26 de junio de 2010

Elementos Básicos - Entrevista en el progama radial Cuentos en el Aire - 24/04/2010



Elementos Básicos - Entrevista en el progama radial Cuentos en el Aire - 24/04/2010

El 24 de Abril de 2010, la cuentacuentos Haydée Guzmán y el equipo del programa radial "Cuentos en el Aire", me brindaron la posibilidad de participar en su espacio de FM de Radio Universidad de la Plata.

Ese día se discutió la transferencia del arte del autor al arte del cuentacuentos.

Un fragmento del programa puede escucharse descargando el archivo mp3 AQUI.


Pentimento


 Foto del biologuerà, de la serie Natura à Genevilliers

Pentimento
Alejandro Luque

Como si se tratara de modificar nuestro destino, me pedís que te diga qué me da más miedo. Y en esa pregunta que circula entre esto y aquello me estás exigiendo un corte, una discontinuidad. Es eso lo que me asusta. Me asustan las líneas entrecortadas, porque siento que en el vacío que las separa podemos perdernos, como en nuestros argumentos circulares que nos ponen frente a frente como un dos romano. Me aterran las curvas de mi cuerpo cuando me las señalás para recordarme que son un signo de declinación y el motivo de tu desinterés. No menos que tu insistencia en comer rabanitos y espárragos para pavonearte de lo recto de tus abdominales. Me da miedo verte consumiendo la imagen chata y mudable que te vendieron, porque te quita calor y sustancia. Sin embargo me gustan y animan tanto los caprichosos surcos que ondulan tu frente como los paréntesis que amurallan tus labios, a pesar de las cremas y de la botulina. Te hacen más humana, más marcada por la vida y, por ende, más sabia. ¿Sabés? Se me ocurre que la sabiduría es tan perfecta como un círculo y tan contundente y abarcable como una esfera. La asocio con nuestras cabezas, con los lóbulos de nuestras orejas y la curvatura de nuestros labios –los tuyos, todos–, con nuestras lenguas, tus senos y mi glande, con las extremidades de nuestros dedos, con nuestros ojos. Le tengo miedo al vacío y a la ausencia porque me resultan yermos, aplastados, sin ningún relieve. Con el uno forzado no hay salida ni variedad… no hay volumen… no hay dos: sólo aislamiento y tedio masturbatorio. Me atormenta la ‘o’ cortante que pronunciamos en un no, casi tanto como la que suele habitar nuestros yos cuando perdemos la posibilidad inconmensurable que encierra la 'í' de un sí capaz de abrir todos lo planos posibles. Si querés saber qué me produce más miedo, te digo que nuestra curva cuando está en menguante y nuestra cama cuando se convierte en monotonía individual. Si querés saber más, si algo se puede hacer, hagamos rulos con nuestras lenguas y abrasemos los planos de nuestros cuerpos. Reconquistemos todos los recodos y cañadones oscuros que hemos estado deshabitando y colmémoslos de nosotros. Vas a ver que constelándonos en una célula única crearemos una nueva dimensión sin miedos ni contrarios

12 de junio de 2010

Como Dos Vírgenes


Imagen de la serie Will & Grace

Como dos vírgenes
ADL
Como era de esperar, el recital había estado alucinante, y Myriam, su disonantemente joven y musculosa compañía de fin de semana y yo nos estábamos dirigiendo a nuestro antiguo bar preferido casi volando en la alfombra mágica de estrofas que nos aireaban los colágenos fatigados de ciudad y de nuestros errores consuetudinarios. ¿Por qué será que la música nos une y hace olvidar por un rato la arruga inclemente? Porque hay que decirlo: la Myriam que caminaba justo a mi derecha, ya hacía un tiempo que había dejado de ser aquel personaje resistente a los rigores de noches eternas hidratadas de whisky, carcajadas y lágrimas oportunas. Terminó convirtiéndose en ese espécimen de hembra citadina, complicada y repetitiva que se obstina en patear una cuarentena inapelable a base de cremas francesas y menjunjes alemanes de venta directa en línea, que lo mejor que brindan es el perfume. Sin hablar de sus soporíferas experiencias dentro del elitista gimnasio de San Fermín, donde no lograba levantarse aún a su “personal trainer”. Lo que justificaba sus pésimos humores y un insuperable mal gusto a la hora de elegir.

Y porque el PT no daba bola, ahí estaba entonces el cúmulo de anabólicos que nos acompañaba y coreaba a viva voz. Cara de angel listo para caer, ob-via-mente, y esa turgencia insoportable en la piel y demás superficies manifiestas que transforma el deseo implícito en la firme convicción de promover la abolición de los menores de 45. El musculoso lázaro de este fin de semana –demasiado UV para mi gusto, entre otros horrores– además rezumaba sus escasísimos treinta en un vaho hormonal blasfematorio para el par de juvenoides que pretendíamos ser Myriam y yo. ¿Qué tenía puesto?... Una remera blanca dos números por debajo de su talla, unos jeans empetrolados y desectructurados –¡y sin marca visible!– que sugerían con innegable estrategia el bulto, los triceps y las pantorrillas, y unas tenis blancas (sí, Mike, así que ya se imaginan la especie) de inocultable uso previo. Y encima, cantaba bien y lograba tapar el cacareo imperdonable de Myriam.

Ella, con dos verdaderas maletas por ojeras ocultas detrás de unos Dolche & Banana ahumados de destockage, calzada sólo-Dios-sabe-cómo dentro de unos elastizados negros Bap que parecían continuarse en la camisa Chatel abierta por encima del ombligo. Los tres íbamos perdidos en la niebla de perfumes franceses (Unbarrio, yo, el pestilente Orgamis, ella, y Pulpe mezclado de sudor el otro), para desorientar cualquier olfato incisivo que pudiera cruzarnos, sobre todo gritando estribillos como desaforados. Bastó un cruce de miradas en código para que Myriam se diera cuenta de que tanto canto esencial sobre el pavimento había provocado que el rimel (L'Oneo N° 17) se le corriera. Recomposición inexorable frente a la primera vidriera, unos metros antes de llegar al bar. 

Ni ella ni yo porque el musculoso no contaba imaginamos encontrarnos con Ignacio en aquel lugar. Nos miramos inmutables con Myriam, sendos Daikiris sostenidos por dos dedos en las manos izquierdas, y se nos iluminaron los ojos.
Subió de peso... –declaró Myriam.
Está solo... –deseé en voz alta yo.
... pero los años lo hacen todavía más interesante –se relamió.
... y esta noche yo también –rematé.

Nos enviamos puñales a través de los ahumados (marrón 12 a verde 16, los míos, un azulado monótono y francamente mediocre los de ella) y supimos que la batalla acababa de comenzar. Se nos olvidó la música y los buenos modales, porque ya estábamos a los codazos intentando hacernos paso entre la multitud.
¿Y qué hacemos con tu Juancho Anaboleta? –susurré de forma insidiosa.
Chocolatito –se volvió hacia él y lo acarició con una voz empalagante–, ¿por qué no te vas a cubrir ese cuerpo de dios griego con un poco de sudor? –sugirió señalando al grupo que bailaba a un costado. Yo creí entrever en el asentimiento de su musculoso partenaire un aire con perfume de descargo–. Ya está –agregó Myriam. Dejando la copa sobre la barra, se recompuso, se reacomodó las lolas y me enfrentó como en los viejos tiempos.
Oquéi –respondí–, sin trampas y que gane quien se lo merezca –propuse–. Pero recordá que fue mi primer amor.
Pero, ¿de qué me hablás, ternurita? –me saltó la fiera–. Si vamos a esgrimir amores verdaderos, mejor llamate a la franqueza… Lo amé yo antes que vos, y estoy segura de que algo de aquel fuego debe de haberle quedado… A parte –agregó–, si vino hasta mí fue porque no te soportaba más y necesitaba un buen par de lolas.
Vino hasta vos… –remarqué con ironía–. Te metiste entre nosotros y le pegaste las tetas en la jeta como una ventosa ni bien viste que dudaba… Y tanto lo confundiste, que al final casi se convierte en cura…
Pero, ¡por favor! ¿Vos te viste alguna vez en el espejo? –me laceró con su filosa frialdad.
Sí –repliqué al tono–, yo no tengo dos globos vulgares que me tapan la visión. 

Ya estábamos por trenzarnos, como era nuestra costumbre cuando se trataba de hombres, pero nos paramos en seco al ver que Ignacio estaba muy cerca, efectivamente solo y buscando en el caos un punto de referencia. Yo diría que primero me vio a mí; pero Myriam argumentaría que lo primero que todo el mundo ve son las puntillas que bordan sus despampanantes senos (silicona brasilera talla 98C, 1998, mal año, a rehacer). En ambos casos nos equivocaríamos. Como sea, Ignacio nos vio y logramos a empujones, codazos y pellizcones acercarnos hasta él.
¡Marce…! ¡Myrita…! –exclamó con irreprochable sorpresa el candidato–. ¡Tanto tiempo! –y nos brindó sendos besos profundos y prometedores por los que cualquiera le vendería el alma al diablo.    

Entonces Myriam, sin perder un segundo, comenzó su juego de paneo de lolas de izquierda a derecha hablando del recital que veníamos de presenciar y de los buenos tiempos, y de derecha a izquierda, posando la mano llena de uñas postizas a la francesa (200 mangos en Almambo, color insípidamente púrpura). Al mismo tiempo, yo usaba mis armas: la mirada cómplice y el perfil izquierdo que resalta mi nariz y la curva de mis nalgas aún deseables. Y en pleno despliegue armamentista y en stereo, fue que regresó el Juancho Anaboleta.
¡Ignacio! –escuchamos la exclamación a nuestras espaldas.
¡Javi! –se abrió paso el candidato.

Y se abrazaron, se dieron incontables besos y se dijeron los piropos tópicos. Myriam y yo, sin mirarnos y al unísono, tanteamos con esfuerzo la barra para recuperar las copas de Daikiri, pero el barman ya había perpetrado el raid.
Myriam –dijo el Anaboleta acercándose con Ignacio de la mano–. Qué buena idea haber elegido este lugar –agregó con esos dientes todos igualitos. –Hace un pedazo que quiero reencontrarme con Nacho, y justamente por acompañarte a vos me lo vengo a encontrar acá. –Y Myriam cambió el rictus de asombro al de la mujer que ya se sacaba el taco aguja (van der Merdes, 12 cm, saldo de verano) para hundírselo en el ojo a su interlocutor–. Y tenemos mucho de que hablar, ¿no es así guerrero? –Y le pegó al candidato en el pecho con el puño seguro y los ojos desbordados que prometen lujuria.

Ignacio no dejaba de mirar al Anaboleta con los mismos ojos que alguna vez se posaron sobre mí. Se acercó, sin soltarle la mano a Javier, y me dijo: –Marce, te veo muy bien… A ver si nos hablamos uno de estos días, che. –Y volviéndose hacia Myriam, que estaba agazapada contra la barra como una pantera lista para saltar, formuló la mentira conveniente: –Y vos Myrita, estás radiante como siempre… –para agregar– Espero que no me lo hayas pervertido mucho a Javi. Me lo prestás un ratito, ¿no? –preguntó guiñando el ojo derecho. Y así los dos se perdieron en la multitud, entre las risas y caricias de quienes preparan el reencuentro íntimo.

Salimos del bar casi sin hablar y comenzamos a caminar hacia la avenida. Myriam se quejaba de los putos taxis ausentes de esta puta ciudad aburrida.
–“Mi guerrero” –irrumpió cerca de una esquina–, mirá que hay que ser cursi para llamar a alguien así.
Ya te había dicho yo que tu Anaboleta no me gustaba; muy joven... –agregué.
Marcelo –me paró y preguntó–, ¿me estaré convirtiendo en una vieja culona y vos en un gay ridículo?
¿Qué decís, Myriam? –respondí–, si estamos divinas... ¡como dos vírgenes! 

Explotando a carcajadas, nos tomamos de los brazos y mientras avanzábamos hacia la avenida, nos pusimos a cantar a gritos y sin importarnos otra cosa el último tema del recital. 

Like a virgin, ¡uuuh! touched for a very first time…
 

28 de abril de 2010

Presentación de Elementos Básicos en la Feria Internacional del Libro - Buenos Aires




Aunque sé que algunos tampoco podrán estar en ésta por la distancia, me permito enviarles a todos la invitación a la segunda presentación de mi libro Elementos Básicos, esperando que quienes así lo puedan se hagan un ratito para encontrarnos.

Cuándo: el domingo 2 de mayo a las 16:30 hs.

Dónde: en la sala Alfonsina Storni, en la Feria Internacional del Libro, Predio ferial de Palermo, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Para mí éste será otro momento muy importante en el que me gustaría estar con todos ustedes. :)


Un abrazo de oso,
Alejandro

PS: Estaré en el stand de Dunken (número 922, pabellón verde) dispuesto para charlar y dedicar los libros el mismo domingo entre las 15 y las 16 hs. 

27 de abril de 2010

De Puentes Y Bichos


Puente carretero de Río Cuarto (foto de este sitio)

De puentes y bichos
Alejandro Luque

Palomas y cuervos. Y por supuesto gente. Pero ni un miserable perro que ladre o que decida hacer de su camino el mío. Tampoco un gato. Las calles y los barrios, no obstante, podrían albergar esos bichos que siempre pensé ubicuos porque solían pulular los lugares en los que viví. Pero aquí no.

Río Cuarto tiene un puente carretero que divide la ciudad en dos bandas: la opulenta y tradicional del sur y la norte, que en aquella época era un desierto en plena conquista. La estructura metálica se yergue sobre un intento de río que muchas veces no es más que un hilo irónico que alimenta la sed veraniega de los riocuartenses. El puente, al que fotografié en detalle para el asombro de los lugareños que lo consideran como un mero paso sin interés, fue ensamblado por un equipo de alemanes en 1914. Siempre me imaginé que algún director de cine lo usaría para filmar una de esas películas bélicas de corte norteamericano, de la que es un fiel exponente. Macizo y eficiente, como toda la tecnología germánica, flota por encima de ese vacío que debiera ser llenado por el cuarto río de Córdoba. El trayecto tiene unos quinientos metros y sendos pasajes peatonales a los costados. Los travesaños y las vigas en “v” de hierro y el relieve de los bulones que los mantienen unidos se suceden con inercia, inertes e inmutables. Yo solía atravesarlo a pie sabiendo que no me iba a caer. Y, sin embargo, esa travesía tenía tanto de aventura, porque cada bloque de hierro definía un recoveco, una especie de abrigo efímero que yo imaginaba como un cobijo abierto al universo. Una noche, en uno de esos rincones, encontré un proyecto de gato todo gris y desamparado que terminó en casa respondiendo al único nombre de una larga lista de intentos: Férula, como el estricto y resecado personaje de La Casa de los Espíritus.

Mis noches de lujuria al otro lado del río “pandito”, regadas de Blenders compartidos con amigos que se volvieron indispensables porque embriagaron mi corazón, me obligaban a pasar por el puente a diario, y de vuelta muy tarde… nocturnamente. La tasa de alcoholemia al regreso jugaba sus descontroles, pero la solidez del puente contenía las posibilidades accidentales de cada movimiento torpe y desencajado. Un hombre borracho y con el corazón lleno pisa mal, huele mal, pero nunca olvida en qué dirección está su norte… siempre de frente entre los diez grados a la derecha y los diez a la izquierda. En esas travesías solían acompañarme los cuzcos ocupas de las dos riveras: verdaderas carcasas vestidas de perros que salían de la oscuridad que reinaba a los lados de las dos entradas del puente. Ladraban frases tan feroces como pretenciosas, pero que terminaban siempre con esa tonta aceptación canina frente a la mano que se estira prometiendo una caricia. Ese gesto humano, que más que otra cosa tenía por objetivo el de amansar los ladridos que atontaban y revolvían el alcohol en la sangre, atraía toda una cohorte desordenada que se diluía casi siempre antes de llegar al otro lado del puente. Sí: nada de confundir territorialidades.


En ocasiones, algún cuzco obstinado intentaba seguirme más allá, donde el asfalto se pierde en una estela de polvo que penetra el desierto de la Banda Norte; pero los guardianes caninos de la otra orilla se despertaban, y el cuzquito osado volvía sobre sus pasos, desconfiado y precavido. En el garaje de estudiante donde vivía, Junín al 250, me esperaba Férula con sus miaús roncos y su pelambre plomiza presta a algún mimo mínimo, pero no demasiado, lo justo, lo que aquella gata decidía. Quizá entonces ella percibía mis estados de embriaguez o, simplemente, vivía su oficio de gata cuyo dueño casi nunca estaba en su madriguera. La cama solía ser una superficie donde arrojarse cansado para metabolizar el alcohol en menos de seis horas, antes de volver a la universidad e intentar escribir una tesis.


Por aquellos días y aquellos lares, el asfalto de la ciudad se confundía con los caminos de tierra, sobre todo en la Banda Norte. No era necesariamente un problema, salvo cuando las precipitaciones iban más allá de las improbables previsiones. Allí y entonces, las calles de asfalto se convertían en pasarelas de agua que desembocaban sobre los alisados a los que transformaban, en minutos, en verdaderos estanques fangosos poblados de cuanto bicho uno pueda imaginarse. Arañas de colores asombrosos, hormigas desesperadas que extendían puentes imposibles, garrapatas flacas que se escondían en los aleros de las casas, grillos silenciosos y perturbados que colonizaban los zaguanes, ratones, por lo común ausentes, que atravesaban desorientados los salones y las cocinas, alguna culebra desalojada… y millones de fastidiosas moscas embelesadas de tanto terreno pegajoso. Al almacén de la esquina iba en botas para comprar matamoscas y espirales contra los mosquitos que brotaban de los estancos sin parar. Nunca faltaba una sanguijuela que se incrustaba en el jean o la piel y que había que despegar con asco para tirarla en el inodoro, lo cual bien pensado era un acto de desplazamiento. Allí arqueaba su cuerpo y se condensaba, justo antes de que vaciara el depósito de agua. Y por la noche, las ranas. No sólo el coro, sino también la visita promiscua. Tanta agua por todos lados invitaba a traspasar el bajo de las puertas, a trepar por los vidrios y saltar dentro de la pileta de la cocina o sobre la cama.  Allí las encontraba por la mañana, perdidas, desesperadas, en un universo equivocado e impropio.


En esos momentos, Férula se volvía más salvaje que de costumbre y no comía su alimento. Pasaba la noche fuera del garaje correteando sobre los techos. A unas cuadras, el río pandito se volvía una masa alocada e incontenible de agua que bajaba hacia su destino, y cruzar el puente de ida o de vuelta cobraba una nueva magnitud. Con todo, los cuzcos no abandonaban jamás sus escondrijos ni sus hábitos. Al otro lado del puente, las tertulias de discusiones eternas con mis amores, intentando resolver el mundo y explicándolo de todas las maneras posibles, se sucedían sin considerar el nivel del agua. Las noches eran abiertas y los perros seguían ladrando. Los gatos maullaban sus celos como bebés desesperados. Los zorzales y las urracas pasaban, anidaban y después partían, como el agua.

Hoy, justo antes de atravesar el majestuoso Pont Alexandre III con una lata de cerveza fuerte en la mano, me asombré de la belleza del Grand Palais a la izquierda y de la contundencia neobarroca del Petit Palais a la derecha. El Sena, masivo y agitado, reflejaba los rayos de un sol tímido sobre su cresta e iluminaba el oasis de árboles rivereños que nunca dejó de irrigar. Había mucha gente sacando fotos y hablando idiomas inciertos. Casi por instinto busqué algún perro suelto, algún gato abandonado en un rincón. Sólo encontré hordas de palomas y varios cuervos saltando a la pezca de algún tesoro. Alguien se acercó y me pidió en una lengua universal que le sacara una foto, y clic. Volaron algunas palomas mientras uno de los cuervos, posado sobre la cabeza de una ninfa, miraba con avidez el ocular de la cámara que seguramente reflejaría el sol. Sin pesar, con la convicción que da una vida plena de decisiones, tomé conciencia de que siempre crucé los puentes solo, y hoy lo volvía a hacer tan embriagado como antes.

Del otro lado del puente recordé y no pude evitar comparar los desiertos y los oasis de la vida. Bien que a mi espalda se acostaba el sol sobre la torre Eiffel, uno de mis espectáculos preferidos, me di cuenta de que en París no hay perros en las esquinas, ni gatos abandonados. No hay calles de tierra ni la ironía de un río pandito que se desborde. Sólo palomas y cuervos. Y, por supuesto, extraños.

8 de abril de 2010




Presentación de Elementos Básicos en La Casa de Madera - Mar del Plata

Aunque sé que algunos no podrán estar por la distancia, me permito enviarles a todos la invitación a la primera presentación de mi libro Elementos Básicos, esperando que quienes así lo puedan se hagan un ratito para encontrarnos.

Cuándo: el viernes 16 de abril a las 19 h.

Dónde: en La Casa de Madera, Mar del Plata, en la calle Rawson al 2250.

Para mí será un momento muy importante en el que me gustaría estar con todos ustedes. :)

Un abrazo de oso,
Alejandro

PS: no tengo los libros en mi poder, y no sé cuando estarán en librería. Sí sé que ya está disponible en el catálogo de Dunken:

En Buenos Aires la presentación será el 2 de Mayo, en la feria del libro. Por esa otra presentación ya recibirán las precisiones.


3 de abril de 2010

Publicación de ELEMENTOS BÁSICOS


Link al catálogo de Editorial Dunken--> Elementos Básicos - Alejandro Luque


Elementos Básicos
Cuentos y relatos breves

Alejandro Luque



Elementos básicos es una recopilación de textos “revisitados” que surgieron de mi participación en dos espacios literarios en línea: el Foro de cuentos de LNOL y el foro de cuentos y relatos breves Perras Negras. La antología refleja mis preocupaciones y vivencias más importantes durante los últimos cinco años, como la comunicación, la soledad, el extranjero, el valor de la palabra, los miedos primarios, las pasiones y los deseos, las injusticias, el asombro y la desilusión, la esperanza, el desencuentro y el pasado como causa que nos precede.

Organizados en cuatro capítulos y un epílogo implícito, los treinta y nueve relatos de Elementos básicos parecen entablar un diálogo independiente a su propia creación, resonando con insistencia una serie de conceptos e imágenes como si dialogaran en voz baja entre ellos a veces de manera sutil, otras de forma manifiesta. De alguna extraña manera, los cuatro símbolos persisten en cada historia como la quintaesencia de una memoria indeleble en el propio intento de escribir.


Luque, Alejandro
Elementos básicos. Cuentos y relatos breves.

1a ed. - Buenos Aires: Dunken, 2010.
160 p. 16x23 cm.
ISBN 978-987-02-4399-1
1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. 3. Relatos. I. Título
CDD A863


2 de abril de 2010

Entenderás


 Campaña española contra la violencia de género

Entederás
ADL

Pensaste quizá, desde el principio, que ciertas expresiones de mi rostro carecían de sentido, y por eso te permitiste persistir y volver a comenzar, una y otra vez. Y quizás también los monosílabos que me arrancaba tu insondable presencia te parecían un juego, un murmullo de gata arisca y caprichosa que siempre terminaba viéndote allí arriba como al enorme y poderoso domador de fieras que pretendías ser.

Quizá creíste, al regresar esta tarde con un nuevo saco repleto de promesas y súplicas repetidas, que encontrarías a la misma mujer en la casa: esa que siempre fui y que vos te empeñabas en tallar con tus manos, tu cabeza, tus piernas, con lo que se te cruzara en el camino. Sin duda te olí desde la habitación antes de que tus puños comenzaran a descargar su impaciencia sobre la puerta que no debías franquear. Vos, como de costumbre, habrás percibido mi desesperación aferrándose a los muros de nuestra ruina labrada a fuerza de desrazones.

Quizá en ese momento te convenciste de que los eternos vecinos ciegos sordos mudos seguirían sin entrometerse. Seguramente fue por eso que, desde tu cómoda impunidad, derribaste la puerta como un toro rabioso, te volviste a meter en mi vida y en mi carne que considerabas tu propiedad, y me arrinconaste ‒una vez más‒ entre la cama y el ropero ya vacío. Como de costumbre no escuchaste los gritos, todos tus gritos. No necesité aclararte que me largaba porque no me diste tiempo. No obstante, al reconocer los efluvios imparables de tu adrenalina, volví a decirte "¡No!".

Quizá el germen de tu enfermedad fue siempre la injustificable imposibilidad de comprender el alcance y el límite de esa palabra tan simple, por lo que el último golpe fue el más certero de toda tu vida y llegó antes que la policía.

Pero si algo hay de seguro, aunque ya sea tarde, es que ya no podrás venir a dejarme flores ni a llorarme arrodillado. Desde hoy podrás empezar a domar el tiempo en tu jaula para imaginar qué habría sucedido con nuestras vidas de haber respetado el significado del primero y el último de mis “¡No!".

Pantalla (Intimidades)


Fotomontage del biologuero

Pantalla (Intimidades)
Alejandro Luque

Pantalla (RAE): séptima acepción, femenino. Persona que, 
a  sabiendas o sin conocerlo,llama hacia sí la atención 
en tanto que otra hace o logra secretamente una cosa.


Abrió la sesión de chat como George35 y respondió, “CindyC, la foto que me agregaste a tu último mensaje me conmovió al punto de no saber cómo responderte”. Encendió un cigarrillo y saboreó el Johnnie Walker que comenzaba a corroer el alma de los tres cubos de hielo. Agregó: “Me permito tutearte porque siento que no tiene sentido ocultar”, pero se detuvo abruptamente en la palabra ocultar, y comenzó a jugar con ella en la pantalla.

Ocultar
Tucoral
Tarluco
Culotar
Culo… culo… CULO… ¡CUUUULO!

Tipeó tres puntos suspensivos y envió la frase inconclusa. Inmediatamente le llegó la previsible consternación de CindyC:  "(?_?)." El jean se había transformado en una prisión insoportable. Un buen sorbo de alcohol le quemó la garganta que seguía declinando la vibración de esas dos sílabas. Se levantó del sillón y sintió entre sus piernas una potencia incontenible pujando por aflorar al mundo y caer en buenas manos, en el calor y la humedad que esa parte de su cuerpo deseaba incesablemente. Fue a la sala de baño para calmar la fiera, para intentar jugar el rol cotidiano de partera que asiste con empeño y recibe la gozada semilla sin destino.

El espejo estaba ahí, justo encima del lavabo. Era lo suficientemente grande como para que sus ojos le devolvieran la imagen del cuerpo por encima de las rodillas. Un poco más arriba debía  de estar la fiera erecta esperando la caricia, la contención y el estímulo. Esbozó el contacto de la mano que dirige y recibe, pero ya sabía a la perfección que los espejos son unos espurios caprichosos.

Por eso los ojos de la persona que imitaba sus movimientos al otro lado del espejo se elevaron para alcanzar aquel otro lugar prohibido de la intimidad de quien está solo y contrariado. Fueron los esos ojos, y no los suyos, los que subieron la línea del vientre y pretendieron ignorar con brusquedad el magro relieve de unos senos que se resecaban por debajo de la remera arratonada. Más arriba delataban los rasgos indelebles de una mujer rígida que exudaba canas cincuentenarias. Entonces el cuerpo, y no la imagen, gritó un eructo de alcohol y obligó a que los cuatro ojos descendieran hasta su pelvis. La bragueta estaba abierta, la sensación de erección persistía pero lo único que emergía a través de la abertura era la vellosidad revoltosa del pubis que siempre odió. La vieja mujer en el espejo derramó una lágrima que él, del otro lado, se negó a enjugar, acostumbrado a lavar las mentiras que se esgrimen con vehemencia en ese reducto de todas las limpiezas y bajezas.

Volvió al ordenador y retomó la frase para terminarla con la misma excitación entre las piernas, “... no tiene sentido ocultar cuánto ha encendido al hombre que me habita, un hombre con poca experiencia pero dispuesto a amar a una mujer como vos. Me sonrojo de sólo pensarlo, pero necesito decirte que estamos destinados a encontrarnos. Si logro reponerme te enviaré la foto que me pedís. Tuyo y en vilo, G”. Envió, se prohibió más caricias y se dispuso a esperar lo que sea mientras absorbía las últimas gotas de whisky que quedaban en el vaso.

Del otro lado, CindyC_ leía con una sonrisa tempranamente morbosa sobre los labios y enviaba un emoticono de complicidad: "(°_~)". Desde otra habitación del departamento, su madre volvía a gritar por segunda vez, “¡Juanma, apagá esa consola y ponete a hacer los deberes, ya!”.