se precipitó en el despacho de aquel estúpido burócrata como un lanzallamas. Los de seguridad, ocultando sus gestos detrás de unos barbijos insolentes, me sacaron en andas y me metieron inmovilizada en un coche.


Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

30 de julio de 2009

Diatomea Mañana

Foto de este sitio

Diatomea mañana

ADL

Tu ausencia me convierte en algo anfibio, más cerca del agua y lo informe que del ser humano que se supone soy. Se ama o no se ama. Nos aman o no nos aman. Es ese albedrío supuestamente justo e inapelable, dependiendo del lado en el que se esté. Y yo estoy del lado del agua, del costado esquivo de quien se ahoga en un vaso de alcohol o en el reflujo de sus propias lágrimas. Porque simplemente no estás. Dejaste de formar parte de la vida que tenía con vos, de mi vida en vos, de todo lo nuestro que prometía eternidades y contundencia. Pero me miro al espejo del botiquín en el baño y veo que me licuo, que me convierto en algo amorfo que comienza a verterse por las cañerías. Una masa irregular regida por el simple y obsecuente rigor de la gravedad. Y del caño oscuro desemboco en la cloaca que termina siempre en algún mar.

Allí me diluyo merced a las corrientes prodigiosas que rigen las verdades primarias de los océanos. No me duele sentirme extranjero, siempre lo fui. Me entrego al capricho de tus corrientes y mareas, tus zonas fértiles y tus yermos fríos e insondables. Hago el esfuerzo lamarckiano de desarrollar branquias para filtrar el escasísimo oxígeno de esta soledad frente a la ausencia de vos. Duele la metamorfosis, no menos que otras. Y ésta es necesaria porque aquí estoy, en este mar familiar pero que no elegí, librado a sus embates y peligros.

Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

29 de julio de 2009

Fuegos Fantasmas


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Fuegos fantasmas
ADL

Aquel checking fue en un lugar tan improbable para un encuentro como el aeropuerto de "La Coruña". Había entrado al hall hecho sopa por esa neblina pegajosa y desagradable de noviembre y, encima, lidiando con mi maleta. Acababa de perder una de sus rueditas en el buche de la navette, por lo que se había transformado en un lastre molesto.

Ella estaba delante de mí. Un piloto caqui ceñido a la cintura y un sombrero tan discreto como gris que se inclinaba caprichoso hacia la izquierda. No la reconocí por la fina silueta que me daba la espalda sino cuando la oí preguntar al despachante por un posible retardo. El timbre certero de su voz me repercutió en esa zona de la memoria que ya no posee otra referencia que la del recuerdo labrado en la carne. Al dejar su lugar en el mostrador, se volvió y me miró sin verme. Estaba casi igual, definitivamente madura y, como siempre, tan ella. Hubiese querido decir algo pero, por dentro, un universo de sensaciones encontradas se derramaba sin que yo pudiera ordenarlas ni contenerlas. Y era mi turno.

Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.