31 de diciembre de 2012
20 de diciembre de 2012
EL 21 DE DICIEMBRE DE 2012 SE ACABA EL MUNDO
Foto del biologuero
El 21 de diciembre de 2012 se acaba el mundo
Alejandro Luque
Un meteorito de lucidez choca con la atmósfera terrestre y devasta
todo tipo de especulación.
Cinco minutos luego del impacto, un tsunami de altruismo barre
con todas las mezquindades y pequeñeces de las costas humanas y penetra hasta
el corazón mismo de los continentes más elevados de la necedad despojándolos de
todo individualismo malsano y masturbatorio.
La inestabilidad provocada por el primer choque despierta
las entrañas del planeta abusado, y vómitos incontenibles e inconmensurables de
un magma de voluntad carbonizan la tierra de la política y sus intereses
deshonrosos.
Unas horas después, la atmósfera de las desigualdades
groseras se vicia de sulfurosos y densos vapores de equidad y solidaridad que asfixian
toda desvida tan impertinente como fútil.
En plena madrugada, la ionización radiactiva en cadena del
alma humana penetra todos los rincones de su propia naturaleza causando
mutaciones irreversibles en la forma de cohabitar con los otros y de coexistir
en el medio que los alberga.
Megahuracanes e indescriptibles tifones de conciencia escarban
los rincones de las diferencias ociosas y atomizan las fronteras y murallas de
todas las identidades extremas y fanáticas que mantuvieron separada la única realidad
posible, común a todos e innegable: la identidad humana sin divisiones.
Al amanecer del 22 de diciembre, ya no quedan trazas de la
vida anterior que pobló el planeta: hay aire, agua y alimentos para todos; la
obscenidad de la incalculable pobreza de la que se alimentó sin mesura la
riqueza de unos pocos se extingue en masa, como también desaparecen de la faz
de la tierra las enfermedades que siempre fueron curables porque los remedios
se esparcen por todo el planeta como una miríada de meteoritos secundarios
incontenibles.
En los registros fósiles que se hallarán millones de años después de
este evento devastador, se podrá leer que éste fue el día en el que el ser
humano perdió su adolescencia.
17 de noviembre de 2012
El Corazón En La Piedra
Foto del biologuero
El corazón en la piedra
Alejandro Luque
Juan veía caer la lluvia y reconocía el sabor de esa
frustración cercana al fastidio. Para colmo de males, las pilas del mpman acababan
de dar su último suspiro. Él, que venía de magnificar la soledad de una ruptura
insoportable en las huellas efímeras que el agua enjuga sobre los embaldosados,
pensó que sólo faltaba que las malditas gárgolas de Notre-Dame, empeñadas en
escupir lanzas certeras a los cuatro lados de la catedral, terminaran
desplomándose sobre su cabeza.
La gárgola descendió suavemente desde su encono de burla
y olvido, y escondiendo los garfios de los extremos de las alas y su pico de
carroñera ofreció al tiempo una mirada y un silencio.
Juan buscó refugio en el parvis del ala norte,
justo debajo de una de las grandes rosetas, e intentó convencer al encendedor
caprichosamente humedecido de que pariera una puta llama que encendiera un puto
cigarrillo para soportar el incordio de las putas gotas colándosele en
torrentes por entre la ropa. Porque había olvidado, como de costumbre, el
paraguas. Con ironía, se permitió pensar que nunca fue del tipo de persona que
lleva el paraguas por si llueve. Él era impermeable a esa clase de convenciones
prácticas que estilan los parisinos en invierno; esos que ni bien cae una gota
despliegan la sombrilla y lo miran a uno gloriosos de justificar los diez o
cien euros que la inclemencia les capitaliza. Él era él.
La gárgola conocía perfectamente el miedo,
la intemperie y el vicio de los humanos de ser y pretenderse más de lo que la
magia les permitía, por lo que levantó la cabeza hacia el campanario del norte
como quien ora una despedida. Y en un movimiento ritual se lanzó a la caza de
un corazón penetrando las fauces del diluvio.
Cuando el encendedor se dignó a
funcionar, el cigarrillo ya estaba empapado. Juan sintió la densidad incómoda
de su propia humanidad que siempre le pareció extranjera y se preguntó si un
paraguas o un rayo de sol a través de las nubes cambiarían el estado de las
cosas.
La gárgola se posó frente a él como un
peón que una mano invisible cambiara de lugar en el tablero de juego. El
diluvio se detuvo por un instante y el silencio lo ocupó todo.
La transformación de la gárgola fue
igual de instantánea que la de Juan. Desparecieron los rasgos inhumanos y la
piel desnuda afloró por entre la costra de piedra, la frágil coraza con la que
habría de asumir el rigor de la vida. Mientras tanto, a Juan le crecían
escamas, cuernos y alas para enfrentar la eternidad. El dolor de ambos fue sólo
comparable a la necesidad imperiosa de sentirlo.
El rostro endurecido de Juan lagrimeaba la lluvia
mientras que la silueta borrosa del borde del campanario marcaba la trayectoria
de su vuelo, en el que el diluvio ya no lo inmutaba sino que se llevaba el
dolor.
La gárgola quiso abrir sus alas pero sólo pudo correr con
torpeza para resguardase de la lluvia y vivir los primeros latidos de su
renacimiento.
Ya en la torre norte, Juan se ‘encascaraba’ y replegaba
las alas. El cuerpo petrificado recibía el torrente que su boca en pico
descargaba certero sobre el Cloître de Notre-Dame. Fijó por última vez
la vista en la acera por la que corría torpemente un hombre desnudo. Guardián
desterrado y expectante, así Juan empezó a templar su corazón.
4 de noviembre de 2012
Evasión Necesaria
Foto de Oscar Anthony
Evasión Necesaria
Alejandro Luque
Al borde del
acantilado nos volvimos a prohibir mirar atrás. Entre el revoltijo de la espuma
y el filo de los peñones, las olas comenzaban a disgregar el cuerpo flácido de
Alejandro que acababa de dejar su vida luego de la oración en el altar de
piedra a nuestras espaldas. Doce manos lo recogieron y lo lanzaron al abismo,
como lo estipulaba el libro. Pronto la noche devoraría la intensidad del lugar.
Con la misma parsimonia teníamos que proceder, uno a uno, antes de que el sol
matinal develara los secretos del altar.
Las órdenes y
todos sus detalles estaban claramente consignados en el libro y todos estábamos
preparados a la ejecución. De hecho, uno de nosotros entendió que los
sacrificios debían de hacerse en orden alfabético, por lo que ahora le tocaba,
sin lugar a dudas, a Claudia. Con cierto horror contenido en la mirada, Claudia
terminó por bajar la cabeza y aceptar su suerte. Avanzó sobre el acantilado y
se posicionó sobre la piedra en forma de lecho. Desde la ventana este de la
construcción surgió de nuevo el rayo y Claudia se desplomó como un saco de
papas. Nos acercamos con un miedo obvio. Alguien intentó un puntapié y, a falta
de reacción, arrastramos a Claudia hasta el desfiladero. Rodó, como Alejandro,
por el primer desnivel. Luego el cuerpo se desplomó en un ruido sordo para
terminar deslizándose por las placas inclinadas hasta el mar. Y no volvimos a
mirar atrás.
Alguien, quizá
yo, quiso decir algo, pero algún otro, quizá yo, impidió la irrupción. Era el
turno de Gabriela, que sin decir palabra y mirándonos con esa altanería que la
caracterizaba, se paró en la placa y cerró los ojos. Hubiese querido besar sus labios
aún húmedos y turgentes antes de entregarla al mar que azotaba las piedras con
sus olas, pero alguien, quizá Lucía, me recordó que las reglas del rito eran
precisas. Si no fue ella, en todo caso recuerdo que enseguida y bien
estoicamente se irguió sobre la piedra y el rayo la fulminó.
Tal vez fue
Marcelo el que hizo aquella observación sobre la molesta distancia que separaba
la placa del acantilado, pero fue Noemí –de eso estoy seguro– quien minimizó el
comentario y condujo a Marcelo a su posición. Estoy seguro de que antes del fin
quiso decir algo, pero el problema de Marcelo siempre fue lo solapado de su
voz. Nadie notó nada, y ejecutamos.
Noemí y Pedro
ejecutaron el rito casi como calcomanías, no por nada eran gemelos.
Curiosamente, mientras los otros cuerpos flotaban y se desmembraban entre las
rocas del acantilado, los de ellos dos se mantuvieron unidos, hasta se podría
decir que se alejaban del efecto destructivo de las olas. Pero sólo duró la
percepción de un momento.
Hubo una estéril
discusión entre Pablo y Pablín que se definió por el riguroso apellido de cada
uno. Fue Pablo quien ocultó por unos segundos el cuerpo de Pablín antes de que
las olas y los peñascos hicieran su cometido. Con Pablo hicimos un gran
esfuerzo para arrastrar a Pablín hasta el borde del acantilado, y antes de
tomar su posición me dijo que admiraba mi estoicismo: “Vas a tener que ponerte
al borde del acantilado, porque sos el último y nadie empujará tu cuerpo hasta
el mar”. Respondí que todo estaría calculado en el rito, y que no se preocupara.
Casi que no pude terminar mi frase que
el rayo lo fulminó.
Hice un gran esfuerzo para hacer rodar el cuerpo de Pablo que cayó casi encima
del de Pablín que parecía esperarlo disgustado por ese orden estúpido del
alfabeto. Los separó una ola, y la segunda los despedazó.
Ya casi no
quedaba luz en el lugar. Sentí el frío del abandono sobre cada célula de mi
cuerpo. Releí el ritual en el libro y no había dudas: era mi turno. El
insistente ruido del mar, las olas y la espuma que vomitaban las rocas era lo único
que percibía. Debía avanzar hacia la roca para que el rayo desde el altar de
piedra me fulminara en mi turno. Sabía que no podía mirar hacia atrás. Ya no veía
los rastros de Alejandro, Gabriela, Marcelo, Noemí, Pablín y Pablo.
Parado frente a
la piedra de ejecución, la vista perdida en la inmensidad de un mar que
finalmente no era el mío, y vedado de mirar hacia atrás; un pie en el aire y el
temor del abandono vibrando en mi piel, miré hacia la derecha, primero, y hacia
la izquierda, después. Pensé entonces que tal vez el ritual del libro fuera una
gran mentira, pero en medio de mi pensamiento sentí que algo vibraba a mis
espaldas, que medía la distancia última. Sin volver la vista atrás caminé hacia
la izquierda retomando finalmente la dirección del sol naciente que nunca debí
abandonar.
Desde aquel día sigo aún avanzando
sin volver la vista atrás.
4 de septiembre de 2012
Différentiation Tertiaire
DIFFÉRENTIATION
TERTIAIRE
Eléments Fondamentaux – De la Terre
Alejandro Luque (2010)
Bien que la femme qu’il aimait le plus au monde
essayait de le consoler, Walter plongeait dans une dépression sans fin. En
moins d’un mois son pénis avait presque perdu deux centimètres au repos, et
plus de six durant les rares érections. L’urologue, l’oncologue et le
physiothérapeute l’inquiétèrent encore plus avec leurs gestes effrayants ;
ils proposaient des traitements hormonaux incompréhensibles et un implant
chirurgical en dernier recours. Lorsqu’ils décidèrent d’aller voir le
guérisseur de Sierra de la Ventana, les testicules de Walter s’étaient déjà
presque réabsorbés complètement au point que la poche scrotale, se repliant en deux
telle une huitre, recouvrait une excroissance de la taille d’une perle. Le
guérisseur enfuma la pièce et prépara un mélange d’herbes qui sentait mauvais. A
la fin de la session, la femme de Walter, Carmen, fut celle qui les ramassa
comme elle le fit avec son mari pour le ramener jusqu’à la voiture.
Walter essaya à deux reprises de se suicider. A la
troisième tentative, Carmen menaça de l’abandonner dans son agonie phallique
s’il continuait stupidement à réduire tout à la protubérance en voie
d’extinction. Pour la première fois durant des années, Walter se laissa guider
dans des actes sexuels dépourvus de pénétration et, ainsi, sans aucune
satisfaction propre. Le rôle de l’explorateur dura des mois, et l’angoisse
éclot un dimanche matin, lorsque Walter eut ses règles pour la première fois.
Il souffrit de maux de ventre, et ne put s’empêcher de se sentir sale, surtout
vulnérable et d’humeur noir. Au-delà de tout ça, il fallait qu’il coupe court
avec ce flux qui coulait partout sans pouvoir concrètement le contenir. Son corps
était celui qu’il ne voulait pas, et en plus, il faisait ce qu’il voulait. Il
était face au four et, tandis que de son entrejambe coulait une substance
visqueuse, il méditait sur le nombre de gazinières ouvertes qu’il serait
nécessaire d’avoir pour terminer avec ce supplice une bonne fois pour toute.
Mais Carmen arriva du travail et n’eut pas besoin de beaucoup de temps pour
réaliser ce qui était en train de se passer.
La session explicative de l’utilisation des
serviettes hygiéniques et des horribles tampons éveilla chez son mari des
nausées et des négociations véhémentes. Carmen ne se laissa pas surpasser par
les symptômes de peur qu’elle connaissait très bien. Elle se dit qu’elle ne se
transformerait pas en la mère de Walter, mais qu’elle ne laisserait pas cette
aberration de la nature lui arracher la personne qu’elle aimait le plus au
monde. Elle devint firme, comme toujours, et lui montra comment coller une
serviette hygiénique sur une culotte en coton. Son mari était nu face à elle
incapable de bouger. Il n’opposa pas de résistance lorsque Carmen lui glissa la
serviette entre les jambes et lui arrangea de la manière la plus stratégique
possible. Il n’y eut aucune exploration ni satisfaction cette nuit par respect
pour ce curieux syndrome du saigner en solitude. Ils ne dormirent pas non plus
bien, et ce fut à l’aube de cette nuit blanche que Carmen eut une idée pendant
le besoin insupportable de se caresser les lèvres sèches de son vagin. Elle
devait s’adapter.
Le vendredi suivant, lorsque la menstruation de
son mari était terminé, Carmen fit quelques courses dans le centre commercial,
elle commanda un repas indien bien épicé, alluma de l’encens et sélectionna une
série de CDs qu’ils aimaient tous les deux. Elle s’habilla avec peu de couleur
et ne se maquilla pas. Lorsque Walter arriva accablé du médecin, elle l’invita
à s’assoir à table, elle remplit les verres d’un bon Bordeaux tandis qu’elle
lui caressait les cheveux, elle lui demanda de servir le tandoori et le riz et proposa de porter un toast pour les deux. Il
accepta sans comprendre. Ils parlèrent de la peur du changement, du malaise, de
la culpabilité et du futur qu’ils allaient vivre ensemble. Avant que son mari
se noie dans l’auto-compassion, Carmen s’approcha, le prit dans ses bras et l’embrassa avec toute ce côté féminin
qui la transformait en quelqu’un irremplaçable et extraordinaire aux yeux de Walter.
Dans la chambre, Carmen enfila une ceinture avec un pénis en latex. Elle
défleurit la perle caché de son mari et lui fit l’amour, les deux en avaient
besoin. La tête peut être un obstacle important, mais les corps communiquent
avec un langage particulier. Carmen lui donna de l’amour. Walter ne put rien
faire d’autre que recevoir. Ils jouirent plusieurs fois, jusqu’à s’endormir.
Au matin Walter se réveilla avant Carmen et se dépêcha
pour préparer le petit déjeuner. Tandis qu’il se lavait les dents, il constata
que ses seins étaient turgescents. Il eut peur mais lui vint un sourire. Il
arriva avec un plateau dans la chambre. Sa femme était éveillée regardant
quelque chose sous le drap, puis elle sourit également en le voyant venir.
Walter était beau et Carmen se sentait en pleine forme. Elle se libéra du
ceinturon qui la gênait depuis pas mal de temps, elle prit la main de Walter et
l’amena à ses parties intimes. Au début il sentit un certain dégoût. Mais ce
fut un acte de conscience physique entre ses jambes et son cœur ce qui lui
permit d’accepter chez sa compagne ce qu’il avait perdu. Après des retrouvailles d’amour un peu
compliquées au début du processus de différentiation ils arrivèrent à la
conclusion que bientôt ils seraient prêts à avoir un enfant.
« Fille », dit Carmen, « fils », répondit Walter. « Je
t’aime », se dirent-ils, puis ils prirent leur petit-déjeuner.
19 de agosto de 2012
Air De Sonate
Eléments
Fondamentaux – De l’Air
Alejandro Luque
(2010)
Presto
agitato
Avec nos
membranes épuisées de tant de réabsorption, nous commençâmes à ramer le cours
de l’océan silencieux et agitato. Pianissimo, comme ça se fait d’habitude
à ce tempo marcato et à contrepoint
qui suit la première rencontre, nous fîmes semblant de dormir largo ma non troppo tel des guerriers.
Mais tous les deux nous savions, dos à dos, que c’était un nouveau coda, simplement celui da capo de la nuit blanche qui nous
attendait. Je ne sais pas à quelle heure j’écoutai ta respiration se perdre ad libitum tandis que je sentais mon
sommeil se déployer in crescendo e cuasi
non legato.
Adagio molto e sostenutto
Le matin un
mouvement senza pedale me réveilla. À
quatre pattes et à quelques pas du lit, comme cachée, legatissimo, tu cherchais les vêtements que je t’avais arrachés la
nuit con fuoco. Tu me demandas pardon
et je m’excusai a tempo. Le café fortissimo pour toi et doux pour moi,
nous sépara cordialement et sans pitié. Complices de notre incapacité de se
traiter con cuore, nous laissions
déjà notre potentialité se dissiper avec un air gracioso e sempre stacatto. Durant la journée chacun défendra senza sordina son mensonge de
l’inaliénable indépendance. Oui, nous n’avions pas encore terminé de nous
connaître que nous nous abandonnions déjà avec un désir poco ritenuto et bien déguisé.
Allegro
vivace
A l’entrée de
l’appartement nous dessinâmes a cappella
la bifurcation de la séparation imminente. Dos à dos il a du retentir cet
« à la prochaine » à sottovoce,
parce au même temps nous nous retournions pour nous regarder. Un sourire vivace e guisto éclata en duo. A ce
moment la ville et ses misères, la notre et les nôtres, nous semblaient un jeu
bien trop stupide et ostinato pour
continuer à le jouer. Je ne me souviens pas si c’est moi qui proposai de
retourner sur nos pas pour nous valider con
brio, ou si c’était toi qui nous arrachas du trottoir con forza. Je sais juste que nous sommes retournés dans l’appartement
et que depuis cette matinée nous vivons poco
a poco accelerando sino alla fine.
Traduction
de l’espagnol : Aline Benchemhoun
Elementos básicos : ISBM 9789870243991
Elementos básicos : ISBM 9789870243991
15 de agosto de 2012
Marko et Tanja
MARKO ET
TANJA
Eléments Fondamentaux - Du Feu
Alejandro Luque (2010)
Marko et Tanja
se rencontrèrent dans une caravane lors d’une échappée nocturne, pendant l’une
de ces nombreuses guerres anthropophages qui rongeaient l’ancienne Yougoslavie.
Marko remorquait avec une corde un camion Dunlop sans roues. Il suivait avec
soin les pas de son père, qui chargeait un matelas et différents ustensiles,
tel une mule qu’il n’avait pas. Tanja et sa poupée voyageaient dans un charriot
de supermarché, assises sur la montagne d’affaires qui habitaient sa maison.
Une vielle femme ridée prématurément poussait le chariot, sa mère.
Il pleuvait du
plomb. L’air avait une odeur de viande brûlée, de sulfure de violence
décharnée. Marko s’approcha et offrit à Tanja, de manière docile et déterminée,
le coffre du camion pour emmener sa poupée. Tanja décida de descendre de sa
montagne ambulante et accepta l’invitation. A ce moment là, un vent inespéré
balaya les odeurs nauséabondes et laissa place à un ciel étoilé. Ensemble, ils
s’arrêtèrent pour observer ce spectacle qu’ils n’oublieront jamais.
La vie
d’immigrés fit que leurs parents s’installèrent dans le même camp de réfugiés.
Avec le temps et les migrations les enfants devinrent inséparables et adolescents.
A cette époque ils se promirent l’éternité. Et quand ils parlaient de
l’éternité, ils cherchaient le ciel dégagé et savouraient les étoiles qui étaient toujours, selon eux,
à leur place. Toutes les deux saisons le pays s’atomisait encore plus, et
l’intolérance du gouvernement de tour anéantissait les corps et les
convictions. Marko et Tanja commençaient à connaitre les recoins de leurs peaux
et à vivre sans s’enfermer leurs convictions.
Ce fut à cette
époque que Blivic, propriétaire d’un cirque itinérant du Nord, leur proposa de
le suivre et les embaucha pour s’occuper de deux éléphants anorexiques et un
lion albinos et édenté. Avec le temps et le parcours, Marko devint le
protagoniste du numéro de l’homme-canon. Tanja, déployant sa beauté si
mystérieuse des Balkans, commença à accompagner le magicien Uridiel, le
mystique derviche exilé de l’Arménie épuisée aussi par d’autres conflits.
Les dernières
années ils vécurent leur amour dans une vielle caravane qui était installée
près de la tente des éléphants. Avant chaque fonction, Marko vérifiait le
dispositif de la navette et les harnais,
et s’assurait que les feux d’artifice étaient placés correctement. De son côté,
Tanja révisait avec Uridiel les mouvements inextricables dans la caisse noire
d’où elle disparaissait chaque soir face à la stupeur du public.
De l’une des
capitales du puzzle politique arrivèrent un jour des informations de nouvelles
razzias destructives. Uridiel annonça sa fuite vers l’ouest et Blivic anticipa
un changement de carrière. Pendant la dernière représentation, un vendredi
soir, ciel dégagé, Tanja entra dans le coffre, Uridiel fit ses tours de
magie…et elle disparut. Personne ne remarqua le visage préoccupé du magicien,
qui devait improviser une fin sommaire à son numéro. Peu de temps après, Marko
sortit, expulsé du canon vers les étoiles. Il y eut comme toujours, un chœur
d’applaudissements et de rires, tandis que les deux clowns et le nain retiraient
perplexes de la scène le canon encore fumant.
Blivic longea
l’Adriatique et ouvrit un théâtre de marionnette à Athènes. Il céda son cirque
à un marchand turc qui le transforma en une buvette mobile, et dit avoir vendu
les bêtes pour des raisons prophylactiques. Les animaux auraient sans doute
donné une autre version. Uridiel atteignit la mort promise dans une déviation
qui le conduisit directement à la frontière arménienne. Tandis que Marko et
Tanja… continuent cachés derrière les étoiles.
Elementos básicos : ISBM 9789870243991
8 de agosto de 2012
Dilués
DILUÉS
Eléments Fondamentaux - De l'Eau
Alejandro Luque (2010)
La première
pluie torrentielle de juin s’était déchargée sur la ville, et dans cette
impasse perdue près de la rive, personne n’entendit le coup de feu ni le cri de
douleur.
Ses yeux
s’ouvrirent d’abord dans l’immensité de l’aube avec un étonnement néanmoins attendu.
Puis ils sortirent de leur orbite en cherchant un brin de lueur. Des pieds
improvisèrent une course écervelée que le rideau d’eau engloutit quelques mètres
après. Les mains tentèrent en vain de soutenir le ventre violenté pendant que
le corps s’effondrait juste à côté de l’égout. Il n’y eut pas le temps de
l’interroger que son regard se figea pour toujours. Comme un lavage inclément
et incontrôlable, le sang qui jaillissait de l’orifice mortel de la blessure se
dilua avec l’eau, et le mélange convulsé de carmin commença à se filtrer à
travers la plaque d’égout.
Dans l’obscurité
des conduits souterrains les premières gouttes avaient attiré un bataillon de
rats aveuglés qui cherchaient nourriture et refuge. L’horde irrépressible agita
moustaches et queues à mesure qu’elle s’approchait de la source olfactive qui
la guidait. Ce qui s’échappa des mille
langues bavantes dissolues arriva jusqu’au circuit de canalisation. Là, le plasma
et les leucocytes s’entremêlèrent aux millions de larmes que d’habitude s’échappent
chaque nuit par les orifices des salles de bains et des cuisines. Il y eut une
étincelle, une brève reconnaissance du sang au contact de l’eau, peut être une
sorte de mémoire capricieuse espérant unir les éléments de la mixture, ou serait-ce
seulement l’obscurité familière de l’égout éclaboussée par les reflets de
l’orage électrique qui arrivât à se filtrer à travers les plaques d’égouts.
Mais le torrent de l’écoulement ne donna guère davantage de temps au mélange qui
continua sa constante avancée.
Du carmin initial il ne restait que l’identité microscopique se
dissimulant dans les veines les plus abjectes de la ville. A la hauteur d’un recoin
central, la pluie déchargea sur les cours d’eaux souterrains un ramassis de
papiers et des dizaines de mégots de cigarette. Durant un moment tout flotta
dans un coin tel un groupe de naufragés résignés ; puis l’ensemble gagna
de la vitesse et se dispersa. La moitié d’une photographie dépouillée que
quelqu’un aurait abandonnée quelque part s’immergea, s’anéantit dans le flux
agité pour danser son dernier pas de cygne mort. L’égout suivant, une lettre
d’adieu se déplia telle un voile d’oubli qui vomissait sa teinte délébile et torturée
de nuages gris dans la tentative de corrompre les composants même du carmin
primaire. Mais la persistance de l’eau, libre, telle le temps inclément, saisit
tout sur son passage.
Le déchet
termina son chemin imparable quelques kilomètres à l’est de la ville, où
s’étend le trou occulte de la civilité, dont les effluves nauséabondes tout le
monde ignore : ce fleuve ouvert, encore plus grand que la ville, qui
accueille sans protester les miasmes brassés de ses habitants anonymes.
Il ne remarqua
pas que ce que le versant apportait juste sous ses pieds, l’unissait avec le
corps qui, par sa faute, gisait inerte à côté d’un égout perdu près de la rive.
Il ne pouvait pas l’imaginer dans ces moments, dressé au bord de l’égout, ni
même ne pouvait se permettre de vivre pour y tenter. Il avait déjà tiré par
désespoir amoureux, et pour les mêmes déraisons il allait maintenant le refaire.
La pluie tut le
second bang précis de la nuit et
accompagna le plongeon dans le fleuve. Puis l’univers termina de se mélanger
dans ce lieu indifférent où l’eau rinçe et garde tous les secrets.
Il s’arrêta de pleuvoir et le
soleil se leva vers l’est.
Elementos básicos : ISBM 9789870243991
1 de mayo de 2012
1ro De Mayo, Día Internacional Del Trabajdor
Imagen de la revuelta del 4 de mayo de 1886 publicada por el entonces diario Harper’s Weekly
1ro. de Mayo, día internacional del trabajador
Alejandro Luque
En la segunda mitad del siglo 19, Estados Unidos venía de dar los primeros pasos en la carrera de la revolución industrial. Los desocupados del campo y mano obrera extranjera afluían a las grandes ciudades en verdaderos contingentes que terminaban hacinados en las villas de las periferias. La mayor parte de la población trabajaba en condiciones de insalubridad entre 12 y 14 horas diarias, muchos incluso 18 horas. Las mujeres y los niños ganaban menos de la mitad que los hombres y toda la masa obrera, fuertemente reprimida y desconsiderada, tenía salarios miserables.
Las protestas iban in crescendo con la demanda principal de que se estableciera la jornada laboral de 8 horas (la equilibrada consigna de “8 horas de trabajo, 8 horas para dormir y 8 horas para la casa”). Frente a un ultimátum de huelga general propuesto por uno de los sindicatos de obreros, el entonces presidente Andrew Johnson promulgó una tímida ley que reducía el tiempo de trabajo a 8 horas pero que no fue adoptada por todos los estados. En Chicago, bastión de todos los excesos de explotación humana, importantes manifestaciones de protesta que incluían izquierdistas y derechistas comenzaron el 1 de mayo de 1886 y una masa importante de obreros se declaró en huelga. Hubo enfrentamientos entre los huelguistas y los rompehuelgas que mantenían la producción de varias fábricas en los que la policía reprimió a muerte.
Pero fue el 4 de mayo, luego de una concentración oficial y pacífica llevada a cabo en el parque Haymarket, que la policía decidió desalojar del sitio a los manifestantes. Entonces alguien tiró un explosivo y la policía se desbocó abriendo fuego a mansalva sobre la muchedumbre. El número de víctimas mortales y heridos después de esta masacre nunca se conoció oficialmente. La represión inmediata posterior (estado de sitio, toque de queda, allanamientos, abusos y torturas) fue apoyada por la prensa, en general antianarquista y anticomunista.
Unos meses después, en un proceso fuera de las normas jurídicas y en ausencia de pruebas, 8 manifestantes “libertarios” fueron declarados culpables de incitación a la violencia y de infringir el orden establecido, 2 a cadena perpetua, 1 a 15 años de trabajos forzados y los 5 restantes condenados a la horca. Los condenados eran activistas anarquistas, 5 de ellos alemanes, 1 inglés y 2 estadounidenses; 3 eran periodistas, 2 tipógrafos, 1 carpintero, 1 pastor y 1 vendedor.
En 1889, durante el Congreso Socialista Obrero de la Segunda Internacional en París, se estableció el 1° de mayo como día de lucha reivindicativa del trabajador en homenaje a los Mártires de Chicago. Desde entonces el día es celebrado en muchos países, salvo en Estados Unidos, Reino Unido y Andorra.
27 de abril de 2012
(Libre)
Foto del biologuero
(Libre)
Alejandro Luque
Faltaba eso en este domingo intrascendente y destemplado: salir desabrigado a la calle para comprar fasos, atravesar el semáforo en rojo al pedo, levantar la vista a la altura del kiosco a punto de cerrar y cruzarnos. El lenguaje urbano se encargó de los imponderables, y el desorden de mi departamento de arrinconarnos en la zona franca. Nos convidamos los sexos en un silencio ceremonial que barrió en un segundo todo el frío, convencidos de que nuestros cuerpos necesitaban eso y ninguna otra cosa. Destiempo previsible y satisfacción lograda. Cigarrillos, ducha, forro a la basura, y una cerveza cortada con un CD de Piazzola. Enseguida aparecieron como por arte de magia los bollos de la ropa con la que volvimos a disfrazarnos de ciudadanos, y desde la cornisa del aborrecible lunes en ciernes nos despegamos de nuestro desconocimiento mutuo en una posibilidad tan indefinida como necesariamente vacía.
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