6 de marzo de 2010

Por Un Después Del Sapiens


 Foto de E.S. Ross, a partir de la Enciclopedia Británica

Por un después del sapiens
ADL

Ya sé que no es relevante según sus términos; pero usted siga transcribiendo sin chistar, que para eso le pago.

En aquella época había una simpleza natural hasta en la sala de baño. ¿Por qué me mira así? Supongo que usted conoce los bichos bolita, ¿no? ¡Pero sí, hombre! Esas carcasas grises del tamaño de una pastilla ovalada que ni bien uno las toca se enrollan en sí mismas y se hacen una pelotita. ¡Esos! Algunos los llamaban los bichos de la humedad porque solían pulular los rincones enmohecidos. ¡Cómo que los insectos son asquerosos! No eran algo asqueroso. Eran parte de nuestra cotidianeidad. Hace unos días leí que la forma correcta de denominarlos es… espere que lo tengo anotado en un papelito: ‘Armadillidium vulgare’. Sí. Suena a armadillo, a quirquincho. ¿Tampoco? Quir-quin-cho. ¿Que nunca oyó hablar? Es como un bicho bolita, pero más grande y con pelos. Era muy rico al asador, cuando no terminaba en charango. ¡Qué no, hombre! Que no acostumbro a comer insectos. ¡Y pobre animal, que tanto lo hemos consumido que ya casi no se lo ve. Sí, doctor: el hombre espanta, arrasa, le hecha flí a lo que no le gusta, sin entender y sin prever, y al final se va quedando cómodamente solo... ¿Que qué es el flí? Se escribe fleet…

Bué… mejor volvamos a los bichos bolita, porque hay que terminar de escribir este documento para mis dos nietos. Me gustaría que encontraran algún día en un rincón del baño algún bicho bolita. Ya sé que hoy es imposible con tanto deshidratante y detergentes poderosos. Que los vieran ahí, sentados o en cuclillas, haciendo sus menesteres y sin apuros. Créame que esos chicos son hijos del pavimento y del cemento; los aterroriza el barro y los mosquitos porque no sé qué se imaginan que son. ¿Voy muy rápido? Usted me frena cuando sea necesario.

Desearía que pudieran descubrir dónde se esconden, seguirlos, apenas tocarlos y observar cómo se enrollan, ruedan y se quedan inmóviles. Y un rato después, que vieran la manera en la que se desovillan y caminan apresurados con esos pies incontables que se agitan de la forma más sincronizada que se pueda concebir. Quisiera que mis nietos heredaran la naturaleza que en algún tiempo aún convivía con nosotros, porque allí estaba antes. Que inviten a las arañas a que salgan de la casa por la ventana. Que pidan un deseo cuando un grillo se mete por la puerta y que levanten el pie para no cortarles el camino a las hormigas. Eso: que sean huéspedes tolerantes.

No, querido. No creo que todo tiempo pasado haya sido mejor, ya que aunque me haya costado llegar con vida hasta el día de hoy, lo he hecho gracias a los innegables avances. Sí creo que este presente, y por sobre todo el futuro, no pinta bien; siento como que algo se nos ha perdido en el camino. Nos hemos vuelto autistas y demasiado soberbios, violentos y parásitos, egoístas y devastadores. En vez de haber ganado sabiduría para abandonar nuestra adolescencia, nos regodeamos en el confort mezquino y la individualidad estéril. Y así fue que nos olvidamos de que se puede salir al jardín para abrazar al duraznero y al nogal, nada más que porque son seres abrazables; ignoramos que existe el proceso maravilloso y perfumado de las coronas de los jacintos que se abren temprano a la mañana o el despliegue tímido de los capullos de las buenas noches por la tarde; que se puede sentir la tierra respirándonos sobre la piel. Y en una noche de verano poder salir a espiar las luciérnagas entre los ligustros…

¿Que hay que nombrar con claridad la propiedad y sus contenidos? De acuerdo… Escriba que dejo al cuidado de mis nietos la casona de Azul, con todos los fantasmas de los bichos, las plantas que la habitan y todas sus promesas. Y escriba muy claro que de esos fantasmas se tienen que hacer cargo porque son de ellos, y porque la libertad y el progreso bien entendidos son hijos del debido respeto que nuestra especie debe aprender a heredar para no terminar legando perdones siempre tardíos como inútiles. A propósito, ¿conoce usted la historia del pájaro dodo?  ¡No! No bobo, dodo. El pájaro, no usted. 

23 de febrero de 2010

Marta Sin Hache


 
Imagen de la campaña europea contra la violencia de género
 
Marta, sin hache
ADL

Marta, sin hache, da vueltas y vueltas y se propone en silencio excusas alucinantes, como no levantar la cabeza para evitar ser devorada por ese monstruo radiante de tentáculos que engulle a quien se atreva a mirarlo. Según sea el rigor de la mañana, Marta, sin hache, se niega a mirar su doble en el espejo porque teme ver lo que no quiere, lo que le produce terror. Hace unos años estuvo sin dormir casi una semana cuando descubrió tres canas en ese lugar ortiva que está por delante de la oreja. Se sintió ultrajada por su propio cuerpo, aunque no era la primera vez ni tampoco sería la última que debería pagar por eso Ya antes, Marta, sin hache, había descubierto que los senos que tanto sobaron sus dos hijos se caían como frutos marchitos, se deformaban vencidos por el rigor de la gravedad. De la gravedad de vivir. Después y eternamente, el parto de las mañanas cuando el cuerpo duele en cada poro y nos muestra todas sus horribles deformaciones al pretender dar a luz una familia holgazana. En todo caso, las deformaciones del cuerpo de Marta, sin hache, que ella ya no quiere ver en el espejo insufrible porque se convence de que no tienen sentido, ya no cuentan. Se cepilla los dientes, y al escupir ve  la espuma rosada, por lo que vanamente se dice que habría que ir al dentista y gira la cabeza sin levantarla. A la izquierda está la toalla de mano. Marta, sin hache, la toma y la apoya con suavidad y cierta firmeza sobre su rostro. Piensa que tendría que ser más cuidadosa, más atenta para evitar eso que manifiesta su cuerpo, porque siempre es así que lo que le pasa es un designio que la sobrepasa. Entonces recuerda lo que siempre le dijo su madre: “Fue la tipa del registro civil la que se empecinó en no ponerte la hache en el nombre; y a mí me dio lo mismo, porque todavía me dolían las tripas que me abriste para nacer”. Muchas veces se preguntaba qué habría sido de aquella mujer caprichosa con las mudeces. Como sea,  Marta, sin hache, se vio obligada a comenzar a vivir su identidad según la voluntad de los otros. Su madre se esfumó un día en la naturaleza, por lo que ella terminó en la casa de su tía como esclava, lavando a mano los pisos “porque quedan mucho mejor que con esos aparatos”, sentenciaba la arpía. Fue por aquellos tiempos que inventó su juego secreto de superviviente: se llamaba Martha, y hodiaba ha su tía, hamaba ha un príncipe que la rescataría del hinfierno, lo hesperaba con fervor, porque hél lograría que la hotra Marta holvidara todo sus tormentos. Y hél llegó, y se la llevó, y tuvieron dos ijos. Y se volvió Martha, con ache, hal precio de conocer hel gusto lacerante del haliento himpregnado de halcool. Por heso Martha, sin ache, no quiere volver nunca ha levantar su cabeza frente hal hespejo. Y no porque no quiera ver los ematomas que de costumbre lo cubren, ni por negar la hexpresión de sus hojos ha punto de hexplotar. Lo que la haterroriza hes descubrir detrás del reflejo de su cuerpo herróneo –hhhhherróneo–­ la hexpresión de furia hen la cara de hél, que seguro ya hestá hagazapado y listo para saltar sobre hella y recordarle quién hes hel hamo y quién hes Marta.

Nos


Foto de este blog

Nos
ADL

La mosca se embate con la ventana.
La luz, el olor, las cosas afuera
que brillan lo inmundo que el mundo emana.
Choca e insiste porque es su manera.

Mosca impávida, ciega, sinónimo
de desidia y del último estertor.
Mosca hermana del destino anónimo,
bestia esclava del olvido y del hedor.

Choca y me recuerda, nos los humanos
golpeando ciegos el muro invisible:
se atonta, insiste, trepa bien en vano,

Ignora que el vidrio es una redada
que esconde lo impensable e imposible:
mi gata, por debajo, agazapada.

14 de febrero de 2010

Gregorio Y Salvador


 Fotomonaje de Alejandro Luque

Gregorio y Salvador
Alejandro Luque
A Patricia C.

La ambulancia llegó a la curia del Sagrado Corazón diez minutos después del llamado. Los enfermeros subieron las escaleras corriendo hasta alcanzar la habitación del padre Gregorio. Varias sotanas oscuras rodeaban la cama como cuervos estatuarios. Ya velaban al hombre que yacía boca arriba, con signos morados inconfundibles en su rostro. Un socorrista se hizo paso entre los presentes para llegar hasta Gregorio; lo auscultó, pidió una dosis de adrenalina y que desplegaran el equipo de reanimación. Desgarró la sotana y la camiseta de algodón que cubrían el cuerpo inanimado del cura. El pecho casi imberbe de Gregorio quedó al descubierto, como así también su vientre flácido y prominente. “... paciente de unos setenta años, cianosis importante en conjuntivas y labios, sin reacción ocular, latidos inaudibles, enviando dos centímetros cúbicos de adrenalina por vía periférica… preparados para la reanimación y traslado al ‘hache-ce’, cambio”. Otro socorrista metió el respirador sobre el rostro de Gregorio y comenzó a bombear aire en sus pulmones. El tercer enfermero acercó a la cama el equipo de reanimación y pasó los electrodos al primero que practicaba el masaje cardíaco. Sin perder el tiempo, dictó un amperaje, pidió que se alejaran y envió la descarga eléctrica que atravesó el cuerpo de Gregorio. Este se agito en una profunda contorsión. “Pulso recobrado a los veinte minutos, inestable a 65, respiración asistida y en equilibrio, procedemos al traslado, cambio”. El cuerpo del sacerdote pasó, con la ayuda de seis manos, a una camilla que lo transportó a la ambulancia y luego a las urgencias del Hospital Central, donde se recuperó en unas semanas de su infarto agudo de miocardio.

Gregorio volvió a la curia y pidió que lo exoneraran de la celebración de las misas y la confesión. Empezó a tomar la costumbre de vagar por los jardines. Solía vérselo sentado durante horas frente a los castaños en una clara actitud  de meditación. Cada día tomaba “religiosamente” los medicamentos que le habían sido recetados y prácticamente no hablaba con nadie. Sus pares comprendían la debilidad en la que el cura se encontraba respecto de su salud, por eso lo acompañaban en su silencio y sus meditaciones en la espera de su total recuperación.

Al segundo mes, Gregorio fue a hacerse uno de los controles obligatorios al hospital. Allí encontró al socorrista que lo había reanimado.
‒¿Cómo se encuentra, Padre?
‒Mal, hijo… Mal.
‒¡Enfermera! –gritó el socorrista.
‒No, hijo –interrumpió Gregorio sonriendo. –No es clínico el malestar. Dejá a la enfermera tranquila y mejor decime cómo te llamás.
‒Salvador Reyes, ¡a su servicio!
‒Salvador… Quiero agradecerte este trecho de vida que me has regalado... Gregorio hizo una pausa antes de continuar‒. Salvador… qué curioso…
‒De nada, pero, ¿por qué le parece curioso mi nombre, Padre?
‒Porque el misterio de nuestra salvación está siempre frente a nuestras narices, confundido en el paisaje y disfrazado de nombres y de símbolos, sin que lo podamos percibir hasta que lo vemos o nos ayudan a hacerlo.
‒No entiendo, Padre.
‒¿Cuántos minutos estuve ‘muerto’, Salvador?
‒Unos veinte, creo.
‒Pues bien, estuve muerto todo ese tiempo y después de mi vida no había nada; NADA, ¿entendés? Ni un túnel con luz al final, ni ángeles indicando un camino, ni mis padres recibiéndome… Nada, nada de nada.
‒Creo…
‒¡No creas, Salvador!.. ¡No creas nunca! ¡Viví! Viví este todo que es la vida. Vivilo con intensidad y responsabilidad. Maravíllate de vivir sin pretender que habrá luego alguna otra maravilla por la que valga la pena esperar. El único reino que poseemos es nuestra existencia, la que sea y mientras dure.

Gregorio lo abrazó como lo haría un oso, corazón contra corazón, y siguió su camino. En ese momento, Salvador se dio cuenta de que el cura no llevaba la sotana. Iba a decirle algo, pero la alarma del servicio de urgencias lo obligó a salir corriendo.

10 de febrero de 2010

Prisión


 
 Imagen encontrada en la red

Prisión
ADL

Miro la mano que apoya
la carta sobre la mesa.
Veo las manchas y arrugas
que brillan entre la niebla

¿Qué hora será ahora?
¿Me habré olvidado de vuelta?
¿Me habré pasado de largo
las pastillas y la siesta?

¿Y qué decía la carta?
¿Y qué noticia otra mano
habrá querido que sepa?
¿Y dé quién es esta palma
Arrugada y temblorosa
que entre la niebla se acerca?

¿Qué hora es, qué tarde es ésta?
¿Será domingo allí afuera?
Ay esta memoria mía
y esta neblina molesta.

¿No será mía la mano
que de mi falda se aleja
para recoger la carta
que dejaron en la mesa?

Me parece que es sábado
y ya vino la enfermera.
¿No será hoy mi cumpleaños
y habré de soplar las velas?

¿Y qué dirán estas líneas?
¿Y qué hora será afuera?
¿Y de quién será esa mano
que posa una carta sobre la mesa?

30 de enero de 2010

A Los Lados Del Ligustro



A los lados del ligustro
ADL

Sol intenso anunciando la primavera en este pueblito que no deja de asombrarme. Severino Cruz, un local de edad y rasgos indefinidos, me invita a recorrer los secretos de Santa Polola. Detrás de un gran terreno sin utilidad está el cementerio. Un cementerio “lindo”, aseguran las matronas más fieles al rito fúnebre. Un cementerio “de mierda” responde el grupo consorte restante que se niega tanto a pensar en la posibilidad de la muerte como a confesar la disfunción de sus erecciones.

El predio mortuorio está justo a los pies de la ladera oeste que da al río. En dirección del norte se puede observar la nube amarronada de la ciudad más cercana. Una nube que inspira miedo a casi todos los polonienses e interminables expresiones de envidia para los avezados exploradores.

Si uno se toma el tiempo, recorrer el lugar se convierte en una verdadera lección de historia. Por ejemplo, la primera tumba, entrando hacia la derecha, reza misteriosamente: “Florindo Parado y Redondo, un hombre cuyos inamovibles principios restarán los nuestros en esta eternidad circular”. Una foto incrustada en la piedra delata a un inocultable burócrata, regordete y con mirada severa. Al avanzar siempre por la única calle, que se llama Principal, la vista se topa con una especie de torre medieval a la que le falta el cuerpo del castillo. Una placa corroída por el tiempo y la intemperie afirma: “Ismael Cohen y familia, sus nietos y sobrinos a los principios fundadores de esta futura gran urbe”. Otro relieve metálico desea más abajo, “Larga vida al banquero que hizo realidad nuestros sueños”. Siguen algunos signos hebraicos y múltiples cruces esvásticas e invertidas pintadas al rojo vivo. Son los mismos insultos en pinceladas como heridas sobre los vidrios del portal los que impiden ver el fastuoso interior de la bóveda que se eleva flaquísima e impenetrable por encima del resto.

Avanzando unos metros más, pero hacia la izquierda, no pasa desapercibida una especie de torta sobre un rectángulo de granito negro. Al acercarse, la forma se convierte en una corona de laureles dorados en cuyo interior se lee en letras labradas “¿Quo vadis, Domine?”. Enseguida, y en talla más pequeña, hay lo que parece ser una respuesta: “Voy dónde se requiera mi oficio de guardián de los intereses del pueblo”. Un improperio irrepetible, nuevamente en carmín y como subrayando la frase, nos sugiere que se trata de la tumba del primer intendente de Santa Polola.

Uno pensaría a esta altura de la Principal que no hay nada más para ver porque el relieve por delante desaparece en una vasta superficie plana y seca, justo después del capricho de un ligustro tan verde como lustroso. Sin embargo, el ojo avisado reconoce una fina extensión lateral a la Principal, partiendo hacia la izquierda –¡obviamente!–. Una senda hecha a fuerza y constancia de pasos que evidentemente se escaparon del camino central para labrar su destino.

Severino Cruz me toma de la mano y me invita a olvidar la oligarquía ostentosa que se pudre a mis espaldas para mostrarme la curiosa intimidad de los pobres, proscritos y advenidos que abonan el otro lado del ligustro, igual de olorosos que sus vecinos pero en el anonimato.
–Aquí enterraron a la esposa de Sulimán, el dueño de la posada –dice Severino frente a un promontorio que me recuerda el Pan de Azúcar. –Intentaron enterrarla de pie, porque el turco estaba convencido de que así yacían sus ancestros al otro lado del charco –continúa. –El problema fue que la mujer murió con el módico peso de ciento cincuenta kilogramos y nuestros dos funebreros siempre fueron dos muertos de hambre. La cuestión es que entre malabares de equilibrio inhumano, la parte ancha del cajón se inclinó primero y se les resbaló de las manos para caer en el hoyo… de cabeza. Hubo varios intentos por los presentes de extraer el sarcófago, todos vanos, hasta que el viudo decidió que así fuera la última voluntad de su mujer, que bien cabezona había sido en vida –concluye y avanzamos.

Una tumba con una suerte de embudo invertido en el centro llama mi atención.
–Ese es el último cura de Santa Polola. Nadie habla de él y ni siquiera existen registros – exclama con una mirada llena de complicidad. –El cura era un misionero brasileño y negrísimo que sufría de un embarazoso priapismo. Lo curioso es que, al morir, el fenómeno se cristalizó; y a tal punto, que hubo que construir un ataúd de características singulares, como puede constatar. Hemos enviado cartas al Vaticano clamando por su santificación, pero nunca tuvimos respuesta –termina con un dejo irónico en la voz.

Así se suceden anécdotas y fenómenos en la topografía de ese yermo vedado a la vista de los eventuales turistas por el estratégico ligustro. Llegamos al final de la senda y no puedo dejar de remarcar una pequeña excavación abierta.
–¿Murió alguien recientemente? –arriesgo la pregunta.
–Sí y no… –me responde un Severino dubitativo. –Esta es la tumba para el perro muerto del loco Modesto.
–¿Perro? ¿Aquí entierran animales, también? ¿Y de qué murió? –vuelvo a arriesgar.
–En Santa Polola toda vida es sagrada. Y se desconocen las causas del deceso del can –confiesa. –Hace unas semanas Modesto apareció arrastrando con una correa el cadáver oloroso del bicho, –sentencia, –y no hubo caso de que entendiera que estaba muerto –termina.
–Pero, ¿nadie le explicó?
–Sí, y él insiste que el perro morirá y será enterrado el día en que Braulio se bañe.
–¿Y quién es Braulio?
–El cebador oficial de mate en el pueblo.
–¿Y se bañará hoy?
–Digamos que el día está cerca. Braulio se baña escrupulosamente para la fiesta de la primavera, –me confía con un brillo intenso en los ojos, y agrega–: pero no porque sean unos hambrientos dejan de ser previsores nuestros funebreros.

Se nubla de repente y Severino me sugiere volver sobre nuestros pasos. Partimos por la Principal, atravesamos el terreno, cruzamos la avenida de tierra y nos metemos en el bar de Sulimán para olvidar ligustros y divisiones. Al resguardo de una lluvia imprevisible e impertinente, no puedo dejar de imaginarme lo que podrán preparar las almas de este pueblo para el equinoccio.

16 de diciembre de 2009

La Espera



Imagen encontrada en este blog

La espera
ADL

Siete de la tarde. En una hora llega y yo todavía estoy en veremos. ¡Vamos, activate! Desempolvo de su rincón la vieja aspiradora y rasqueteo ─sí, así está de vieja y abandonada, como yo─ el departamento en menos de diez minutos. Demasiado tiempo, teniendo en cuenta sus extenuantes veintidós metros cuadrados. Reencarcelo al aparato en su confín y me pongo a recoger todos los objetos fuera de lugar. Publicidades mezcladas con facturas, diarios viejos que ni siquiera leí, los crucigramas, calzoncillos y remeras que quedaron misteriosamente abandonados sobre el sillón, colgados de las sillas y arrugados al pie del colchón. Y sí: no tengo cama sino un colchón sobre el piso de la habitación. Siete y veintitrés. Me pego una ducha reparadora. Tengo que acordarme de comprar shampoo y papel higiénico para el baño. Me visto en un santiamén con mi caballo de batalla: pantalón beige, camisa de algodón azulada y mis mocasines con suela térmica. Ocho menos diez. Mientras confirmo si todo está bien, siento la aspereza de mi barba. Frente al espejo del baño desaparece en menos de tres minutos. Enjuago la pileta, acomodo el jabón de mano en su lugar y pliego la toalla con delicadeza. Un pshh de perfume y ya está. Huelo el aire confinado de la sala y decido encender un sahumerio. Estiro el mantel de la mesa y acomodo las sillas. Cuatro minutos para las ocho. ¡El café! Casi me olvido. Corro a mi cocinita, saco el filtro con el café viejo, repongo, agrego agua y lanzo el ciclo. Sin detenerme a disfrutar del aroma poso sobre los individuales de rafia azulada dos tazas de la única porcelana que poseo. Me miro una vez más en el espejo, y me siento a esperar. Ocho y siete minutos, suena el timbre. Me siento excitado y contento por la reporchable puntualidad. Verifico a través del ojillo y abro entonces la puerta sonriente. 

¿Señor Martínez? Walter Gambaldi, de Seguros La Esmeralda, hablamos por teléfono ayer. Mil disculpas por el retraso, pero el tráfico está terrible.


13 de octubre de 2009

Al Ras Del Suelo



Al ras del suelo
Alejandro Luque

Dejame a mí –creo entender de tu susurro. Y digo creo porque, al mismo tiempo que me hacés vibrar el tímpano, me sobás, casi que me mordés el lóbulo de la oreja. Estábamos en el cielo mientras éramos vos y yo hasta que devine la posibilidad de ese abismo en frente de mí.

Trigésimo noveno piso y tus dedos dentro de mi boca. Te apoderás de mis brazos como si fueras dueña y señora. Los alejás de mi torso y los amontonás –sí, lo siento así– por encima de mi cabeza. Por eso tengo tus pezones que me rebotan sobre los labios.

Vigésima séptima planta, y tu lengua que me recorre desde la punta de la nariz hasta esa oquedad ridícula del ombligo. Te detenés por unos segundos, quizá entre el piso veintidós y el veintitrés, y me lamés en línea horizontal, te enredas entre los primeros indicios del pubis, y tus manos comienzan a buscar, a tantear el terreno oscuro y desquiciado que se debe colonizar. Pero me pregunto si sabés lo que pienso sobre el colonialismo.

Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

7 de octubre de 2009

Aire De Sonata


Separation II. Edvard Munch

Aire de sonata
Alejandro Luque

Presto agitato
Con nuestras membranas exhaustas de tanto reabsorbernos, comenzamos a remar el cauce de un mar silencioso y agitato. Pianissimo, como se suele hacer en ese tempo marcato y a contrapunto del primer encuentro, simulamos un sueño largo ma non troppo. Pero ambos sabíamos, espalda contra espalda, que era una nueva coda, simplemente el da capo para la próxima noche en la que estuviéramos juntos. Oí tu respiración perdiéndose ad libitum mientras sentía mi sueño desplegarse in crescendo e cuasi non legato.

Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.

27 de septiembre de 2009

La Razón Del Aire



Hombre de Traje Negro III, pintura de Fabián Pérez


La razón del aire
Alejandro Luque

─¿Está listo, Don Fermín?
─Sí, yo estoy listo, ¿y usted?
─Eh... grabando…

Recuerdo como si fuera hoy que detrás de la higuera, debajo del mamarracho de hojas secas que mi mujer arrinconaba hasta formar una parva impenetrable, encontré la verdad. Fue una mañana en sepia de septiembre, como todas las mañanas que aún corretean los resquicios de mi mente.

Usted pensará, con todo derecho, que un viejo moribundo con un reprochable pasado judicial sólo vive para contar historias. No se equivocaría ya que por más que mi cuerpo se esté apagando y se termine llevando con él todos los secretos de alguna lejana voluptuosidad, mi mente aún conserva intacta toda su luz. Esa que usted espera que ilumine sus certezas y sus dudas, la confesión póstuma que cerrará un caso sin resolver luego de cincuenta años de una oscuridad que a los demás podrá empañarle la vista, pero a mí no.

─Vayamos por partes…
─Si realmente quiere saber, no me vuelva a interrumpir. Una historia debe escucharse en completo silencio para que las preguntas que surjan luego encuentren solas las buenas respuestas. 
─¡Oquéi, oquéi!… No interrumpo y escucho.

Fragmento del cuento incluido en la antología Elementos Básicos del autor, disponible en breve.