19 de julio de 2009

Cuando Llega La Desafectación


Imagen de la película THX-1138


Cuando llega la desafectación
Alejandro Luque


--Inicio del bucle ‘holopublicitario’ de la Agencia de Control del Gobierno de EEMMUU--
La principal diferencia con la segunda versión de Pitonis-A es que la primera fue un prototipo beta que sólo un grupo selecto de afectados tuvo la posibilidad de poner a prueba para señalar los aspectos que se mejoraron en la actual.

El algoritmo de selección y desafectación del consultante ha evolucionado de forma notable, gracias a la utilización de la fórmula dinámica de von Gräbe que, asociada a la media de Gauss, consulta de manera exhaustiva los registros globales en lo civil, penal y de salud. Así, el programa evalúa tiempo, calidad, productividad y esperanza de vida del consultante, como también la ponderación indirecta de su descendencia, en tiempo record.


“¡Todo mal!”, pensó en modo alfa atenuado sin emitir un solo gesto que delatara su preocupación. La ‘navette’ se acercaba al muelle de la compañía y los dispositivos de control ‘escaneaban’ todo. “¡Hasta el alma!” balbuceó como si estuviera revisando su v-mail mientras miraba de reojo las torres de vigilancia. “Grabar y salir”, agregó mostrando el rostro a diestra y siniestra, lo que produjo que su ‘neurocom’ proyectara en la interfase mental un signo de pregunta. Entre dientes dio la orden de ignorar y embarcó con la sonrisa armada de la despreocupación.


Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

De Postres Y Otras yerbas


Foto de este sitio

De postres y otras yerbas
Alejandro Luque


Fiambrín. Me acuerdo de la fiesta que nos hacíamos cuando comíamos ese queso cocido que tenía unas pintitas de colores: en el mejor de los casos, ají molido y pimienta, pero siempre los pedacitos diminutos de jamón.
Ignacio y yo nos las arreglábamos para darle el consabido golpe de estado a la heladera, sacar el envoltorio de papel y desincrustar el fiambrín del jamón, que venían separados por una hoja de papel. A ninguno de los dos nos gustaban esas fetas de cerdo que muchas veces babeaban un jugo que se pegaba a los dedos. El fiambrín no sólo eran fetas delicadas y para nada babosas, sino que poseía esa prolijidad cuadrada que estimulaba todas nuestras papilas cartesianas.
De aquella época recuerdo que el paquetito con fiambrín y jamón anticipaba los fideos con manteca. No era un rito en sí, sino el producto de una necesidad: los fideos con manteca era lo que mamá podía poner en la mesa, y el fiambre una especie de postre. A mi familia le faltaba plata, y al país un poco del orden que nunca tuvo. Los almacenes estaban casi vacíos, como los placares.
El fiambrín, feta sobre feta, salía de la heladera y mi hermano y yo lo cortábamos en cuadraditos apilados. Luego despegábamos los “pisitos” uno por uno, y nos deleitábamos. Cuidábamos de comer la mitad del todo, que serían unos doscientos gramos. Luego envolvíamos el paquete doblando sobre lo doblado y lo poníamos en el mismo lugar que lo habíamos encontrado. No recuerdo grandes retos de mamá. En aquella época, ella penaba entre la utilidad de la cocina y las depresiones de un marido con trabajo inestable en un país ídem.
Otras veces, por supuesto, los fideos se anunciaban sin fiambrín y sin ni manteca. Ni siquiera jamón. Al recordar aquella época pienso en la angustia de mi vieja cuando la plata no alcanzaba para parar la olla o, incluso y con un poco de dinero, cuando había desabastecimiento. Colas interminables para comprar un kilo de azúcar por persona, cinco litros de kerosén (las catástrofes siempre llegaban en pleno invierno) o dos paquetes de harina.
Siempre pienso en eso, incluso hoy, treinta años después, cada vez que pongo algo en la cacerola o en el horno, en aquella época de mi país donde nadie sabía lo que eran los derechos humanos ni los de los trabajadores, pero muchos conocíamos el rebusque alimenticio y las necesidades más primordiales.



Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

Visitas


Julio Cortázar y Carol Dunlop, antes de la época de "Cosmonautas"
Foto que considero patrimonio de la humanidad

Visitas
Alejandro Luque

Antes de ir a la clínica decido pasar chez toi, en pleno Montparnasse, a quince minutos del laboratorio. Salir del trabajo cuando hay sol y la ropa ligera ni se siente es un placer que no dejaré de disfrutar. Entre el laboratorio y tu morada las calles están afortunadamente infectadas de árboles que dan verde y sombra, y ese perfume de tilos y plátanos que calma, si no da alergia. Qué generosos esos seres vivos en los que pocas veces reparamos. Están ahí, siempre, pero parece ser que el hombre tiende a ignorar lo que no se mueve, sobre todo en la urbe. Bueno… lo que se mueve también. Nos amurallamos y nos creemos que todo por fuera es estático y perenne, nos sentimos seguros de la continuación en nuestro cocoon, como si tuviéramos un certificado de eternidad.

Pero estoy yendo hacia vos y me sacudo de asfalto y azulejos. Sé que nunca los soportaste. Te he leído más de una vez pidiendo con desesperación menos cáscara y más piel. Creo que por eso vuelvo a visitarte. A visitarlos, porque siempre estás con ella, con tu esposa. Con el paso de los años aprendí a quererla sin llegar a conocerla como a vos. De hecho en varias oportunidades recorrí sus trabajos e intenté entenderte en tu elección. Creo que siempre he hecho eso con los compañeros de mis amigos: aceptarlos desde la comprensión que hizo que ellos eligieran al otro. Y en este caso, con Carol he descubierto en vos eso que muchas veces vi en mí: amamos al que hace mejor que nosotros eso que tanto nos gusta. La fotografía, en este caso. Sus clichés son magníficos, profundamente expresivos, llenos de esa vida instantánea que tanto vos como yo nos empeñamos en captar. Por eso prefiero sus fotos a sus escritos, sin duda.

Llego y los encuentro, como siempre, a los dos juntitos retozando el tiempo cerca de ese árbol cuya especie desconozco. Parece un nogal, aunque nunca vi nueces dispersas al pie del tronco. Les llega a los dos la sombra de esta tarde de verano en pleno centro de un París confundido de turistas y de horarios raros. Intuyo tu sonrisa irónica, porque los dos sabemos que París no tiene otra estación que la que uno quiera darle. Sin embargo, el rigor del verano se me vuelve inapelable. Me perturba esa pareja de viajeros que pasa a unos metros y nos mira, nos mide. Creo que son paisanos nuestros, porque me pareció escuchar que ella dijo “dejá”, así, con ese argentinamente delator acento en la a.

Carol está casi desnuda, y vos, como siempre, atiborrado de papelitos, cartas, postales, monedas, y piedritas de colores como "caracolitos que asoman sus cuernos al sol." Como ninguno de los dos dice nada, me acomodo yo también debajo de la sombra del nogal sin nueces, saco la revista del bolso y se las muestro. Quiere el azar del viento que se abra en la página donde está uno de los textos que he firmado. Se los leo, asegurándome de que la pareja de intrusos argentinos está lejos. Leo con calma y al terminar no los dejo decir nada, porque no pretendo respuestas, aunque me asalte la fiebre de preguntas, como de costumbre. Te dejo la revista, la acomodo según creo, y les saco una foto a los dos. Luego ironizo al darme cuenta de que te arropo aún más, mientras Carol sigue casi desnuda y sin protestar. Pero es así la vida y lo que ya no lo es. Antes de irme te señalo el título de la revista, que es el del foro, y siento tu sonrisa en mi corazón. Quiero sentirla. Lo necesito en medio de este verano de tímidas despedidas.

Corro al metro. Odio las contorsiones surrealistas de la gare Montparnasse, pero no me queda otra. Veinte minutos después me bajo en la Plaza de Clichy, “la plaza menos interesante de París” según vos. Camino a grandes pasos y trepo por el pie occidental de la butte de Montmartre hasta la rue Duresme donde termina mi escalada. Entro en la clínica, digo bonjour desde las tripas a toda esa gente que se ocupa de la gente que ya no puede ocuparse de sí misma, y tomo el ascensor hasta el cuarto piso. Me pongo el barbijo, el guardapolvo, los guantes, y me cubro los zapatos. Golpeo y entro en la habitación. K está comiendo una ensalada y me brinda la sonrisa sincera de quien esperó todo el día, quizá toda la semana, una visita desde su vacío de enfermo soltero y extranjero. Hablamos de la ceremonia de los juegos olímpicos en China, de las nuevas e incómodas perfusiones que le pusieron a nivel del cuello por lo inaccesible de las venas en sus brazos y piernas, de esa puta infección que le resta menos posibilidades de las que rel tumor y sus metástasis le brindan. Le pido disculpas por no haber pasado estos días .“Estuve reuniendo las últimas correcciones de la revista y quería terminar la edición”, me justifico Y como queriendo ahuyentar el inmenso cansancio que pretende abatirla, me pide que le vuelva a contar sobre el foro de cuentos, y el porqué de Perras Negras. Y aquí estoy yo, dibujándole a K rayuelas imposibles como si fueran modelos para armar, y es ella la que recuerda en su sopor y balbucea un octaedro, y yo replico con todos los fuegos mis bestiarios, y ella menciona a su hermano de tierra Charlie Parker y yo le recuerdo lo irrisorio de los premios y la rareza de algunos exámenes. Para el final del juego pronuncio los nombres de Manuel y de la querida Glenda. Nos reímos de las coincidencias que no son tales y pienso –siempre termino pensando- en la maga.

Me desenvuelvo de mi disfraz aséptico de visita y, casi al partir, me pregunto si vale la pena contarle a K que esta tarde fui a visitarte y que te dejé la revista para vestirte aún más. Sin responderme, salgo de la clínica pensando en mi casa y en cómo hacer para darle belleza literaria a toda esta ausencia terrible de ayer, de hoy, de mañana.

20 de julio de 2006

Marko y Tanja


Circo Gruss - Foto de publicidad

Marko y Tanja
Alejandro luque


Marko y Tanja se conocieron en una caravana de evacuación nocturna, durante una de las tantas guerras antropófagas que deformaban la antigua Yugoslavia. Marko arrastraba con una soga un camión Dunlop sin ruedas. Seguía con esmero los pasos de su padre que cargaba, como la mula que no tenía, un colchón y varios cacharros. Tanja y su muñeca viajaban en un carrito de supermercado, sobre la montaña de bártulos que supieron habitar su casa. Al carro lo empujaba una mujer arrugada prematuramente, su madre.



Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

1 de julio de 2006

Rayagüer


Línea 13 del metro parisino, foto del biologuero

Rayagüer
Alejandro Luque

Era tarde y estaba cansado. El tufo de neurastenia ciudadana terminaría por darme asco y me vendería el billete que siempre compro: el deseo de un viaje que sea corto. Pero el tumulto apurado e insolente en el autobús de las siete nos puso uno pegado al otro, y deseé que el viaje fuera largo. Fue mi mano la primera en despertarse. Fue el giro casi imperceptible de tu cabeza que nos volvió a la vida. Adelanté unos centímetros kilométricos mi cadera y la tuya me recibió con su resistencia micrométrica. Bailamos un rato el ritmo ajetreado del viaje mordiéndonos el jadeo. Tu mano luchó entre los intersticios de miles de extremidades hasta alcanzar la bragueta que ya no podía contener nada más. 

Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

Tal Vez


(Barro Tal Vez, tema de Luis Alberto Spinetta
del álbum Kamikaze, que inspiró el relato)


Tal Vez
Alejandro Luque

Fui barro. Pero no ese barro que un dios aburrido y caprichoso se pone a malear. No. Fui ese barro que gestó principios posibles y una de sus tantas consecuencias. Sí. Ese barro banal que se forma al costado de un arroyo luego de las lluvias del equinoccio y que huele a estanco y a olvido salvaje que inunda la hora en la que el sol no logra dibujar una sombra. Fruto del estiércol prodigioso de las bestias que se acercan para saciar su sed, que se bañan para mudarse de los parásitos que las habitan. Fui barro, empantanado barro humoso que al secarse se transforma en una costra de ceniza y que al fermentar con el calor de todas las tardes se disfraza con hierbas bravas, que se adorna con la arquitectura exquisita de todos los insectos. Fui barro de mañana que absorbe la niebla espesa que se arrastra como un aliento cansado y denso a través de las gargantas y de los valles. Poro vital y generador. Un barro ágil que se condensa y se dilata en el ritmo implacable de la noche que sigue al día, que trabaja amoldando cada grieta, que incuba y amasa a su germen legionario y escondido. Barro que se seca al sol y que se resquebraja en millones de pedazos, barro coriáceo que respira, y que respirando le da aire a la maravilla que protege. Barro tal vez.


Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

Instrusión


Lara...

Intrusión
Alejandro Luque

Percibo recién ahora su presencia en la otra sala ya que la lluvia acaba de terminar con su inquietante repiqueteo sobre los techos. Se mueve entre las sombras, se cobija en los rincones oscuros de la casa. La sangre comienza a fluir por mis venas a una velocidad indescriptible, y el miedo que me acechaba unos minutos antes ya no existe. Siento crecer una necesidad imperiosa de desplazarme lentamente hasta el vano de la puerta. Sé que puedo estar cometiendo un grave error, pero también reconozco que no hay otra salida. Acomodo mi cuerpo, contengo mi respiración y avanzo lentamente. El espejo de pie, al fondo del pasillo, pretende asustarme con mi propia imagen y se me erizan los pelos en la piel. Me recompongo, me desplazo y gano la habitación. Mis sentidos confirman que el intruso está cerca del escritorio. Es el momento de avanzar sigilosamente para sorprenderlo antes de que sea tarde. Vestida de oscuridad soy prácticamente invisible. Inexorablemente soy. Por detrás del perchero hago el contacto visual. Me condenso. Está ahí, hurgando entre los papeles. Entonces todo deviene instinto implacable. Avanzo un poco, me agazapo, tomo ímpetu, salto y atrapo certeramente su cola con mis garras recientemente afiladas en el tapizado del sillón del living, sin hacerle daño. Aún no, porque tengo por delante toda la oscuridad de la noche para jugar con este ratón.

La Historia Apócrifa De Chactas

Entierro de Atala, Girodet-Troison (1767-1824)

La historia apócrifa de Chactas
Alejandro Luque


Cuando llegaron al valle con sus pieles blancas que hedían soberbia y prepotencia, no valieron los ataques que organizaron las siete tribus ni, al final, los esfuerzos de nuestros brujos para detener la avanzada del hombre del oeste. Nos diezmaron sin clemencia, se apoderaron de nuestras tierras y de nuestros dioses, y nos acorralaron en los yermos montañosos del sureste. Lejos del espíritu del Gran Río, perdimos fuerza y los dioses terminaron por abandonarnos. Algunos de nuestros ancestros se contentaron con los cactos y las rapaces, y se reunieron en tribus abrasadas por el sol y el hambre. Otros se abandonaron a su suerte, creyendo encontrarla en nuestras antiguas tierras. Lograron dividirnos. Ganaron.

Pero el golpe más brutal de los invasores fue que nos impusieron su dios vengador de tres caras: la que azota con su barba blanca, la que exige una paz obligada en la que el pueblo que la recibe es siempre perdedor, y la del crucificado que pregona la aceptación del fuerte sobre del débil.

Soy Chactas, hijo de Mimbras de la tribu de los Natchez. He perdido todo, nada me queda. Y juro que no será la sangre de los invasores la que llore sobre tu tumba, Atala, cuando el sol se vuelva a poner detrás del monte de encinas. Aquel reducto oculto donde nos prometimos la desnudez que heredamos de nuestro pueblo será un invento, un engaño como el que las nubes inquietas del sur juegan en los meses del sol sobre nuestras cabezas. Tampoco será la vanagloria violenta de los brujos blancos la que te rendirá los homenajes dignos de tu alcurnia, porque tu cuerpo no estará ahí. Aunque así se lo hayas prometido a tu madre que abrazó la cruz y quiso imponértela.

Porque no sabrán que no estás debajo de esa piedra que sostiene al crucificado y en la que pintaron un nombre que no es el tuyo. Pero si sospecharan, no te encontrarán, lo sé. Chactas te promete que ninguna luna pintará la sombra de los leños en cruz sobre tu morada. Sé que no podré evitar que el gusano de la muerte te desmigue, pero cumpliré con el pacto de nuestra estirpe. Caminaré orgulloso el resto del camino que me queda por recorrer, Atala. Y no temas, no me perseguirán como a una bestia de caza, porque no seré culpable de otra cosa que de esconder mi corazón sometido al látigo de tu abandono inexorable. No lloraré como lo hago ahora.

Oculto un mechón de mis cabellos en tu mano, los cabellos que amabas y recorrías con tus dedos como buscando el fondo del río. Lo enrollo en tu mano que aún lleva esos leños en cruz que nos separaron sólo por un instante. El único bien que poseo es el aro de mis ancestros. Me lo arranco para sangrarte en silencio y reemplazar con él la cruz. Aubry, ese viejo cómplice que me arrebata la delicadeza de tus pies tan iguales a los míos, me reprende y me dice: “Un esclavo de la iglesia no llora”. Te entregamos a la tierra en esta cueva, Atala. Te devolvemos a nuestros dioses derrotados que te guiarán en el viaje.

Mentiremos, Atala, porque nos enseñaron a hacerlo. Mentiremos para rebelarnos contra ese dios mezquino que masacró nuestros dioses y nos confundió. Mentiremos, y los invasores nos creerán, mi amor… Ellos siempre creen.

... Y Después Soy Biólogo


La mesada de trabajo del Biologuero

... Y después soy biólogo
Alejandro Luque

Por la mañana existe ese lapso de tiempo entre el desayuno rápido y la puerta del ascensor que se abre frente al lugar que me contendrá una gran parte del día. Ese intervalo es lo más personal e íntimo de mi existencia social. Bajar las escaleras de mi departamento, abrir la puerta -no exactamente para ir a jugar-, husmear el aire, y cruzar la calle. Al paso, reconfortarme con los colores en plena construcción estética que el artista de mi verdulero pinta magistralmente. Entrar, enseguida, al bar-tabac para comprar los veinte cilindros demoníacos y encender uno compulsivamente. Nada me impide darle un vistazo al escaparate de Mirto, un negocio de ropa para jóvenes. A esa hora de la mañana todavía no manifiesto un juicio vehemente sobre las locuras de la moda. Me contento con saborear las potencialidades perdidas de mi cuerpo sintiéndome al lado de mí mismo. Luego el semáforo de l’Avenue de Clichy. Me preguntarán qué tiene de especial un semáforo en una avenida. Les respondo que mucho, y éste especialmente.

Hace varios años, cuando el tedio actual era un asunto impensable, una mañana muy fría de otoño, casi pegado al semáforo esperando que vomite su hombrecito verde, vi una chica joven que se me acercaba corriendo toda ella vestida en miles de capas de tules de colores y varias bufandas desplegadas como alas en su espalda. Creí que iba a saltarme encima, pero simplemente se agachó y recogió del pie del semáforo una hoja de álamo. Cuando se incorporó, me miró a los ojos sólo un instante, secó la hoja con los puños de su pulóver violeta y la abrigó en su vientre. Cruzamos juntos la avenida pero yo me dejé devorar por las fauces inclementes del metro, mientras que ella se habrá librado a la mañana parisina que reserva el rigor y sus grietas.

El viaje en metro es siempre eso: un viaje donde todos son piernas o rostros que esquivan otros rostros. La intimidad más próxima sin el mínimo contacto humano. El gusano avanza por el túnel secretando y absorbiendo viajeros. Finalmente todo pasa como los boletos por las máquinas, sin dejar rastro ni alma. Pero yo disfruto de ese viaje. A veces juego sonrisas, otras insinuaciones de caricias. Alguna vez fijé la mirada y, sólo una, recibí una cachetada. Por lo general, leo.

Cuando llego a la estación en frente de mi trabajo, el gusano me expulsa y saludo Les Invalides, primero, y la Dama de Hierro, después. Cruzo el campus entre el perfume de los narcisos en invierno o las hortensias en verano. Camino aún libre de mi contrato de trabajo. Saludo al quiosquero que acepta reservarme alguna locura cinéfila. Me acerco al edificio, tomo el ascensor. Cuando la puerta se abre, me dejo tragar por ese lugar que me dará de comer.

Después, soy biólogo durante unas ocho horas.