11 de octubre de 2014

Renatus


Renatus

Parece largo. No sé si lo pienso o pienso tout court. Tampoco puedo asegurar que sepa francés. ¿Son palabras o imágenes que las reflejan? Es un túnel, quizá una galería del underground parisino que conocí bien. ¿Sé inglés? Al menos eso parece. My name is… No recuerdo, aunque estoy seguro de haberlo sabido hace un rato. Siento –¿siento?– que avanzo lentamente por un conducto cada vez más oscuro y estrecho. Delante hay una luz; detrás, mi existencia. ¿Es el fin? Creo que esta inseguridad desaparecerá en breve. Imposible dejar de avanzar porque allí está la nueva chance, me digo, y me dejo llevar por el olvido.

La partera deposita a la recién nacida sobre el pecho de la madre.



5 de agosto de 2014

114 nietos recuperados por las Abuelas

Me reconforta el corazón la noticia de la recuperación de "Guido", el hijo de Laura y nieto de Estela de Carlotto. También este reencuentro me hace sentir –sentir y desear!– con todas mis fuerzas que no se volverá a escribir en nuestro país, en toda la América de nosotros, ningún otro Nunca Más.

26 de julio de 2014

Terrorismo asimétrico en Medio Oriente

Terrorismo asimétrico en Medio Oriente
Alejandro Luque


Imagen de dominio público - Wikipedia



Con un dejo de ironía que reconocí de una, escuché la pregunta que esta mañana tomando café me hizo una colega “Y vos qué pensás de lo que pasa entre Israel y Hamas [sic]?”. Respondí: Hamas es una organización militarizada terrorista que el propio libro sagrado al que rinden culto ya los ha condenado desde hace rato, como lo es el poder actual de Israel que dirige la colonización absolutamente ilegal de terreno palestino desde la segunda mitad del siglo pasado; terreno que, por ende y obviamente, no le pertenece políticamente como tampoco desde los mismos preceptos de la religión que profesa y por la que dice batirse. Hamas es un grupo terrorista armado de la extrema islámica que el occidente liberal y capitalista quisiera eliminar de la faz de la tierra a cualquier precio (y ya sabemos los precios que está dispuesto a pagar este occidente cretino al que pertenecemos); Israel es un grano en el culo para más de un liberal que sabe bien que la ultraderecha del Likoud es tan perniciosa para su salud como el islamismo que ha decidido abolir. Por qué más perniciosa? Porque la armó hasta los dientes, la incubó en su seno de libertad por razones de altísimo dinero e intereses estratégicos en ese Medio Oriente que es el último bastión terrestre donde saciar su irreprimible y malsana sed petrolera; porque el nacionalismo judío al que dio y sigue dando ventaja, que como todos los nacionalismos es odioso, vengativo y ciego –y los más peligrosos son los que están bien armados–, se escapan de su control cada vez más. En una escala menos tecnológica, es lo mismo que pasa con la bolsa de gatos que conforma hoy el grupo armado de Hamas y la Organización por la Liberación de Palestina. Entonces, lo que pienso de lo que pasa en Medio Oriente no es muy diferente de lo que pensaba hace muchos años. Hay enfrentadas dos autoridades militares armadas de forma y con apoyos de la comunidad internacional muy asimétricos. Una de ellas pretende expandirse ocupando ilegalmente el terreno de la otra que quiere eliminarla. En medio hay mucha gente que no está armada pero que vive horrorizada y en total estado de injusticia. Por cada muerto de un lado, mueren cientos del otro. Pero en algo se asemejan como dos gotas de agua: son dos bandas de terroristas fanáticos y enceguecidos que no pararán hasta generar un desastre incontrolable. Y cuando terminé de decirle esto (o más o menos esto) lo único que agregó mi colega fue “Vamos Alex, que no se puede comparar!” Y cambió rotundamente de tema.  

24 de mayo de 2014

Con palabras


Alejandro Luque


Bien antes de la hora precisa decretada en la sentencia, se sienta al condenado en la silla que se encuentra encalvada en el piso de cemento de la sala de ejecución. El dispositivo es en general robusto y simple, con antebrazos resistentes, respaldo elevado y dimensiones estándares. Las versiones más modernas incluyen reservorios para recibir las incontinencias del condenado que puedan advenir previamente y sobre todo durante la ejecución. Algunas administraciones sugieren suministrar al preso un psicotrópico con el almuerzo o la cena final unas horas antes del evento.

Se ajustan con firmeza las gruesas correas de cuero para contener manos, brazos, tronco, cintura, muslos y piernas. Una correa de calibre más fino se utiliza para mantener pegada al respaldo de la silla la cabeza del reo, ya sea a nivel del cuello o de la barbilla. La capucha es opcional. El principio de electrodos es el mismo para todos: cabeza, pie, tierra. Cada uno asegura el traspaso de una descarga mortal desde la línea al cuerpo del reo. En número pueden ser dos o cinco. Opcionalmente pueden agregarse más electrodos para aumentar la eficacia del resultado final, como así también geles o pomadas conductores para transmitir mejor la descarga y, de paso, evitar el desagradable problema de despegar después las correas fundidas en la carne del cadáver; Hollywood ya filmó en cinemascope, 3D y HD la escena en todos los ángulos posibles. Sobre la cabeza, una placa metálica de forma y tamaño diferentes puede ser utilizada como elemento de alta conducción, también de forma opcional. La silla está emplazada en el medio de una habitación blindada y a prueba de balas. En opción, una ventana con “stores” o con vidrios en general opacos del lado de la silla pero transparentes para los espectadores. Pueden acompañar al condenado un cura bendiciendo, un pastor arengando, un imán reivindicando, pero siempre un vocero leyendo el protocolo de la sentencia, reloj visible con segundero impasible colgado en la pared, análogo o digital.

En las opciones más tradicionales, y muro de por medio, tres pequeñas habitaciones aisladas en réplica y con un teléfono o intercomunicador flanquean la pieza de la silla. Tres suboficiales asignados penetran uno a uno en cada habitáculo que obviamente posee un gran interruptor o conductor a palanca y una banqueta minimalista. Sólo una de las habitaciones está conectada con el circuito eléctrico y la silla. Esta logística, concebida para disminuir el peso moral del verdugo (quien vivirá el resto de su vida sabiendo que tuvo una posibilidad sobre tres de haberse convertido en un asesino legal) obviamente cuesta más dinero al contribuyente, por lo que ha sido modificada en varios estados a dos ejecutores o, incluso, a uno solo. Dicen que en algunas habitaciones del verdugo cuelgan placas con las iniciales HPB o HB, por Harold P. Brown, el inventor del dispositivo.

Para resumir, digamos que a la hora indicada el teléfono suena. Los agentes que esperan el “go” atienden y luego bajan al unísono y en gesto seco la dicha palanca a lo largo de una escala graduada que, en la última posición transmite la primera descarga máxima de voltaje –y sólo una de ellas que nunca se sabrá cuál– desde la línea eléctrica hasta la silla: 2 kilovatios a un flujo de 10 a 8 amperes durante al menos 60 segundos. El protocolo debe ajustarse al volumen y resistencia del condenado. La palanca se sube a la posición original por unos minutos, durante los cuales un médico verifica si los signos vitales del recluso han desaparecido. El golpe de gracia se lleva a cabo a continuación: la palanca se vuelve a bajar a un setenta por ciento de su escala durante un tiempo variable de una decena de segundos a minutos.

Cuando la corriente alcanza al individuo, ésta debe atravesar la piel para recorrer el cuerpo y todos sus órganos y terminar por descargarse en la tierra, lo que genera inmediatamente heridas de diferente profundidad al nivel de los electrodos. Desde el punto de vista estadístico, una gran mayoría de los condenados pierden conciencia casi inmediatamente a pesar de la agitación que se observa en el cuerpo durante el tiempo que dura la descarga. La muerte suele sobrevenir también casi inmediatamente a la aplicación del flujo eléctrico, o al menos eso se cree. Como varios condenados han sobrevivido a este primer intento de quitarles la vida, de forma sistemática una segunda descarga a menor voltaje es puesta en marcha a continuación: y en casos extremos de supervivencia, una tercera que puede sobrepasar los diez minutos. Desde la primera, el cuerpo del reo alcanza en segundos temperaturas de sesenta grados. Se supone, teniendo en cuenta los resultados de las autopsias, que en los primeros segundos de la descarga las neuronas literalmente se cuecen después de registrar para el cuerpo un dolor seguramente inconmensurable. Dolor que, como se aclaró más arriba, puede extenderse por varios minutos, según la resistencia del individuo.

Una vez declarada oficialmente la muerte clínica del condenado, el cuerpo es despegado de la silla y llevado a la morque de la prisión, mientras los familiares de las víctimas se retiran de la sala de observación de la ejecución con la seguridad de que la administración que han elegido les ha rendido justicia contra un acto abominable.       

22 de abril de 2014

Sábanas


Alejandro Luque

No hablo de amor, de ése que pasa por la piel y atraviesa el hueso y nos transforma por el resto de nuestras vidas. Hablo de ese espacio entre la piel y el hueso, esa mísera porción de la anatomía que esclaviza liberando, que libera esclavizando, ese resquicio ínfimo entre mi piel y la otra piel pegada que frota y se frota, de membranas turbulentas, de músculos involuntarios intrusos intrépidos incontenibles, de volúmenes por espacios. Hablo de oscuridades ciertas que se deben explorar, de alientos viscerales que se deben sentir, de sudores imparables que eclosionan y se fusionan a dos. Hablo de gemidos que ensordecen el trictrac de la cama, del colchón hundido en el medio, del entremezclarse enrularse entregarse, del rechazar las sábanas para acabar sin límites. De lenguas de dedos de pelos de saliva, mucha saliva. Hablo de desbordes, de destiempo y recuperaciones. De algo dulce, de un faso enseguida si se puede, del enfriarse al aire, de la respiración que quiere llegar al hueso. De no bancarse el cielorraso y de volver a empezar. Por la piel, sobre todo por la piel. Por las manos, esas fieras sublimes descontroladas. Por los poros saturados que al lamerlos saben a sal. Por la lengua que se activa y los labios que se desenfrenan de despalabras. Y después cerrar los ojos otra vez, tensarse y distenderse al destiempo del tiempo, sentirse parte prolongación exceso éxtasis. Y aún después volver a acabar como si fuera la primera vez, como si fuera la última aunque suene insensatamente increíble e increíblemente insensato. Acabar sin tapujos, sin fronteras, sin culpas ni convicciones innecesarias. Reposarse. Hablo de reposarse luego de una cruda batalla, de sentir el corazón agitado desagitarse y los pulmones a punto de explotar descomprimirse. Hablo del rigor de las sábanas que ahora se despliegan a medias desde el rincón en el que fueron abandonadas. Hablo de la necesidad de cubrirse, de echar un manto, de reabsorber los jugos. Hablo de la separación, de la distancia, de volverse uno y el otro. Hablo de los pasos hasta el baño, del repiqueteo lejano del agua que lava, que civiliza, que enfría, que renueva. Hablo del roce inconfundible de la ropa que se calza, de la malla del reloj que recupera su puño, los pies que se deslizan con dificultad en las zapatillas, las cuatro manos tanteando sobre la alfombra: dos que buscan una prenda, otras dos que buscan los forros usados. Hablo de las preguntas retóricas, del gesto último y obvio entre las penumbras que marca el sendero hasta la puerta. Hablo de la sensación de volverse uno después de la ausencia, de recuperar el reino, de saber que en unas horas, en unos días, en unas semanas, habrá que volver por la senda y señalarla entre las penumbras para llenar ese espacio de vacío más allá de la piel. Hablo de éso. Del espejo en el baño, de una buena ducha, de un último vistazo a facebook y de poner a cargar el mobile. Hablo de tomarse media botella de agua y de mirar por la ventana y de estirar completamente las sábanas y de poner el despertador y después dormir. No, no hablo de amor.

2 de febrero de 2014

Movimiento

MOVIMIENTO

Elementos Básicos – Del Agua
Alejandro Luque (2010)



El Hotel de Inmigrantes está atestado de gente que ha llegado días atrás y que espera le asignen un destino, un pedazo de tierra. Y también apesta, porque esas personas que vienen de distintos lugares de una Europa empobrecida y saqueada, y que apenas si saben cómo escribir sus nombres y, aún menos, hacérselos entender a los aduaneros, están alojados en un hotel administrativo. Más allá de las paredes de ladrillos se encuentra Argentina, América. Pero esas paredes que delimitan el hangar a un costado del puerto de Buenos Aires, con sus ventanales demasiado altos como para confirmar de un vistazo la promesa del inmenso y pujante mundo nuevo que dará el alimento y el cobijo a quien quiera aventurarse, son por varios días el único paisaje posible para estos refugiados que han escapado de una realidad de miseria y exclusión.

Visto desde la ventanilla, el aeropuerto de Roissy parecía un monstruo dispuesto a engullir los aviones con todo su contenido. Llovía y el asfalto de la pista reflejaba los objetos de la misma manera que al otro lado del mundo. Sin embargo, la excitación y el miedo a lo desconocido transformaban las imágenes empapadas que mis sentidos aprehendían en paisajes con un brillo diferente. En la Aduana me retuvieron una hora hasta que alguien logró entender que era un estudiante con beca y que por eso no tenía un billete de vuelta ni visa de long séjour. El rigor de una lengua que no es la de uno y que se desconoce produce un aislamiento y una desprotección difíciles de describir. Uno llega a una tierra que no es la suya con un pasaporte que debiera ser el único válido: la intención profunda y la convicción de venir a quedarse para crecer. Pero aún para crecer se necesitan papeles y certificados. Cuando comprobaron que los tenía, me abrieron la puerta y entré en Europa.

Marcel tiene catorce años cuando sus ojos recorren el yermo de una pampa incomprensiblemente plana, verde y atiborrada de un humus que sólo conoció en su tierra por la escasez. El tío Jean-Pierre marca con una rama seca de ombú un rectángulo donde levantarán las cuatro paredes de adobe y el techo que los cobijará. Marcel pregunta por los pies de viña pero le muestran semillas de maíz y brotes de papa. En ese momento comienza a reconocer el límite de sus palabras y las ahorrará por el resto de su vida. Las paredes de adobe se transforman en muros de ladrillo, y aprende a ponerle límites a su pedazo de tierra. Se casa con Berta por esa Francia que también bulle en su sangre y por ser la vecina más cercana. Casi enseguida nace la primera de sus once hijas y muere el tío. Marcel labora la tierra, hace milagros que el propio milagro de ese suelo permite. Berta cría a los argentinos con consomés, revueltos de verdura, guisos de carne y a fuerza de ropa reciclada. La familia comienza a arraigarse.

Los estudios trajeron conceptos nuevos y nuevos amores. Mientras mis hormonas se equilibraban en esa edad que antecede a la de la razón, yo empezaba a atisbar los códigos de aquella cultura que, con seguridad, me serán siempre inalcanzables. Supe que el “mi mamá me mima, mi mamá me ama” no era literal ni fundamentalmente universal. Llegué a preguntarme por qué solemos usar el “no” en nuestras respuestas, aun para afirmar. Y sin terminar de creer que el sexo es el lenguaje unívoco, me dejé amar en francés y, en el mismo idioma, retribuí. Terminé mis estudios y decidí quedarme en tierras galas a falta de otras posibilidades. El mundo me mostró su rostro previsible de complejidad en la repetición de desarraigos locales y desamores. La historia me regresaba en sus caprichos congénitos.

Marcel ya tiene la anciana edad de cincuenta como para continuar en este mundo que da más al que se las rebusca mejor. Las leyes del hombre nuevo, sin echarlo de su terruño, lo transforman en peón. Muere poco después, antes del matrimonio de su cuarta hija. Berta llega a acompañar a tres de sus nietos al altar. Se apaga en una casa que ya no existe en los rincones de un pueblito olvidado donde la entierran junto a su marido Marcel. Uno de sus bisnietos llevará flores al cementerio y limpiará innumerables veces las inscripciones de la tumba. En una de ellas leerá por primera vez la palabra merci. La familia se disemina por todo el país acomodándose en los nichos que va encontrando. La muerte intenta eliminarla pero no llega a perpetrar más que un saqueo superficial.

   La vida quiso verme caminando sobre las huellas de mi bisabuelo. Hoy, parado frente a una iglesia casi en ruinas a la que seguramente su madre lo habrá traído muchos domingos, lo busco. Te busco. Me busco. Me pregunto si llegaré a ser parte de todo esto. Si esta promesa de mi futuro a más de cien años de distancia de la tuya es por fin real. Decidir irse. Decidir quedarse. Abandonar sueños desperdigados por todos lados para construir nuevos. Desde cero, desde la nada que implica llegar a lo desconocido. Mirar hacia atrás y ver la obra más importante que tus sueños edificaron del otro lado. Sí, allá y entonces, la gran familia a la que pertenezco. Aquí y ahora, esa gente que cruzo. Ese “Bonjour !” que escucho sabiendo que deberá transformase en la base inapelable de mi nuevo código de vida. Pienso en cómo habrá sido para vos. En qué pensaste parado frente al lugar que ibas a habitar. ¿Estabas acompañado? O solo, como estoy yo ahora , intentando crear un nuevo sueño en estas, tus tierras. Estás en mi memoria. Soy la memoria de dos Atlánticos que te vuelve. 

Mouvement

MOUVEMENT
Eléments Fondamentaux – De l’Eau
Alejandro Luque (2010)


L’hôtel des immigrants est plein à craquer de personnes qui sont arrivées quelques jours avant et attendent qu’on leur attribue un destin, un morceau de terre. L’hôtel sent mauvais, car ces personnes qui viennent de différents coins d’une Europe appauvrie et pillée, et qui ne savent à peine comment écrire leurs noms et encore moins le faire comprendre aux douaniers, sont logés dans un hôtel administratif. Au-delà des briques se trouve l’Argentine, l’Amérique. Mais ces murs qui délimitent le hangar d’un côté du port de Buenos Aires, avec ses fenêtres trop hautes pour garantir d’un coup d’œil la promesse de l’immense et vigoureux nouveau monde prêt à donner nourriture et refuge à celui qui voudra s’y aventurer, sont pendant plusieurs jours l’unique paysage possible pour ces parias qui ont échappé à une réalité de misère et d’exclusion.
Depuis l’hublot je voyais l’aéroport de Roissy qui ressemblait à un monstrueux dispositif prêt à avaler les avions et leur contenu. Il pleuvait et la surface bétonnée du tarmac reflétait les objets de la même manière qu’à l’autre bout du monde. Pourtant, l’excitation et la peur de l’inconnu transformaient les images trempées que mes sens appréhendaient en paysages avec une lueur différente. A la Douane ils m’ont retenu une heure jusqu’à ce que quelqu’un comprenne que j’étais étudiant boursier, ce qui expliquait pourquoi je n’avais pas de billet de retour ni de visa long séjour. La rigueur d’une langue qui n’est pas la sienne et que se connaît à peine produit un isolement et une fragilité indescriptibles. On débarque sur une nouvelle terre avec un passeport qui devrait être l’unique valide : le souhait profond et la conviction de venir pour y grandir. Mais même pour grandir il faut des papiers et des certificats. Après qu’ils aient vérifié que je les avais, ils m’ouvrirent les portes et j’entrai en Europe.
Marcel avait quatorze ans quand ses yeux parcoururent le désert de cette pampa d’une platitude verte incompréhensible, remplie d’un humus qu’il n’avait connu sur sa terre que par la sécheresse. L’oncle Jean-Pierre, avec une branche sèche tombée d’un belombra, marqua un rectangle où ils dresseraient les quatre murs en terre battue et le toit qui allait les couvrir. Marcel demanda des pieds de vigne mais on lui montra des graines de maïs et des pousses de pomme de terre. A ce moment là il commença à reconnaître les limites de ses mots et les économisera le reste de sa vie. Les murs en terre battue se transformaient en murs de briques, puis il a appris à limiter son terrain. Il se maria à Berthe pour cette France qui coulait aussi dans ses veines et parce qu’elle était la voisine la plus proche. Presque de suite naquit la première de ses onze filles et l’oncle décéda. Marcel continua à travailler la terre, il fût tous les miracles que cette même terre miraculeuse lui permettra. Berthe élèva les argentins avec du consommé, des mélanges de légumes, du ragoût de viande et avec des vêtements recyclés. La famille commençait à s’installer.
Les études apportèrent de nouveaux concepts et de nouveaux amours. Pendant que mes hormones s’équilibraient à cet âge qui précède celui de la raison, j’ai commencé à entrevoir les codes de cette culture qui me seraient toujours inaccessibles. J’ai su que «  mi mamá me mima, mi mamá me ama » n’était pas littéral ni fondamentalement universel. J’en suis venu à demander pourquoi avions-nous l’habitude de placer un « non » en tête de nos réponses même affirmatives. Et sans me laisser convaincre que la sexualité soit un langage univoque, je me suis laissé aimer en français, et dans la même langue j’ai répondu. Je terminai mes études et décidai de rester sur les terres gauloises par manque de choix. Le monde me montra son visage prévisible de complexité dans la répétition de déracinements locaux et de manque d’affection. L’histoire me renvoyait à ses caprices congénitaux.
Marcel a déjà cinquante ans, bien âgé pour continuer dans ce monde qui donne plus à celui qui cherche davantage. Les lois de l’homme nouveau, sans le jeter de son terrain, le transforment en pion. Il meurt peu après, avant le mariage de sa quatrième fille. Berthe arrive à amener trois de ses petits-enfants à l’autel. Elle s’éteint dans une maison qui n’existe déjà plus dans les recoins d’un bled oublié où ils l’enterrent à coté son mari Marcel. Un des ses arrières petits-enfants apportera des fleurs au cimetière et lavera d’innombrables fois les inscriptions de la tombe. On lira sur l’une d’elles pour la première fois le mot merci. La mort s’acharne sur la famille mais n’arrive pas perpétrer davantage qu’un pillage superficiel.
La vie voulut me voir marcher sur les traces de mon arrière grand-père. Aujourd’hui, arrêté face à une église presque en ruine dans laquelle sûrement sa mère l’avait amené souvent le dimanche, je le cherche. Je te cherche. Je me cherche. Je me demande si j’arriverai à faire partie de tout cela. Si cette promesse de mon futur à plus de cent années de distance du tien est réelle. Décider de partir. Décider de rester. Abandonner les rêves répandus de tout côté pour en construire de nouveau. En repartant de zéro, de ce néant qui habite l’inconnu. Regarder vers le passé et voir l’œuvre la plus importante que tes rêves ont édifié de l’autre côté. Oui, là-bas vers la grande famille à laquelle j’appartiens. Ici, maintenant, tous ces gens qui je croise. Ce Bonjour ! que j’écoute sachant qu’il devrait se transformer dans la base sans appel de mon nouveau mode de vie. Je me demande comment cela s’est passé pour toi. A quoi tu pensais, arrêté face à l’endroit où tu allais vivre. Tu étais accompagné ? Ou seul, comme je le suis maintenant, essayant de créer un nouveau rêve sur ces terres, sur tes terres. Tu es dans ma mémoire. Je suis la mémoire de deux Atlantiques que te revient.


Traduction de l’espagnol : Aline Benchemhoun & Biologuero

31 de marzo de 2013

No Sé

No sé cuándo dejaste de ser
Cuándo nos anocheció el tiempo usado
No sé si fui yo
Si fuiste vos
Si por una vez nos pusimos de acuerdo
Y la cagamos en perfecta sincronía
No sé si mis culpas son más culposas
Que tu convicciones
Ni mis certezas más certeras
Que tus dudas
No sé
No estoy seguro
Si cuando decíamos te quiero
Si cuando nos convencíamos de navegar el mismo río
Si cuando nos perjurábamos imprescindibles
El uno para el otro
Si cuando nos rasgábamos las vestiduras
Clamándonos convencidos de que éramos lo que éramos
No sé si en ese entonces
En aquel tiempo ufano de todos los principios
No sé
Si entonces
Digo
Nos dábamos cuenta del descuento
De la responsabilidad civil y moral
De que remar a dos nunca fue fácil
De la fatiga individual
Del menosprecio indebido
Del valor indeleble de la ausencia
Y del silencio morboso
No sé qué pasó
No sé qué nos pasó
No sé tampoco
Si fuiste vos o fui yo
Ni si vale la pena el análisis
No sé nada
El sol ya no está aquí
Anochecimos
Y es tarde ya
Remo
Solo
En contra de una corriente
Que ya no es la nuestra
Remo
Y ya no sé desde cuándo

31 de diciembre de 2012


No sé a quién le escribo, porque si algo sentí durante todo este usado y apocalíptico 2012 es que ya casi nadie lee, o sea que casi nadie escucha. Mejor dicho, se lee mucha inmediatez y no menos espontaneidad (aunque suelo dudar), se nada vehemente en el rigor de los 140 o pocos más caracteres –en la gran mayoría de los casos insuficientes, por lo tanto frecuentemente polémicos o finalmente intrascendentes por forzados– como si alguna autoridad incuestionable nos hubiese convencido en masa de que en la condensación obligada de microexpresarse se encontrara la "posta" y todo lo demás fuera macrosuperfluo, megainnecesario, hiperpasado de moda o, incluso, superobviable.

No sé a quién le escribo, pero me atrevo a apostar que alguien que leerá estas líneas ultranumerosas –y quizá hasta el final– apretará el iconito de “me gusta” o el de “+1”, según el medio en el que aparezcan. Porque es verdad que, con todo, hay posibilidad de retorno o “feedback” en esto de la inmediatez: nos han transformado la vida de relación en algo mucho más ameno y sencillo, más democrático y global, estratégicamente autodefinido en su contenido; con eso de “me gusta” estoy participando activamente, estoy manifestando mi interés y aprobación, mi adherencia sin limitaciones tanto al concepto ideológico como a la foto de vacaciones, mi total apoyo a la causa del cáncer como a mi amiga que tiene una descompostura y se está preparando “live” una taza de té a las 19:42 (hora local) , estoy poniendo mi firma en la cruzada por los animalitos abandonados, en el petitorio para que se subvencione el Borda o en la propaganda de alfajores o de un “delivery” de pizzas (de paso capaz que hasta me saco una de tres quesos según proponen) ; y si no pongo nada… bueno, será que me lo perdí entre tanta noticia o anuncios compartidos de mi listita de amigos, o que decididamente no me gusta o que no cabe el tema de gustarme o no, pero “de eso no se habla” ya que habría que hacerlo con palabras y conceptos y no existe en la interfase de la inmediatez la facilidad automática que los resuma. Y así establecemos vínculos en línea y en tiempo real con nuestros amigos virtuales (la mayoría) y reales (esa minoría no menos real). Me preguntarán si mi vida social y de relación siempre fue profunda y explayada, y respondería que, por supuesto, siempre-entre-comillas no.

No sé a quién le escribo, para quién estoy haciendo este esfuerzo gramatical, semántico, sintáctico y morfológico, esta elocución lógica que, como desde hace un tiempo, me deja de antemano un sabor ralo de placer culpable, masturbatorio; algo así de contradictorio como pensar simultáneamente que estoy gastando mi tiempo y el de los otros con la irrefrenable necesidad de hacerlo, de gastar ese tiempo acotado a un número de caracteres precisos y que en el mejor de los casos tendrá la respuesta de “a fulano le gustó” lo que pensás, aunque yo no pueda saber si le gusta cómo pienso, ni si él pensara distinto o tuviera algo que agregar. Es como estar ahogándome en un mar de comunicación todo terreno de talle estándar y en modo opción múltiple estricto.

Entonces, ¿para qué escribir, para quién? ¿Por qué no me sale eso de “lerurizar” la escritura, de resumir a ultranza frases y metáforas aunque se pierda el sentido, se eliminen la estética y la reflexión y el placer se me apague? Lo que me parece igual de válido para un músico: ¿a cuántos segundos tiene que reducir su track para que lo escuchen entero o qué pantomimas superficiales y cuántos culos rozagantes tiene que agregar al clip para llamar la atención de la melodía, los instrumentos, la poética; o para un artista plástico o un fotógrafo, ¿qué economía rigurosa de elementos, recursos y texturas debe usar en lo que necesita plasmar para que alguien se detenga más de lo estipulado y logre establecer un diálogo con sus conceptos? ¿Cómo competir con ese enemigo octopusiano de la inmediatez a ultranza, de la microcosa obligatoria, del minitiempo socialmente digitalizado en un rectangulito con apéndice de opinión disfrazado de libre albedrío en una única dirección posible?

No sé a quién le escribo, pero para quien quiera leer y se acuerde de cómo hacerlo, me gustaría decirle que me preocupa esta progresión hacia la chatura sinóptica inmediata. Me gustaría mostrarle cómo logra “desacercarnos” y llenarnos de dudas. Quisiera hablarle del verdadero valor del tiempo y de los destiempos, del ocio real y de la economía verdaderamente útil. Conversar de lo profundo de las cosas sin bufidos ni desprecios ni cuadraditos limitantes. Evaluar ideas y conceptos sin miedo a discernir, sin bloqueos con frases y gestos terminantes ni alzadas de tono intolerantes ni descalificaciones gratuitas e infundamentadas. Me gustaría decirle que lo que más me preocupa de esta inmediatez es que se ha vuelto la posibilidad única de comunicación, un elemento más de los avances tecnológicos que no estamos usando de la mejor manera. Que nos estamos volviendo pobres, muy pobres, rápida, inmediata, formateadamente pobres. Que no puede ser que nos guste, que no puede ser que seamos tan cómodos y sumisos con el “establishment”, que no puede ser.

No sé a quién le escribo… Aunque pensándolo bien, creo que supe desde el principio de este texto a quién le escribía. Me escribo a mí mismo, a ése que durante mucho tiempo llenaba a mano hojas de papel casi a escondidas sin siquiera pensar por un momento en mostrar aquellas frases tan rebuscadas como lo que habitaba en su interior. Me escribo a mí mismo para recordarme que no tengo excusas para no hacer lo que quiero, lo que necesito. Que mi tiempo es mío, y que deja de pertenecerme cuando intento convencerme de que puede compartirse. No está mal la inmediatez en sí misma, no está mal la posibilidad de hacer o no un click y que eso quiera decir “me gusta” o no lo vi/me importa un huevo. Quizá lo que esté realmente mal sea sentir ese ahogo del que hablé más arriba, ese malestar por cómo está y cómo veo lo que me rodea, cómo yo mismo soy parte de eso y no otra cosa.

En fin, escribo; como antes, como siempre. Como ahora escribo para alguien, para mí, como debe de ser. Quien quiera leer que lea, quien quiera que yo fuese ojalá no me termine ahogando en la inmediatez fútil para dejar un día de escribir y morirme por dentro, como cantaba el flaco.  

Al otro lado del charco (Mar del Plata), 31 de diciembre de 2012.

2012-2013