5 de agosto de 2014
114 nietos recuperados por las Abuelas
Me reconforta el corazón la noticia de la recuperación de "Guido", el hijo de Laura y nieto de Estela de Carlotto. También este reencuentro me hace sentir –sentir y desear!– con todas mis fuerzas que no se volverá a escribir en nuestro país, en toda la América de nosotros, ningún otro Nunca Más.
26 de julio de 2014
Terrorismo asimétrico en Medio Oriente
Terrorismo asimétrico en Medio Oriente
Con un dejo de ironía que reconocí de una, escuché
la pregunta que esta mañana tomando café me hizo una colega “Y vos qué pensás
de lo que pasa entre Israel y Hamas [sic]?”. Respondí: Hamas es una organización
militarizada terrorista que el propio libro sagrado al que rinden culto ya los
ha condenado desde hace rato, como lo es el poder actual de Israel que dirige
la colonización absolutamente ilegal de terreno palestino desde la segunda
mitad del siglo pasado; terreno que, por ende y obviamente, no le pertenece políticamente
como tampoco desde los mismos preceptos de la religión que profesa y por la que
dice batirse. Hamas es un grupo terrorista armado de la extrema islámica que el
occidente liberal y capitalista quisiera eliminar de la faz de la tierra a
cualquier precio (y ya sabemos los precios que está dispuesto a pagar este
occidente cretino al que pertenecemos); Israel es un grano en el culo para más
de un liberal que sabe bien que la ultraderecha del Likoud es tan perniciosa
para su salud como el islamismo que ha decidido abolir. Por qué más perniciosa?
Porque la armó hasta los dientes, la incubó en su seno de libertad por razones de
altísimo dinero e intereses estratégicos en ese Medio Oriente que es el último
bastión terrestre donde saciar su irreprimible y malsana sed petrolera; porque
el nacionalismo judío al que dio y sigue dando ventaja, que como todos los
nacionalismos es odioso, vengativo y ciego –y los más peligrosos son los que
están bien armados–, se escapan de su control cada vez más. En una escala menos
tecnológica, es lo mismo que pasa con la bolsa de gatos que conforma hoy el
grupo armado de Hamas y la Organización por la Liberación de Palestina. Entonces,
lo que pienso de lo que pasa en Medio Oriente no es muy diferente de lo que
pensaba hace muchos años. Hay enfrentadas dos autoridades militares armadas de
forma y con apoyos de la comunidad internacional muy asimétricos. Una de ellas
pretende expandirse ocupando ilegalmente el terreno de la otra que quiere
eliminarla. En medio hay mucha gente que no está armada pero que vive
horrorizada y en total estado de injusticia. Por cada muerto de un lado, mueren
cientos del otro. Pero en algo se asemejan como dos gotas de agua: son dos
bandas de terroristas fanáticos y enceguecidos que no pararán hasta generar un
desastre incontrolable. Y cuando terminé de decirle esto (o más o menos esto) lo
único que agregó mi colega fue “Vamos Alex, que no se puede comparar!” Y cambió
rotundamente de tema.
24 de mayo de 2014
Con palabras

Alejandro Luque
Bien antes de la hora precisa decretada en la sentencia, se sienta al condenado
en la silla que se encuentra encalvada en el piso de cemento de la sala de
ejecución. El dispositivo es en general robusto y simple, con antebrazos resistentes, respaldo elevado y dimensiones estándares. Las versiones más modernas incluyen reservorios
para recibir las incontinencias del condenado que puedan advenir previamente y sobre
todo durante la ejecución. Algunas administraciones sugieren suministrar al
preso un psicotrópico con el almuerzo o la cena final unas horas antes del
evento.
Se ajustan con firmeza las gruesas correas de cuero para contener manos, brazos,
tronco, cintura, muslos y piernas. Una correa de calibre más fino se utiliza
para mantener pegada al respaldo de la silla la cabeza del reo, ya sea a nivel
del cuello o de la barbilla. La capucha es opcional. El principio de electrodos
es el mismo para todos: cabeza, pie, tierra. Cada uno asegura el traspaso de
una descarga mortal desde la línea al cuerpo del reo. En número pueden ser dos
o cinco. Opcionalmente pueden agregarse más electrodos para aumentar la
eficacia del resultado final, como así también geles o pomadas conductores para
transmitir mejor la descarga y, de paso, evitar el desagradable problema de
despegar después las correas fundidas en la carne del cadáver; Hollywood ya
filmó en cinemascope, 3D y HD la escena en todos los ángulos posibles. Sobre la
cabeza, una placa metálica de forma y tamaño diferentes puede ser utilizada
como elemento de alta conducción, también de forma opcional. La silla está
emplazada en el medio de una habitación blindada y a prueba de balas. En opción,
una ventana con “stores” o con vidrios en general opacos del lado de la silla
pero transparentes para los espectadores. Pueden acompañar al condenado un cura
bendiciendo, un pastor arengando, un imán reivindicando, pero siempre un vocero
leyendo el protocolo de la sentencia, reloj visible con segundero impasible colgado
en la pared, análogo o digital.
En las opciones más tradicionales, y muro de por medio, tres pequeñas
habitaciones aisladas en réplica y con un teléfono o intercomunicador flanquean
la pieza de la silla. Tres suboficiales asignados penetran uno a uno en cada
habitáculo que obviamente posee un gran interruptor o conductor a palanca y una
banqueta minimalista. Sólo una de las habitaciones está conectada con el circuito
eléctrico y la silla. Esta logística, concebida para disminuir el peso moral del
verdugo (quien vivirá el resto de su vida sabiendo que tuvo una posibilidad
sobre tres de haberse convertido en un asesino legal) obviamente cuesta más
dinero al contribuyente, por lo que ha sido modificada en varios estados a dos ejecutores
o, incluso, a uno solo. Dicen que en algunas habitaciones del verdugo cuelgan
placas con las iniciales HPB o HB, por Harold P. Brown, el inventor del dispositivo.
Para resumir, digamos que a la hora indicada el teléfono suena. Los agentes
que esperan el “go” atienden y luego bajan al unísono y en gesto seco la dicha palanca
a lo largo de una escala graduada que, en la última posición transmite la primera
descarga máxima de voltaje –y sólo una de ellas que nunca se sabrá cuál– desde
la línea eléctrica hasta la silla: 2 kilovatios a un flujo de 10 a 8 amperes
durante al menos 60 segundos. El protocolo debe ajustarse al volumen y
resistencia del condenado. La palanca se sube a la posición original por unos
minutos, durante los cuales un médico verifica si los signos vitales del recluso
han desaparecido. El golpe de gracia se lleva a cabo a continuación: la palanca
se vuelve a bajar a un setenta por ciento de su escala durante un tiempo
variable de una decena de segundos a minutos.
Cuando la corriente alcanza al individuo, ésta debe atravesar la piel para recorrer
el cuerpo y todos sus órganos y terminar por descargarse en la tierra, lo que
genera inmediatamente heridas de diferente profundidad al nivel de los
electrodos. Desde el punto de vista estadístico, una gran mayoría de los condenados
pierden conciencia casi inmediatamente a pesar de la agitación que se observa
en el cuerpo durante el tiempo que dura la descarga. La muerte suele sobrevenir
también casi inmediatamente a la aplicación del flujo eléctrico, o al menos eso
se cree. Como varios condenados han sobrevivido a este primer intento de
quitarles la vida, de forma sistemática una segunda descarga a menor voltaje es
puesta en marcha a continuación: y en casos extremos de supervivencia, una
tercera que puede sobrepasar los diez minutos. Desde la primera, el cuerpo del
reo alcanza en segundos temperaturas de sesenta grados. Se supone, teniendo en
cuenta los resultados de las autopsias, que en los primeros segundos de la
descarga las neuronas literalmente se cuecen después de registrar para el
cuerpo un dolor seguramente inconmensurable. Dolor que, como se aclaró más
arriba, puede extenderse por varios minutos, según la resistencia del individuo.
Una vez declarada oficialmente la muerte clínica del condenado, el cuerpo es
despegado de la silla y llevado a la morque de la prisión, mientras los
familiares de las víctimas se retiran de la sala de observación de la ejecución
con la seguridad de que la administración que han elegido les ha rendido
justicia contra un acto abominable.
22 de abril de 2014
Sábanas
Alejandro Luque
No hablo de amor, de ése que pasa por la piel y
atraviesa el hueso y nos transforma por el resto de nuestras vidas. Hablo de
ese espacio entre la piel y el hueso, esa mísera porción de la anatomía que
esclaviza liberando, que libera esclavizando, ese resquicio ínfimo entre mi
piel y la otra piel pegada que frota y se frota, de membranas turbulentas, de músculos
involuntarios intrusos intrépidos incontenibles, de volúmenes por espacios.
Hablo de oscuridades ciertas que se deben explorar, de alientos viscerales que
se deben sentir, de sudores imparables que eclosionan y se fusionan a dos. Hablo de gemidos que
ensordecen el trictrac de la cama, del colchón hundido en el medio, del entremezclarse enrularse entregarse, del
rechazar las sábanas para acabar sin límites. De lenguas de dedos de pelos de
saliva, mucha saliva. Hablo de desbordes, de destiempo y recuperaciones. De
algo dulce, de un faso enseguida si se puede, del enfriarse al aire, de la respiración que
quiere llegar al hueso. De no bancarse el cielorraso y de volver a empezar. Por
la piel, sobre todo por la piel. Por las manos, esas fieras sublimes
descontroladas. Por los poros saturados que al lamerlos saben a sal. Por la
lengua que se activa y los labios que se desenfrenan de despalabras. Y después cerrar los ojos otra
vez, tensarse y distenderse al destiempo del tiempo, sentirse parte prolongación
exceso éxtasis. Y aún después volver a acabar como si fuera la primera vez,
como si fuera la última aunque suene insensatamente increíble e increíblemente insensato.
Acabar sin tapujos, sin fronteras, sin culpas ni convicciones innecesarias.
Reposarse. Hablo de reposarse luego de una cruda batalla, de sentir el corazón
agitado desagitarse y los pulmones a punto de explotar descomprimirse. Hablo
del rigor de las sábanas que ahora se despliegan a medias desde el rincón en el que
fueron abandonadas. Hablo de la necesidad de cubrirse, de echar un manto, de reabsorber
los jugos. Hablo de la separación, de la distancia, de volverse uno y el otro. Hablo
de los pasos hasta el baño, del repiqueteo lejano del agua que lava, que
civiliza, que enfría, que renueva. Hablo del roce inconfundible de la ropa que
se calza, de la malla del reloj que recupera su puño, los pies que se deslizan
con dificultad en las zapatillas, las cuatro manos tanteando sobre la alfombra:
dos que buscan una prenda, otras dos que buscan los forros usados. Hablo de las
preguntas retóricas, del gesto último y obvio entre las penumbras que marca el sendero hasta la puerta. Hablo de la sensación de volverse uno después de la ausencia, de
recuperar el reino, de saber que en unas horas, en unos días, en unas semanas, habrá
que volver por la senda y señalarla entre las penumbras para
llenar ese espacio de vacío más allá de la piel. Hablo de éso. Del espejo en el
baño, de una buena ducha, de un último vistazo a facebook y de poner a cargar el mobile. Hablo de tomarse
media botella de agua y de mirar por la ventana y de estirar completamente las sábanas y de
poner el despertador y después dormir. No, no hablo de amor.
2 de febrero de 2014
Movimiento
MOVIMIENTO
Elementos Básicos – Del Agua
Alejandro
Luque (2010)
El
Hotel de Inmigrantes está atestado de gente que ha llegado días atrás y que
espera le asignen un destino, un pedazo de tierra. Y también apesta, porque
esas personas que vienen de distintos lugares de una Europa empobrecida y saqueada,
y que apenas si saben cómo escribir sus nombres y, aún menos, hacérselos
entender a los aduaneros, están alojados en un hotel administrativo. Más allá
de las paredes de ladrillos se encuentra Argentina, América. Pero esas paredes
que delimitan el hangar a un costado del puerto de Buenos Aires, con sus
ventanales demasiado altos como para confirmar de un vistazo la promesa del inmenso
y pujante mundo nuevo que dará el alimento y el cobijo a quien quiera
aventurarse, son por varios días el único paisaje posible para estos refugiados
que han escapado de una realidad de miseria y exclusión.
Visto
desde la ventanilla, el aeropuerto de Roissy parecía un monstruo dispuesto a
engullir los aviones con todo su contenido. Llovía y el asfalto de la pista
reflejaba los objetos de la misma manera que al otro lado del mundo. Sin
embargo, la excitación y el miedo a lo desconocido transformaban las imágenes
empapadas que mis sentidos aprehendían en paisajes con un brillo diferente. En
la Aduana me retuvieron una hora hasta que alguien logró entender que era un
estudiante con beca y que por eso no tenía un billete de vuelta ni visa de long séjour. El rigor de una lengua que
no es la de uno y que se desconoce produce un aislamiento y una desprotección
difíciles de describir. Uno llega a una tierra que no es la suya con un
pasaporte que debiera ser el único válido: la intención profunda y la
convicción de venir a quedarse para crecer. Pero aún para crecer se necesitan papeles
y certificados. Cuando comprobaron que los tenía, me abrieron la puerta y entré
en Europa.
Marcel
tiene catorce años cuando sus ojos recorren el yermo de una pampa
incomprensiblemente plana, verde y atiborrada de un humus que sólo conoció en
su tierra por la escasez. El tío Jean-Pierre marca con una rama seca de ombú un
rectángulo donde levantarán las cuatro paredes de adobe y el techo que los
cobijará. Marcel pregunta por los pies de viña pero le muestran semillas de
maíz y brotes de papa. En ese momento comienza a reconocer el límite de sus
palabras y las ahorrará por el resto de su vida. Las paredes de adobe se
transforman en muros de ladrillo, y aprende a ponerle límites a su pedazo de
tierra. Se casa con Berta por esa Francia que también bulle en su sangre y por
ser la vecina más cercana. Casi enseguida nace la primera de sus once hijas y muere
el tío. Marcel labora la tierra, hace milagros que el propio milagro de ese
suelo permite. Berta cría a los argentinos con consomés, revueltos de verdura, guisos
de carne y a fuerza de ropa reciclada. La familia comienza a arraigarse.
Los
estudios trajeron conceptos nuevos y nuevos amores. Mientras mis hormonas se
equilibraban en esa edad que antecede a la de la razón, yo empezaba a atisbar
los códigos de aquella cultura que, con seguridad, me serán siempre
inalcanzables. Supe que el “mi mamá me mima, mi mamá me ama” no era literal ni
fundamentalmente universal. Llegué a preguntarme por qué solemos usar el “no”
en nuestras respuestas, aun para afirmar. Y sin terminar de creer que el sexo
es el lenguaje unívoco, me dejé amar en francés y, en el mismo idioma,
retribuí. Terminé mis estudios y decidí quedarme en tierras galas a falta de
otras posibilidades. El mundo me mostró su rostro previsible de complejidad en la
repetición de desarraigos locales y desamores. La historia me regresaba en sus
caprichos congénitos.
Marcel
ya tiene la anciana edad de cincuenta como para continuar en este mundo que da
más al que se las rebusca mejor. Las leyes del hombre nuevo, sin echarlo de su
terruño, lo transforman en peón. Muere poco después, antes del matrimonio de su
cuarta hija. Berta llega a acompañar a tres de sus nietos al altar. Se apaga en
una casa que ya no existe en los rincones de un pueblito olvidado donde la entierran
junto a su marido Marcel. Uno de sus bisnietos llevará flores al cementerio y
limpiará innumerables veces las inscripciones de la tumba. En una de ellas
leerá por primera vez la palabra merci.
La familia se disemina por todo el país acomodándose en los nichos que va
encontrando. La muerte intenta eliminarla pero no llega a perpetrar más que un
saqueo superficial.
La vida quiso verme caminando sobre las huellas de mi bisabuelo. Hoy,
parado frente a una iglesia casi en ruinas a la que seguramente su madre lo
habrá traído muchos domingos, lo busco. Te busco. Me busco. Me pregunto si
llegaré a ser parte de todo esto. Si esta promesa de mi futuro a más de cien
años de distancia de la tuya es por fin real. Decidir irse. Decidir quedarse.
Abandonar sueños desperdigados por todos lados para construir nuevos. Desde
cero, desde la nada que implica llegar a lo desconocido. Mirar hacia atrás y
ver la obra más importante que tus sueños edificaron del otro lado. Sí, allá y
entonces, la gran familia a la que pertenezco. Aquí y ahora, esa gente que
cruzo. Ese “Bonjour !” que escucho sabiendo que deberá
transformase en la base inapelable de mi nuevo código de vida. Pienso en cómo
habrá sido para vos. En qué pensaste parado frente al lugar que ibas a habitar.
¿Estabas acompañado? O solo, como estoy yo ahora , intentando crear un nuevo
sueño en estas, tus tierras. Estás en mi memoria. Soy la memoria de dos
Atlánticos que te vuelve.
Mouvement
MOUVEMENT
Eléments Fondamentaux – De l’Eau
Alejandro Luque (2010)
L’hôtel des
immigrants est plein à craquer de personnes qui sont arrivées quelques jours
avant et attendent qu’on leur attribue un destin, un morceau de terre. L’hôtel
sent mauvais, car ces personnes qui viennent de différents coins d’une Europe
appauvrie et pillée, et qui ne savent à peine comment écrire leurs noms et
encore moins le faire comprendre aux douaniers, sont logés dans un hôtel
administratif. Au-delà des briques se trouve l’Argentine, l’Amérique. Mais ces
murs qui délimitent le hangar d’un côté du port de Buenos Aires, avec ses
fenêtres trop hautes pour garantir d’un coup d’œil la promesse de l’immense et
vigoureux nouveau monde prêt à donner nourriture et refuge à celui qui voudra
s’y aventurer, sont pendant plusieurs jours l’unique paysage possible pour ces parias
qui ont échappé à une réalité de misère et d’exclusion.
Depuis l’hublot je
voyais l’aéroport de Roissy qui ressemblait à un monstrueux dispositif prêt à
avaler les avions et leur contenu. Il pleuvait et la surface bétonnée du tarmac
reflétait les objets de la même manière qu’à l’autre bout du monde. Pourtant,
l’excitation et la peur de l’inconnu transformaient les images trempées que mes
sens appréhendaient en paysages avec une lueur différente. A la Douane ils
m’ont retenu une heure jusqu’à ce que quelqu’un comprenne que j’étais étudiant
boursier, ce qui expliquait pourquoi je n’avais pas de billet de retour ni de
visa long séjour. La rigueur d’une langue qui n’est pas la sienne et que se connaît
à peine produit un isolement et une fragilité indescriptibles. On débarque sur
une nouvelle terre avec un passeport qui devrait être l’unique valide : le
souhait profond et la conviction de venir pour y grandir. Mais même pour
grandir il faut des papiers et des certificats. Après qu’ils aient vérifié que
je les avais, ils m’ouvrirent les portes et j’entrai en Europe.
Marcel avait
quatorze ans quand ses yeux parcoururent le désert de cette pampa d’une
platitude verte incompréhensible, remplie d’un humus qu’il n’avait connu sur sa
terre que par la sécheresse. L’oncle Jean-Pierre, avec une branche sèche tombée
d’un belombra, marqua un rectangle où ils dresseraient les quatre murs en terre
battue et le toit qui allait les couvrir. Marcel demanda des pieds de vigne
mais on lui montra des graines de maïs et des pousses de pomme de terre. A ce
moment là il commença à reconnaître les limites de ses mots et les économisera
le reste de sa vie. Les murs en terre battue se transformaient en murs de
briques, puis il a appris à limiter son terrain. Il se maria à Berthe pour
cette France qui coulait aussi dans ses veines et parce qu’elle était la
voisine la plus proche. Presque de suite naquit la première de ses onze filles
et l’oncle décéda. Marcel continua à travailler la terre, il fût tous les
miracles que cette même terre miraculeuse lui permettra. Berthe élèva les
argentins avec du consommé, des mélanges de légumes, du ragoût de viande et
avec des vêtements recyclés. La famille commençait à s’installer.
Les études
apportèrent de nouveaux concepts et de nouveaux amours. Pendant que mes
hormones s’équilibraient à cet âge qui précède celui de la raison, j’ai
commencé à entrevoir les codes de cette culture qui me seraient toujours
inaccessibles. J’ai su que « mi mamá me mima, mi mamá me ama »
n’était pas littéral ni fondamentalement universel. J’en suis venu à demander
pourquoi avions-nous l’habitude de placer un « non » en tête de nos
réponses même affirmatives. Et sans me laisser convaincre que la sexualité soit
un langage univoque, je me suis laissé aimer en français, et dans la même
langue j’ai répondu. Je terminai mes études et décidai de rester sur les terres
gauloises par manque de choix. Le monde me montra son visage prévisible de
complexité dans la répétition de déracinements locaux et de manque d’affection.
L’histoire me renvoyait à ses caprices congénitaux.
Marcel a déjà
cinquante ans, bien âgé pour continuer dans ce monde qui donne plus à celui qui
cherche davantage. Les lois de l’homme nouveau, sans le jeter de son terrain,
le transforment en pion. Il meurt peu après, avant le mariage de sa quatrième
fille. Berthe arrive à amener trois de ses petits-enfants à l’autel. Elle
s’éteint dans une maison qui n’existe déjà plus dans les recoins d’un bled
oublié où ils l’enterrent à coté son mari Marcel. Un des ses arrières
petits-enfants apportera des fleurs au cimetière et lavera d’innombrables fois
les inscriptions de la tombe. On lira sur l’une d’elles pour la première fois
le mot merci. La mort s’acharne sur
la famille mais n’arrive pas perpétrer davantage qu’un pillage superficiel.
La vie voulut me
voir marcher sur les traces de mon arrière grand-père. Aujourd’hui, arrêté face
à une église presque en ruine dans laquelle sûrement sa mère l’avait amené
souvent le dimanche, je le cherche. Je te cherche. Je me cherche. Je me demande
si j’arriverai à faire partie de tout cela. Si cette promesse de mon futur à
plus de cent années de distance du tien est réelle. Décider de partir. Décider
de rester. Abandonner les rêves répandus de tout côté pour en construire de
nouveau. En repartant de zéro, de ce néant qui habite l’inconnu. Regarder vers
le passé et voir l’œuvre la plus importante que tes rêves ont édifié de l’autre
côté. Oui, là-bas vers la grande famille à laquelle j’appartiens. Ici,
maintenant, tous ces gens qui je croise. Ce Bonjour ! que
j’écoute sachant qu’il devrait se transformer dans la base sans appel de mon
nouveau mode de vie. Je me demande comment cela s’est passé pour toi. A quoi tu
pensais, arrêté face à l’endroit où tu allais vivre. Tu étais accompagné ?
Ou seul, comme je le suis maintenant, essayant de créer un nouveau rêve sur ces
terres, sur tes terres. Tu es dans ma mémoire. Je suis la mémoire de deux
Atlantiques que te revient.
31 de marzo de 2013
No Sé
Cuándo nos anocheció
el tiempo usado
No sé si fui yo
Si fuiste vos
Si por una vez
nos pusimos de acuerdo
Y la cagamos en
perfecta sincronía
No sé si mis
culpas son más culposas
Que tu
convicciones
Ni mis certezas más certeras
Que tus dudas
No sé
No estoy seguro
Si cuando
decíamos te quiero
Si cuando nos
convencíamos de navegar el mismo río
Si cuando nos
perjurábamos imprescindibles
El uno para el
otro
Si cuando nos
rasgábamos las vestiduras
Clamándonos
convencidos de que éramos lo que éramos
No sé si en ese
entonces
En aquel tiempo
ufano de todos los principios
No sé
Si entonces
Digo
Digo
Nos dábamos
cuenta del descuento
De la
responsabilidad civil y moral
De que remar a
dos nunca fue fácil
De la fatiga
individual
Del menosprecio
indebido
Del valor
indeleble de la ausencia
Y del silencio
morboso
No sé qué pasó
No sé qué nos
pasó
No sé tampoco
Si fuiste vos o
fui yo
Ni si vale la
pena el análisis
No sé nada
El sol ya no está
aquí
Anochecimos
Y es tarde ya
Remo
Solo
En contra de una corriente
Que ya no es la nuestra
Remo
En contra de una corriente
Que ya no es la nuestra
Remo
Y ya no sé desde
cuándo
31 de diciembre de 2012
No sé a quién le escribo,
porque si algo sentí durante todo este usado y apocalíptico 2012 es que ya casi
nadie lee, o sea que casi nadie escucha. Mejor dicho, se lee mucha inmediatez y
no menos espontaneidad (aunque suelo dudar), se nada vehemente en el rigor de
los 140 o pocos más caracteres –en la gran mayoría de los casos insuficientes,
por lo tanto frecuentemente polémicos o finalmente intrascendentes por
forzados– como si alguna autoridad incuestionable nos hubiese convencido en masa de que
en la condensación obligada de microexpresarse se encontrara la "posta" y todo
lo demás fuera macrosuperfluo, megainnecesario, hiperpasado de moda o, incluso,
superobviable.
No sé a quién le escribo,
pero me atrevo a apostar que alguien que leerá estas líneas ultranumerosas –y quizá
hasta el final– apretará el iconito de “me gusta” o el de “+1” , según el medio en el que
aparezcan. Porque es verdad que, con todo, hay posibilidad de retorno o
“feedback” en esto de la inmediatez: nos han transformado la vida de relación en
algo mucho más ameno y sencillo, más democrático y global, estratégicamente
autodefinido en su contenido; con eso de “me gusta” estoy participando
activamente, estoy manifestando mi interés y aprobación, mi adherencia sin
limitaciones tanto al concepto ideológico como a la foto de vacaciones, mi
total apoyo a la causa del cáncer como a mi amiga que tiene una descompostura y
se está preparando “live” una taza de té a las 19:42 (hora local) , estoy
poniendo mi firma en la cruzada por los animalitos abandonados, en el petitorio
para que se subvencione el Borda o en la propaganda de alfajores o de un “delivery”
de pizzas (de paso capaz que hasta me saco una de tres quesos según proponen) ;
y si no pongo nada… bueno, será que me lo perdí entre tanta noticia o anuncios
compartidos de mi listita de amigos, o que decididamente no me gusta o que no
cabe el tema de gustarme o no, pero “de eso no se habla” ya que habría que
hacerlo con palabras y conceptos y no existe en la interfase de la inmediatez la
facilidad automática que los resuma. Y así establecemos vínculos en línea y en
tiempo real con nuestros amigos virtuales (la mayoría) y reales (esa minoría no
menos real). Me preguntarán si mi vida social y de relación siempre fue
profunda y explayada, y respondería que, por supuesto, siempre-entre-comillas
no.
No sé a quién le escribo,
para quién estoy haciendo este esfuerzo gramatical, semántico, sintáctico y
morfológico, esta elocución lógica que, como desde hace un tiempo, me deja de
antemano un sabor ralo de placer culpable, masturbatorio; algo así de
contradictorio como pensar simultáneamente que estoy gastando mi tiempo y el de
los otros con la irrefrenable necesidad de hacerlo, de gastar ese tiempo acotado
a un número de caracteres precisos y que en el mejor de los casos tendrá la
respuesta de “a fulano le gustó” lo que pensás, aunque yo no pueda saber si le
gusta cómo pienso, ni si él pensara distinto o tuviera algo que agregar. Es
como estar ahogándome en un mar de comunicación todo terreno de talle estándar
y en modo opción múltiple estricto.
Entonces, ¿para qué
escribir, para quién? ¿Por qué no me sale eso de “lerurizar” la escritura, de
resumir a ultranza frases y metáforas aunque se pierda el sentido, se eliminen
la estética y la reflexión y el placer se me apague? Lo que me parece igual de
válido para un músico: ¿a cuántos segundos tiene que reducir su track para que
lo escuchen entero o qué pantomimas superficiales y cuántos culos rozagantes
tiene que agregar al clip para llamar la atención de la melodía, los instrumentos,
la poética; o para un artista plástico o un fotógrafo, ¿qué economía rigurosa
de elementos, recursos y texturas debe usar en lo que necesita plasmar para que
alguien se detenga más de lo estipulado y logre establecer un diálogo con sus
conceptos? ¿Cómo competir con ese enemigo octopusiano de la inmediatez a
ultranza, de la microcosa obligatoria, del minitiempo socialmente digitalizado
en un rectangulito con apéndice de opinión disfrazado de libre albedrío en una
única dirección posible?
No sé a quién le escribo,
pero para quien quiera leer y se acuerde de cómo hacerlo, me gustaría decirle
que me preocupa esta progresión hacia la chatura sinóptica inmediata. Me
gustaría mostrarle cómo logra “desacercarnos” y llenarnos de dudas. Quisiera
hablarle del verdadero valor del tiempo y de los destiempos, del ocio real y de
la economía verdaderamente útil. Conversar de lo profundo de las cosas sin
bufidos ni desprecios ni cuadraditos limitantes. Evaluar ideas y conceptos sin
miedo a discernir, sin bloqueos con frases y gestos terminantes ni alzadas de
tono intolerantes ni descalificaciones gratuitas e infundamentadas. Me gustaría
decirle que lo que más me preocupa de esta inmediatez es que se ha vuelto la
posibilidad única de comunicación, un elemento más de los avances tecnológicos
que no estamos usando de la mejor manera. Que nos estamos volviendo pobres, muy
pobres, rápida, inmediata, formateadamente pobres. Que no puede ser que nos
guste, que no puede ser que seamos tan cómodos y sumisos con el “establishment”,
que no puede ser.
No sé a quién le escribo…
Aunque pensándolo bien, creo que supe desde el principio de este texto a quién
le escribía. Me escribo a mí mismo, a ése que durante mucho tiempo llenaba a
mano hojas de papel casi a escondidas sin siquiera pensar por un momento en
mostrar aquellas frases tan rebuscadas como lo que habitaba en su interior. Me
escribo a mí mismo para recordarme que no tengo excusas para no hacer lo que
quiero, lo que necesito. Que mi tiempo es mío, y que deja de pertenecerme
cuando intento convencerme de que puede compartirse. No está mal la inmediatez
en sí misma, no está mal la posibilidad de hacer o no un click y que eso quiera
decir “me gusta” o no lo vi/me importa un huevo. Quizá lo que esté realmente
mal sea sentir ese ahogo del que hablé más arriba, ese malestar por cómo está y
cómo veo lo que me rodea, cómo yo mismo soy parte de eso y no otra cosa.
En fin, escribo; como
antes, como siempre. Como ahora escribo para alguien, para mí, como debe de ser.
Quien quiera leer que lea, quien quiera que yo fuese ojalá no me termine
ahogando en la inmediatez fútil para dejar un día de escribir y morirme por
dentro, como cantaba el flaco.
Al otro lado del charco (Mar
del Plata), 31 de diciembre de 2012.
20 de diciembre de 2012
EL 21 DE DICIEMBRE DE 2012 SE ACABA EL MUNDO
Foto del biologuero
El 21 de diciembre de 2012 se acaba el mundo
Alejandro Luque
Un meteorito de lucidez choca con la atmósfera terrestre y devasta
todo tipo de especulación.
Cinco minutos luego del impacto, un tsunami de altruismo barre
con todas las mezquindades y pequeñeces de las costas humanas y penetra hasta
el corazón mismo de los continentes más elevados de la necedad despojándolos de
todo individualismo malsano y masturbatorio.
La inestabilidad provocada por el primer choque despierta
las entrañas del planeta abusado, y vómitos incontenibles e inconmensurables de
un magma de voluntad carbonizan la tierra de la política y sus intereses
deshonrosos.
Unas horas después, la atmósfera de las desigualdades
groseras se vicia de sulfurosos y densos vapores de equidad y solidaridad que asfixian
toda desvida tan impertinente como fútil.
En plena madrugada, la ionización radiactiva en cadena del
alma humana penetra todos los rincones de su propia naturaleza causando
mutaciones irreversibles en la forma de cohabitar con los otros y de coexistir
en el medio que los alberga.
Megahuracanes e indescriptibles tifones de conciencia escarban
los rincones de las diferencias ociosas y atomizan las fronteras y murallas de
todas las identidades extremas y fanáticas que mantuvieron separada la única realidad
posible, común a todos e innegable: la identidad humana sin divisiones.
Al amanecer del 22 de diciembre, ya no quedan trazas de la
vida anterior que pobló el planeta: hay aire, agua y alimentos para todos; la
obscenidad de la incalculable pobreza de la que se alimentó sin mesura la
riqueza de unos pocos se extingue en masa, como también desaparecen de la faz
de la tierra las enfermedades que siempre fueron curables porque los remedios
se esparcen por todo el planeta como una miríada de meteoritos secundarios
incontenibles.
En los registros fósiles que se hallarán millones de años después de
este evento devastador, se podrá leer que éste fue el día en el que el ser
humano perdió su adolescencia.
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