21 de mayo de 2011

La Gárgola De Invierno


Le repos de la Gargouille, de Pierre Moysant


La gárgola de invierno 
Alejandro Luque


Lsoledad impensable de la metrópolis tiene el poder de sumir a sus víctimas en la desesperación más absoluta. Quizá por eso los suicidios en la vías de los trenes, los ahogados en los ríos, o los saltos desde los grandes edificios. Quizá también sea la causa por la que tanta gente duerme en la calle, devastada por el necesario alcohol frente a la intemperie: doctores, ingenieros y don nadie como yo, con un pasado que se perderá en el olvido y el rigor del absurdo íntimamente comprensible. De esto último conozco bastante. Créame.
La piel resecándose de esa humedad que conoció alguna vez no piensa ni establece parangones. Se reseca, simplemente. Pierde su tonicidad e, incluso, su sensibilidad. Llega a enmohecerse, y no hay ducha ni jabón que logre borrar los signos del deseo metido en el olvido o en pausa. Uno se vuelve un hombre verde, con ira o sin ella, indefectiblemente. Y con ello se adquiere el documento de identidad de un extraterrestre. Sí, no se ría ni se fíe, porque como yo, usted puede terminar en la calle enmohecido y descastado de un imperio que ni siquiera le ha pertenecido.
Pero no es eso lo que le quiero contar. Hace unas cuantas noches llovía en París y la temperatura había bajado demasiado. Yo buscaba un hueco con techo debajo del cual poder sobrevivir a la inclemencia. Vagué durante horas por los muelles como un autómata que pretende mantener su piloto automático. Hay que decir que es tan difícil alquilar un departamento en París como encontrar un lugar vacío y resguardado sobre el que apoyar la osamenta. Fue debajo del Pont de La Chapelle donde mis huesos encontraron un espacio y la costra sobre mi piel, cobijo. Estaba intentando ahuyentar el frío desmesurado y dormir debajo de mis cartones y mis revistas gratuitas –esas que leen los que viajan en metro para ir al trabajo–, cuando una mano comenzó a escurrirse por entre las miles de capas que me cubrían. Como el tiempo que uno vive en la calle no se mide en días sino en horas, usted se imaginará que los minutos son valiosas experiencias. Así que me quedé quieto, sin respirar. La mano se multiplicó en dos, y mientras una acariciaba el enjambre grasiento de mis cabellos, la otra buscaba mi sexo olvidado y pretendidamente inerte. Sentía la respiración de la presencia agitándose cada vez más al borde de mi nuca y gimiendo la promesa del placer seguro. Hubiese querido comunicarle con mi mano la aceptación del contacto, pero el frío y el instinto de conservación me lo impedían. Usted sabrá que no hay nada peor que los dedos con sabañones cuando la temperatura del aire hace que los charcos se congelen. Así que me entregué a esas manos y al calor de aquel cuerpo, como quien se rinde a la evidencia de que no se puede hacer otra cosa.
Y aunque a usted le parezca mentira, mi cuerpo respondió, bien que el frío acumulado y el alcohol necesario para aguantar siempre se encarguen de anestesiar el deseo. Porque no se puede subsistir en la calle con hambre y con frío, desposeído de todo y sin ningún derecho, pensando en echarse un buen polvo. Eso se olvida, desaparece, porque uno deja de tener un sexo y se conviertye en un paria, en un pasajero que espera la muerte en el andén del desamparo de la única manera que puede hacerlo: solo y con un profundo olvido de lo que fue. Pero, decía, mi cuerpo respondió y el masaje de esas dos manos plenas de calor despertó los resquicios del hombre que dormía debajo de la cáscara.
La experiencia olvidada –que no es inexperiencia, no crea– hizo que me derramara antes de tiempo. Me recordó culpas mandatarias que, entonces, ya no tenían ningún sentido. Cuando la muerte nos acompaña y nos tiende la cama, que no es más que un rincón húmedo y atiborrado de ratas, el sentido de culpabilidad se transforma en algo sin importancia, y los aspectos de respeto y la contención se vuelven frivolidades. Quizá entusiasmado por esa cuota inesperada de calor, o tal vez porque creí sentir que la costra sobre mi piel se humedecía y cedía, fue que me volví entre el caos de mis cartones y pregunté a quién pertenecían aquellas manos. Como respuesta recibí un grito gutural cercano al de un pavo custodiando su terreno, y los cartones que me envolvían volaron hacia todos lados debajo del puente como si una bomba hubiese explotado. Y después nada.  
El frío caía como una maza que golpea suavemente pero con impúdica insistencia. Me puse a recoger mis sábanas y mi colchón cuando, entre la oscuridad más indescriptible, percibí un capullo al otro lado del puente que se entre abría. La negrura de mis manos se acercó y sacudió la sombra. Desde el interior de una maraña inconcebible de desperdicios surgieron los relieves de una criatura.

–¡Eh! ¿Qué mierda querés?
Nada –respondí, y aclaré:– es que alguien se metió entre mis cartones y luego salió corriendo como alma que se la lleva el diablo. Los estoy juntando.
–¡Carajo, que no se puede dormir tranquilo en ningún lado! –increpó la sombra a la nada húmeda y oscura que nos rodeaba.

La criatura, que tenía dos ojos inyectados impresionantes y un inconfundible acento del sur, miró para todos lados, bufó algo incomprensible y seguramente obsceno, y comenzó a reconstruir su caparazón de basura y oscuridad. Sobre mi cabeza podía sentir cómo el tránsito no sólo no se detenía, sino que nos pasaba por encima. El Sena estaba irónicamente calmo y el último bateau mouche atracaba en el minipuerto de la otra orilla. Un millar de estrellas brillaban innecesariamente en un cielo que recién se despejaba y que, despiadado, amenazaba con más frío.

–Y decime, vos, ¿sentiste un calor como cuando el vino hace efecto? ¿Escuchaste un chillido como de ave en el matadero? –preguntó con un inocultable dejo de temor la voz de la sombra aflorando la nariz entre las grietas del capullo y deteniendo todos su movimientos a la espera de mi respuesta.
–Sí –respondí con curiosidad y cautela–. Pero no entendí por qué reaccionó así… la estábamos pasando muy bien y yo…
–Entonces hay que salir disparando de este lugar y mantener los ojos bien abiertos –me interrumpió– porque las gárgolas de invierno salieron de caza… y no perdonan –aclaró recogiendo con una rapidez casi surrealista un puñado de sus bártulos y dejándose tragar a la carrera por la oscuridad más allá del puente.

Reconstruí mi abrigo de cartones que supieron contener ordenadores, equipos de música, cafeteras expresso y televisores de 30 pulgadas (¡esos cartones son los mejores!), e intenté olvidar el incidente y al tipo con acento del sur. Pobre diablo supersticioso, ¿no?  Usted seguramente se preguntará quién podría haber sido aquel visitante que penetrara la miseria de mi intimidad. ¿Una mujer hermosa tan perdida como yo? ¿Un depravado sexual? No, de esos nosotros estamos a salvo. ¿O habrá sido mi imaginación, mi deseo, el delirio que provoca el frío? Reconozco que, después de todo, sólo las ratas o algún extraterrestre podrían osar darle calor a este cuerpo olvidado y olvidable que insiste en existir. Pero…
Así que agité mi cabeza, organicé mis ideas y me dije: “Si mañana me despierto, voy a probar suerte en Notre Dame”. Como usted sabe bien, los turistas que vienen a sacar fotos de la catedral los domingos se conmueven y dejan buenas propinas al pie de las rarezas verdosas de la raza humana. Pero no conseguí muchas monedas ni tuve visita esa otra noche ni las siguientes. Por eso, desde aquella madrugada de domingo me voy cada mañana del lugar en el que dormí y me desperté entumecido para probar en otros. Busco el calor que me falta en este invierno desalmado que aplasta y que se pone cada vez más bravo. Y ahora lo dejo que ya es tarde.

El cielo está despejado y seguro que no va a llover, aunque el viento gélido lastime. Vamos a ver ese rincón que descubrí ayer cerca del Pont au Change, al pie de una de las escaleras que se sumergen en el río. Me pareció perfecto y esta botellita de tinto será la mejor frazada. Si me quedo quieto debajo de mis cartones, seguro que esta noche la gárgola volverá para abrazarme y sacarme el frío que se esconde en mi hojarasca. Pero esta vez no me volveré para preguntarle nada. Me quedaré tranquilo, en silencio, dejándome llevar y acariciar por su ansiado calor. 

9 de mayo de 2011

25 De Mayo 940


Foto de Juan Ignacio Luque
25 de Mayo 940
Alejandro Luque


Es ese rincón ahora olvidado que alguna vez guardó
un secreto, que tuvo un brillo particular e irrepetible
que se nos fijó en la memoria como un hito
 inalterable.
Es aquel lugar en el que fuimos conscientes
de nosotros mismos por primera vez.

La ruta 226 entre Mar del Plata y Azul era un largo trayecto de cuatro o cinco horas de movilidad restringida, una interminable trayectoria que había que rellenar con juegos improvisados, lecturas previsibles y momentos de silencio. De noche contábamos las estrellas sobre un mar de tierra oscura. Pero de día eran las vacas: las holando argentinas y las Aberdeen-Angus, con cuernos, sin ellos; o el mosaico cubista de campos cultivados: trigo, maíz, papa, ciclado; o el número de  mojones ruteros entre dos estaciones de servicio. Cuando la atmósfera del habitáculo se llenaba de un olor acre y casi asfixiante, sabíamos que algún zorrino vagabundo se había meado de susto al pasar el coche. Contábamos también los nidos de horneros en los postes de electricidad; los de dos o tres pisos valían doble o triple. Nunca olvidaba algunos Patoruzú listos para canjearlos en la librería de don Ricardo por una de las Locuras de Isidoro o –si tenía tres- por una revista D'Artagnan.
El coche pasaba al lado de la estación, franqueaba la avenida Mitre con su muralla de casonas, zaguanes y portales de hierro forjado. El ajetreo de los amortiguadores al atravesar la vía nos despertaba los cuerpos entumecidos justo antes de doblar a la izquierda para tomar la avenida 25 de Mayo. El kiosco de don Ricardo, a la derecha después de la esquina; el consultorio del doctor Spadari, mi homeópata salvador, más adelante y en la mano contraria. En el 940 el auto hacía un giro y subía a la vereda hasta casi tocar el portón de entrada. Era de hierro, pintado de blanco y muy pesado. Papá lo abría, volvía a subirse al coche y avanzaba unos metros, se bajaba otra vez para cerrarlo y luego conducía por la larga trotadora hasta el fondo donde estaba la casa y los galpones. Tía Anita salía a recibirnos bordeando su increíble jardín en el que un duraznero solía llorar sin respiro sus frutos en verano, o nos esperaba en el vano de la puerta del comedor vidriado. Allí y entonces yo empezaba mis vacaciones y el viaje interminable se evaporaba definitivamente de mi conciencia. Me dejaba mimar un rato desde la permisiva severidad de mi tía que me prefería por encima de todos los vivientes. Si era de noche, nos acostábamos después de descargar con rapidez los bártulos indispensables; si llegábamos de día, ejecutábamos esa organización espontánea entre los viajeros y el anfitrión dispuesto que ofrece su lugar y todo el contenido a las visitas, y no se hable más.
Tarde o temprano, atravesando a la carrera la trotadora, yo volvía al portón de entrada que estaba justo debajo de un altillo deshabitado. Todo me parecía inmenso, a una altura inalcanzable. Enseguida me dejaba invadir por la atmósfera saturada del orín de los murciélagos que se cobijaban en los rincones privados de luz, ese perfume denso y dulzón que era parte del reconocimiento del lugar. Ya entonces me buscaba. En mi universo privado de un chico de cinco o seis años gritaba mi nombre para sentir la resonancia de aquel lugar como un gesto instintivo y territorial, igual que los perros mean sobre las meadas de los que pasaron antes.

Alejandro… Alejandro… Alejandro…


Un rato después volvía por el pasillo sin olvidar de espiar los rincones de la casona de los Arrouy ni de visitar los galpones del fondo. Al final entraba en la casa de mi tía y el concepto de aburrimiento dejaba de existir por el tiempo que duraran las vacaciones.  

Hoy todo parece más breve y pequeño, tal vez por tanto aburrimiento acumulado. Frente a la chapa con el 940 que observo como un turista perdido casi podría alcanzar el techo del altillo con mis manos. Ya no está tía Anita ni el duraznero llorón. Tampoco papá al volante. Y según me pareció ver al pasar, ni siquiera quedan horneros en la 226. Espiando a través de una hendija pude ver que levantaron una especie de dúplex al fondo, donde estaban los galpones, lo que acortó la trotadora y, seguramente, arrasó el jardín. Tampoco parecen quedar murciélagos o mi olfato ya perdió la capacidad de percibirlos. Pero el portón es el mismo. Caprichosamente blanco, manchado de óxido y bastante descascarado, aún reconozco en él las ranuras y el rigor de su nobleza. Vuelvo a gritar mi nombre, quizá con menos ahínco pero no menos vehemente, y es el viejo portón el que resuena como riéndose del tiempo. Es ese pedazo de hierro casi inalterable el que me devuelve en un eco destemplado aquella inacabada identidad mía aún intacta.

4 de mayo de 2011

El Lunar Violeta

Fotomontaje del biologuero

El lunar violeta
Alejandro Luque


Desde la inusitada aparición del lunar violeta en la palma de la mano izquierda, muchos pensamientos oscuros te habían guiado a lugares aún más tenebrosos. Ninguno de esos lugares incluía la visita al consultorio de tu médico, ya que estabas convencido del espantoso diagnóstico que flotaba implícito en cada uno de tus soliloquios. El terror intentaba aflorar por las hendijas de tu cotidianeidad, pero te las arreglabas bien para contenerlo en su jaula con osados recursos.
Lo primero que hiciste fue tatuarte con henna un símbolo en forma de estrella heptagonal cuyo centro incluía esa protuberancia violácea. Pero en menos de veinte días, la figura amarronada desapareció y el lunar terminó por cobrar una magnitud aún más inquietante. Luego decidiste vendarte la mano con la excusa de cubrir un cierto corte profundo, producto del descuido al preparar una salsa criolla. La idea funcionó hasta que entendiste que era una nueva solución transitoria, “Una herida desaparece, cuanto mucho, al mes de producida”.
Así fue que concluiste que lo más adecuado sería eliminar la mano, y con ella el lunar. “Es lo mejor: la vieja hacha, y a morderse los dientes”. Fuiste al galpón en el patio de tu casa donde te costó un buen rato ubicar la herramienta en medio del desorden acumulado por años. Allí estaba, arrumbada y herrumbrada, pero aún digna e imponente. Un roce del filo con tu pulgar te estremeció las entrañas, ya que el óxido había carcomido la lámina. La dejaste en el mismo rincón en el que la encontraste, recogiste de una caja vetusta un ovillo y ya te volvías pensando en que el machete para la carne sería más apropiado, “más manipulable y no tendré necesidad de aplicarme la antitetánica después”, cuando el hacha perdió su equilibrio y ¡pum! cayó a tus espaldas. “Bueno, si así lo querés, serás testigo. Pero entendé que por razones de higiene y prevención el machete ha sido designado el agente de la amputación”.
La recogiste, entraste con ella a tu casa y la apoyaste sobre la pared del comedor, frente a lo que habría de ser la improvisada sala de operaciones, “¡En primera fila!”. Fuiste a la cocina a recoger el machete cuando pensaste que necesitarías la botella de alcohol del botiquín “para desinfectar, no sea cosa”.  Volviendo del baño con el desinfectante, mudaste tu sillón de lectura al centro de la habitación, te sentaste y comenzaste a inmovilizar esa mano inquina sobre el reposabrazos con varias vueltas de hilo sisal. En unos minutos tu miembro se puso morado por la falta de irrigación, al punto de que el lunar comenzó a perderse de vista con ironía, como arrepintiéndose y tomando conciencia de lo que iría a ocurrir, pero lo ignoraste y seguiste con tu cometido. “El último nudo y sin moño”. El brazo con el vergonzoso estigma se había dormido. “¡Mejor!... Menos dolor”.
Probaste si todo estaba bien seguro. Tiraste con tu cuerpo y verificaste que habías hecho un buen trabajo. Recordaste aquella mañana cuando eras un niño y habías atado a tu tía abuela en su sillón mecedor porque jugabas a que eras un indio y ella la cautiva. La dejaste varias horas inmovilizada. Inútiles fueron sus súplicas y advertencias, como vanos sus esfuerzos por librarse de las ataduras. Al ver el chorro de líquido ambarino que caía por debajo del sillón, te acercaste por detrás de la cautiva con cautela y empezaste a aflojar las cuerdas con precaución. Cuando consideraste que podía terminar sola, saliste corriendo y te escondiste por el resto de la tarde.
“¡Bueno, hagámoslo!”. Buscaste el machete a tu alrededor, pero entonces te diste cuenta de que lo habías olvidado en la cocina, “¡qué imbécil!”. Con desesperación, recorriste mentalmente el camino y te precipitaste sobre el utensilio que había quedado sobre la mesada. Volvías con él. En realidad era el machete, brillante y desafiante, el que colgado del aire avanzaba con lentitud a la altura de tu cabeza apuntando al lugar en el estabas sentado. Pero a sólo un metro de su destino, el hacha celosa y sensiblera volvió a perder su equilibrio y ¡plof! se desplomó. Lo que provocó que el machete ingrávido también abandonara su impulso y ¡zipaf! cayera a unos metros, justo en frente de tu campo de visión.
Como los de tu pobre tía para evitar hacerse encima aquella tarde, infructuosos fueron tus innumerables intentos por atraer el machete hacia el sillón. Y tu ira fue en aumento al ver que lo único que lograbas mover a distancia ¡zifzif! era el hacha pesada y vetusta que se meneaba insolente como una serpiente por detrás del machete. “¡Carajo! ¿No entendés que no es con vos la cosa?”.
Quietud y silencio total. El corazón parecía haberse alojado en tu brazo inmovilizado, muy inflamado y ya casi azul. Mientras que una horda de termitas voraces te recorría las venas, pensaste que tendría que haber otra solución. Y de ello te convenciste sin saber cuál sería, en verdad. Abatido, pero no vencido aún, desanudaste el hilo y liberaste el miembro exangüe.  
Tu brazo, grotescamente marcado por las ataduras, necesitó horas para recuperar su circulación normal. Durante todo ese tiempo, las hormigas en su interior parecían devorarlo. Las muy malditas persistían con sus pellizcos dolorosos en la carne, a pesar de que las rociaste varias veces con el derribante para jardines. Lo peor fue que, al rato, el lunar violeta volvió a aparecer, indemne y orgulloso, y en tu opinión habiendo ganado innegables centímetros en la palma de tu mano.
Por una nueva hendidura de tu conciencia, el terror pretendía filtrarse otra vez. Pero para contenerlo en su jaula, un nuevo plan de batalla ya se estaba urdiendo en tus abismos de guerrero: “¡Un balde repleto de soda cáustica!”.

La Ráfaga

Foto del biologuero

La ráfaga
Alejandro Luque


Los pendejos caminaban en el mismo sentido que yo, pero por la vereda de enfrente. Eran cuatro, de entre doce y dieciséis años, que se divertían en insultar a los paseantes y torear a los coches. Yo los miraba de reojo, como hago de costumbre al cruzarme con una patota de desubicados que quieren llamar la atención. Siempre me viene esa necesidad imperiosa de ignorar aquello molesto en el intento de que pierda su importancia y termine desmaterializándose. Sí, como tantas otras veces, la incomodidad que ahora me producían esos imberbes excitados que gritaban idioteces para que uno los mirara, agitaba en mí el deseo de que los partiera un rayo o de que se los tragara la tierra.
No era el único que sufría esa animosidad pseudo-criminal. Una parejita acaramelada pasó presurosa en dirección contraria, justo en el momento en que uno de los pendejos, el más alto, le gritó al más joven, “¿Ves que sos un cagón, boludo?... ¿Para qué amenazás que le vas a tocar el culo, si a la final arrugás?”. Los tórtolos miraron hacia atrás de reojo y, con el gesto disimulado de quien tantea el cordón de la vereda antes de cruzar, aceleraron el paso en un silencio inquisidor y con los ojos perdidos en el recodo de la esquina, su ruta.
Yo no podía ser menos, así que me detuve frente a una vidriera y forcé mi interés en las ventajas de los envases de plástico y acrílico para la cocina. “Material inalterable y de fácil limpieza”, anunciaba el comerciante en un cartel de colores vivos y bien a la americana. “Cualquier día es el día de la madre”, y proponía más abajo: “¿Por qué no regalarle un especiero para disfrutar de sus comidas exquisitamente condimentadas?”.
 Desde mi posición podía ver a los pendejos reflejados en la vidriera del negocio. Se habían detenido casi en frente del lugar donde yo estaba parado. El más alto de los cuatro seguía increpando al menor, mientras que los otros dos, de mediana estatura, se reían y gesticulaban como pavos en plena época de celo. En tanto que el más chico, a juzgar por su altura respecto de los otros tres, no emitía palabra y no hacía movimiento alguno. Su pasividad y el aire de resignación profunda y receptiva me recordaron que, en situaciones descontroladas o violentas, suelo adoptar una actitud similar. Por ejemplo, esa especie de desconexión imperiosa y vehemente que me embarga cuando escucho al psicótico de mi jefe gritar a cuatro voces que soy “un inútil al que no se le puede encomendar ninguna responsabilidad sin que eso me cueste un dolor de cabeza”, y que está “asombrado –más exactamente, a-no-na-dado– por la falta de criterio de sus empleados frente a los menesteres obvios”. Los maravillosos y eternos plásticos para el hogar maternal no consiguieron enternecer mis bolsillos de descastado, así que decidí seguir mi camino como quien no quiere la cosa.
Ya había ganado cierta distancia respecto de los alborotadores y un poco de indiferencia natural en la situación, cuando llegué a la esquina del semáforo. Una ráfaga de viento brutal e impredecible gesto atípico del tiempo en esa época del año y un grito de alarma a mis espaldas “¡No, boludo! ¡No te calentés al pedo!”, me golpearon el pecho.
Me volví y miré hacia la fuente del disturbio cuyos decibeles habían superado ampliamente los anteriores. A primera vista, nada nuevo: tres adolescentes discutiendo con el más joven, el que no se había atrevido a tocar un culo; los cuatro detenidos a unos treinta metros de la esquina; el más alto haciéndole frente al más bajo, y los otros dos gansos asiamesados parados por detrás. Un reflejo, que surgió desde las manos del más joven, me llamó la atención. Sin terminar de percatarme de lo que estaba sucediendo, escuché que el mayor volvía a gritar, esta vez con tono desesperado “¡Pará boludo, que era en joda!... ¿Qué hacés?”. Sin cambiar de posición, el más chico replicó con tono seguro y llano, “Ahora van a ver si soy un cagón...”.
 Creo que mi cuerpo entendió más rápido que mi mente lo que pasaba. Sin pensarlo, comencé a caminar en dirección del grupo en la otra vereda. Los dos pendejos de mediana estatura se habían quedado paralizados. Tenían las bocas desencajadas y los ojos desorbitados, los dos muy juntitos. En tanto que el mayor insistía “¡Era en joda, boludo!”.
El más bajo llevó la navaja hasta su cuello. Con una mirada de delirio desafiante hacia el más alto, hizo un movimiento en sesgo limpio y seguro. Grité “¡No!” y corrí hasta el lugar. El crío, que despedía sangre desde la garganta como un sifón, se desplomó en el suelo antes de que llegara. Me arrodillé mecánicamente a su lado sin saber bien qué hacer. “¡Llamen a una ambulancia!”, increpé indignado a los otros tres que se habían quedado absortos frente al cuerpo de su amigo bañado en sangre. Entre estertores, el pibe musitó algo así como “No me gustaba ese culo…”. Tal vez haya querido agregar otra cosa pero, con la garganta ya ocluida, sólo pudo emitir una especie de sonrisa desencajada. “¡Hagan algo, carajo!” ordené. Fue la frase que usaron los tres pendejos para esfumarse. El bombeo de sangre desde el prolijo tajo en el cuello del mocoso comenzaba a menguar. Intenté contener la hemorragia con mis dos manos, pero ya era tarde. El charco rodeaba el cuerpo como un manto de terciopelo púrpura. Sobre su abdomen inmóvil, la navaja brillaba rojiza e imperturbable. Una nueva ráfaga de viento delató el frío recorrido de una lágrima incomprensible sobre mi mejilla.
Miré desconcertado al chico tendido en el suelo. Había algo que no encajaba del todo en la escena. Busqué en mi entorno inmediato, pero todo parecía estar en orden. Luego giré la cabeza hacia la vereda de enfrente. Allí estaba yo, parado de espaldas a la acera. Escudriñaba la vidriera de regalos. Más arriba titilaba con una parsimonia sardónica el nombre del negocio en neón rosado “HOGAR & PLÁSTICOS”, pero algunas letras no estaban iluminadas, por lo que se leía “HASTIO”. Eso era lo que no encajaba.
Seguí caminando hasta la esquina y allí me detuve para esperar la ráfaga de viento que habría de golpearme el pecho. Después de unos segundos de espera calculada, crucé decidido la calle abrigándome el cuello con la bufanda que me tejió mamá. Sin prestar atención al mundo detrás de mí, me alejé del lugar silbando un tema del flaco que ahora no recuerdo.

La Imposibilidad De Un Puente


Foto montaje del biologuero

La imposibilidad de un puente
Alejandro Luque


Es tarde y siento que el tiempo se me escapa de las manos como una liebre. Sí, ese sentimiento de tener en la mira una presa invisible que, además, se refugia en otra dimensión. Aunque tengamos la posibilidad de una noche interminable por delante, me basta ese cruce de miradas en el vacío para entender que querés partir. Comenzamos a saludar a nuestros comensales, y quien había dicho ser ingeniero civil me propone, por formalidad, continuar en otro momento la discusión sobre puentes en ménsulas que habíamos iniciado durante el aperitivo. Mientras digo que sí, que por supuesto, te veo saludar con una sonrisa más armada que sincera a su mujer, quien nos había ahogado gran parte de la cena con sus cursos de reiki. Me ajusto la corbata, armo una mueca de complicidad idiota para despedir a la pareja y busco, en vano, algún otro mensaje en tu rostro. Me queda por ejecutar el gesto del hombre que toma a su esposa por la cintura y sonríe el rol social de solidez que esa mujer representa a su lado.

Fuera del restaurante, el barco propone la dicotomía de un corredor hasta el camarote o la escalera que se abre a la cubierta. Por necesidad de tabaco, y en ese silencio implícito que suele ensordecernos, apostamos a la humedad yodada de la noche atlántica.
–Un cigarrillo antes de que muera de aburrimiento –rogás mientras te envolvés los hombros con un mantón casi transparente.
–Sí, la cena fue un verdadero dormidero –replico ahuyentando sombras a manotazos y acercándome para darte fuego. Así comienzo el cortejo contra el tiempo que sé será difícil por la cena, por la hora y por el mismo intento de reconstrucción que animó este crucero.

Aceptás la llama en el cuenco de mi mano sin levantar la vista. Con ese gesto que conozco bien rechazás toda luz para sumergir tu mirada en la negrura que reina más allá de mí. Te apoyás sobre la baranda y me ofrecés tu perfil invulnerable, tu mirada perdida en un vacío de olas y mareas, tu cuerpo aquí pero allá. Reconozco en esa postura la imposibilidad de cualquier acceso, lo que despierta en mí la previsible actitud de derrocar tus cimientos sin brusquedad, de construir con delicadeza un puente en el aire con dos tablones que se unen en el vacío, y yo martillando los extremos romos en el medio.
–Simpático el ingeniero y su mujer, ¿no? tanteo el terreno.
–Se van a divorciar –interrumpís brutal sin dejar de observar la noche–. La mujer está harta y los papeles los esperan al desembarcar.
–Y él que me pareció un tipo copado y enamorado –remarco con la convicción de un adolescente.
–Sí –condescendés desde ese tono que revela la ambivalente posibilidad, y para que no quepa duda agregás–: pero el enamoramiento evidentemente no bastó.

Decido callarme y ganarle tiempo al tiempo para establecer un nuevo vínculo. Voy hacia vos, pongo en juego toda mi piel y toda la sensualidad que aún habita este cuerpo que ya nos queda demasiado viejo a los dos. Intento trasmitirte el calor del fuego inolvidable pero sólo recibo el tacto finísimo del tejido sobre tu espalda que, aún si abrigarte, deviene un escudo infranqueable. Acerco mis labios a tu perfil pero sólo percibo el delicado alejamiento de esos milímetros que establecen los kilómetros que nos separan. Abandonás la seguridad de la baranda cuando pretendo tomarte la mano. Mirádome bien de frente por primera vez en la noche, me decís:
–Tengo frío, me voy a dormir.
–Querida, yo…
–Estoy cansada y es tarde –volvés a cortar mi intento y lanzás la colilla fuera de la borda–. Te agradecería que vinieras al camarote cuando ya esté dormida. Tus ojos se impregnan de la oscuridad espumosa que habías estado admirando. –Buenas noches –rematás con esas dos palabras explosivas que desmoronan la posibilidad de cualquier puente. Enseguida, y como quien interpreta la realidad a través de un vidrio sobre el que cae la lluvia, veo el contorno de tu espalda que se aleja y se pierde en el hueco de la escalera.

Me arranco la corbata con furia y el viento que azota la borda me la arrebata de las manos con una ironía que me asombra. Vuelvo a pensar que es tarde. Tarde para todo intento en esta noche de crucero atlántico que se vuelve irreversiblemente gélida. A medio camino sobre mi pretendido puente, percibo la vasta negrura sin reparos que me recuerda el paso a seguir para matar al tiempo.

1 de mayo de 2011

Sobre Héroes Y La Resistencia


Ernesto Sábato - 24 de junio de 1911, 30 de abril de 2011

Sobre Héroes y La Resistencia
Alejandro Luque


Cuando se tiene la posibilidad de estar frente a una de esas personas que se apoderó un día incierto de nuestra alma como un íncubo para convertirse en un Maestro, sólo nos queda el rol de humilde testigo, de médium eficiente sin otra voluntad que la de servir de puente. Si bien esta breve entrevista no es más que un deseo que ya nunca se realizará en la realidad, me queda el consuelo de la ficción. Abro mi descuajeringado ejemplar de Héroes con sus anotaciones y subrayados que atraviesan más de dos décadas, y la aún resistente primera edición de La Resistencia menos marcada por el paso del tiempo. Así la imaginación juega su sino y se las arregla para usar las palabras como fichas en un tablero. Se abre el telón y aparece la silueta sombría de un hombre sentado frente a un atril. Muy cerca, debajo de un cono tenue de luz ocre, estoy yo, mi intención injustificablemente cristalizada en el tiempo como un espectro obcecado. 



–Para un ateo, ¿qué significa resistir?
–Vivir… simplemente vivir hasta que la vida se nos escape en el último aliento. Luchar por seguir vivo, sin que la lucha sea el fin en sí mismo sino el mejor traje de combate que uno puede ponerse para darle batalla a la muerte.
–Entonces, ¿la muerte es la gran ganadora?
–No, porque, ¿qué es la muerte sino un inmenso vacío burlón…? No, no la veo como la gran ganadora porque mientras estoy vivo mi humanidad se justifica. El tema pasa por el ¿qué soy estando vivo? Es el hombre que soy y que lucha contra el mal y sus propias miserias, el que gana cada día desde su existencia. Cuando no esté vivo, nada tendrá importancia ni habrá resistencia porque simplemente ya no estaré.
–En Héroes el mensaje parecía más intransigente: no había resistencia que valga (ni individual, ni nacional) frente al lado oscuro del hombre. Una especie de rendición frente a la fatalidad. Sin embargo, en La Resistencia vos nos proponés darle lucha a esa condición de ángeles caídos. Si el germen de lo malo está con nosotros, ¿no valdría la pena rendirnos a la evidencia y empezar por un nuevo mundo más sincero?
No hay posibilidades serias de un nuevo mundo, chasqueando los dedos, como no las hay de un nuevo hombre. La humanidad es algo demasiado complejo como para pretender que vaya unificada en la misma dirección. Los personajes de Héroes representan eso, la imposibilidad del acuerdo indeleble. Cada uno se ve en lo que considera “su” mundo y termina creyendo que nada se puede cambiar en “el” mundo. Y se abandona a esa realidad que él mismo cree que creó. Se nace con un destino inexorable, es una frase que podría decir Alejandra. De ahí también surge la pérdida de los valores éticos y morales. ¿Te acordás de cambalache, ¿no?
–Sí. Pero entonces, algo cambió en tu visión de las cosas entre Héroes y la Resistencia, ¿qué es?
–Héroes fue un proceso muy largo que abarcó muchas épocas de decisiones personales y eventos mundiales enormes, supongo que vos podés entender eso. También correspondió a la “idea” del hombre en su tiempo. Todavía existía el marxismo como única alternativa para el desarrollo de ese hombre al que el individualismo pragmático comenzaba a devorar. Había verdades primeras que, por tales, no se ponían en duda, porque la realidad nos mostraba que la dirección que podíamos llegar a tomar desde donde estábamos parados nos conduciría a la catástrofe. Y así fue. Pero no porque el marxismo no fue aplicado o mostró su inaplicabilidad, sino porque el hombre perdió el valor de la lucha como algo que está por encima de su cabeza y su interés personal. Con La resistencia intentaba recordarnos que aún tenemos la posibilidad de ser responsables. De evitar lo que como masas contrapuestas estamos construyendo: nuestro propio abandono como especie frente al obstáculo de la masificación. Luchar, resistir desde el compromiso sincero y para nada egoísta, es lo que hará de personajes como Fernando y Alejandra, Martín o Bruno, unos seres necesarios de ficción, pero no la realidad última de la humanidad.
–Entonces, ¿existe la esperanza para el ateo?
Estamos a tiempo de revertir este abandono y esta masacre. Esta convicción ha de poseernos hasta el compromiso… El ser humano sabe hacer de los obstáculos nuevos caminos porque a la vida le basta el espacio de una grieta para renacer.
–¿Te puedo abrazar?
–Sí, por favor.


Las pocas luces en el escenario se apagan y la imaginación cierra el telón.

28 de abril de 2011

El Fin De La Anomalía


Le guide des Cités (Schuiten & Peeters)


El fin de la anomalía
Alejandro Luque


Era la tercera vez, en menos de quince días, que el becario de cartografía costera entraba al despacho para informarme acerca de una anomalía en las mediciones geodésicas de la región de Zahmar. Pero esta vez, sin llegar a perder el rigor del protocolo académico, me presentó el problema con una inocultable ansiedad: “Profesor Guimard, tenemos una nueva diferencia de treinta codos entre la última carta y los datos recién adquiridos por el telémetro”. A continuación, Tassel ­–así se llamaba el joven–, me acercó nuevamente el mapa de la costa zahmariana, que yo mismo había actualizado un par de días atrás, y una tira de papel con los datos topográficos a lo largo de la cual las irregularidades estaban subrayadas en rojo. Mientras yo cotejaba las mediciones, Tassel sentenció: “Si el telémetro está funcionando correctamente, estos datos implicarían que el plató de Zahmar está elevándose a razón de…”
–¿Cien codos cada quince días? –rematé su frase sin ocultar un cierto dejo de ironía.
–Exacto, Profesor. Pero usted y yo sabemos que eso es imposible –protestó el joven.
–Imposible, téc-ni-ca-mente –hice hincapié en la palabra–. ¿Cuándo se hicieron las últimas verificaciones del buen funcionamiento del telémetro, Tassel? –pregunté sin dejar de cotejar la lista de grados y medianas y calculando en mi cabeza las variaciones que parecía volver a sufrir la topografía costera.
–Hace poco más de un mes, Señor –respondió el becario, y agregó–: yo mismo envié la orden al equipo de mantenimiento que verificó el buen funcionamiento del aparato, y…
–¿Hay algún aeromóvil de la Oficina disponible y capaz de alcanzar el plató de Zahmar? –interrumpí mirando el almanaque sobre el muro.
–Mañana temprano, un equipo de exploración debe establecerse al sur, por lo que en dos días podría llegar…
–Reserve inmediatamente dos plazas, a su nombre y al mío, y espacio suficiente para el equipo de campaña –ordené sin pensar otra cosa que en la ilusión que me producía un viaje aéreo que, además, terminaría con esas lecturas imposibles.
–¿Usted, Profesor?... ¿Va a viajar? –preguntó asombrado el becario.
–En efecto –contesté inmutable al tiempo que recorría con mis dedos el borde de la costa en la carta–, y cuento con que usted se encargará de todos los detalles. ¡Ah! Y ofrézcale a su fiancée mis disculpas por separarlo de ella el resto de la semana.
–Con mucho gusto, Profesor Guimard –aceptó un Tassel tan displicente como insondable. –¿Algo más, Señor?
–Sí –respondí–: asegúrese de conseguir cantidad suficiente de cuerdas y material de alta montaña. Si algo está elevándose en Zahmar, habrá que escalarlo o descender de él.
Y con esas palabras me volví a zambullir en el mar tranquilo de mi escritorio sobre el que las cartas topográficas danzaban las curvas de sus líneas sutiles; curvas que podría al fin observar con mis propios ojos sobre el terreno, después de tantos años.

Toda mi vida detesté los terramóviles, tanto los individuales como los comunales, por lo que siempre que podía prefería caminar el trayecto que une la tumultuosa Oficina de Cartas, en el centro, con la preciada soledad de mis departamentos en la periferia de Sortiaris. El atractivo global de la urbe en plena expansión productiva había disminuido en los últimos decenios, pero los dos recorridos que solía tomar de ida y vuelta del trabajo me permitían disfrutar de ciertos espacios y construcciones tan intactos como los descubriera en mi infancia, medio siglo atrás. Pegado al Portal Mayor del casco principal se yergue la ocre oficialidad del Pabellón de los Mil Pasos con sus alzadas inclinándose hacia la ciudad, tal los sombreros de dos níscalos vidriados que vigilan la buena conducta de los sortiarinos. Casi enseguida, el Hotel Ambré de Fronteras –una delicia de nervaduras ascendentes que definen como en la fronda de un helecho sus once balcones singulares– abre en su ala derecha un casi imperceptible y estrecho pasaje orgánico tallado en granito verdoso que desemboca en el Gran Boulevard. Allí las glicinas, los cerezos y las calas perennes, que se extienden por casi una milla hasta la circunvalación principal de Sortiaris, exudan sin empacho el dulzor de su néctar y delinean con delicada parsimonia las viejas casonas bajas del Barrio Primo.
Muchos años atrás, una tarde soleada y calma, caminábamos con mi padre por ese mismo boulevard. Sin soltarme de la mano, me anunció dos novedades que entonces no supe comprender del todo: su enfermedad y la fuga de mi madre. Poco tiempo después comprendí que esas dos desgracias en mi vida, la interminable postración de mi padre y el abandono inexplicable de su mujer, me habían arrebatado la infancia de golpe. Porque pocas veces se puede decidir frente a las catástrofes, sobre todo cuando se es aún una criatura. Es al final del Barrio Primo donde vivo desde que nací, y solo desde la muerte de mi padre.
Ya en mi hogar aquella noche comencé a ordenar el bolso de campaña luego de horas de haberlo buscado en todos los placares. Acaso también por falta de costumbre, subí a la habitación de mi padre con la sensación de tener que excusarme por la ausencia que provocaría este viaje. Pero, obviamente, sólo encontré la cama vacía con el servicio de noche ordenado a un costado. Y ese tufo a miasmas de enfermo, impregnado en el cuarto aún después de tantos años, que me abofeteó de nuevo la cara y que perduró en mi conciencia olfativa hasta que logré más tarde conciliar el sueño.

Por la mañana me desperté más temprano que de costumbre e irremediablemente excitado, casi como una criatura que sabe va saborear el gusto de una golosina excepcional: el de la aventura. Volví a la Oficina tomando el segundo recorrido que bordea al Barrio Primo hacia el levante. Me dejé deglutir por los corredores peatonales que divergen a modo de zarcillos desde la inmensa Estación de Aeromóviles, cuyos hangares se expanden a la horizontal como ramilletes imbricados de hojas de viña que buscaran sedientas la embriaguez de la luz.
Parado en la puerta de mi despacho y peinándose con los dedos su siempre prolijo bigote en gancho, Tassel me esperaba con manifiesta impaciencia; y al verme llegar se acercó con sus carpetas en los brazos sin darme tiempo a nada. Las cifras que comunicaba el telémetro en Zahmar se habían duplicado en el transcurso de las últimas horas. Alcancé a descubrir en su mirada el miedo a lo incontrolable contenido con dificultad. Hasta su delgada postura, de común erguida y desafiante, ahora había perdido toda esa provocación de quien considera el futuro –si lo hace– como una quimera ajena, para transformarse en la silueta de un hombre encorvado frente a la desprotección inminente.  Desde una inusitada empatía intenté calmarlo con una palmada en el hombro y la invitación de sentarse a discutir en mi oficina. Por primera vez en la vida me vi a mí mismo tratando a alguien con un sentimiento de consideración y de reparo: algo así como una protección paternal, no menos novedosa para el célibe incorruptible que siempre fui.
Curioso, sí, ya que ni siquiera durante las interminables noches en vela pasadas al lado de mi padre postrado, cuyos huesos cedían al simple efecto de la gravedad, sentí protegerlo. En realidad asistía a su agonía desde el mandato filial que hoy razono como un fardo terrible, monstruoso e injusto. Solía preguntarme por qué mi madre nos había abandonado, en vez de estar calmando los dolores de su marido, de acompañarlo en su agonía alimentándolo a purés y consomés sin perder la paciencia, limpiando las excreciones incontenibles de un cuerpo impedido, y cuidando de su hijo ¿Por qué yo tenía que asumir esa anormalidad familiar que me arrebataba el presente y condicionaba mi futuro? Pero no hubo jamás respuesta sino la obligación ineluctable de hacerme cargo, de estar todo el tiempo inclinado sobre el lecho paterno de muerte. Y ahora, como una ironía de la vida, no sólo también me estaba haciendo cargo de ese becario que sufría el vértigo lacerante del mundo que se desmoronaba a sus pies, sino que también sentía la curiosa urgencia, la irracional necesidad de ampararlo. Sin manifestar mi descontento por el transporte ni la excitación por el vuelo, acepté que un terramóvil de la Oficina nos condujera a la aeroestación.                      
Es verdad que hacía varios años que no me desplazaba en un aeromóvil, y que tampoco antes lo había hecho con frecuencia. De alguna manera, mi responsabilidad como Geodesta Principal en la Oficina de Cartas también había decidido por mí, bien a pesar de mi repulsión por arraigarme a cualquier responsabilidad, imponiéndome un cómodo despacho, la rutina del cartografiado y un título honorífico de profesor. Hacía décadas –¿lustros?– que mi función había quedado cristalizada en el análisis del suelo, pero todo ese trabajo lo llevaba a cabo sin moverme de mi escritorio y sobre las cartas atiborradas de cotas y valores que otros relevaban del terreno por mí. Quizá por eso la sensación de libertad que me producía viajar por el aire siempre había quedado rezagada a mis obligaciones profesionales. No obstante, la posibilidad de volar solía excitarme de forma contradictoria: ver la topografía de nuestro mundo desde mil pies de altura era, sin duda, el evento empírico más elocuente de mi profesión. Pero a la vez me volvía el niño que había dejado de ser de forma prematura cuando sólo pensaba en errar por los cielos. Lo que no quitaba que el asunto de Zahmar había que resolverlo de forma rápida y eficiente, aunque más no fuera para transmitirle a Tassel la confianza que había perdido en la solidez inalterable de nuestro mundo.

Durante los casi dos días de vuelo que nos llevó atravesar el imponente macizo de Ôlalyc que separa la región de Sortiaris de la costa de Zahmar, no pude disimular el interés que despertaba en mi interior la visión del mundo allí abajo. Pasaba horas en mi camarote con la nariz pegada al ojo de buey, y sólo retomaba mis apuntes y mis cartas cuando el joven becario se asomaba, curioso o preocupado, a través de la puerta. De hecho, Tassel mostraba su eficacia preparativa y su espíritu imbatible de organización en todo momento. Con su levita gris ceñida a la desvergonzada juventud de su cuerpo esmirriado, iba y venía de la cabina de pilotaje del aeromóvil a nuestros cuartos de equipaje sin dejar de comunicarme el estado del crucero, los pormenores climatológicos que se abatían sobre el terreno y asegurándose de que nuestro equipo estuviera en condiciones. No me asombraba la vitalidad que desplegaba, propia de su edad, sino la imprevisible madurez de cada acción que ejecutaba, como si las causas del temor que incuestionablemente lo invadía fueran a desvanecerse gracias a su meticulosa ocupación.
A los postres de la cena del primer día le pregunté si su fiancée sabría disculpar lo inoportuno de este viaje, y no dudó en responder con un inocultable brillo en su mirada que “¡Por supuesto, Profesor! Mi Tiffany es conciente de la importancia de esta campaña y de la necesidad de llevarla a buen término”. Contemplando la delatora claridad de sus ojos pardos, pensé en los mudables conceptos de importancia y necesidad, y no pude menos que alegar: “Querido Tassel, no deje nunca que lo importante y necesario se convierta en el hacedor de su propio infortunio o de quien lo rodea”.
–Lo tendré en cuenta, Profesor Guimard, pero ¿no es por eso mismo que vamos a corroborar que todo en Zahmar esté en su lugar?
–En su lugar o no, Tassel… o no –repliqué con un tono seguramente amargo, para luego agregar–: quizá estemos yendo a Zahmar para terminar de asumir que el mundo en el que habitamos, el suelo que creemos incambiable e inamovible según lo muestran las cartas que trazamos, sea una aberrante tontería más.
–No entiendo, Señor… –replicó el joven con un aire asombrado y aun perturbado.
–Ya lo hará, estimado Tassel –y aunque no pude dejar de percibir su desasosiego, continué–. Ya llegará el momento en que la necesidad y la importancia de esta anomalía nos pondrán a prueba a ambos, aunque sólo se trate del capricho de un telémetro defectuoso que malinterpreta la inquietud que sufre el suelo de un yermo despoblado.
             
Por la tarde del segundo día, Tassel golpeó la puerta de mi camarote por última vez para anunciarme que el aeromóvil nos depositaría en el refugio costero, a menos de dos leguas del telémetro. “Y despreocúpese, Profesor” aconsejó el becario en el intento poco sutil de hacer referencia a mi edad y la prominencia de mi abdomen. “Le aseguro que la maniobra de desembarco será bastante simple: el aparato adquirirá posición de aerostato a unos cincuenta pies sobre el refugio. Tendremos que descender por una escalera estructural que se desplegará a un lado, y del otro recuperaremos del guinche nuestro bagaje que…”. No pude menos que interrumpir esa verborrea nerviosa que comenzaba a sacarme de quicio. “¡Tassel! ¿Acaso olvida a quién le habla?”, lo increpé, y se retiró sumiso y esforzándose por ocultar aún más su ansiedad.
Unos minutos después pisábamos la zona costera del plató de Zahmar. Tassel, en completo silencio, reunía todo el material de campaña, mientras que yo recuperaba el aliento apoyado sobre una roca. Antes de continuar su ruta, el piloto nos recordó, en el código inconfundible de la navegación, que pasaría a recogernos en dos días por el mismo lugar. El tenor adicional de su mirada recorriendo compulsivamente el paisaje en todas direcciones escondía otro mensaje que decidí no descifrar en ese momento.

Las violentas ráfagas de viento a ras del suelo me resultaron caprichosas, inexplicables para la región. Hasta donde sabíamos, Zahmar era una baja meseta abierta al mar en la que los vientos continentales no alcanzaban a azotar sus planicies interminables gracias a la barrera del macizo montañoso de Ôlalyc, en el poniente. Caminamos el yermo durante un par de horas, y antes de llegar al refugio vi en los ojos de Tassel el chisporroteo de una preocupación creciente. Ya había notado que el terreno que nos sostenía parecía vibrar. Más que una vibración, la sensación era como la de estar en un montacargas que se elevaba dubitativo y con dificultad.
–Tranquilo, mi estimado Tassel –intenté calmarlo e invitarlo a resolver, de una buena vez, la peculiar anomalía que tanto lo preocupaba–. El terreno parece inestable, pero seguramente esto se debe a un reordenamiento de las placas subyacentes que terminará tan pronto como empezó –impartí la académica seguridad de la misma manera que en mis épocas de estudiante recitaba los tratados de plegamientos de placas antes de los exámenes.
Como un desafío a mis palabras, un violento sacudón del terreno nos hizo perder el equilibrio. Enseguida, una ráfaga saturada de sulfitos y cianatos que escupió una de las grietas recién abierta a nuestros pies nos obligó a correr en busca de un espacio con un aire menos viciado.  
–¡El telémetro! –gritó el becario en plena carrera, al tiempo que señalaba el montículo donde el aparato de medición estaba enclavado. Con esfuerzo logré alcanzarlo.
–¿Qué dicen las últimas lecturas?
–¡Imposible! –repetía el becario a medida que desenrollaba el papel que el aparato guardaba en su interior.
–¿Qué sucede, Tassel? –pregunté con firmeza, observando exasperado el entorno que parecía aislarse del resto del paisaje.
–Las mediciones, Señor… ¡No puede ser! Estamos…
Arranqué el registro de las manos de Tassel y enseguida comprendí el estado de consternación del joven estudiante. Si los datos eran correctos, la superficie sobre la que nos hallábamos estaba a dos mil pies sobre el mar. Lo que implicaba que la placa que la sostenía se había elevado unos mil seiscientos pies en poco más que dos semanas. Y los números indicaban que la anomalía cobraba una aceleración topográfica irracional. ¿Hasta dónde podría llegar esta irregularidad? ¿Podía ser entonces posible que el mundo que conocíamos, tan estable a través de milenios, estaba al fin cambiando a un punto tal que las cartas dejarían de tener su solidez irrefutable?
Mientras mi mente eructaba como una máquina esas preguntas sin respuestas frente a las mediciones delirantes del aparato, mis pies percibían la inquietud de la tierra como una especie de mensaje sin otro código que el de los grandes eventos: aquellos que sobrepasan nuestro sistema de prevención y predicción. Tassel se había quedado en cuclillas al costado del telémetro, con las manos y los brazos cubriendo su cabeza: la figura indiscutible del hombre abatido por un entorno adverso. ¿No había adoptado yo mismo esa posición el día que el médico anunció que mi padre ya no podría levantarse de su cama y dependería por entero de mí? Igual que poco tiempo después, aquella tarde cuando vi a través de la ventana, y por primera vez, el despegue de un aeromóvil de la aerostación. Entonces supe que mi deseo de volar quedaría definitivamente postergado por la obligación de atender a mi padre el resto de sus días. Ver a Tassel postrado me recordaba aquel momento de mi vida en el que se signó el cariz de mi destino. ¿Por que será tan estúpida e indeleble la historia de los pequeños detalles, como para que uno termine reflejándose en los otros desde la divergencia de todas las imposibilidades de un evento puntual del pasado? De forma contradictoria, cubrimos nuestras cabezas como si quisiéramos contenerlas cuando todo en su interior es ebullición incontrolable. Quizá sea por instinto o, simplemente, por la estúpida pretensión de retardar el estallido de nuestra impotencia soplándola como a una mina activada.

El telémetro comenzó a regurgitar una cantidad enorme de papel. Los nuevos datos que recibía, como diferencias de las cifras anteriores segundo a segundo, resultaban de toda evidencia un absurdo imposible de procesar, por lo que el instrumento terminó exhalando su inaptitud en un estertor de engranajes rotos. Miré el cielo que se acercaba a mis ojos de forma temeraria y comprendí que el plató estaba sufriendo una inmensa  transformación orogénica: el nacimiento de una montaña que seguramente comenzaría a fracturarse de un momento a otro. Instintivamente corrí hasta nuestro equipo cubierto por la bruma tóxica y recogí las sogas, el arnés y las estacas. Me asombré de sentir un cuerpo de sesenta años con capacidades físicas ya olvidadas.
Volví al montículo donde Tassel aún yacía de cuclillas y en estado de catatonia. Sin pensar, lo tomé del brazo y lo arrastré a los tirones hasta llegar al farallón que se precipitaba sobre la costa. Frente al vacío entendí el mensaje en la mirada del piloto del aeromóvil. Clavé una de las estacas en la roca, armé el arnés en el tronco del muchacho y encarrilé a una polea el extremo de la soga que lo sostendría durante el descenso hasta alcanzar la playa. Con horror, sus ojos observaban el terreno de la costa que se alejaba cada vez más de nosotros. Sin decir palabra, lo obligué a saltar por el borde del acantilado. Por encima de mi cabeza, el cielo abría sus fauces para devorar todos mis intentos. Sin reparar en la piel que se desprendía de mis palmas, fui soltando con rigor y premura la soga que le ganaba preciosa distancia a la anomalía. No pensaba otra cosa que en brindarle a Tassel la oportunidad de alcanzar las bases de nuestro mundo. Confiaba en que él aprendería con el tiempo, que entendería las razones de lo importante y lo necesario, aunque el hilo de nuestras existencias entonces fuera demasiado corto como para mantenernos unidos. Cuando quedaron unos pocos pies de cuerda, percibí que el peso al otro extremo había encontrado su equilibrio, y deseé que mi becario hubiera alcanzado un sitio más estable desde el que pudieran rescatarlo.
La superficie del plató se inclinaba y se desgajaba a pasos acelerados como una cebolla vieja, al tiempo que perforaba sin piedad las nubes que encontraba en su ascenso. La inestabilidad del terreno había terminado proyectándome sobre una roca, y boca arriba me sentía catapultado a las alturas como un nimbonauta desnudo. Ya no sentía mis manos ni dolor alguno, como tampoco miedo, ni siquiera resentimiento: sólo una simple emoción primaria y esencial tan remota como familiar.

Vuelvo al lugar del error incalculable, a la causa inexplicable de aquello que está más allá de todo arte, de todo mandato y toda ciencia. Vuelvo al punto donde el status quo es la más estúpida de las pretensiones humanas. Vuelvo para ofrecer mi infancia sobre la cumbre ascendente de Zahmar, pero esta vez desde mi adulta libertad.

23 de abril de 2011

Óbelum


Foto del biologuero

Óbelum
Alejandro Luque


Como de costumbre, 
anoche ella estaba ahí, encima de mí, rodeándome, 
envalentonada desde su postura imperturbable y tan ella, 
que no pude contenerme y la volví a poseer 
por un brevísimo instante como sólo yo bien sé hacerlo. 
Luego nos olvidamos, nos ignoramos, nos rearropamos 
 de París cada uno a su manera, 
y nos dejamos perder por el resto de la noche 
como dos imperfectos conocidos.


Estar perdido en la ciudad –poco importan las razones– es tan fácil como decididamente imposible. Uno puede jugar a que los reparos se desvanezcan girando cinco veces sobre uno mismo para tomar la dirección en que la nariz quedó apuntando, o que esa esquina vedada al derrotero cotidiano se convierta en una excursión por tierras indómitas y peligrosas e, incluso, a elegir combinaciones del metro según el tipo del próximo pasajero: sonrisa, línea par; indiferencia, línea impar; mendigo o criatura (que son lo mismo, aunque huelan y uno los sienta distinto), volver en sentido contrario. Perderse implica renovarse, al menos renovar de vez en cuando los propios códigos. Entonces ya no son los gestos o el estado, ni las esquinas o marearse lo que define el extravío. Uno puede perderse doblando a la izquierda en cada bocacalle hasta que se percibe un coche rojo o anaranjado. En ese momento se puede seguir derecho hasta que uno encuentra otro vehículo del mismo color, entonces hay que doblar en la próxima a la derecha y renovar colores o estrategias porque, como todo, todo depende de la opción, la necesidad y el interés.

Desde un punto de vista meramente temporal, no es lo mismo ni más sencillo perderse a cualquier hora del día, no; por la mañana, por ejemplo. Las hordas de señoras que salen con sus carros a pasear los bebés son como luces en una pista: le indican a uno la dirección inequívoca, el destino de ida y vuelta inexorable. Ni qué hablar de los yupies urbanos que, bien calzados en trajes caros y zapatos puntiagudos, se dejan igualmente engullir que vomitar por las bocas del metro: uno sabe de dónde vienen y hacia dónde van como si fueran la aguja de una brújula. De día y temprano, el mundo se dirige inevitablemente, hilvana su monotonía, y perderse deja de tener gracia. No obstante hay esa hora, ese intervalo que resiste las mareas densas y los acuerdos más urgentes, que suele acontecer antes del mediodía cuando el hambre todavía no arrea la tropa abombada. Pero dura poco y siempre se encuentran los indicios innegables que permiten reconocer que por allí se llega a allá, y que a esta esquina uno la conoce bien. La luz del día es terrible: más que delatar el camino, nos acorrala en una lógica de emparde: de todos modos tiene que ser por acá.

Por la tarde, entre las cuatro y las cinco –si no fuera porque no es más que una hora magra–  vale la pena perderse pero con cierta premura. La ciudad, en esos momentos, está como atontada y sus habitantes se muestran caprichosamente imprevisibles. En ese rato, cuando el sol comienza a perder la fatuidad de su corona, por ejemplo vale la pena jugar con los perfumes que se agitan desesperados después del agobio: glicina, a la derecha hasta azaleas o pizza. Si pis de gato o tilos o Chanel (o algún otro perfume que grite la moda), vuelta a la izquierda o bajar al metro, lo que primero se presente. Pero hay que ser rápido, aunque perderse –lo que se dice perderse– necesita su tiempo y esmero.

El mejor momento es la noche, sin duda. Uno se siente amparado por la complicidad de las sombras que son las compañeras ineludibles del juego. Aunque tampoco uno debiera de fiarse ciegamente, porque pueden engañarnos. Basta que uno decida cruzarse con una pareja para luego poder doblar en la próxima, y ya al punto del giro verificar con desconsuelo que no son dos sino un alma perdida demasiado arropada. Y uno siente que las reglas del juego no fueron tan claras como debieron o como uno tendría que haberlas  establecido. Las sombras también trampean haciéndonos creer que esa silueta apoyada en la pared a doscientos metros es la de una persona que nos marcará la nueva dirección: si antes de cruzarnos con ella se moviera hacia la derecha o hacia la izquierda, entonces iremos en dirección contraria, como si avanzara o retrocediera. De seguir impasible en su lugar, el camino se continuará. Pero al llegar a unos metros, uno se da cuenta de que la silueta no es más que un buzón o un cartel de tránsito. Entonces hay que empezar el juego desde el principio. Aun así, es de noche cuando uno se pierde casi siempre con comodidad; uno se siente un gato con el poder de penetrar todos los secretos de las penumbras, la imaginación se enciende y los sentidos todos se excitan sabiendo que el tiempo deja de ser un obstáculo.

Por ejemplo ahora, el código es seguir derecho hasta sentir un bocinazo, y entonces tomar la próxima a la izquierda. Hay tres posibles izquierdas, y me aventuro por la primera que es la más izquierda de todas. Decido doblar la apuesta y, en vez de una bocina poco probable a estas horas, ahora propongo divisar una mujer que porte algo rojo. Cuando finalmente aparece doblo a la derecha, luego a la izquierda, y otra vez a la derecha (a veces hay que plantearse itinerarios precisos). Todavía más osado, consigno subir al metro más cercano si el próximo hombre con el que me estoy por cruzar me mira. Es así, en el metro, donde el juego alcanza su cenit: establezco que me bajaré en una estación –la que sea– justo luego de haber encontrado a alguien que me recuerde a vos. De no lograrlo, habré de dejar el metro en su terminal y seguir la ruta en la misma dirección, a toda costa, hasta ganar la apuesta. Entonces volveré sobre mis pasos como un insecto sediento que va a beber de la llama patibularia. Pero no todo está perdido, no: la terminal ya va quedando bien lejos, y a mis espaldas aún alcanzo a percibir el resplandor del atalaya de hierro que sigue barriendo lo que queda de la noche. Quizá en el cruce que viene tu rostro, y entonces.

El resto de la noche es lo que a uno le queda para seguir apostando a perderse sin reencontrarse con las señales indelebles del camino.