3 de abril de 2010

Publicación de ELEMENTOS BÁSICOS


Link al catálogo de Editorial Dunken--> Elementos Básicos - Alejandro Luque


Elementos Básicos
Cuentos y relatos breves

Alejandro Luque



Elementos básicos es una recopilación de textos “revisitados” que surgieron de mi participación en dos espacios literarios en línea: el Foro de cuentos de LNOL y el foro de cuentos y relatos breves Perras Negras. La antología refleja mis preocupaciones y vivencias más importantes durante los últimos cinco años, como la comunicación, la soledad, el extranjero, el valor de la palabra, los miedos primarios, las pasiones y los deseos, las injusticias, el asombro y la desilusión, la esperanza, el desencuentro y el pasado como causa que nos precede.

Organizados en cuatro capítulos y un epílogo implícito, los treinta y nueve relatos de Elementos básicos parecen entablar un diálogo independiente a su propia creación, resonando con insistencia una serie de conceptos e imágenes como si dialogaran en voz baja entre ellos a veces de manera sutil, otras de forma manifiesta. De alguna extraña manera, los cuatro símbolos persisten en cada historia como la quintaesencia de una memoria indeleble en el propio intento de escribir.


Luque, Alejandro
Elementos básicos. Cuentos y relatos breves.

1a ed. - Buenos Aires: Dunken, 2010.
160 p. 16x23 cm.
ISBN 978-987-02-4399-1
1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. 3. Relatos. I. Título
CDD A863


2 de abril de 2010

Entenderás


 Campaña española contra la violencia de género

Entederás
ADL

Pensaste quizá, desde el principio, que ciertas expresiones de mi rostro carecían de sentido, y por eso te permitiste persistir y volver a comenzar, una y otra vez. Y quizás también los monosílabos que me arrancaba tu insondable presencia te parecían un juego, un murmullo de gata arisca y caprichosa que siempre terminaba viéndote allí arriba como al enorme y poderoso domador de fieras que pretendías ser.

Quizá creíste, al regresar esta tarde con un nuevo saco repleto de promesas y súplicas repetidas, que encontrarías a la misma mujer en la casa: esa que siempre fui y que vos te empeñabas en tallar con tus manos, tu cabeza, tus piernas, con lo que se te cruzara en el camino. Sin duda te olí desde la habitación antes de que tus puños comenzaran a descargar su impaciencia sobre la puerta que no debías franquear. Vos, como de costumbre, habrás percibido mi desesperación aferrándose a los muros de nuestra ruina labrada a fuerza de desrazones.

Quizá en ese momento te convenciste de que los eternos vecinos ciegos sordos mudos seguirían sin entrometerse. Seguramente fue por eso que, desde tu cómoda impunidad, derribaste la puerta como un toro rabioso, te volviste a meter en mi vida y en mi carne que considerabas tu propiedad, y me arrinconaste ‒una vez más‒ entre la cama y el ropero ya vacío. Como de costumbre no escuchaste los gritos, todos tus gritos. No necesité aclararte que me largaba porque no me diste tiempo. No obstante, al reconocer los efluvios imparables de tu adrenalina, volví a decirte "¡No!".

Quizá el germen de tu enfermedad fue siempre la injustificable imposibilidad de comprender el alcance y el límite de esa palabra tan simple, por lo que el último golpe fue el más certero de toda tu vida y llegó antes que la policía.

Pero si algo hay de seguro, aunque ya sea tarde, es que ya no podrás venir a dejarme flores ni a llorarme arrodillado. Desde hoy podrás empezar a domar el tiempo en tu jaula para imaginar qué habría sucedido con nuestras vidas de haber respetado el significado del primero y el último de mis “¡No!".

Pantalla (Intimidades)


Fotomontage del biologuero

Pantalla (Intimidades)
Alejandro Luque

Pantalla (RAE): séptima acepción, femenino. Persona que, 
a  sabiendas o sin conocerlo,llama hacia sí la atención 
en tanto que otra hace o logra secretamente una cosa.


Abrió la sesión de chat como George35 y respondió, “CindyC, la foto que me agregaste a tu último mensaje me conmovió al punto de no saber cómo responderte”. Encendió un cigarrillo y saboreó el Johnnie Walker que comenzaba a corroer el alma de los tres cubos de hielo. Agregó: “Me permito tutearte porque siento que no tiene sentido ocultar”, pero se detuvo abruptamente en la palabra ocultar, y comenzó a jugar con ella en la pantalla.

Ocultar
Tucoral
Tarluco
Culotar
Culo… culo… CULO… ¡CUUUULO!

Tipeó tres puntos suspensivos y envió la frase inconclusa. Inmediatamente le llegó la previsible consternación de CindyC:  "(?_?)." El jean se había transformado en una prisión insoportable. Un buen sorbo de alcohol le quemó la garganta que seguía declinando la vibración de esas dos sílabas. Se levantó del sillón y sintió entre sus piernas una potencia incontenible pujando por aflorar al mundo y caer en buenas manos, en el calor y la humedad que esa parte de su cuerpo deseaba incesablemente. Fue a la sala de baño para calmar la fiera, para intentar jugar el rol cotidiano de partera que asiste con empeño y recibe la gozada semilla sin destino.

El espejo estaba ahí, justo encima del lavabo. Era lo suficientemente grande como para que sus ojos le devolvieran la imagen del cuerpo por encima de las rodillas. Un poco más arriba debía  de estar la fiera erecta esperando la caricia, la contención y el estímulo. Esbozó el contacto de la mano que dirige y recibe, pero ya sabía a la perfección que los espejos son unos espurios caprichosos.

Por eso los ojos de la persona que imitaba sus movimientos al otro lado del espejo se elevaron para alcanzar aquel otro lugar prohibido de la intimidad de quien está solo y contrariado. Fueron los esos ojos, y no los suyos, los que subieron la línea del vientre y pretendieron ignorar con brusquedad el magro relieve de unos senos que se resecaban por debajo de la remera arratonada. Más arriba delataban los rasgos indelebles de una mujer rígida que exudaba canas cincuentenarias. Entonces el cuerpo, y no la imagen, gritó un eructo de alcohol y obligó a que los cuatro ojos descendieran hasta su pelvis. La bragueta estaba abierta, la sensación de erección persistía pero lo único que emergía a través de la abertura era la vellosidad revoltosa del pubis que siempre odió. La vieja mujer en el espejo derramó una lágrima que él, del otro lado, se negó a enjugar, acostumbrado a lavar las mentiras que se esgrimen con vehemencia en ese reducto de todas las limpiezas y bajezas.

Volvió al ordenador y retomó la frase para terminarla con la misma excitación entre las piernas, “... no tiene sentido ocultar cuánto ha encendido al hombre que me habita, un hombre con poca experiencia pero dispuesto a amar a una mujer como vos. Me sonrojo de sólo pensarlo, pero necesito decirte que estamos destinados a encontrarnos. Si logro reponerme te enviaré la foto que me pedís. Tuyo y en vilo, G”. Envió, se prohibió más caricias y se dispuso a esperar lo que sea mientras absorbía las últimas gotas de whisky que quedaban en el vaso.

Del otro lado, CindyC_ leía con una sonrisa tempranamente morbosa sobre los labios y enviaba un emoticono de complicidad: "(°_~)". Desde otra habitación del departamento, su madre volvía a gritar por segunda vez, “¡Juanma, apagá esa consola y ponete a hacer los deberes, ya!”.

6 de marzo de 2010

Por Un Después Del Sapiens


 Foto de E.S. Ross, a partir de la Enciclopedia Británica

Por un después del sapiens
ADL

Ya sé que no es relevante según sus términos; pero usted siga transcribiendo sin chistar, que para eso le pago.

En aquella época había una simpleza natural hasta en la sala de baño. ¿Por qué me mira así? Supongo que usted conoce los bichos bolita, ¿no? ¡Pero sí, hombre! Esas carcasas grises del tamaño de una pastilla ovalada que ni bien uno las toca se enrollan en sí mismas y se hacen una pelotita. ¡Esos! Algunos los llamaban los bichos de la humedad porque solían pulular los rincones enmohecidos. ¡Cómo que los insectos son asquerosos! No eran algo asqueroso. Eran parte de nuestra cotidianeidad. Hace unos días leí que la forma correcta de denominarlos es… espere que lo tengo anotado en un papelito: ‘Armadillidium vulgare’. Sí. Suena a armadillo, a quirquincho. ¿Tampoco? Quir-quin-cho. ¿Que nunca oyó hablar? Es como un bicho bolita, pero más grande y con pelos. Era muy rico al asador, cuando no terminaba en charango. ¡Qué no, hombre! Que no acostumbro a comer insectos. ¡Y pobre animal, que tanto lo hemos consumido que ya casi no se lo ve. Sí, doctor: el hombre espanta, arrasa, le hecha flí a lo que no le gusta, sin entender y sin prever, y al final se va quedando cómodamente solo... ¿Que qué es el flí? Se escribe fleet…

Bué… mejor volvamos a los bichos bolita, porque hay que terminar de escribir este documento para mis dos nietos. Me gustaría que encontraran algún día en un rincón del baño algún bicho bolita. Ya sé que hoy es imposible con tanto deshidratante y detergentes poderosos. Que los vieran ahí, sentados o en cuclillas, haciendo sus menesteres y sin apuros. Créame que esos chicos son hijos del pavimento y del cemento; los aterroriza el barro y los mosquitos porque no sé qué se imaginan que son. ¿Voy muy rápido? Usted me frena cuando sea necesario.

Desearía que pudieran descubrir dónde se esconden, seguirlos, apenas tocarlos y observar cómo se enrollan, ruedan y se quedan inmóviles. Y un rato después, que vieran la manera en la que se desovillan y caminan apresurados con esos pies incontables que se agitan de la forma más sincronizada que se pueda concebir. Quisiera que mis nietos heredaran la naturaleza que en algún tiempo aún convivía con nosotros, porque allí estaba antes. Que inviten a las arañas a que salgan de la casa por la ventana. Que pidan un deseo cuando un grillo se mete por la puerta y que levanten el pie para no cortarles el camino a las hormigas. Eso: que sean huéspedes tolerantes.

No, querido. No creo que todo tiempo pasado haya sido mejor, ya que aunque me haya costado llegar con vida hasta el día de hoy, lo he hecho gracias a los innegables avances. Sí creo que este presente, y por sobre todo el futuro, no pinta bien; siento como que algo se nos ha perdido en el camino. Nos hemos vuelto autistas y demasiado soberbios, violentos y parásitos, egoístas y devastadores. En vez de haber ganado sabiduría para abandonar nuestra adolescencia, nos regodeamos en el confort mezquino y la individualidad estéril. Y así fue que nos olvidamos de que se puede salir al jardín para abrazar al duraznero y al nogal, nada más que porque son seres abrazables; ignoramos que existe el proceso maravilloso y perfumado de las coronas de los jacintos que se abren temprano a la mañana o el despliegue tímido de los capullos de las buenas noches por la tarde; que se puede sentir la tierra respirándonos sobre la piel. Y en una noche de verano poder salir a espiar las luciérnagas entre los ligustros…

¿Que hay que nombrar con claridad la propiedad y sus contenidos? De acuerdo… Escriba que dejo al cuidado de mis nietos la casona de Azul, con todos los fantasmas de los bichos, las plantas que la habitan y todas sus promesas. Y escriba muy claro que de esos fantasmas se tienen que hacer cargo porque son de ellos, y porque la libertad y el progreso bien entendidos son hijos del debido respeto que nuestra especie debe aprender a heredar para no terminar legando perdones siempre tardíos como inútiles. A propósito, ¿conoce usted la historia del pájaro dodo?  ¡No! No bobo, dodo. El pájaro, no usted. 

23 de febrero de 2010

Marta Sin Hache


 
Imagen de la campaña europea contra la violencia de género
 
Marta, sin hache
ADL

Marta, sin hache, da vueltas y vueltas y se propone en silencio excusas alucinantes, como no levantar la cabeza para evitar ser devorada por ese monstruo radiante de tentáculos que engulle a quien se atreva a mirarlo. Según sea el rigor de la mañana, Marta, sin hache, se niega a mirar su doble en el espejo porque teme ver lo que no quiere, lo que le produce terror. Hace unos años estuvo sin dormir casi una semana cuando descubrió tres canas en ese lugar ortiva que está por delante de la oreja. Se sintió ultrajada por su propio cuerpo, aunque no era la primera vez ni tampoco sería la última que debería pagar por eso Ya antes, Marta, sin hache, había descubierto que los senos que tanto sobaron sus dos hijos se caían como frutos marchitos, se deformaban vencidos por el rigor de la gravedad. De la gravedad de vivir. Después y eternamente, el parto de las mañanas cuando el cuerpo duele en cada poro y nos muestra todas sus horribles deformaciones al pretender dar a luz una familia holgazana. En todo caso, las deformaciones del cuerpo de Marta, sin hache, que ella ya no quiere ver en el espejo insufrible porque se convence de que no tienen sentido, ya no cuentan. Se cepilla los dientes, y al escupir ve  la espuma rosada, por lo que vanamente se dice que habría que ir al dentista y gira la cabeza sin levantarla. A la izquierda está la toalla de mano. Marta, sin hache, la toma y la apoya con suavidad y cierta firmeza sobre su rostro. Piensa que tendría que ser más cuidadosa, más atenta para evitar eso que manifiesta su cuerpo, porque siempre es así que lo que le pasa es un designio que la sobrepasa. Entonces recuerda lo que siempre le dijo su madre: “Fue la tipa del registro civil la que se empecinó en no ponerte la hache en el nombre; y a mí me dio lo mismo, porque todavía me dolían las tripas que me abriste para nacer”. Muchas veces se preguntaba qué habría sido de aquella mujer caprichosa con las mudeces. Como sea,  Marta, sin hache, se vio obligada a comenzar a vivir su identidad según la voluntad de los otros. Su madre se esfumó un día en la naturaleza, por lo que ella terminó en la casa de su tía como esclava, lavando a mano los pisos “porque quedan mucho mejor que con esos aparatos”, sentenciaba la arpía. Fue por aquellos tiempos que inventó su juego secreto de superviviente: se llamaba Martha, y hodiaba ha su tía, hamaba ha un príncipe que la rescataría del hinfierno, lo hesperaba con fervor, porque hél lograría que la hotra Marta holvidara todo sus tormentos. Y hél llegó, y se la llevó, y tuvieron dos ijos. Y se volvió Martha, con ache, hal precio de conocer hel gusto lacerante del haliento himpregnado de halcool. Por heso Martha, sin ache, no quiere volver nunca ha levantar su cabeza frente hal hespejo. Y no porque no quiera ver los ematomas que de costumbre lo cubren, ni por negar la hexpresión de sus hojos ha punto de hexplotar. Lo que la haterroriza hes descubrir detrás del reflejo de su cuerpo herróneo –hhhhherróneo–­ la hexpresión de furia hen la cara de hél, que seguro ya hestá hagazapado y listo para saltar sobre hella y recordarle quién hes hel hamo y quién hes Marta.

Nos


Foto de este blog

Nos
ADL

La mosca se embate con la ventana.
La luz, el olor, las cosas afuera
que brillan lo inmundo que el mundo emana.
Choca e insiste porque es su manera.

Mosca impávida, ciega, sinónimo
de desidia y del último estertor.
Mosca hermana del destino anónimo,
bestia esclava del olvido y del hedor.

Choca y me recuerda, nos los humanos
golpeando ciegos el muro invisible:
se atonta, insiste, trepa bien en vano,

Ignora que el vidrio es una redada
que esconde lo impensable e imposible:
mi gata, por debajo, agazapada.

14 de febrero de 2010

Gregorio Y Salvador


 Fotomonaje de Alejandro Luque

Gregorio y Salvador
Alejandro Luque
A Patricia C.

La ambulancia llegó a la curia del Sagrado Corazón diez minutos después del llamado. Los enfermeros subieron las escaleras corriendo hasta alcanzar la habitación del padre Gregorio. Varias sotanas oscuras rodeaban la cama como cuervos estatuarios. Ya velaban al hombre que yacía boca arriba, con signos morados inconfundibles en su rostro. Un socorrista se hizo paso entre los presentes para llegar hasta Gregorio; lo auscultó, pidió una dosis de adrenalina y que desplegaran el equipo de reanimación. Desgarró la sotana y la camiseta de algodón que cubrían el cuerpo inanimado del cura. El pecho casi imberbe de Gregorio quedó al descubierto, como así también su vientre flácido y prominente. “... paciente de unos setenta años, cianosis importante en conjuntivas y labios, sin reacción ocular, latidos inaudibles, enviando dos centímetros cúbicos de adrenalina por vía periférica… preparados para la reanimación y traslado al ‘hache-ce’, cambio”. Otro socorrista metió el respirador sobre el rostro de Gregorio y comenzó a bombear aire en sus pulmones. El tercer enfermero acercó a la cama el equipo de reanimación y pasó los electrodos al primero que practicaba el masaje cardíaco. Sin perder el tiempo, dictó un amperaje, pidió que se alejaran y envió la descarga eléctrica que atravesó el cuerpo de Gregorio. Este se agito en una profunda contorsión. “Pulso recobrado a los veinte minutos, inestable a 65, respiración asistida y en equilibrio, procedemos al traslado, cambio”. El cuerpo del sacerdote pasó, con la ayuda de seis manos, a una camilla que lo transportó a la ambulancia y luego a las urgencias del Hospital Central, donde se recuperó en unas semanas de su infarto agudo de miocardio.

Gregorio volvió a la curia y pidió que lo exoneraran de la celebración de las misas y la confesión. Empezó a tomar la costumbre de vagar por los jardines. Solía vérselo sentado durante horas frente a los castaños en una clara actitud  de meditación. Cada día tomaba “religiosamente” los medicamentos que le habían sido recetados y prácticamente no hablaba con nadie. Sus pares comprendían la debilidad en la que el cura se encontraba respecto de su salud, por eso lo acompañaban en su silencio y sus meditaciones en la espera de su total recuperación.

Al segundo mes, Gregorio fue a hacerse uno de los controles obligatorios al hospital. Allí encontró al socorrista que lo había reanimado.
‒¿Cómo se encuentra, Padre?
‒Mal, hijo… Mal.
‒¡Enfermera! –gritó el socorrista.
‒No, hijo –interrumpió Gregorio sonriendo. –No es clínico el malestar. Dejá a la enfermera tranquila y mejor decime cómo te llamás.
‒Salvador Reyes, ¡a su servicio!
‒Salvador… Quiero agradecerte este trecho de vida que me has regalado... Gregorio hizo una pausa antes de continuar‒. Salvador… qué curioso…
‒De nada, pero, ¿por qué le parece curioso mi nombre, Padre?
‒Porque el misterio de nuestra salvación está siempre frente a nuestras narices, confundido en el paisaje y disfrazado de nombres y de símbolos, sin que lo podamos percibir hasta que lo vemos o nos ayudan a hacerlo.
‒No entiendo, Padre.
‒¿Cuántos minutos estuve ‘muerto’, Salvador?
‒Unos veinte, creo.
‒Pues bien, estuve muerto todo ese tiempo y después de mi vida no había nada; NADA, ¿entendés? Ni un túnel con luz al final, ni ángeles indicando un camino, ni mis padres recibiéndome… Nada, nada de nada.
‒Creo…
‒¡No creas, Salvador!.. ¡No creas nunca! ¡Viví! Viví este todo que es la vida. Vivilo con intensidad y responsabilidad. Maravíllate de vivir sin pretender que habrá luego alguna otra maravilla por la que valga la pena esperar. El único reino que poseemos es nuestra existencia, la que sea y mientras dure.

Gregorio lo abrazó como lo haría un oso, corazón contra corazón, y siguió su camino. En ese momento, Salvador se dio cuenta de que el cura no llevaba la sotana. Iba a decirle algo, pero la alarma del servicio de urgencias lo obligó a salir corriendo.

10 de febrero de 2010

Prisión


 
 Imagen encontrada en la red

Prisión
ADL

Miro la mano que apoya
la carta sobre la mesa.
Veo las manchas y arrugas
que brillan entre la niebla

¿Qué hora será ahora?
¿Me habré olvidado de vuelta?
¿Me habré pasado de largo
las pastillas y la siesta?

¿Y qué decía la carta?
¿Y qué noticia otra mano
habrá querido que sepa?
¿Y dé quién es esta palma
Arrugada y temblorosa
que entre la niebla se acerca?

¿Qué hora es, qué tarde es ésta?
¿Será domingo allí afuera?
Ay esta memoria mía
y esta neblina molesta.

¿No será mía la mano
que de mi falda se aleja
para recoger la carta
que dejaron en la mesa?

Me parece que es sábado
y ya vino la enfermera.
¿No será hoy mi cumpleaños
y habré de soplar las velas?

¿Y qué dirán estas líneas?
¿Y qué hora será afuera?
¿Y de quién será esa mano
que posa una carta sobre la mesa?

30 de enero de 2010

A Los Lados Del Ligustro



A los lados del ligustro
ADL

Sol intenso anunciando la primavera en este pueblito que no deja de asombrarme. Severino Cruz, un local de edad y rasgos indefinidos, me invita a recorrer los secretos de Santa Polola. Detrás de un gran terreno sin utilidad está el cementerio. Un cementerio “lindo”, aseguran las matronas más fieles al rito fúnebre. Un cementerio “de mierda” responde el grupo consorte restante que se niega tanto a pensar en la posibilidad de la muerte como a confesar la disfunción de sus erecciones.

El predio mortuorio está justo a los pies de la ladera oeste que da al río. En dirección del norte se puede observar la nube amarronada de la ciudad más cercana. Una nube que inspira miedo a casi todos los polonienses e interminables expresiones de envidia para los avezados exploradores.

Si uno se toma el tiempo, recorrer el lugar se convierte en una verdadera lección de historia. Por ejemplo, la primera tumba, entrando hacia la derecha, reza misteriosamente: “Florindo Parado y Redondo, un hombre cuyos inamovibles principios restarán los nuestros en esta eternidad circular”. Una foto incrustada en la piedra delata a un inocultable burócrata, regordete y con mirada severa. Al avanzar siempre por la única calle, que se llama Principal, la vista se topa con una especie de torre medieval a la que le falta el cuerpo del castillo. Una placa corroída por el tiempo y la intemperie afirma: “Ismael Cohen y familia, sus nietos y sobrinos a los principios fundadores de esta futura gran urbe”. Otro relieve metálico desea más abajo, “Larga vida al banquero que hizo realidad nuestros sueños”. Siguen algunos signos hebraicos y múltiples cruces esvásticas e invertidas pintadas al rojo vivo. Son los mismos insultos en pinceladas como heridas sobre los vidrios del portal los que impiden ver el fastuoso interior de la bóveda que se eleva flaquísima e impenetrable por encima del resto.

Avanzando unos metros más, pero hacia la izquierda, no pasa desapercibida una especie de torta sobre un rectángulo de granito negro. Al acercarse, la forma se convierte en una corona de laureles dorados en cuyo interior se lee en letras labradas “¿Quo vadis, Domine?”. Enseguida, y en talla más pequeña, hay lo que parece ser una respuesta: “Voy dónde se requiera mi oficio de guardián de los intereses del pueblo”. Un improperio irrepetible, nuevamente en carmín y como subrayando la frase, nos sugiere que se trata de la tumba del primer intendente de Santa Polola.

Uno pensaría a esta altura de la Principal que no hay nada más para ver porque el relieve por delante desaparece en una vasta superficie plana y seca, justo después del capricho de un ligustro tan verde como lustroso. Sin embargo, el ojo avisado reconoce una fina extensión lateral a la Principal, partiendo hacia la izquierda –¡obviamente!–. Una senda hecha a fuerza y constancia de pasos que evidentemente se escaparon del camino central para labrar su destino.

Severino Cruz me toma de la mano y me invita a olvidar la oligarquía ostentosa que se pudre a mis espaldas para mostrarme la curiosa intimidad de los pobres, proscritos y advenidos que abonan el otro lado del ligustro, igual de olorosos que sus vecinos pero en el anonimato.
–Aquí enterraron a la esposa de Sulimán, el dueño de la posada –dice Severino frente a un promontorio que me recuerda el Pan de Azúcar. –Intentaron enterrarla de pie, porque el turco estaba convencido de que así yacían sus ancestros al otro lado del charco –continúa. –El problema fue que la mujer murió con el módico peso de ciento cincuenta kilogramos y nuestros dos funebreros siempre fueron dos muertos de hambre. La cuestión es que entre malabares de equilibrio inhumano, la parte ancha del cajón se inclinó primero y se les resbaló de las manos para caer en el hoyo… de cabeza. Hubo varios intentos por los presentes de extraer el sarcófago, todos vanos, hasta que el viudo decidió que así fuera la última voluntad de su mujer, que bien cabezona había sido en vida –concluye y avanzamos.

Una tumba con una suerte de embudo invertido en el centro llama mi atención.
–Ese es el último cura de Santa Polola. Nadie habla de él y ni siquiera existen registros – exclama con una mirada llena de complicidad. –El cura era un misionero brasileño y negrísimo que sufría de un embarazoso priapismo. Lo curioso es que, al morir, el fenómeno se cristalizó; y a tal punto, que hubo que construir un ataúd de características singulares, como puede constatar. Hemos enviado cartas al Vaticano clamando por su santificación, pero nunca tuvimos respuesta –termina con un dejo irónico en la voz.

Así se suceden anécdotas y fenómenos en la topografía de ese yermo vedado a la vista de los eventuales turistas por el estratégico ligustro. Llegamos al final de la senda y no puedo dejar de remarcar una pequeña excavación abierta.
–¿Murió alguien recientemente? –arriesgo la pregunta.
–Sí y no… –me responde un Severino dubitativo. –Esta es la tumba para el perro muerto del loco Modesto.
–¿Perro? ¿Aquí entierran animales, también? ¿Y de qué murió? –vuelvo a arriesgar.
–En Santa Polola toda vida es sagrada. Y se desconocen las causas del deceso del can –confiesa. –Hace unas semanas Modesto apareció arrastrando con una correa el cadáver oloroso del bicho, –sentencia, –y no hubo caso de que entendiera que estaba muerto –termina.
–Pero, ¿nadie le explicó?
–Sí, y él insiste que el perro morirá y será enterrado el día en que Braulio se bañe.
–¿Y quién es Braulio?
–El cebador oficial de mate en el pueblo.
–¿Y se bañará hoy?
–Digamos que el día está cerca. Braulio se baña escrupulosamente para la fiesta de la primavera, –me confía con un brillo intenso en los ojos, y agrega–: pero no porque sean unos hambrientos dejan de ser previsores nuestros funebreros.

Se nubla de repente y Severino me sugiere volver sobre nuestros pasos. Partimos por la Principal, atravesamos el terreno, cruzamos la avenida de tierra y nos metemos en el bar de Sulimán para olvidar ligustros y divisiones. Al resguardo de una lluvia imprevisible e impertinente, no puedo dejar de imaginarme lo que podrán preparar las almas de este pueblo para el equinoccio.