28 de abril de 2011

El Fin De La Anomalía


Le guide des Cités (Schuiten & Peeters)


El fin de la anomalía
Alejandro Luque


Era la tercera vez, en menos de quince días, que el becario de cartografía costera entraba al despacho para informarme acerca de una anomalía en las mediciones geodésicas de la región de Zahmar. Pero esta vez, sin llegar a perder el rigor del protocolo académico, me presentó el problema con una inocultable ansiedad: “Profesor Guimard, tenemos una nueva diferencia de treinta codos entre la última carta y los datos recién adquiridos por el telémetro”. A continuación, Tassel ­–así se llamaba el joven–, me acercó nuevamente el mapa de la costa zahmariana, que yo mismo había actualizado un par de días atrás, y una tira de papel con los datos topográficos a lo largo de la cual las irregularidades estaban subrayadas en rojo. Mientras yo cotejaba las mediciones, Tassel sentenció: “Si el telémetro está funcionando correctamente, estos datos implicarían que el plató de Zahmar está elevándose a razón de…”
–¿Cien codos cada quince días? –rematé su frase sin ocultar un cierto dejo de ironía.
–Exacto, Profesor. Pero usted y yo sabemos que eso es imposible –protestó el joven.
–Imposible, téc-ni-ca-mente –hice hincapié en la palabra–. ¿Cuándo se hicieron las últimas verificaciones del buen funcionamiento del telémetro, Tassel? –pregunté sin dejar de cotejar la lista de grados y medianas y calculando en mi cabeza las variaciones que parecía volver a sufrir la topografía costera.
–Hace poco más de un mes, Señor –respondió el becario, y agregó–: yo mismo envié la orden al equipo de mantenimiento que verificó el buen funcionamiento del aparato, y…
–¿Hay algún aeromóvil de la Oficina disponible y capaz de alcanzar el plató de Zahmar? –interrumpí mirando el almanaque sobre el muro.
–Mañana temprano, un equipo de exploración debe establecerse al sur, por lo que en dos días podría llegar…
–Reserve inmediatamente dos plazas, a su nombre y al mío, y espacio suficiente para el equipo de campaña –ordené sin pensar otra cosa que en la ilusión que me producía un viaje aéreo que, además, terminaría con esas lecturas imposibles.
–¿Usted, Profesor?... ¿Va a viajar? –preguntó asombrado el becario.
–En efecto –contesté inmutable al tiempo que recorría con mis dedos el borde de la costa en la carta–, y cuento con que usted se encargará de todos los detalles. ¡Ah! Y ofrézcale a su fiancée mis disculpas por separarlo de ella el resto de la semana.
–Con mucho gusto, Profesor Guimard –aceptó un Tassel tan displicente como insondable. –¿Algo más, Señor?
–Sí –respondí–: asegúrese de conseguir cantidad suficiente de cuerdas y material de alta montaña. Si algo está elevándose en Zahmar, habrá que escalarlo o descender de él.
Y con esas palabras me volví a zambullir en el mar tranquilo de mi escritorio sobre el que las cartas topográficas danzaban las curvas de sus líneas sutiles; curvas que podría al fin observar con mis propios ojos sobre el terreno, después de tantos años.

Toda mi vida detesté los terramóviles, tanto los individuales como los comunales, por lo que siempre que podía prefería caminar el trayecto que une la tumultuosa Oficina de Cartas, en el centro, con la preciada soledad de mis departamentos en la periferia de Sortiaris. El atractivo global de la urbe en plena expansión productiva había disminuido en los últimos decenios, pero los dos recorridos que solía tomar de ida y vuelta del trabajo me permitían disfrutar de ciertos espacios y construcciones tan intactos como los descubriera en mi infancia, medio siglo atrás. Pegado al Portal Mayor del casco principal se yergue la ocre oficialidad del Pabellón de los Mil Pasos con sus alzadas inclinándose hacia la ciudad, tal los sombreros de dos níscalos vidriados que vigilan la buena conducta de los sortiarinos. Casi enseguida, el Hotel Ambré de Fronteras –una delicia de nervaduras ascendentes que definen como en la fronda de un helecho sus once balcones singulares– abre en su ala derecha un casi imperceptible y estrecho pasaje orgánico tallado en granito verdoso que desemboca en el Gran Boulevard. Allí las glicinas, los cerezos y las calas perennes, que se extienden por casi una milla hasta la circunvalación principal de Sortiaris, exudan sin empacho el dulzor de su néctar y delinean con delicada parsimonia las viejas casonas bajas del Barrio Primo.
Muchos años atrás, una tarde soleada y calma, caminábamos con mi padre por ese mismo boulevard. Sin soltarme de la mano, me anunció dos novedades que entonces no supe comprender del todo: su enfermedad y la fuga de mi madre. Poco tiempo después comprendí que esas dos desgracias en mi vida, la interminable postración de mi padre y el abandono inexplicable de su mujer, me habían arrebatado la infancia de golpe. Porque pocas veces se puede decidir frente a las catástrofes, sobre todo cuando se es aún una criatura. Es al final del Barrio Primo donde vivo desde que nací, y solo desde la muerte de mi padre.
Ya en mi hogar aquella noche comencé a ordenar el bolso de campaña luego de horas de haberlo buscado en todos los placares. Acaso también por falta de costumbre, subí a la habitación de mi padre con la sensación de tener que excusarme por la ausencia que provocaría este viaje. Pero, obviamente, sólo encontré la cama vacía con el servicio de noche ordenado a un costado. Y ese tufo a miasmas de enfermo, impregnado en el cuarto aún después de tantos años, que me abofeteó de nuevo la cara y que perduró en mi conciencia olfativa hasta que logré más tarde conciliar el sueño.

Por la mañana me desperté más temprano que de costumbre e irremediablemente excitado, casi como una criatura que sabe va saborear el gusto de una golosina excepcional: el de la aventura. Volví a la Oficina tomando el segundo recorrido que bordea al Barrio Primo hacia el levante. Me dejé deglutir por los corredores peatonales que divergen a modo de zarcillos desde la inmensa Estación de Aeromóviles, cuyos hangares se expanden a la horizontal como ramilletes imbricados de hojas de viña que buscaran sedientas la embriaguez de la luz.
Parado en la puerta de mi despacho y peinándose con los dedos su siempre prolijo bigote en gancho, Tassel me esperaba con manifiesta impaciencia; y al verme llegar se acercó con sus carpetas en los brazos sin darme tiempo a nada. Las cifras que comunicaba el telémetro en Zahmar se habían duplicado en el transcurso de las últimas horas. Alcancé a descubrir en su mirada el miedo a lo incontrolable contenido con dificultad. Hasta su delgada postura, de común erguida y desafiante, ahora había perdido toda esa provocación de quien considera el futuro –si lo hace– como una quimera ajena, para transformarse en la silueta de un hombre encorvado frente a la desprotección inminente.  Desde una inusitada empatía intenté calmarlo con una palmada en el hombro y la invitación de sentarse a discutir en mi oficina. Por primera vez en la vida me vi a mí mismo tratando a alguien con un sentimiento de consideración y de reparo: algo así como una protección paternal, no menos novedosa para el célibe incorruptible que siempre fui.
Curioso, sí, ya que ni siquiera durante las interminables noches en vela pasadas al lado de mi padre postrado, cuyos huesos cedían al simple efecto de la gravedad, sentí protegerlo. En realidad asistía a su agonía desde el mandato filial que hoy razono como un fardo terrible, monstruoso e injusto. Solía preguntarme por qué mi madre nos había abandonado, en vez de estar calmando los dolores de su marido, de acompañarlo en su agonía alimentándolo a purés y consomés sin perder la paciencia, limpiando las excreciones incontenibles de un cuerpo impedido, y cuidando de su hijo ¿Por qué yo tenía que asumir esa anormalidad familiar que me arrebataba el presente y condicionaba mi futuro? Pero no hubo jamás respuesta sino la obligación ineluctable de hacerme cargo, de estar todo el tiempo inclinado sobre el lecho paterno de muerte. Y ahora, como una ironía de la vida, no sólo también me estaba haciendo cargo de ese becario que sufría el vértigo lacerante del mundo que se desmoronaba a sus pies, sino que también sentía la curiosa urgencia, la irracional necesidad de ampararlo. Sin manifestar mi descontento por el transporte ni la excitación por el vuelo, acepté que un terramóvil de la Oficina nos condujera a la aeroestación.                      
Es verdad que hacía varios años que no me desplazaba en un aeromóvil, y que tampoco antes lo había hecho con frecuencia. De alguna manera, mi responsabilidad como Geodesta Principal en la Oficina de Cartas también había decidido por mí, bien a pesar de mi repulsión por arraigarme a cualquier responsabilidad, imponiéndome un cómodo despacho, la rutina del cartografiado y un título honorífico de profesor. Hacía décadas –¿lustros?– que mi función había quedado cristalizada en el análisis del suelo, pero todo ese trabajo lo llevaba a cabo sin moverme de mi escritorio y sobre las cartas atiborradas de cotas y valores que otros relevaban del terreno por mí. Quizá por eso la sensación de libertad que me producía viajar por el aire siempre había quedado rezagada a mis obligaciones profesionales. No obstante, la posibilidad de volar solía excitarme de forma contradictoria: ver la topografía de nuestro mundo desde mil pies de altura era, sin duda, el evento empírico más elocuente de mi profesión. Pero a la vez me volvía el niño que había dejado de ser de forma prematura cuando sólo pensaba en errar por los cielos. Lo que no quitaba que el asunto de Zahmar había que resolverlo de forma rápida y eficiente, aunque más no fuera para transmitirle a Tassel la confianza que había perdido en la solidez inalterable de nuestro mundo.

Durante los casi dos días de vuelo que nos llevó atravesar el imponente macizo de Ôlalyc que separa la región de Sortiaris de la costa de Zahmar, no pude disimular el interés que despertaba en mi interior la visión del mundo allí abajo. Pasaba horas en mi camarote con la nariz pegada al ojo de buey, y sólo retomaba mis apuntes y mis cartas cuando el joven becario se asomaba, curioso o preocupado, a través de la puerta. De hecho, Tassel mostraba su eficacia preparativa y su espíritu imbatible de organización en todo momento. Con su levita gris ceñida a la desvergonzada juventud de su cuerpo esmirriado, iba y venía de la cabina de pilotaje del aeromóvil a nuestros cuartos de equipaje sin dejar de comunicarme el estado del crucero, los pormenores climatológicos que se abatían sobre el terreno y asegurándose de que nuestro equipo estuviera en condiciones. No me asombraba la vitalidad que desplegaba, propia de su edad, sino la imprevisible madurez de cada acción que ejecutaba, como si las causas del temor que incuestionablemente lo invadía fueran a desvanecerse gracias a su meticulosa ocupación.
A los postres de la cena del primer día le pregunté si su fiancée sabría disculpar lo inoportuno de este viaje, y no dudó en responder con un inocultable brillo en su mirada que “¡Por supuesto, Profesor! Mi Tiffany es conciente de la importancia de esta campaña y de la necesidad de llevarla a buen término”. Contemplando la delatora claridad de sus ojos pardos, pensé en los mudables conceptos de importancia y necesidad, y no pude menos que alegar: “Querido Tassel, no deje nunca que lo importante y necesario se convierta en el hacedor de su propio infortunio o de quien lo rodea”.
–Lo tendré en cuenta, Profesor Guimard, pero ¿no es por eso mismo que vamos a corroborar que todo en Zahmar esté en su lugar?
–En su lugar o no, Tassel… o no –repliqué con un tono seguramente amargo, para luego agregar–: quizá estemos yendo a Zahmar para terminar de asumir que el mundo en el que habitamos, el suelo que creemos incambiable e inamovible según lo muestran las cartas que trazamos, sea una aberrante tontería más.
–No entiendo, Señor… –replicó el joven con un aire asombrado y aun perturbado.
–Ya lo hará, estimado Tassel –y aunque no pude dejar de percibir su desasosiego, continué–. Ya llegará el momento en que la necesidad y la importancia de esta anomalía nos pondrán a prueba a ambos, aunque sólo se trate del capricho de un telémetro defectuoso que malinterpreta la inquietud que sufre el suelo de un yermo despoblado.
             
Por la tarde del segundo día, Tassel golpeó la puerta de mi camarote por última vez para anunciarme que el aeromóvil nos depositaría en el refugio costero, a menos de dos leguas del telémetro. “Y despreocúpese, Profesor” aconsejó el becario en el intento poco sutil de hacer referencia a mi edad y la prominencia de mi abdomen. “Le aseguro que la maniobra de desembarco será bastante simple: el aparato adquirirá posición de aerostato a unos cincuenta pies sobre el refugio. Tendremos que descender por una escalera estructural que se desplegará a un lado, y del otro recuperaremos del guinche nuestro bagaje que…”. No pude menos que interrumpir esa verborrea nerviosa que comenzaba a sacarme de quicio. “¡Tassel! ¿Acaso olvida a quién le habla?”, lo increpé, y se retiró sumiso y esforzándose por ocultar aún más su ansiedad.
Unos minutos después pisábamos la zona costera del plató de Zahmar. Tassel, en completo silencio, reunía todo el material de campaña, mientras que yo recuperaba el aliento apoyado sobre una roca. Antes de continuar su ruta, el piloto nos recordó, en el código inconfundible de la navegación, que pasaría a recogernos en dos días por el mismo lugar. El tenor adicional de su mirada recorriendo compulsivamente el paisaje en todas direcciones escondía otro mensaje que decidí no descifrar en ese momento.

Las violentas ráfagas de viento a ras del suelo me resultaron caprichosas, inexplicables para la región. Hasta donde sabíamos, Zahmar era una baja meseta abierta al mar en la que los vientos continentales no alcanzaban a azotar sus planicies interminables gracias a la barrera del macizo montañoso de Ôlalyc, en el poniente. Caminamos el yermo durante un par de horas, y antes de llegar al refugio vi en los ojos de Tassel el chisporroteo de una preocupación creciente. Ya había notado que el terreno que nos sostenía parecía vibrar. Más que una vibración, la sensación era como la de estar en un montacargas que se elevaba dubitativo y con dificultad.
–Tranquilo, mi estimado Tassel –intenté calmarlo e invitarlo a resolver, de una buena vez, la peculiar anomalía que tanto lo preocupaba–. El terreno parece inestable, pero seguramente esto se debe a un reordenamiento de las placas subyacentes que terminará tan pronto como empezó –impartí la académica seguridad de la misma manera que en mis épocas de estudiante recitaba los tratados de plegamientos de placas antes de los exámenes.
Como un desafío a mis palabras, un violento sacudón del terreno nos hizo perder el equilibrio. Enseguida, una ráfaga saturada de sulfitos y cianatos que escupió una de las grietas recién abierta a nuestros pies nos obligó a correr en busca de un espacio con un aire menos viciado.  
–¡El telémetro! –gritó el becario en plena carrera, al tiempo que señalaba el montículo donde el aparato de medición estaba enclavado. Con esfuerzo logré alcanzarlo.
–¿Qué dicen las últimas lecturas?
–¡Imposible! –repetía el becario a medida que desenrollaba el papel que el aparato guardaba en su interior.
–¿Qué sucede, Tassel? –pregunté con firmeza, observando exasperado el entorno que parecía aislarse del resto del paisaje.
–Las mediciones, Señor… ¡No puede ser! Estamos…
Arranqué el registro de las manos de Tassel y enseguida comprendí el estado de consternación del joven estudiante. Si los datos eran correctos, la superficie sobre la que nos hallábamos estaba a dos mil pies sobre el mar. Lo que implicaba que la placa que la sostenía se había elevado unos mil seiscientos pies en poco más que dos semanas. Y los números indicaban que la anomalía cobraba una aceleración topográfica irracional. ¿Hasta dónde podría llegar esta irregularidad? ¿Podía ser entonces posible que el mundo que conocíamos, tan estable a través de milenios, estaba al fin cambiando a un punto tal que las cartas dejarían de tener su solidez irrefutable?
Mientras mi mente eructaba como una máquina esas preguntas sin respuestas frente a las mediciones delirantes del aparato, mis pies percibían la inquietud de la tierra como una especie de mensaje sin otro código que el de los grandes eventos: aquellos que sobrepasan nuestro sistema de prevención y predicción. Tassel se había quedado en cuclillas al costado del telémetro, con las manos y los brazos cubriendo su cabeza: la figura indiscutible del hombre abatido por un entorno adverso. ¿No había adoptado yo mismo esa posición el día que el médico anunció que mi padre ya no podría levantarse de su cama y dependería por entero de mí? Igual que poco tiempo después, aquella tarde cuando vi a través de la ventana, y por primera vez, el despegue de un aeromóvil de la aerostación. Entonces supe que mi deseo de volar quedaría definitivamente postergado por la obligación de atender a mi padre el resto de sus días. Ver a Tassel postrado me recordaba aquel momento de mi vida en el que se signó el cariz de mi destino. ¿Por que será tan estúpida e indeleble la historia de los pequeños detalles, como para que uno termine reflejándose en los otros desde la divergencia de todas las imposibilidades de un evento puntual del pasado? De forma contradictoria, cubrimos nuestras cabezas como si quisiéramos contenerlas cuando todo en su interior es ebullición incontrolable. Quizá sea por instinto o, simplemente, por la estúpida pretensión de retardar el estallido de nuestra impotencia soplándola como a una mina activada.

El telémetro comenzó a regurgitar una cantidad enorme de papel. Los nuevos datos que recibía, como diferencias de las cifras anteriores segundo a segundo, resultaban de toda evidencia un absurdo imposible de procesar, por lo que el instrumento terminó exhalando su inaptitud en un estertor de engranajes rotos. Miré el cielo que se acercaba a mis ojos de forma temeraria y comprendí que el plató estaba sufriendo una inmensa  transformación orogénica: el nacimiento de una montaña que seguramente comenzaría a fracturarse de un momento a otro. Instintivamente corrí hasta nuestro equipo cubierto por la bruma tóxica y recogí las sogas, el arnés y las estacas. Me asombré de sentir un cuerpo de sesenta años con capacidades físicas ya olvidadas.
Volví al montículo donde Tassel aún yacía de cuclillas y en estado de catatonia. Sin pensar, lo tomé del brazo y lo arrastré a los tirones hasta llegar al farallón que se precipitaba sobre la costa. Frente al vacío entendí el mensaje en la mirada del piloto del aeromóvil. Clavé una de las estacas en la roca, armé el arnés en el tronco del muchacho y encarrilé a una polea el extremo de la soga que lo sostendría durante el descenso hasta alcanzar la playa. Con horror, sus ojos observaban el terreno de la costa que se alejaba cada vez más de nosotros. Sin decir palabra, lo obligué a saltar por el borde del acantilado. Por encima de mi cabeza, el cielo abría sus fauces para devorar todos mis intentos. Sin reparar en la piel que se desprendía de mis palmas, fui soltando con rigor y premura la soga que le ganaba preciosa distancia a la anomalía. No pensaba otra cosa que en brindarle a Tassel la oportunidad de alcanzar las bases de nuestro mundo. Confiaba en que él aprendería con el tiempo, que entendería las razones de lo importante y lo necesario, aunque el hilo de nuestras existencias entonces fuera demasiado corto como para mantenernos unidos. Cuando quedaron unos pocos pies de cuerda, percibí que el peso al otro extremo había encontrado su equilibrio, y deseé que mi becario hubiera alcanzado un sitio más estable desde el que pudieran rescatarlo.
La superficie del plató se inclinaba y se desgajaba a pasos acelerados como una cebolla vieja, al tiempo que perforaba sin piedad las nubes que encontraba en su ascenso. La inestabilidad del terreno había terminado proyectándome sobre una roca, y boca arriba me sentía catapultado a las alturas como un nimbonauta desnudo. Ya no sentía mis manos ni dolor alguno, como tampoco miedo, ni siquiera resentimiento: sólo una simple emoción primaria y esencial tan remota como familiar.

Vuelvo al lugar del error incalculable, a la causa inexplicable de aquello que está más allá de todo arte, de todo mandato y toda ciencia. Vuelvo al punto donde el status quo es la más estúpida de las pretensiones humanas. Vuelvo para ofrecer mi infancia sobre la cumbre ascendente de Zahmar, pero esta vez desde mi adulta libertad.

23 de abril de 2011

Óbelum


Foto del biologuero

Óbelum
Alejandro Luque


Como de costumbre, 
anoche ella estaba ahí, encima de mí, rodeándome, 
envalentonada desde su postura imperturbable y tan ella, 
que no pude contenerme y la volví a poseer 
por un brevísimo instante como sólo yo bien sé hacerlo. 
Luego nos olvidamos, nos ignoramos, nos rearropamos 
 de París cada uno a su manera, 
y nos dejamos perder por el resto de la noche 
como dos imperfectos conocidos.


Estar perdido en la ciudad –poco importan las razones– es tan fácil como decididamente imposible. Uno puede jugar a que los reparos se desvanezcan girando cinco veces sobre uno mismo para tomar la dirección en que la nariz quedó apuntando, o que esa esquina vedada al derrotero cotidiano se convierta en una excursión por tierras indómitas y peligrosas e, incluso, a elegir combinaciones del metro según el tipo del próximo pasajero: sonrisa, línea par; indiferencia, línea impar; mendigo o criatura (que son lo mismo, aunque huelan y uno los sienta distinto), volver en sentido contrario. Perderse implica renovarse, al menos renovar de vez en cuando los propios códigos. Entonces ya no son los gestos o el estado, ni las esquinas o marearse lo que define el extravío. Uno puede perderse doblando a la izquierda en cada bocacalle hasta que se percibe un coche rojo o anaranjado. En ese momento se puede seguir derecho hasta que uno encuentra otro vehículo del mismo color, entonces hay que doblar en la próxima a la derecha y renovar colores o estrategias porque, como todo, todo depende de la opción, la necesidad y el interés.

Desde un punto de vista meramente temporal, no es lo mismo ni más sencillo perderse a cualquier hora del día, no; por la mañana, por ejemplo. Las hordas de señoras que salen con sus carros a pasear los bebés son como luces en una pista: le indican a uno la dirección inequívoca, el destino de ida y vuelta inexorable. Ni qué hablar de los yupies urbanos que, bien calzados en trajes caros y zapatos puntiagudos, se dejan igualmente engullir que vomitar por las bocas del metro: uno sabe de dónde vienen y hacia dónde van como si fueran la aguja de una brújula. De día y temprano, el mundo se dirige inevitablemente, hilvana su monotonía, y perderse deja de tener gracia. No obstante hay esa hora, ese intervalo que resiste las mareas densas y los acuerdos más urgentes, que suele acontecer antes del mediodía cuando el hambre todavía no arrea la tropa abombada. Pero dura poco y siempre se encuentran los indicios innegables que permiten reconocer que por allí se llega a allá, y que a esta esquina uno la conoce bien. La luz del día es terrible: más que delatar el camino, nos acorrala en una lógica de emparde: de todos modos tiene que ser por acá.

Por la tarde, entre las cuatro y las cinco –si no fuera porque no es más que una hora magra–  vale la pena perderse pero con cierta premura. La ciudad, en esos momentos, está como atontada y sus habitantes se muestran caprichosamente imprevisibles. En ese rato, cuando el sol comienza a perder la fatuidad de su corona, por ejemplo vale la pena jugar con los perfumes que se agitan desesperados después del agobio: glicina, a la derecha hasta azaleas o pizza. Si pis de gato o tilos o Chanel (o algún otro perfume que grite la moda), vuelta a la izquierda o bajar al metro, lo que primero se presente. Pero hay que ser rápido, aunque perderse –lo que se dice perderse– necesita su tiempo y esmero.

El mejor momento es la noche, sin duda. Uno se siente amparado por la complicidad de las sombras que son las compañeras ineludibles del juego. Aunque tampoco uno debiera de fiarse ciegamente, porque pueden engañarnos. Basta que uno decida cruzarse con una pareja para luego poder doblar en la próxima, y ya al punto del giro verificar con desconsuelo que no son dos sino un alma perdida demasiado arropada. Y uno siente que las reglas del juego no fueron tan claras como debieron o como uno tendría que haberlas  establecido. Las sombras también trampean haciéndonos creer que esa silueta apoyada en la pared a doscientos metros es la de una persona que nos marcará la nueva dirección: si antes de cruzarnos con ella se moviera hacia la derecha o hacia la izquierda, entonces iremos en dirección contraria, como si avanzara o retrocediera. De seguir impasible en su lugar, el camino se continuará. Pero al llegar a unos metros, uno se da cuenta de que la silueta no es más que un buzón o un cartel de tránsito. Entonces hay que empezar el juego desde el principio. Aun así, es de noche cuando uno se pierde casi siempre con comodidad; uno se siente un gato con el poder de penetrar todos los secretos de las penumbras, la imaginación se enciende y los sentidos todos se excitan sabiendo que el tiempo deja de ser un obstáculo.

Por ejemplo ahora, el código es seguir derecho hasta sentir un bocinazo, y entonces tomar la próxima a la izquierda. Hay tres posibles izquierdas, y me aventuro por la primera que es la más izquierda de todas. Decido doblar la apuesta y, en vez de una bocina poco probable a estas horas, ahora propongo divisar una mujer que porte algo rojo. Cuando finalmente aparece doblo a la derecha, luego a la izquierda, y otra vez a la derecha (a veces hay que plantearse itinerarios precisos). Todavía más osado, consigno subir al metro más cercano si el próximo hombre con el que me estoy por cruzar me mira. Es así, en el metro, donde el juego alcanza su cenit: establezco que me bajaré en una estación –la que sea– justo luego de haber encontrado a alguien que me recuerde a vos. De no lograrlo, habré de dejar el metro en su terminal y seguir la ruta en la misma dirección, a toda costa, hasta ganar la apuesta. Entonces volveré sobre mis pasos como un insecto sediento que va a beber de la llama patibularia. Pero no todo está perdido, no: la terminal ya va quedando bien lejos, y a mis espaldas aún alcanzo a percibir el resplandor del atalaya de hierro que sigue barriendo lo que queda de la noche. Quizá en el cruce que viene tu rostro, y entonces.

El resto de la noche es lo que a uno le queda para seguir apostando a perderse sin reencontrarse con las señales indelebles del camino. 

3 de abril de 2011

Sin Importancia



Foto del sitio Rue de Vinaigriers


Sin importancia
Alejandro Luque


Cuando la enfermera del Centro de Seguridad Social le preguntó cómo se llamaba, él respondió Ernesto, dudando entre sopor y entumecimiento. Lo llevaron en andas hasta una gran sala tapizada de azulejos blancos. Intentaron desnudarlo completamente, pero las medias se negaron. Alguien vestido enteramente de blanco (¿un hombre, una mujer?... a quién le importa) lo manguereó con agua ni fría ni caliente. Luego lo enjabonó y lo frotó enérgicamente con algo muy áspero.  
Después de secarlo, lo condujeron a otra habitación en la que lo recibió ese tipo que siempre preguntaba cosas y que ordenó incinerar sus ropas a alguien vestido de verde (¿hombre, mujer?... qué importa). Otro (¿era una mujer?... de todos modos, a quién le importa) le ofreció un bulto de ropa limpia.
A continuación, y como tantas otras veces, le preguntaron por su identidad a lo que él respondió desde su brumosa despreocupación porque, ¿de qué habría de preocuparse? Luego de pensar unos minutos, improvisó un apellido, pero escuchó que le decían que no era ése. Se esforzó, entonces, en aclarar que de su nombre se acordaba casi siempre al instante: Ernesto. Ernesto. Sí, Ernesto.
Todavía no se había vestido y apareció una enfermera (mujer, seguro que sí), con algodones, pinzas y frasquitos, que se puso a retirar las medias incrustadas en la carne. A un costado, ese tipo que siempre preguntaba cosas ahora quería saber qué pasaba con la familia, que si había ido a verlos. Y la respuesta le surgió como tantas otras veces en un mismo vómito: que qué familia, que lo dejen tranquilo. Y por qué, insistía el tipo, y la respuesta volvía a sepultar un dolor inconmensurable: porque es así. El tipo ese le repetía que estaba casado, que tenía una hija mayor, que había sido contador, que tenía que hacer algo ya, que era una vergüenza terminar en ese estado.
Pero no había nada que entender, nada importante. Porque a pesar de los andrajos de sus ropas que ya estarían ardiendo en el horno, o de los pedazos de las medias que la enfermera extraía de su carne y que caían a los costados de los pies hediondos y ulcerados, o de los piojos desalojados por los chorros de agua desinfectante y eso áspero con que lo frotaban siempre, la puerta abierta del Centro, la que da a la calle, era la única posibilidad real. Ernesto era eso ahí y ahora, y a nadie le importaba; ni siquiera a Ernesto cuyo apellido ya no existía.
Lo dejaron salir a la mañana siguiente, luego del desayuno que casi no probó. Con los centavos que le dieron en el Centro tomó el subte, e intentó volver al yermo de la ciudad que solía cobijarlo de asfalto y monedas sobrantes. Los pies vendados dentro de las pantuflas le dolían mucho.
Al recoveco que había conseguido ayer, hoy ya otro (¿un hombre, una mujer?... qué importa) lo había ocupado, así que a seguir caminando. Pero antes de continuar se sacó las vendas. En la costanera debe haber lugar, pensó.
Percibía un olor nauseabundo trepándole desde sus propios pies que supuraban una baba amarillenta, y se dijo que el río sería un buen lugar para aliviar su malestar. Caminó más allá de los muelles y descendió por una explanada hasta el barro: avanzó sin pensar y no le produjo casi nada sentir el agua a la altura de las rodillas. Miró el horizonte y vio la bola de fuego tocándolo. Pensó en las ropas que le quitaron en el Centro y sintió una especie de vieja frustración que venía y se iba.
A lo lejos alguien pescaba robando (un hombre, una mujer?... ¡pst!). Algo así como una cascada de imágenes de su pasado estaba a punto de desbordarse en su interior. Pero no lo hizo porque él ya sabía cómo dejar pasar aquello que duele inútilmente. Lo que no podía eliminar era el ardor de las llagas en los pies. El agua era una especie de confortable caldo barroso.
La bola de fuego menguaba su fin. Quizá después habría que pensar en comer, en beber algo aunque la tripa todavía no se quejara ni tampoco el hígado. Acercó al agua su mano temblorosa y llena de cascarones. Quiso sentir asco y miedo, pero no pudo, y finalmente la sumergió.
Una ráfaga perdida de viento le azotó las mejillas, y en ese momento se dio cuenta de que también alguien en el Centro (¿un hombre, una mujer?... qué importancia) lo había afeitado.
Se dejó absorber enteramente por el agua y no pensó otra cosa que en la absurda molestia de los pies. Espantó con un gesto vacío una mosca empedernida en libarle el párpado izquierdo. Se dijo que era mejor flotar y dejar de sentir el dolor de las insoportables llagas de los pies que hoy olían distinto.
El horizonte se había tragado completamente el sol cuando Ernesto, acunado por el agua, se dejó llevar como siempre.  Soplaba una brisa insulsa y el aguijón  de Escorpio picaba el oeste. Sin pretenderlo, como todo lo que en definitiva le había acontecido en su vida, terminó por diluirse en el río como una mancha de leche en agua barrosa. Ernesto Vargas debe haber dejado de serlo entre los 49 y los 51 años, sin que a nadie le importara.   

19 de marzo de 2011

Bifurcación


Bifurcación

Cada vez que decido franquear una galería –¿nueva, ya recorrida?– maldigo mi falta de tacto con Lara. Me siento desvalido y solo en este universo mineral y sin reparos persiguiendo el cono de luz que la linterna va creando al paso. Estoy perdido. Una vez más revivo la escena: Lara, a la cabeza de la expedición, nos guiaba por las galerías estrechas y bajas; lástima esa molesta costumbre de detenerse en las bifurcaciones más elevadas para verificar su posición en el mapa, obstruyéndome el paso y dejándome hecho un bollo en el borde exiguo de las galerías. No podía más con mi espalda y la mochila. Una, dos, tres bifurcaciones, y en la cuarta le vomité un rosario de puteadas a ese bulto que me impedía avanzar para estirarme. La violencia de las palabras no dejó más aire que el que Lara usó para mandarme a la misma mierda. Es en ese punto donde la estúpida violencia de un disentimiento desmedido cobró materia e hizo que cada cual tomara rutas diferentes frente a la discordia: ella, la de la salida más próxima y yo, la que más me alejara del conflicto. Y aquí estoy, frente a una bifurcación que creo haber franqueado una decena de veces en las últimas horas. El espíritu de supervivencia se enciende y decido dejar un rastro que pueda identificar, sin lugar a dudas, en el caso de estar marchando en círculos. Veo una piedra de forma curiosa que me parece ya haber visto y revisto al costado de la galería que se interna hacia la derecha y al pie de la bifurcación. Revuelvo los bolsillos de mi mochila y encuentro una servilleta de papel en la que Lara resumió nuestro recorrido mientras tomábamos un café bien caliente antes de entrar en las canteras subterráneas. La acomodo bien visible entre la piedra y la pared y decido avanzar por la izquierda.

   ¿Por qué últimamente Manu me trata de esta manera? ¿Qué le pasa a mi amor? Es verdad que avanzar quinientos metros casi de rodillas cansa a cualquiera, pero ese cansancio es muto y el mío no tiene ojos en la espalda. Bastaba señalármelo civilizadamente. Las bifurcaciones se alzan justo al fin de cada galería y una no ve la hora de poder erguir la espalda para respirar profundamente, consultar el mapa y no equivocarse de sendero. Pero esta vez Manu se fue de mambo, me sentí insultada. Sólo espero que sepa pedirme perdón porque estoy rabiosa. Subir, derecha, izquierda, izquierda, atención al montículo, derecha, última trepada y la bofetada del aire gélido de la cuidad. ¿Sabrá encontrar el camino? ¡Que se las arregle! Salgo subrepticiamente del sendero prohibido, tomo el metro, llego a casa, me ducho para sacarme este frío invernal que se me pegó en los huesos y me acuesto rendida y furiosa, sin esperarte.

   No recuerdo haber pasado antes por este lugar. La atmósfera está viciada de un vapor húmedo y pesado. Mi propio aliento moldea formas que mi imaginación intenta interpretar como signos incuestionables. Estar perdido en las entrañas profundas de una cuidad, a treinta metros por encima de uno, es algo difícil de controlar. El problema no es la muerte en sí, sino la idea de morir en un universo vedado al tránsito público. Mantengo mi espíritu positivo, base de toda supervivencia, y me contengo hasta que llego a una bifurcación que me vuelve a resultar conocida. Reconozco la piedra de forma curiosa –¿un riñón?–, pero de la servilleta de papel ni noticias. Se me eriza la piel. Me calmo. En el fondo de mi mochila encuentro la birome que Lara utilizó para resumir nuestro recorrido. La oculto debajo de la piedra, y esta vez avanzo hacia la derecha. 

   Las autoridades insisten en que si no has podido salir de las canteras luego de seis semanas difícilmente estarás vivo; pero sin tu cuerpo han cerrado el expediente como desaparición con sospecha de fuga. ¿Fuga de qué? ¿De quién? ¿De mí? Espero la complicidad de la noche para descender yo misma. Vuelvo a recorrer en círculo las galerías que transitamos hasta detenerme otra vez en la que nos separó. Te busco a gritos con lágrimas y perdones tardíos. Casi exhausta en medio del laberinto sordo de luz, mis piernas me abandonan y caigo sentada sobre una piedra al costado de la galería. De pronto, y como una ráfaga desesperada, percibo tu presencia que me atraviesa. Salto de miedo y ansiedad. Recién entonces veo que al costado de la piedra está la servilleta de papel en la que yo misma garabateé nuestro periplo a las canteras. La beso, la doblo, la guardo. Vuelvo sobre mis pasos convencida de que estás aún aquí.

   Una hora después, la bifurcación con la piedra arriñonada. La levanto con miedo y contengo mi desesperación. La birome no está. ¿Estoy volviéndome loco? Calma, Manu. La penumbra deforma las cosas. No puede ser la misma piedra. Hay que marcarla a esta también. Dejo lo primero que encuentro en mis bolsillos: un ticket de metro.

   A dos años de aquella separación sin sentido nadie entiende, pero yo necesito internarme en las canteras con la esperanza de encontrarte. Siento la urgencia de volver para colectar tus rastros que me hablan desde las entrañas de la ciudad. Cada día te imagino abriendo la puerta del departamento y entrando como si nada hubiera pasado. Por eso salgo poco, porque te espero. Y si salgo es para buscarte. Mi psicóloga dice que no es sana mi obsesión, que debo aceptar que ya no estás. Quizá tenga razón. Manu, bajo a las canteras. Sabelo en caso de que vuelvas y no me encuentres, Lara. PS: escribo estas líneas con la birome que me dejaste bajo la piedra hace unos meses. 

   Ya debe despuntar el día allá arriba y me imagino el frío. Otra vez frente a la misma bifurcación que alberga la piedra arriñonada me digo que ya es suficiente y me lanzo a ciegas en cualquier dirección. Ya a punto de desfallecer, y como por arte de magia, mi cuerpo encuentra un pasaje nuevo y la subida hacia la salida. Derecha, izquierda, izquierda, montículo, derecha, trepar y un curioso aliento bochornoso que me azota el rostro. Ya pensaré cómo disculparme con Lara; ahora sólo quiero disfrutar de este enceguecedor domingo a pleno sol, aunque demasiado caluroso para julio. 


   Sé que bajo a las canteras por última vez. Mis huesos de vieja ya no dan más. ¿Qué signo tuyo encontraré al llegar a la piedra en la bifurcación de la galería? Sentada aquí, donde nos separamos hace tiempo, vuelvo a sentir que me traspasás y te alejás. Confiada, levanto la piedra y encuentro un ticket de metro de los que no existen más. Te entiendo: es hora de partir y lo acepto. Emerjo lentamente de las penumbras para respirar por última vez el aire cálido de la mañana de invierno a pleno sol. Al partir, pienso cuánto habrías disfrutado los efectos de este cambio climático.

16 de febrero de 2011

Visitas (Y Despedida)


K en julio de 2008, foto del biologuero

Visitas (y despedida)
Alejandro Luque


A Kathleen Smith, que partió –ella también y prematuramente– hoy.

Antes de ir a la clínica, decido pasar chez toi en pleno Montparnasse, a quince minutos del laboratorio. Salir del trabajo cuando hay sol y la ropa ligera ni se siente, es un placer que no dejaré jamás de disfrutar. Entre el laboratorio y tu morada las calles están afortunadamente infectadas de árboles que dan verde y sombra y ese perfume de tilos y plátanos que calma (salvo a los alérgicos). Qué generosos esos seres vivos en los que pocas veces reparamos. Están ahí, siempre, aunque pareciera que el hombre tiende a ignorar lo que no se mueve, sobre todo en la urbe. Bueno… lo que se mueve también. Nos amurallamos y nos creemos que todo por fuera es estático y perenne, nos sentimos seguros de la continuación en nuestro cocoon, como si poseyéramos un escudo de eternidad.

Pero estoy yendo hacia vos y me sacudo de asfalto y azulejos. Sé que nunca los soportaste. Te he leído más de una vez pidiendo con desesperación menos cáscara y más piel. Creo que por eso vuelvo a visitarte. A visitarlos, porque siempre estás con ella, con tu esposa. Con el paso de los años aprendí a quererla sin llegar a conocerla como te conozco a vos. De hecho, en varias oportunidades recorrí sus trabajos e intenté entenderte en tu elección. Creo que siempre he hecho eso con los compañeros de mis amigos: aceptarlos desde la comprensión que hizo que ellos los eligieran. Con Carol he descubierto en vos eso que muchas veces vi en mí: amamos al que hace mejor que nosotros eso que tanto nos gusta: la fotografía, en este caso. Sus clichés son magníficos, profundamente expresivos, llenos de esa vida instantánea que tanto vos como yo nos empeñamos en captar por otro medio (y vos inmensamente mejor que yo). Prefiero sus fotos a sus escritos, sin dudas.

Llego y los encuentro, como siempre, a los dos juntitos retozando el tiempo detenido cerca de ese árbol cuya especie desconozco. Parece un nogal, pero nunca lo vi eructar sus nueces. Les llega a los dos la sombra de esta tarde de verano en pleno centro de un París trufado de turistas que vagan sus calles en horarios raros. Intuyo tu sonrisa irónica, porque los dos sabemos que París no tiene otra estación que la que uno quiera darle. Aunque estamos los tres solos, me perturba esa pareja que pasa a unos metros y nos mira, nos mide. Creo que los dos son argentinos, porque estoy seguro de que ella dijo “dejá”, así, con ese argentino acento en la a. Quizá los están  buscando, quizá acaban de visitarlos a ustedes dos. Quién sabe.

Carol está casi desnuda, y vos, como siempre, atiborrado de papelitos, cartas, postales, monedas y piedritas de colores que me recuerdan los caracolitos que asoman sus cuernos al sol. Como ninguno de los dos dice nada, me acomodo yo también debajo de la sombra del árbol sin nombre, saco la revista del bolso y se las muestro. Quiere el azar del viento que se abra en la página donde está uno de los textos que he firmado. Se los leo, asegurándome de que la pareja de argentinos ya está lejos. Leo con calma. Al terminar, no los dejo decir nada porque no pretendo respuestas aunque me asalte la fiebre de preguntas, como de costumbre. Te dejo la revista, la acomodo en el hueco que sirve para dejar flores, y les saco una foto a los dos. Enseguida me doy cuenta de que te arropo aún más mientras Carol sigue casi desnuda y sin protestar. Pero es así la vida y lo que ya no lo es. Antes de irme te señalo el título de la revista, que es el del foro de cuentos que cree en tu homenaje, y siento tu sonrisa acariciarme el corazón. Quiero sentirla. Lo necesito en medio de este verano de tímidas despedidas.

Corro al metro. Odio las contorsiones surrealistas de la gare Montparnasse, pero no tme queda otra. Veinte minutos después me bajo en la Plaza de Clichy, “la triste plaza con su muchedumbre alienada y amarga” según el que te dije. Camino a grandes pasos y trepo por el pie occidental de la butte de Montmartre hasta la rue Duresme donde termina mi escalada. Entro en la clínica, digo bonjour desde las tripas a toda esa gran gente que se ocupa de la gente que ya no puede ocuparse de sí misma, y tomo el ascensor hasta el cuarto piso. Me pongo el barbijo, el guardapolvo, los guantes y me cubro los zapatos con unas medias enormes. Golpeo y entro en la habitación.

K, en la cama, está comiendo una ensalada y me brinda la sonrisa sincera de quien esperó todo el día una visita desde su vacío de enfermo soltero y extranjero. Hablamos de los juegos olímpicos en China, de las nuevas e incómodas perfusiones que le pusieron a nivel del cuello por lo inaccesible de sus venas en los brazos y las piernas, de esa puta infección que le resta menos posibilidades de las que realmente tiene, de los avances de mis experimentos en el laboratorio que ella no pisa desde hace más de un año. Le pido disculpas por no haber pasado ayer; “Anoche me llegaron las correcciones de la revista y quería terminarla”, me justifico, y me pide que le vuelva a contar sobre el foro, y porqué Perras Negras.

Y aquí estoy yo, dibujándole a K rayuelas imposibles como si fueran modelos para armar, y es ella la que recuerda en su sopor y balbucea un octaedro, y yo replico con bestiarios, y ella menciona a su hermano de tierra Charlie Parker y yo le recuerdo lo irrisorio de los premios y lo raro de algunos exámenes. Para el final del juego pronuncio los nombres de Manuel y de la querida Glenda. Nos reímos de las coincidencias que no son tales y pienso –siempre termino pensando– en la maga.

No hablamos de su batalla, porque los guerreros no necesitan de eso. Aunque entre cuento y cuento de los que bien matan el tiempo, percibo una brizna de cansancio en su gesto. Pero, ¿cómo animar al guerrero desde una ridícula tribuna? ¿Cómo transmitirle la energía indecente que a uno le sobra? Un beso, una sonrisa y alguna que otra promesa. Fuera de la habitación me quito el disfraz aséptico de visita y, casi al partir, me pregunto si estuvo bien no haberle contado a K que esta tarde fui a visitarte al cementerio de Montparnasse para dejar en tu morada la revista que armamos en el foro y arroparte aún más.

Sin responderme, porque muchas veces no hay respuestas, salgo de la clínica pensando en mi casa, en mis cosas, en mi vida y la vida de los otros, y en cómo hacer para darle belleza literaria a toda esta ausencia terrible de ayer, de hoy, de mañana.

Mañana fue hoy.

París, verano de 2008, invierno de 2011. 

25 de enero de 2011

Inútil Combate


Foto del biologuero

Inútil combate
Alejandro Luque


Se fue con Alá, vi que desaparecía más allá de la esquina. Su Alá, el buen dios, como me dijo. Se fue con esa liberalidad tan portentosa como impertinente que se tiene a los 29 años cuando la vida no comienza aún a ser esa quimera de la que es complicado salir porque el tiempo cuenta y desde la que resulta difícil decidir todo simplemente. Y podría decir que Alá recogió en sus brazos a esa criatura, pero yo sé que los dioses que hemos inventado sólo nos abrazan en figuritas, y habría que buscarlas. Se fue así porque tampoco yo podía provocar una confrontación basada en mis convicciones, que son hoy diferentes a aquellas que tuve a su edad. Suena a viejo, ya lo sé, pero no soy viejo: soy el fósil que ningún paleontólogo podrá jamás encontrar porque se fue con Alá.

Se fue con Alá, y reputié la creencia y los dogmas y los ritos y mi propia incapacidad de ser dios. Dios con mayúsculas, como si la ortografía indultara mis carencias y me disfrazara con capa y corona. Se fue, y dolió. Se fue y duele. Y duele con mayúscula.

Se fue con Alá porque los ciclos perpetran eso circular que es repetir, por nuestra propia capacidad redonda de no poder hacer otra cosa, por nuestra obsecuencia de ser eso que se es, e imposible ser un otro. Alá está más fuerte que yo con ese tema de las repeticiones y las seducciones. Por eso a él lo adoran. Conmigo es ese previsible potencial fraternal, esa barrera de hasta aquí pero no más allá.

Se fue con Alá. Y siendo ateo es terrible, porque viéndolo partir me doy cuenta de que efectivamente existen los dioses: esos en los que he dejado de creer por exceso de razón, feliz o no. Existen los dioses, es verdad. Fuera de mí, es verdad. Y tanto existen, que me hacen mal los dioses que persiguen los otros.

Se fue con Alá, y aunque sé que se fue mal por eso de la humanidad y la fraternidad unilateral, por la irrupción de su nueva alianza con ese ente arrasador que no es más que un regurgito de una nueva vida pretendida, también sé que perdí por pocos puntos. Por que en su mirada que me pedía hermandad, también vi la duda, las trazas del “vos entendés; sí, vos entendés, entendeme”. Pero yo sólo pude entender que Alá y sus promesas fueron más fuertes que las mías. Yo, que sólo soy un miserable humano. Yo, que sólo pretendía ser piel sobre la piel, sangre sobre sangre, temblor sobre temblor, presente sobre presente.

Se fue con Alá. Vi desde la ventana del departamento su espalda y sus pasos casi seguros alejándose y perdiéndose en el recodo de la esquina. Vi su silueta partiendo sola, pero con los bolsillos llenos de las promesas de su Alá; y cuando se dejaba devorar por el último resquicio, sentí que su dios me arrojaba una mirada con sorna. Después de todo somos todos tan competitivos.

Se fue con Alá, aunque no haya venido con él cuando nos encontramos en el azar ateo de la urbe. Aunque colonizara todos los rincones de mi cama sin dios y con esa sonrisa brutalmente abierta que me cautivó de una y con la piel ardiéndole. Y después me mostrara con recelo, bien poco a poco, sus muchas heridas. Curándoselas cometí el error de sentirme dios, porque al curar uno toca el cielo con las manos. Curándome cometí el otro divino error de sentirme inmortal e imprescindible y bien. No fueron dioses los que encendieron las noches sedientas de desvelo buscándonos en cada hueco, ni las mañanas apurando los despertadores para sellar las mucosas abiertas de sed. No fue Alá quien prohibía el placer ni estipulaba los límites, los espacios ni los géneros. Mientras Alá se mantuvo al margen, éramos dos a encontrar un equilibrio posible. Pero Alá se manifestó con su suspiro arrasador y definió lo factible. Porque Alá es eso que no soy y tiene eso que no tengo.

Se fue con Alá y yo volví a sentirme el más humano de todos los hombres. Y quisiera quitarle los ojos a Alá, porque me arrebató toda la visión del presente. Y quisiera arrancarle todos los dientes a Alá, porque me quitó la manzana en el mismo momento en que la estaba mordiendo con placer. Y quisiera agarrarlo a trompadas a ese Alá hasta que la sangre del inútil combate nos obligue a detenernos para encontrar el justo medio de nuestros dominios. Pero lo que se quiere no siempre se puede realizar. Y yo lo sé.

Se fue con Alá. Vi desde la ventana del departamento mi espalda alejándose y mis pasos inseguros franqueanado el ángulo ciego. Terminé perdiéndome en el recodo de la esquina. Pero yo no llevaba ningún dios en mis bolsillos, tampoco destino.
   

23 de enero de 2011

Túnez y la libertad


Me permito esta otra digresión en el blog, porque me parece esencial opinar y generar opinión sobre los eventos sociales y políticos que acontecen en este mundo que cohabitamos.

Lo que está ocurriendo en Túnez en este momento, y desde hace un mes, es un evento singular, fuera de lo común por su amplitud y alcance. No tengo dudas de que ya es una página del libro de la historia que este pueblo está escribiendo. En este caso no hay USA ni USO oportunista de algún imperio que pretenda imponer democracias por sus particulares intereses, afortunadamente, al menos hasta hoy (huelga todo comentario respecto del tibio silencio francés, que no es más que una verificación de la deneznable y nada social política de derecha del gobierno de Sarkosy).

En Túnez hay más que cacerolazos y corralitos, u obscuras movidas de los barones sindicales que hacen olas para disfrutar de la mejor mano en la baraja socio-política. Hay inseguridad, censura, abuso de autoridad e injusticia desmedidas y, por sobre todo, desigualdad injustificada. Los diez millones de tunecinos, esa inmensa mayoría sin grandes recursos que pactó con el dictador hace dos décadas por un cierto bienestar, dijeron basta a un desplume de recursos imposible de dimensionar. Hay un nivel que rebasó todos sus límites, todos, y que ya nadie puede ni quiere soportar. Me hace bien saber que habrá siempre posibilidad de cambio, voluntad de cambio, que no sólo implica en principio soluciones para unos pocos ni parches aplicados para mantener las estructuras vetustas según convenga a los que detienen y participan en el poder.

No suelo compartir plenamente todas las ideas e inclinaciones de Juan M. Muñoz, pero ésta que apareció hoy en El País me pareció un buen raconto bien asociado con la realidad que yo también percibo desde la comodidad de mi lugar en el mundo. Porque es verdad que la chispa de los grandes eventos muchas veces se enciende con el gesto desesperado de una sola persona, y en este Túnez que se levanta y anda, Mohamed Bouazizi, un joven de 26 años que se cansó de todo y se prendió al cuerpo el fuego del fin, fue el catalizador imparable. Porque a pesar de ese lugar que ocupo, también creo (necesito creer) que la posibilidad de la utopía existe, siempre, a pesar del poder ilimitado de los opresores, los tránsfugas y los oportunistas que le incautan el presente a la gente. Y aunque el nuevo camino a recorrer no será llano ni una línea recta, es el pueblo el que decide su futuro, siempre, cuando se pone de acuerdo para recuperar su presente. Los tunecinos lo están haciendo y les debemos no sólo apoyo, sino también respeto.

De todos los derechos humanos, el de la libertad (en su sentido pleno y real) me parece que es el más difícil de alcanzar.

Alejandro Luque

"La llama que incendió Túnez", artículo de Juan Miguel Muñoz aparecido en la versión en línea de El País el 23/01/2011

Amada Y Hervé

Imágen del sitio Arcadia, Thierry E Garnier


Amada y Hervé
Alejandro Luque


Amaba a Amada,
la abrazaba, la acampanaba, la acanalaba,
las sábanas la adaptaban, acababa.

En ese beber deferente, se es demente,
se fenece, se es hereje;
es meterse, ennegrecerse.

Y, sí:
dimití, fingí sin insistir, sinviví.

Cómodo codón con morbo,
protón solo por tonto.

Su luz súmmum,
su cruz vudú,
uf.

Amaba ese difícil gozo gurú.
Amada es mi otro tuntún.

Amaba a Amada ya plasma,
de frente referente,
viril y mi sibil,
oh dolor monocromo,
tú, pudú.

Ah Hervé, mi otro tú.
Amada ya es desde mi vivir otro rollo, un runrún.


3 de enero de 2011

Crónica De Un Exvampiro


Foto de Hendrike (Wikimedia commons)

Crónica de un exvampiro
Alejandro Luque 


Dejé de ser un vampiro hace más de cincuenta años. Y, contrariamente a lo que podría pensarse, no fue éste un acto voluntario de promoción a la mortalidad; fue, más bien, una especie de error del azar, una mutación en la continuidad del tiempo, el descuido inexplicable de los ángeles inquisidores. La mortalidad con toda su elocuente potencialidad, se posesionó de mi cuerpo como una sanguijuela, si se me permite la paradójica metáfora, y mis venas y arterias se rebalsaron de ese viejo y conocido fluido púrpura tan inmune como débil, que comenzaría a auto-reponerse por el resto de mis días limitando mi existencia como la cuenta regresiva de un reloj que accionará de modo inexorable el mecanismo de la bomba. Por supuesto que este no fue el único cambio que atestiguó mi carne: en el término de unas pocas horas todos los vicios de las anatomías convencionales comenzaron a hacer su exorcismo entrópico. Primero, la profusión de una transpiración febril que corría por todas mis hendiduras, que bañaba impune todas mis superficies lampiñas (creo entender que los cambios metabólicos que devienen en este tipo de renacer, sumados a la batalla de sangres por prevalecer, necesariamente tienen que provocar fiebre), desplazó el rigor de mis colores vetustos; al vómito de cientos de años de una dieta en esencia líquida, siguió la olvidada necesidad de vaciar los intestinos de gases y materia impensada. Según mi experiencia, las entrañas pueden albergar por cientos de años viejos banquetes y otros desafueros orales. Vale aclarar que este acto de evacuación biológica era tan repugnante para mí, que llegó a ser una manía de mi personalidad de vampiro el alejarme de la víctima unos momentos antes de la falla cardíaca, sacrificando algunos embriagantes centímetros cúbicos de la ansiada bebida a cambio de no asistir a ese desagradable, oloroso y último vaciamiento que habría de rubricar su fin inmediato. Luego los dolores internos, de los huesos y de los músculos reviviendo y gritando el estertor de su código apocalíptico, confirieron a mi sombra recién parida una danza de contorsiones asombrosas, similares a las que mi cuerpo ejecutó durante mi nacimiento como vampiro. Ningún dolor en el mundo es comparable al que un vampiro siente cuando se vuelve humano.

Los vampiros no sienten dolores internos porque los límites físicos hacia adentro y hacia afuera (por decirlo de alguna manera) los configura su piel. Ni siquiera las heridas profundas, que pueden requerir un tiempo considerable para reconstituirse, producen algo más que simples comezones debidas a la presencia del aire en los espacios vacíos. No, no hay dolor pero sí emociones concentradas en un punto. Curiosamente, el campo emocional de estos seres nocturnos está limitado a sus ojos: específicamente al cristalino del izquierdo. Todo lo que siente un vampiro, lo que obtuvo de sus experiencias y las de sus víctimas, está ahí. Pero volviendo a la transformación, junto con la aparición de la sed y el hambre –sensaciones antiguamente conocidas, especialmente la primera–, devino la fatiga y la necesidad de dormir en cualquier lado. Esto último podría parecer una nimiedad descriptiva si no se considera que el fin de mi inmortalidad aconteció en plena noche cerrada, entre las tres y las cuatro de la madrugada. Por instinto, no comí ni bebí; de todos modos, como se puede predecir, no es del todo común encontrar en la morada de un vampiro algún tipo de elemento de consumo con el que satisfacer las demandas de un mortal advenido. Pero el sueño implacable se me había adherido sin que yo pudiera hacer otra cosa que no fuera cobijarme, en contra de cualquier principio o costumbre, en su manto hipnótico. Así es que, por primera vez en poco más de dos siglos, tuve que ofrecerle mis párpados a la noche y entregarme a las garras tortuosas de los ángeles inquisidores que se lanzarían inclementes sobre mis ojos enceguecidos e inservibles, desgarrándolos con brutalidad para robarles su tesoro en complicidad con el amanecer.

Como vampiro, cualquiera podrá imaginarlo, tuve la oportunidad y el tiempo de aprender muchas cosas. Privado inevitablemente de canalizar el placer carnal por la acostumbrada vía del sexo de los mortales, un vampiro se convierte en el exegeta de las emociones propias a través del orgasmo en el otro, de la entrega total e incondicional del otro, y ese es el alimento de los seres de la noche. La inmortalidad no sólo da tiempo para cultivar las artes en su más sutil manifestación: he conocido colegas que desplegaban su maestría de seducción actuando como meticulosos y increíblemente fieles espejos que reflejaban lo más preciado de sus víctimas, quienes terminaban rendidas a los pies de su propia imagen virtual sin comprender que ese rito desenfrenado de amor al ego no significaba otra cosa que una sumisa entrega de las preciadas "yugulares a los colmillos" sedientos de su virtuoso victimario. Aunque vale la pena aclarar que eso de los “colmillos” y las “yugulares”, entre otras graciosas y ocurrentes variantes atribuidas al comportamiento de un vampiro, constituye un mero símbolo romántico, mito de otras épocas; ontogénicas confusiones que han cristalizado en la tradición de los humanos temerosos, cuyo origen bien pudo haber sido la evaluación de los hechos de cualquier improvisado poeta o relator queriendo generalizar, desde el modus faciendi ciertamente extrovertido e incauto de un determinado vampiro en la historia, la etología de todos los vampiros que pudieran existir. A modo de ejemplo, tuve la oportunidad de conocer a un ser exquisito de nombre Fedra cuya perfección artística producía una devoción tal en sus víctimas, al punto que ellas mismas abrían las venas de sus muñecas o se volaban la tapa de los sesos ofreciendo un brindis a ultranza que inmortalizara el clímax emotivo que Fedra había sabido prodigarles. El perfil conservador y prolijo de la personalidad de Fedra quedaba firmado en beber sólo la sangre atrapada (por sencillas leyes físicas) en los vasos expuestos de los cuerpos ofrendados, y en escribir, a continuación, suculentas cartas de despedida, justificación o reclamo (según el caso, el entorno y los deudos), plagiando a la perfección la letra y el estilo de su compañero recientemente suicidado. Algunos otros vampiros, menos románticos o más prácticos, solían reprender la actitud de Fedra, acusándola de profesar un obsesivo virtuosismo a expensas de negligentes derroches. Ella argumentaba que su naturaleza reservada le exigía no dejar la menor pauta de su presencia en el mundo de los mortales y que, por ello, consideraba el derramamiento de sangre de sus víctimas no como un derroche sino que, por el contrario, lo concebía como un ahorro de energías que otros “desenfrenados exhibicionistas gastan en huidas por persecuciones muchas veces peligrosas y casi siempre innecesarias, poniendo en peligro la integridad de la especie o, sencillamente, exponiéndola al ridículo”. El debate podía proseguir por años sin que Fedra lograra deponer su actitud que, por cierto, yo admiraba.

El desarrollo del arte como una herramienta de trabajo no es el fin en sí mismo para un vampiro. En extensas charlas con vampiros de diversos orígenes, convenimos que la sensación de eternidad, cuyo silencio inconmensurable identifica al acto mismo de aprehensión de la inmortalidad como parte del ser, moviliza (esto debe entenderse en términos de vampiros tipo) a incursionar en aquellas manifestaciones artísticas que resulten sucedáneos poderosos para esos estados difíciles de sobrellevar con ecuanimidad. Es fácil caer en el facilismo de ufanarse de la inmortalidad como una ventaja o, en contraposición, maldecirla como un tormento insoportable, ya que cualquier vampiro conserva y, en ocasiones de incontinencia emotiva, hasta estereotipa sus innatos vicios de inconformista. Esta sensación de uno-en-lo-eterno como experiencia ineluctable de los vampiros es lo más parecido al orgasmo en los mortales: se percibe como un latido de energía in crescendo, una pleamar de poder cuyo epicentro yace en las mismas periferias de su cristalino izquierdo. Luego de un proceso de re-acomodación y adaptación, el vampiro aprende a hacer uso y a desplegar a voluntad esta fuerza capaz de lograr lo imposible en su entorno. Por eso, lo que empezó siendo la necesidad de cultivar una habilidad capaz de diluir tan imponderable sentimiento, terminó transformándose en el alter ego del vampiro: la atracción fatal de sus víctimas y su propia consumación como victimario.

La fuerza vital para el vampiro, entonces, no es algo externo como una presa sino, y más bien, el arte desplegado para aprehender lo que en ella pudiera estar contenido. Tales apropiaciones sumadas en el tiempo se transforman en una perla de saber cultivada por siglos de denodado esfuerzo, de obligada evolución y soledad, de incansable intento por sublimar la inmortalidad que a uno lo acecha; es el poder eternamente invaluable que habita los ojos del vampiro, cuyas pupilas dilatadas por las infinitas noches dejan que aflore a la vez que regulan su flujo portentoso hacia el mundo. Tal despliegue de energías incomprensibles, considerado por los humanos comunes como un fenómeno oculto, debe ser celosamente resguardado de la luz del día. La luz, inclemente como el tiempo que no deja de transcurrir, impide al vampiro apreciar la claridad de una mañana: si por un descuido (cosa poco probable para los ritmos estrictamente circadianos de estos seres) la luz del día sorprendiera a un vampiro, este quedaría delatado como un haz de luz azul en forma de cuña. Esta es la señal únicamente percibida por los ángeles inquisidores quienes, una vez renacidos en el horizonte como brotes de los rayos solares, no desperdiciarán la oportunidad del encuentro para arrebatar el único tesoro y la fuente de vitalidad que las criaturas de la noche poseen. Los ángeles se precipitarán, entonces, sobre sus víctimas enceguecidas y con las uñas de sus alas les desgarrarán el párpado izquierdo, dejando al descubierto el ojo que, incapaz de contener la fuga de saber, se irá secando y consumiendo al igual que el resto de su cuerpo para desaparecer de la faz de la eternidad sin que quede de él huella alguna. Toda la conciencia de la experiencia acumulada y cultivada por siglos en un vampiro que llegue a ser robada por los ángeles inquisidores, no sólo les servirá como fuente de embellecimiento y sabiduría (que por sí mismos son incapaces de alcanzar) sino también, y como resultado de la transferencia de esa energía desde un plano a otro, permitirá que uno de ellos encarne un cuerpo mortal en gestación, el cual les servirá de instrumento para poder ejecutar su designio último: desterrar, por cualquier medio posible, las manifestaciones artísticas del hombre en su tiempo. Cualquier vampiro lo suficientemente longevo se estremecerá al escuchar nombres como Nerón, Atila, Cortés, de Torquemada, Menguele o Bush. Y es únicamente en esos momentos afortunadamente escasos, cuando perciben al unísono en sus conciencias la desaparición de uno de los de su especie, que los vampiros pueden derramar una solitaria lágrima desde sus ojos izquierdos: porque a los vampiros les está vedado llorar en cualquier otro instante de su eternidad.

Pero, claro, alguien se preguntará a esta altura del relato cómo fue que dejé de ser un vampiro y escapé de las garras de los ángeles inquisidores. Como lo avancé, fue el producto de un error impensable e involuntario que aconteció a la saga a la que pertenecí. Fedra me había advertido varias décadas atrás sobre las nuevas tecnologías y su poder de transformar y recrearlo todo, y que por eso debíamos mantenernos lo más alejados posible de ellas. Pero yo, como vampiro poco ortodoxo, siempre quise fundirme lo mejor posible con mi entorno, y poco caso hice entonces de su consejo. Quien iba a ser mi futura víctima –estábamos en pleno apogeo de seducción– me ofreció lo que en aquella época se denominaba un smartphone para poder comunicarnos mejor. Acepté el regalo sin mayores concesiones, ya que sabía que la noche póstuma se acercaba. Desde el principio me inundó con frases escritas casi en clave, y hasta con fotos de su trabajo –era un joven director de cortos. Aquella última noche recibí un mensaje con un video adjunto. Curioso, cuando lo abrí, apareció en la pantalla del aparato un mar turquesa y una luz verdosa que manaba desde un punto en el horizonte. Quedé petrificado frente a esa imagen vívida que adquiría tonalidades cada vez más cálidas. Mis ojos comenzaron a vivir el más magnífico amanecer sobre el mar que se pueda imaginar, sobre todo para un vampiro. Y como suele suceder con las cosas que nos superan, no pude reaccionar. Mi piel recibió sin comprender los rayos virtuales del sol naciente, mis pupilas se contrajeron y mi cuerpo comenzó a afiebrarse anunciando su fin. Sin embargo, ese amanecer que me abofeteaba con una calidez desmesurada no era real, por lo que el proceso de mi delación por la luz tampoco lo fue. Lo que desencadenó mi renacimiento como humano en los términos excepcionales que antes describí y la burla a los ángeles inquisidores.

Hoy ya estoy viejo, solo y decrépito. Todo el saber que no perdí luego de mi transformación pronto se diluirá en el olvido de la muerte humana cuando mi corazón deje de latir. No volví a verme con los de mi antigua especie ni con el joven director. Me vi obligado a re-aprender el oficio de amar, que me parece el sentimiento más cercano a la inmortalidad; pero como con ella también supe que tiene un límite. De mi vida de vampiro sólo me quedaron los vicios de pasar largas noches en vela que se terminan indefectiblemente con amaneceres tan indescriptibles como impensables. Durante muchos años después de aquella terrible mutación, solía besar con un desmedido descontrol los cuellos de mis amantes quienes parecían explotar de placer. Hoy ya no, por muchas razones y por ninguna. Me alejé de toda tecnología por madurez, y cada noche en vela no puedo dejar de pensar que nadie lloró por mí cuando dejé de ser un vampiro. Y mi última condena es saber que nadie derramará una sola lágrima cuando deje de ser humano, ni siquiera yo.