23 de abril de 2011

Óbelum


Foto del biologuero

Óbelum
Alejandro Luque


Como de costumbre, 
anoche ella estaba ahí, encima de mí, rodeándome, 
envalentonada desde su postura imperturbable y tan ella, 
que no pude contenerme y la volví a poseer 
por un brevísimo instante como sólo yo bien sé hacerlo. 
Luego nos olvidamos, nos ignoramos, nos rearropamos 
 de París cada uno a su manera, 
y nos dejamos perder por el resto de la noche 
como dos imperfectos conocidos.


Estar perdido en la ciudad –poco importan las razones– es tan fácil como decididamente imposible. Uno puede jugar a que los reparos se desvanezcan girando cinco veces sobre uno mismo para tomar la dirección en que la nariz quedó apuntando, o que esa esquina vedada al derrotero cotidiano se convierta en una excursión por tierras indómitas y peligrosas e, incluso, a elegir combinaciones del metro según el tipo del próximo pasajero: sonrisa, línea par; indiferencia, línea impar; mendigo o criatura (que son lo mismo, aunque huelan y uno los sienta distinto), volver en sentido contrario. Perderse implica renovarse, al menos renovar de vez en cuando los propios códigos. Entonces ya no son los gestos o el estado, ni las esquinas o marearse lo que define el extravío. Uno puede perderse doblando a la izquierda en cada bocacalle hasta que se percibe un coche rojo o anaranjado. En ese momento se puede seguir derecho hasta que uno encuentra otro vehículo del mismo color, entonces hay que doblar en la próxima a la derecha y renovar colores o estrategias porque, como todo, todo depende de la opción, la necesidad y el interés.

Desde un punto de vista meramente temporal, no es lo mismo ni más sencillo perderse a cualquier hora del día, no; por la mañana, por ejemplo. Las hordas de señoras que salen con sus carros a pasear los bebés son como luces en una pista: le indican a uno la dirección inequívoca, el destino de ida y vuelta inexorable. Ni qué hablar de los yupies urbanos que, bien calzados en trajes caros y zapatos puntiagudos, se dejan igualmente engullir que vomitar por las bocas del metro: uno sabe de dónde vienen y hacia dónde van como si fueran la aguja de una brújula. De día y temprano, el mundo se dirige inevitablemente, hilvana su monotonía, y perderse deja de tener gracia. No obstante hay esa hora, ese intervalo que resiste las mareas densas y los acuerdos más urgentes, que suele acontecer antes del mediodía cuando el hambre todavía no arrea la tropa abombada. Pero dura poco y siempre se encuentran los indicios innegables que permiten reconocer que por allí se llega a allá, y que a esta esquina uno la conoce bien. La luz del día es terrible: más que delatar el camino, nos acorrala en una lógica de emparde: de todos modos tiene que ser por acá.

Por la tarde, entre las cuatro y las cinco –si no fuera porque no es más que una hora magra–  vale la pena perderse pero con cierta premura. La ciudad, en esos momentos, está como atontada y sus habitantes se muestran caprichosamente imprevisibles. En ese rato, cuando el sol comienza a perder la fatuidad de su corona, por ejemplo vale la pena jugar con los perfumes que se agitan desesperados después del agobio: glicina, a la derecha hasta azaleas o pizza. Si pis de gato o tilos o Chanel (o algún otro perfume que grite la moda), vuelta a la izquierda o bajar al metro, lo que primero se presente. Pero hay que ser rápido, aunque perderse –lo que se dice perderse– necesita su tiempo y esmero.

El mejor momento es la noche, sin duda. Uno se siente amparado por la complicidad de las sombras que son las compañeras ineludibles del juego. Aunque tampoco uno debiera de fiarse ciegamente, porque pueden engañarnos. Basta que uno decida cruzarse con una pareja para luego poder doblar en la próxima, y ya al punto del giro verificar con desconsuelo que no son dos sino un alma perdida demasiado arropada. Y uno siente que las reglas del juego no fueron tan claras como debieron o como uno tendría que haberlas  establecido. Las sombras también trampean haciéndonos creer que esa silueta apoyada en la pared a doscientos metros es la de una persona que nos marcará la nueva dirección: si antes de cruzarnos con ella se moviera hacia la derecha o hacia la izquierda, entonces iremos en dirección contraria, como si avanzara o retrocediera. De seguir impasible en su lugar, el camino se continuará. Pero al llegar a unos metros, uno se da cuenta de que la silueta no es más que un buzón o un cartel de tránsito. Entonces hay que empezar el juego desde el principio. Aun así, es de noche cuando uno se pierde casi siempre con comodidad; uno se siente un gato con el poder de penetrar todos los secretos de las penumbras, la imaginación se enciende y los sentidos todos se excitan sabiendo que el tiempo deja de ser un obstáculo.

Por ejemplo ahora, el código es seguir derecho hasta sentir un bocinazo, y entonces tomar la próxima a la izquierda. Hay tres posibles izquierdas, y me aventuro por la primera que es la más izquierda de todas. Decido doblar la apuesta y, en vez de una bocina poco probable a estas horas, ahora propongo divisar una mujer que porte algo rojo. Cuando finalmente aparece doblo a la derecha, luego a la izquierda, y otra vez a la derecha (a veces hay que plantearse itinerarios precisos). Todavía más osado, consigno subir al metro más cercano si el próximo hombre con el que me estoy por cruzar me mira. Es así, en el metro, donde el juego alcanza su cenit: establezco que me bajaré en una estación –la que sea– justo luego de haber encontrado a alguien que me recuerde a vos. De no lograrlo, habré de dejar el metro en su terminal y seguir la ruta en la misma dirección, a toda costa, hasta ganar la apuesta. Entonces volveré sobre mis pasos como un insecto sediento que va a beber de la llama patibularia. Pero no todo está perdido, no: la terminal ya va quedando bien lejos, y a mis espaldas aún alcanzo a percibir el resplandor del atalaya de hierro que sigue barriendo lo que queda de la noche. Quizá en el cruce que viene tu rostro, y entonces.

El resto de la noche es lo que a uno le queda para seguir apostando a perderse sin reencontrarse con las señales indelebles del camino. 

3 de abril de 2011

Sin Importancia



Foto del sitio Rue de Vinaigriers


Sin importancia
Alejandro Luque


Cuando la enfermera del Centro de Seguridad Social le preguntó cómo se llamaba, él respondió Ernesto, dudando entre sopor y entumecimiento. Lo llevaron en andas hasta una gran sala tapizada de azulejos blancos. Intentaron desnudarlo completamente, pero las medias se negaron. Alguien vestido enteramente de blanco (¿un hombre, una mujer?... a quién le importa) lo manguereó con agua ni fría ni caliente. Luego lo enjabonó y lo frotó enérgicamente con algo muy áspero.  
Después de secarlo, lo condujeron a otra habitación en la que lo recibió ese tipo que siempre preguntaba cosas y que ordenó incinerar sus ropas a alguien vestido de verde (¿hombre, mujer?... qué importa). Otro (¿era una mujer?... de todos modos, a quién le importa) le ofreció un bulto de ropa limpia.
A continuación, y como tantas otras veces, le preguntaron por su identidad a lo que él respondió desde su brumosa despreocupación porque, ¿de qué habría de preocuparse? Luego de pensar unos minutos, improvisó un apellido, pero escuchó que le decían que no era ése. Se esforzó, entonces, en aclarar que de su nombre se acordaba casi siempre al instante: Ernesto. Ernesto. Sí, Ernesto.
Todavía no se había vestido y apareció una enfermera (mujer, seguro que sí), con algodones, pinzas y frasquitos, que se puso a retirar las medias incrustadas en la carne. A un costado, ese tipo que siempre preguntaba cosas ahora quería saber qué pasaba con la familia, que si había ido a verlos. Y la respuesta le surgió como tantas otras veces en un mismo vómito: que qué familia, que lo dejen tranquilo. Y por qué, insistía el tipo, y la respuesta volvía a sepultar un dolor inconmensurable: porque es así. El tipo ese le repetía que estaba casado, que tenía una hija mayor, que había sido contador, que tenía que hacer algo ya, que era una vergüenza terminar en ese estado.
Pero no había nada que entender, nada importante. Porque a pesar de los andrajos de sus ropas que ya estarían ardiendo en el horno, o de los pedazos de las medias que la enfermera extraía de su carne y que caían a los costados de los pies hediondos y ulcerados, o de los piojos desalojados por los chorros de agua desinfectante y eso áspero con que lo frotaban siempre, la puerta abierta del Centro, la que da a la calle, era la única posibilidad real. Ernesto era eso ahí y ahora, y a nadie le importaba; ni siquiera a Ernesto cuyo apellido ya no existía.
Lo dejaron salir a la mañana siguiente, luego del desayuno que casi no probó. Con los centavos que le dieron en el Centro tomó el subte, e intentó volver al yermo de la ciudad que solía cobijarlo de asfalto y monedas sobrantes. Los pies vendados dentro de las pantuflas le dolían mucho.
Al recoveco que había conseguido ayer, hoy ya otro (¿un hombre, una mujer?... qué importa) lo había ocupado, así que a seguir caminando. Pero antes de continuar se sacó las vendas. En la costanera debe haber lugar, pensó.
Percibía un olor nauseabundo trepándole desde sus propios pies que supuraban una baba amarillenta, y se dijo que el río sería un buen lugar para aliviar su malestar. Caminó más allá de los muelles y descendió por una explanada hasta el barro: avanzó sin pensar y no le produjo casi nada sentir el agua a la altura de las rodillas. Miró el horizonte y vio la bola de fuego tocándolo. Pensó en las ropas que le quitaron en el Centro y sintió una especie de vieja frustración que venía y se iba.
A lo lejos alguien pescaba robando (un hombre, una mujer?... ¡pst!). Algo así como una cascada de imágenes de su pasado estaba a punto de desbordarse en su interior. Pero no lo hizo porque él ya sabía cómo dejar pasar aquello que duele inútilmente. Lo que no podía eliminar era el ardor de las llagas en los pies. El agua era una especie de confortable caldo barroso.
La bola de fuego menguaba su fin. Quizá después habría que pensar en comer, en beber algo aunque la tripa todavía no se quejara ni tampoco el hígado. Acercó al agua su mano temblorosa y llena de cascarones. Quiso sentir asco y miedo, pero no pudo, y finalmente la sumergió.
Una ráfaga perdida de viento le azotó las mejillas, y en ese momento se dio cuenta de que también alguien en el Centro (¿un hombre, una mujer?... qué importancia) lo había afeitado.
Se dejó absorber enteramente por el agua y no pensó otra cosa que en la absurda molestia de los pies. Espantó con un gesto vacío una mosca empedernida en libarle el párpado izquierdo. Se dijo que era mejor flotar y dejar de sentir el dolor de las insoportables llagas de los pies que hoy olían distinto.
El horizonte se había tragado completamente el sol cuando Ernesto, acunado por el agua, se dejó llevar como siempre.  Soplaba una brisa insulsa y el aguijón  de Escorpio picaba el oeste. Sin pretenderlo, como todo lo que en definitiva le había acontecido en su vida, terminó por diluirse en el río como una mancha de leche en agua barrosa. Ernesto Vargas debe haber dejado de serlo entre los 49 y los 51 años, sin que a nadie le importara.   

19 de marzo de 2011

Bifurcación


Bifurcación

Cada vez que decido franquear una galería –¿nueva, ya recorrida?– maldigo mi falta de tacto con Lara. Me siento desvalido y solo en este universo mineral y sin reparos persiguiendo el cono de luz que la linterna va creando al paso. Estoy perdido. Una vez más revivo la escena: Lara, a la cabeza de la expedición, nos guiaba por las galerías estrechas y bajas; lástima esa molesta costumbre de detenerse en las bifurcaciones más elevadas para verificar su posición en el mapa, obstruyéndome el paso y dejándome hecho un bollo en el borde exiguo de las galerías. No podía más con mi espalda y la mochila. Una, dos, tres bifurcaciones, y en la cuarta le vomité un rosario de puteadas a ese bulto que me impedía avanzar para estirarme. La violencia de las palabras no dejó más aire que el que Lara usó para mandarme a la misma mierda. Es en ese punto donde la estúpida violencia de un disentimiento desmedido cobró materia e hizo que cada cual tomara rutas diferentes frente a la discordia: ella, la de la salida más próxima y yo, la que más me alejara del conflicto. Y aquí estoy, frente a una bifurcación que creo haber franqueado una decena de veces en las últimas horas. El espíritu de supervivencia se enciende y decido dejar un rastro que pueda identificar, sin lugar a dudas, en el caso de estar marchando en círculos. Veo una piedra de forma curiosa que me parece ya haber visto y revisto al costado de la galería que se interna hacia la derecha y al pie de la bifurcación. Revuelvo los bolsillos de mi mochila y encuentro una servilleta de papel en la que Lara resumió nuestro recorrido mientras tomábamos un café bien caliente antes de entrar en las canteras subterráneas. La acomodo bien visible entre la piedra y la pared y decido avanzar por la izquierda.

   ¿Por qué últimamente Manu me trata de esta manera? ¿Qué le pasa a mi amor? Es verdad que avanzar quinientos metros casi de rodillas cansa a cualquiera, pero ese cansancio es muto y el mío no tiene ojos en la espalda. Bastaba señalármelo civilizadamente. Las bifurcaciones se alzan justo al fin de cada galería y una no ve la hora de poder erguir la espalda para respirar profundamente, consultar el mapa y no equivocarse de sendero. Pero esta vez Manu se fue de mambo, me sentí insultada. Sólo espero que sepa pedirme perdón porque estoy rabiosa. Subir, derecha, izquierda, izquierda, atención al montículo, derecha, última trepada y la bofetada del aire gélido de la cuidad. ¿Sabrá encontrar el camino? ¡Que se las arregle! Salgo subrepticiamente del sendero prohibido, tomo el metro, llego a casa, me ducho para sacarme este frío invernal que se me pegó en los huesos y me acuesto rendida y furiosa, sin esperarte.

   No recuerdo haber pasado antes por este lugar. La atmósfera está viciada de un vapor húmedo y pesado. Mi propio aliento moldea formas que mi imaginación intenta interpretar como signos incuestionables. Estar perdido en las entrañas profundas de una cuidad, a treinta metros por encima de uno, es algo difícil de controlar. El problema no es la muerte en sí, sino la idea de morir en un universo vedado al tránsito público. Mantengo mi espíritu positivo, base de toda supervivencia, y me contengo hasta que llego a una bifurcación que me vuelve a resultar conocida. Reconozco la piedra de forma curiosa –¿un riñón?–, pero de la servilleta de papel ni noticias. Se me eriza la piel. Me calmo. En el fondo de mi mochila encuentro la birome que Lara utilizó para resumir nuestro recorrido. La oculto debajo de la piedra, y esta vez avanzo hacia la derecha. 

   Las autoridades insisten en que si no has podido salir de las canteras luego de seis semanas difícilmente estarás vivo; pero sin tu cuerpo han cerrado el expediente como desaparición con sospecha de fuga. ¿Fuga de qué? ¿De quién? ¿De mí? Espero la complicidad de la noche para descender yo misma. Vuelvo a recorrer en círculo las galerías que transitamos hasta detenerme otra vez en la que nos separó. Te busco a gritos con lágrimas y perdones tardíos. Casi exhausta en medio del laberinto sordo de luz, mis piernas me abandonan y caigo sentada sobre una piedra al costado de la galería. De pronto, y como una ráfaga desesperada, percibo tu presencia que me atraviesa. Salto de miedo y ansiedad. Recién entonces veo que al costado de la piedra está la servilleta de papel en la que yo misma garabateé nuestro periplo a las canteras. La beso, la doblo, la guardo. Vuelvo sobre mis pasos convencida de que estás aún aquí.

   Una hora después, la bifurcación con la piedra arriñonada. La levanto con miedo y contengo mi desesperación. La birome no está. ¿Estoy volviéndome loco? Calma, Manu. La penumbra deforma las cosas. No puede ser la misma piedra. Hay que marcarla a esta también. Dejo lo primero que encuentro en mis bolsillos: un ticket de metro.

   A dos años de aquella separación sin sentido nadie entiende, pero yo necesito internarme en las canteras con la esperanza de encontrarte. Siento la urgencia de volver para colectar tus rastros que me hablan desde las entrañas de la ciudad. Cada día te imagino abriendo la puerta del departamento y entrando como si nada hubiera pasado. Por eso salgo poco, porque te espero. Y si salgo es para buscarte. Mi psicóloga dice que no es sana mi obsesión, que debo aceptar que ya no estás. Quizá tenga razón. Manu, bajo a las canteras. Sabelo en caso de que vuelvas y no me encuentres, Lara. PS: escribo estas líneas con la birome que me dejaste bajo la piedra hace unos meses. 

   Ya debe despuntar el día allá arriba y me imagino el frío. Otra vez frente a la misma bifurcación que alberga la piedra arriñonada me digo que ya es suficiente y me lanzo a ciegas en cualquier dirección. Ya a punto de desfallecer, y como por arte de magia, mi cuerpo encuentra un pasaje nuevo y la subida hacia la salida. Derecha, izquierda, izquierda, montículo, derecha, trepar y un curioso aliento bochornoso que me azota el rostro. Ya pensaré cómo disculparme con Lara; ahora sólo quiero disfrutar de este enceguecedor domingo a pleno sol, aunque demasiado caluroso para julio. 


   Sé que bajo a las canteras por última vez. Mis huesos de vieja ya no dan más. ¿Qué signo tuyo encontraré al llegar a la piedra en la bifurcación de la galería? Sentada aquí, donde nos separamos hace tiempo, vuelvo a sentir que me traspasás y te alejás. Confiada, levanto la piedra y encuentro un ticket de metro de los que no existen más. Te entiendo: es hora de partir y lo acepto. Emerjo lentamente de las penumbras para respirar por última vez el aire cálido de la mañana de invierno a pleno sol. Al partir, pienso cuánto habrías disfrutado los efectos de este cambio climático.

16 de febrero de 2011

Visitas (Y Despedida)


K en julio de 2008, foto del biologuero

Visitas (y despedida)
Alejandro Luque


A Kathleen Smith, que partió –ella también y prematuramente– hoy.

Antes de ir a la clínica, decido pasar chez toi en pleno Montparnasse, a quince minutos del laboratorio. Salir del trabajo cuando hay sol y la ropa ligera ni se siente, es un placer que no dejaré jamás de disfrutar. Entre el laboratorio y tu morada las calles están afortunadamente infectadas de árboles que dan verde y sombra y ese perfume de tilos y plátanos que calma (salvo a los alérgicos). Qué generosos esos seres vivos en los que pocas veces reparamos. Están ahí, siempre, aunque pareciera que el hombre tiende a ignorar lo que no se mueve, sobre todo en la urbe. Bueno… lo que se mueve también. Nos amurallamos y nos creemos que todo por fuera es estático y perenne, nos sentimos seguros de la continuación en nuestro cocoon, como si poseyéramos un escudo de eternidad.

Pero estoy yendo hacia vos y me sacudo de asfalto y azulejos. Sé que nunca los soportaste. Te he leído más de una vez pidiendo con desesperación menos cáscara y más piel. Creo que por eso vuelvo a visitarte. A visitarlos, porque siempre estás con ella, con tu esposa. Con el paso de los años aprendí a quererla sin llegar a conocerla como te conozco a vos. De hecho, en varias oportunidades recorrí sus trabajos e intenté entenderte en tu elección. Creo que siempre he hecho eso con los compañeros de mis amigos: aceptarlos desde la comprensión que hizo que ellos los eligieran. Con Carol he descubierto en vos eso que muchas veces vi en mí: amamos al que hace mejor que nosotros eso que tanto nos gusta: la fotografía, en este caso. Sus clichés son magníficos, profundamente expresivos, llenos de esa vida instantánea que tanto vos como yo nos empeñamos en captar por otro medio (y vos inmensamente mejor que yo). Prefiero sus fotos a sus escritos, sin dudas.

Llego y los encuentro, como siempre, a los dos juntitos retozando el tiempo detenido cerca de ese árbol cuya especie desconozco. Parece un nogal, pero nunca lo vi eructar sus nueces. Les llega a los dos la sombra de esta tarde de verano en pleno centro de un París trufado de turistas que vagan sus calles en horarios raros. Intuyo tu sonrisa irónica, porque los dos sabemos que París no tiene otra estación que la que uno quiera darle. Aunque estamos los tres solos, me perturba esa pareja que pasa a unos metros y nos mira, nos mide. Creo que los dos son argentinos, porque estoy seguro de que ella dijo “dejá”, así, con ese argentino acento en la a. Quizá los están  buscando, quizá acaban de visitarlos a ustedes dos. Quién sabe.

Carol está casi desnuda, y vos, como siempre, atiborrado de papelitos, cartas, postales, monedas y piedritas de colores que me recuerdan los caracolitos que asoman sus cuernos al sol. Como ninguno de los dos dice nada, me acomodo yo también debajo de la sombra del árbol sin nombre, saco la revista del bolso y se las muestro. Quiere el azar del viento que se abra en la página donde está uno de los textos que he firmado. Se los leo, asegurándome de que la pareja de argentinos ya está lejos. Leo con calma. Al terminar, no los dejo decir nada porque no pretendo respuestas aunque me asalte la fiebre de preguntas, como de costumbre. Te dejo la revista, la acomodo en el hueco que sirve para dejar flores, y les saco una foto a los dos. Enseguida me doy cuenta de que te arropo aún más mientras Carol sigue casi desnuda y sin protestar. Pero es así la vida y lo que ya no lo es. Antes de irme te señalo el título de la revista, que es el del foro de cuentos que cree en tu homenaje, y siento tu sonrisa acariciarme el corazón. Quiero sentirla. Lo necesito en medio de este verano de tímidas despedidas.

Corro al metro. Odio las contorsiones surrealistas de la gare Montparnasse, pero no tme queda otra. Veinte minutos después me bajo en la Plaza de Clichy, “la triste plaza con su muchedumbre alienada y amarga” según el que te dije. Camino a grandes pasos y trepo por el pie occidental de la butte de Montmartre hasta la rue Duresme donde termina mi escalada. Entro en la clínica, digo bonjour desde las tripas a toda esa gran gente que se ocupa de la gente que ya no puede ocuparse de sí misma, y tomo el ascensor hasta el cuarto piso. Me pongo el barbijo, el guardapolvo, los guantes y me cubro los zapatos con unas medias enormes. Golpeo y entro en la habitación.

K, en la cama, está comiendo una ensalada y me brinda la sonrisa sincera de quien esperó todo el día una visita desde su vacío de enfermo soltero y extranjero. Hablamos de los juegos olímpicos en China, de las nuevas e incómodas perfusiones que le pusieron a nivel del cuello por lo inaccesible de sus venas en los brazos y las piernas, de esa puta infección que le resta menos posibilidades de las que realmente tiene, de los avances de mis experimentos en el laboratorio que ella no pisa desde hace más de un año. Le pido disculpas por no haber pasado ayer; “Anoche me llegaron las correcciones de la revista y quería terminarla”, me justifico, y me pide que le vuelva a contar sobre el foro, y porqué Perras Negras.

Y aquí estoy yo, dibujándole a K rayuelas imposibles como si fueran modelos para armar, y es ella la que recuerda en su sopor y balbucea un octaedro, y yo replico con bestiarios, y ella menciona a su hermano de tierra Charlie Parker y yo le recuerdo lo irrisorio de los premios y lo raro de algunos exámenes. Para el final del juego pronuncio los nombres de Manuel y de la querida Glenda. Nos reímos de las coincidencias que no son tales y pienso –siempre termino pensando– en la maga.

No hablamos de su batalla, porque los guerreros no necesitan de eso. Aunque entre cuento y cuento de los que bien matan el tiempo, percibo una brizna de cansancio en su gesto. Pero, ¿cómo animar al guerrero desde una ridícula tribuna? ¿Cómo transmitirle la energía indecente que a uno le sobra? Un beso, una sonrisa y alguna que otra promesa. Fuera de la habitación me quito el disfraz aséptico de visita y, casi al partir, me pregunto si estuvo bien no haberle contado a K que esta tarde fui a visitarte al cementerio de Montparnasse para dejar en tu morada la revista que armamos en el foro y arroparte aún más.

Sin responderme, porque muchas veces no hay respuestas, salgo de la clínica pensando en mi casa, en mis cosas, en mi vida y la vida de los otros, y en cómo hacer para darle belleza literaria a toda esta ausencia terrible de ayer, de hoy, de mañana.

Mañana fue hoy.

París, verano de 2008, invierno de 2011. 

25 de enero de 2011

Inútil Combate


Foto del biologuero

Inútil combate
Alejandro Luque


Se fue con Alá, vi que desaparecía más allá de la esquina. Su Alá, el buen dios, como me dijo. Se fue con esa liberalidad tan portentosa como impertinente que se tiene a los 29 años cuando la vida no comienza aún a ser esa quimera de la que es complicado salir porque el tiempo cuenta y desde la que resulta difícil decidir todo simplemente. Y podría decir que Alá recogió en sus brazos a esa criatura, pero yo sé que los dioses que hemos inventado sólo nos abrazan en figuritas, y habría que buscarlas. Se fue así porque tampoco yo podía provocar una confrontación basada en mis convicciones, que son hoy diferentes a aquellas que tuve a su edad. Suena a viejo, ya lo sé, pero no soy viejo: soy el fósil que ningún paleontólogo podrá jamás encontrar porque se fue con Alá.

Se fue con Alá, y reputié la creencia y los dogmas y los ritos y mi propia incapacidad de ser dios. Dios con mayúsculas, como si la ortografía indultara mis carencias y me disfrazara con capa y corona. Se fue, y dolió. Se fue y duele. Y duele con mayúscula.

Se fue con Alá porque los ciclos perpetran eso circular que es repetir, por nuestra propia capacidad redonda de no poder hacer otra cosa, por nuestra obsecuencia de ser eso que se es, e imposible ser un otro. Alá está más fuerte que yo con ese tema de las repeticiones y las seducciones. Por eso a él lo adoran. Conmigo es ese previsible potencial fraternal, esa barrera de hasta aquí pero no más allá.

Se fue con Alá. Y siendo ateo es terrible, porque viéndolo partir me doy cuenta de que efectivamente existen los dioses: esos en los que he dejado de creer por exceso de razón, feliz o no. Existen los dioses, es verdad. Fuera de mí, es verdad. Y tanto existen, que me hacen mal los dioses que persiguen los otros.

Se fue con Alá, y aunque sé que se fue mal por eso de la humanidad y la fraternidad unilateral, por la irrupción de su nueva alianza con ese ente arrasador que no es más que un regurgito de una nueva vida pretendida, también sé que perdí por pocos puntos. Por que en su mirada que me pedía hermandad, también vi la duda, las trazas del “vos entendés; sí, vos entendés, entendeme”. Pero yo sólo pude entender que Alá y sus promesas fueron más fuertes que las mías. Yo, que sólo soy un miserable humano. Yo, que sólo pretendía ser piel sobre la piel, sangre sobre sangre, temblor sobre temblor, presente sobre presente.

Se fue con Alá. Vi desde la ventana del departamento su espalda y sus pasos casi seguros alejándose y perdiéndose en el recodo de la esquina. Vi su silueta partiendo sola, pero con los bolsillos llenos de las promesas de su Alá; y cuando se dejaba devorar por el último resquicio, sentí que su dios me arrojaba una mirada con sorna. Después de todo somos todos tan competitivos.

Se fue con Alá, aunque no haya venido con él cuando nos encontramos en el azar ateo de la urbe. Aunque colonizara todos los rincones de mi cama sin dios y con esa sonrisa brutalmente abierta que me cautivó de una y con la piel ardiéndole. Y después me mostrara con recelo, bien poco a poco, sus muchas heridas. Curándoselas cometí el error de sentirme dios, porque al curar uno toca el cielo con las manos. Curándome cometí el otro divino error de sentirme inmortal e imprescindible y bien. No fueron dioses los que encendieron las noches sedientas de desvelo buscándonos en cada hueco, ni las mañanas apurando los despertadores para sellar las mucosas abiertas de sed. No fue Alá quien prohibía el placer ni estipulaba los límites, los espacios ni los géneros. Mientras Alá se mantuvo al margen, éramos dos a encontrar un equilibrio posible. Pero Alá se manifestó con su suspiro arrasador y definió lo factible. Porque Alá es eso que no soy y tiene eso que no tengo.

Se fue con Alá y yo volví a sentirme el más humano de todos los hombres. Y quisiera quitarle los ojos a Alá, porque me arrebató toda la visión del presente. Y quisiera arrancarle todos los dientes a Alá, porque me quitó la manzana en el mismo momento en que la estaba mordiendo con placer. Y quisiera agarrarlo a trompadas a ese Alá hasta que la sangre del inútil combate nos obligue a detenernos para encontrar el justo medio de nuestros dominios. Pero lo que se quiere no siempre se puede realizar. Y yo lo sé.

Se fue con Alá. Vi desde la ventana del departamento mi espalda alejándose y mis pasos inseguros franqueanado el ángulo ciego. Terminé perdiéndome en el recodo de la esquina. Pero yo no llevaba ningún dios en mis bolsillos, tampoco destino.
   

23 de enero de 2011

Túnez y la libertad


Me permito esta otra digresión en el blog, porque me parece esencial opinar y generar opinión sobre los eventos sociales y políticos que acontecen en este mundo que cohabitamos.

Lo que está ocurriendo en Túnez en este momento, y desde hace un mes, es un evento singular, fuera de lo común por su amplitud y alcance. No tengo dudas de que ya es una página del libro de la historia que este pueblo está escribiendo. En este caso no hay USA ni USO oportunista de algún imperio que pretenda imponer democracias por sus particulares intereses, afortunadamente, al menos hasta hoy (huelga todo comentario respecto del tibio silencio francés, que no es más que una verificación de la deneznable y nada social política de derecha del gobierno de Sarkosy).

En Túnez hay más que cacerolazos y corralitos, u obscuras movidas de los barones sindicales que hacen olas para disfrutar de la mejor mano en la baraja socio-política. Hay inseguridad, censura, abuso de autoridad e injusticia desmedidas y, por sobre todo, desigualdad injustificada. Los diez millones de tunecinos, esa inmensa mayoría sin grandes recursos que pactó con el dictador hace dos décadas por un cierto bienestar, dijeron basta a un desplume de recursos imposible de dimensionar. Hay un nivel que rebasó todos sus límites, todos, y que ya nadie puede ni quiere soportar. Me hace bien saber que habrá siempre posibilidad de cambio, voluntad de cambio, que no sólo implica en principio soluciones para unos pocos ni parches aplicados para mantener las estructuras vetustas según convenga a los que detienen y participan en el poder.

No suelo compartir plenamente todas las ideas e inclinaciones de Juan M. Muñoz, pero ésta que apareció hoy en El País me pareció un buen raconto bien asociado con la realidad que yo también percibo desde la comodidad de mi lugar en el mundo. Porque es verdad que la chispa de los grandes eventos muchas veces se enciende con el gesto desesperado de una sola persona, y en este Túnez que se levanta y anda, Mohamed Bouazizi, un joven de 26 años que se cansó de todo y se prendió al cuerpo el fuego del fin, fue el catalizador imparable. Porque a pesar de ese lugar que ocupo, también creo (necesito creer) que la posibilidad de la utopía existe, siempre, a pesar del poder ilimitado de los opresores, los tránsfugas y los oportunistas que le incautan el presente a la gente. Y aunque el nuevo camino a recorrer no será llano ni una línea recta, es el pueblo el que decide su futuro, siempre, cuando se pone de acuerdo para recuperar su presente. Los tunecinos lo están haciendo y les debemos no sólo apoyo, sino también respeto.

De todos los derechos humanos, el de la libertad (en su sentido pleno y real) me parece que es el más difícil de alcanzar.

Alejandro Luque

"La llama que incendió Túnez", artículo de Juan Miguel Muñoz aparecido en la versión en línea de El País el 23/01/2011

Amada Y Hervé

Imágen del sitio Arcadia, Thierry E Garnier


Amada y Hervé
Alejandro Luque


Amaba a Amada,
la abrazaba, la acampanaba, la acanalaba,
las sábanas la adaptaban, acababa.

En ese beber deferente, se es demente,
se fenece, se es hereje;
es meterse, ennegrecerse.

Y, sí:
dimití, fingí sin insistir, sinviví.

Cómodo codón con morbo,
protón solo por tonto.

Su luz súmmum,
su cruz vudú,
uf.

Amaba ese difícil gozo gurú.
Amada es mi otro tuntún.

Amaba a Amada ya plasma,
de frente referente,
viril y mi sibil,
oh dolor monocromo,
tú, pudú.

Ah Hervé, mi otro tú.
Amada ya es desde mi vivir otro rollo, un runrún.


3 de enero de 2011

Crónica De Un Exvampiro


Foto de Hendrike (Wikimedia commons)

Crónica de un exvampiro
Alejandro Luque 


Dejé de ser un vampiro hace más de cincuenta años. Y, contrariamente a lo que podría pensarse, no fue éste un acto voluntario de promoción a la mortalidad; fue, más bien, una especie de error del azar, una mutación en la continuidad del tiempo, el descuido inexplicable de los ángeles inquisidores. La mortalidad con toda su elocuente potencialidad, se posesionó de mi cuerpo como una sanguijuela, si se me permite la paradójica metáfora, y mis venas y arterias se rebalsaron de ese viejo y conocido fluido púrpura tan inmune como débil, que comenzaría a auto-reponerse por el resto de mis días limitando mi existencia como la cuenta regresiva de un reloj que accionará de modo inexorable el mecanismo de la bomba. Por supuesto que este no fue el único cambio que atestiguó mi carne: en el término de unas pocas horas todos los vicios de las anatomías convencionales comenzaron a hacer su exorcismo entrópico. Primero, la profusión de una transpiración febril que corría por todas mis hendiduras, que bañaba impune todas mis superficies lampiñas (creo entender que los cambios metabólicos que devienen en este tipo de renacer, sumados a la batalla de sangres por prevalecer, necesariamente tienen que provocar fiebre), desplazó el rigor de mis colores vetustos; al vómito de cientos de años de una dieta en esencia líquida, siguió la olvidada necesidad de vaciar los intestinos de gases y materia impensada. Según mi experiencia, las entrañas pueden albergar por cientos de años viejos banquetes y otros desafueros orales. Vale aclarar que este acto de evacuación biológica era tan repugnante para mí, que llegó a ser una manía de mi personalidad de vampiro el alejarme de la víctima unos momentos antes de la falla cardíaca, sacrificando algunos embriagantes centímetros cúbicos de la ansiada bebida a cambio de no asistir a ese desagradable, oloroso y último vaciamiento que habría de rubricar su fin inmediato. Luego los dolores internos, de los huesos y de los músculos reviviendo y gritando el estertor de su código apocalíptico, confirieron a mi sombra recién parida una danza de contorsiones asombrosas, similares a las que mi cuerpo ejecutó durante mi nacimiento como vampiro. Ningún dolor en el mundo es comparable al que un vampiro siente cuando se vuelve humano.

Los vampiros no sienten dolores internos porque los límites físicos hacia adentro y hacia afuera (por decirlo de alguna manera) los configura su piel. Ni siquiera las heridas profundas, que pueden requerir un tiempo considerable para reconstituirse, producen algo más que simples comezones debidas a la presencia del aire en los espacios vacíos. No, no hay dolor pero sí emociones concentradas en un punto. Curiosamente, el campo emocional de estos seres nocturnos está limitado a sus ojos: específicamente al cristalino del izquierdo. Todo lo que siente un vampiro, lo que obtuvo de sus experiencias y las de sus víctimas, está ahí. Pero volviendo a la transformación, junto con la aparición de la sed y el hambre –sensaciones antiguamente conocidas, especialmente la primera–, devino la fatiga y la necesidad de dormir en cualquier lado. Esto último podría parecer una nimiedad descriptiva si no se considera que el fin de mi inmortalidad aconteció en plena noche cerrada, entre las tres y las cuatro de la madrugada. Por instinto, no comí ni bebí; de todos modos, como se puede predecir, no es del todo común encontrar en la morada de un vampiro algún tipo de elemento de consumo con el que satisfacer las demandas de un mortal advenido. Pero el sueño implacable se me había adherido sin que yo pudiera hacer otra cosa que no fuera cobijarme, en contra de cualquier principio o costumbre, en su manto hipnótico. Así es que, por primera vez en poco más de dos siglos, tuve que ofrecerle mis párpados a la noche y entregarme a las garras tortuosas de los ángeles inquisidores que se lanzarían inclementes sobre mis ojos enceguecidos e inservibles, desgarrándolos con brutalidad para robarles su tesoro en complicidad con el amanecer.

Como vampiro, cualquiera podrá imaginarlo, tuve la oportunidad y el tiempo de aprender muchas cosas. Privado inevitablemente de canalizar el placer carnal por la acostumbrada vía del sexo de los mortales, un vampiro se convierte en el exegeta de las emociones propias a través del orgasmo en el otro, de la entrega total e incondicional del otro, y ese es el alimento de los seres de la noche. La inmortalidad no sólo da tiempo para cultivar las artes en su más sutil manifestación: he conocido colegas que desplegaban su maestría de seducción actuando como meticulosos y increíblemente fieles espejos que reflejaban lo más preciado de sus víctimas, quienes terminaban rendidas a los pies de su propia imagen virtual sin comprender que ese rito desenfrenado de amor al ego no significaba otra cosa que una sumisa entrega de las preciadas "yugulares a los colmillos" sedientos de su virtuoso victimario. Aunque vale la pena aclarar que eso de los “colmillos” y las “yugulares”, entre otras graciosas y ocurrentes variantes atribuidas al comportamiento de un vampiro, constituye un mero símbolo romántico, mito de otras épocas; ontogénicas confusiones que han cristalizado en la tradición de los humanos temerosos, cuyo origen bien pudo haber sido la evaluación de los hechos de cualquier improvisado poeta o relator queriendo generalizar, desde el modus faciendi ciertamente extrovertido e incauto de un determinado vampiro en la historia, la etología de todos los vampiros que pudieran existir. A modo de ejemplo, tuve la oportunidad de conocer a un ser exquisito de nombre Fedra cuya perfección artística producía una devoción tal en sus víctimas, al punto que ellas mismas abrían las venas de sus muñecas o se volaban la tapa de los sesos ofreciendo un brindis a ultranza que inmortalizara el clímax emotivo que Fedra había sabido prodigarles. El perfil conservador y prolijo de la personalidad de Fedra quedaba firmado en beber sólo la sangre atrapada (por sencillas leyes físicas) en los vasos expuestos de los cuerpos ofrendados, y en escribir, a continuación, suculentas cartas de despedida, justificación o reclamo (según el caso, el entorno y los deudos), plagiando a la perfección la letra y el estilo de su compañero recientemente suicidado. Algunos otros vampiros, menos románticos o más prácticos, solían reprender la actitud de Fedra, acusándola de profesar un obsesivo virtuosismo a expensas de negligentes derroches. Ella argumentaba que su naturaleza reservada le exigía no dejar la menor pauta de su presencia en el mundo de los mortales y que, por ello, consideraba el derramamiento de sangre de sus víctimas no como un derroche sino que, por el contrario, lo concebía como un ahorro de energías que otros “desenfrenados exhibicionistas gastan en huidas por persecuciones muchas veces peligrosas y casi siempre innecesarias, poniendo en peligro la integridad de la especie o, sencillamente, exponiéndola al ridículo”. El debate podía proseguir por años sin que Fedra lograra deponer su actitud que, por cierto, yo admiraba.

El desarrollo del arte como una herramienta de trabajo no es el fin en sí mismo para un vampiro. En extensas charlas con vampiros de diversos orígenes, convenimos que la sensación de eternidad, cuyo silencio inconmensurable identifica al acto mismo de aprehensión de la inmortalidad como parte del ser, moviliza (esto debe entenderse en términos de vampiros tipo) a incursionar en aquellas manifestaciones artísticas que resulten sucedáneos poderosos para esos estados difíciles de sobrellevar con ecuanimidad. Es fácil caer en el facilismo de ufanarse de la inmortalidad como una ventaja o, en contraposición, maldecirla como un tormento insoportable, ya que cualquier vampiro conserva y, en ocasiones de incontinencia emotiva, hasta estereotipa sus innatos vicios de inconformista. Esta sensación de uno-en-lo-eterno como experiencia ineluctable de los vampiros es lo más parecido al orgasmo en los mortales: se percibe como un latido de energía in crescendo, una pleamar de poder cuyo epicentro yace en las mismas periferias de su cristalino izquierdo. Luego de un proceso de re-acomodación y adaptación, el vampiro aprende a hacer uso y a desplegar a voluntad esta fuerza capaz de lograr lo imposible en su entorno. Por eso, lo que empezó siendo la necesidad de cultivar una habilidad capaz de diluir tan imponderable sentimiento, terminó transformándose en el alter ego del vampiro: la atracción fatal de sus víctimas y su propia consumación como victimario.

La fuerza vital para el vampiro, entonces, no es algo externo como una presa sino, y más bien, el arte desplegado para aprehender lo que en ella pudiera estar contenido. Tales apropiaciones sumadas en el tiempo se transforman en una perla de saber cultivada por siglos de denodado esfuerzo, de obligada evolución y soledad, de incansable intento por sublimar la inmortalidad que a uno lo acecha; es el poder eternamente invaluable que habita los ojos del vampiro, cuyas pupilas dilatadas por las infinitas noches dejan que aflore a la vez que regulan su flujo portentoso hacia el mundo. Tal despliegue de energías incomprensibles, considerado por los humanos comunes como un fenómeno oculto, debe ser celosamente resguardado de la luz del día. La luz, inclemente como el tiempo que no deja de transcurrir, impide al vampiro apreciar la claridad de una mañana: si por un descuido (cosa poco probable para los ritmos estrictamente circadianos de estos seres) la luz del día sorprendiera a un vampiro, este quedaría delatado como un haz de luz azul en forma de cuña. Esta es la señal únicamente percibida por los ángeles inquisidores quienes, una vez renacidos en el horizonte como brotes de los rayos solares, no desperdiciarán la oportunidad del encuentro para arrebatar el único tesoro y la fuente de vitalidad que las criaturas de la noche poseen. Los ángeles se precipitarán, entonces, sobre sus víctimas enceguecidas y con las uñas de sus alas les desgarrarán el párpado izquierdo, dejando al descubierto el ojo que, incapaz de contener la fuga de saber, se irá secando y consumiendo al igual que el resto de su cuerpo para desaparecer de la faz de la eternidad sin que quede de él huella alguna. Toda la conciencia de la experiencia acumulada y cultivada por siglos en un vampiro que llegue a ser robada por los ángeles inquisidores, no sólo les servirá como fuente de embellecimiento y sabiduría (que por sí mismos son incapaces de alcanzar) sino también, y como resultado de la transferencia de esa energía desde un plano a otro, permitirá que uno de ellos encarne un cuerpo mortal en gestación, el cual les servirá de instrumento para poder ejecutar su designio último: desterrar, por cualquier medio posible, las manifestaciones artísticas del hombre en su tiempo. Cualquier vampiro lo suficientemente longevo se estremecerá al escuchar nombres como Nerón, Atila, Cortés, de Torquemada, Menguele o Bush. Y es únicamente en esos momentos afortunadamente escasos, cuando perciben al unísono en sus conciencias la desaparición de uno de los de su especie, que los vampiros pueden derramar una solitaria lágrima desde sus ojos izquierdos: porque a los vampiros les está vedado llorar en cualquier otro instante de su eternidad.

Pero, claro, alguien se preguntará a esta altura del relato cómo fue que dejé de ser un vampiro y escapé de las garras de los ángeles inquisidores. Como lo avancé, fue el producto de un error impensable e involuntario que aconteció a la saga a la que pertenecí. Fedra me había advertido varias décadas atrás sobre las nuevas tecnologías y su poder de transformar y recrearlo todo, y que por eso debíamos mantenernos lo más alejados posible de ellas. Pero yo, como vampiro poco ortodoxo, siempre quise fundirme lo mejor posible con mi entorno, y poco caso hice entonces de su consejo. Quien iba a ser mi futura víctima –estábamos en pleno apogeo de seducción– me ofreció lo que en aquella época se denominaba un smartphone para poder comunicarnos mejor. Acepté el regalo sin mayores concesiones, ya que sabía que la noche póstuma se acercaba. Desde el principio me inundó con frases escritas casi en clave, y hasta con fotos de su trabajo –era un joven director de cortos. Aquella última noche recibí un mensaje con un video adjunto. Curioso, cuando lo abrí, apareció en la pantalla del aparato un mar turquesa y una luz verdosa que manaba desde un punto en el horizonte. Quedé petrificado frente a esa imagen vívida que adquiría tonalidades cada vez más cálidas. Mis ojos comenzaron a vivir el más magnífico amanecer sobre el mar que se pueda imaginar, sobre todo para un vampiro. Y como suele suceder con las cosas que nos superan, no pude reaccionar. Mi piel recibió sin comprender los rayos virtuales del sol naciente, mis pupilas se contrajeron y mi cuerpo comenzó a afiebrarse anunciando su fin. Sin embargo, ese amanecer que me abofeteaba con una calidez desmesurada no era real, por lo que el proceso de mi delación por la luz tampoco lo fue. Lo que desencadenó mi renacimiento como humano en los términos excepcionales que antes describí y la burla a los ángeles inquisidores.

Hoy ya estoy viejo, solo y decrépito. Todo el saber que no perdí luego de mi transformación pronto se diluirá en el olvido de la muerte humana cuando mi corazón deje de latir. No volví a verme con los de mi antigua especie ni con el joven director. Me vi obligado a re-aprender el oficio de amar, que me parece el sentimiento más cercano a la inmortalidad; pero como con ella también supe que tiene un límite. De mi vida de vampiro sólo me quedaron los vicios de pasar largas noches en vela que se terminan indefectiblemente con amaneceres tan indescriptibles como impensables. Durante muchos años después de aquella terrible mutación, solía besar con un desmedido descontrol los cuellos de mis amantes quienes parecían explotar de placer. Hoy ya no, por muchas razones y por ninguna. Me alejé de toda tecnología por madurez, y cada noche en vela no puedo dejar de pensar que nadie lloró por mí cuando dejé de ser un vampiro. Y mi última condena es saber que nadie derramará una sola lágrima cuando deje de ser humano, ni siquiera yo.



20 de diciembre de 2010

Introducción A Un Holoensayo Encontrado En Una Microgota De Memoria

Fotomontaje del biologuero  

Introducción a un holoensayo encontrado en una microgota de memoria

Alejandro Luque


A A. I. A., porque nuestras tortugas se lo merecen. 

¿Cómo puede ser que alguien le regale a alguna persona una tortuga de dos pesos? En realidad, la vida de cada uno es tan compleja que valdría una holonovela o, de lo contrario y dicho protoliterariamente, el limbolvido de las cosas relatables. O quizá, por qué no, un biorelato que a partir de un detalle sea capaz de recrear un oligouniverso. Como se aclararía en la época de los hechos, “el lector sabrá juzgar”, porque si del bioescritor se trata, cabe avanzar que soy, que es, que sería de los que son capaces de regalar una tortuga de dos pesos.

Para definirlo bastará con decir que el susodicho escritor de este holoensayo pertenece a ese tipo de tipos que se convencen de mucho por poco, y que por ese poco –aunque de poco no tenga nada– abandonan mucho. Pero de él no se trata este relato, porque posicionarse demasiado sobre sí mismo, como advertirían ciertos junguianos ávidos del lcd protoidentitario consumido en aquel entonces, quita la libertad del trip intrínseco. Tómese al tipo en cuestión como una excusa, una pieza del intrincado mecanismo que genera la cinemática de las historias en nuestras mentes, un evento necesario, el canal del útero por el que el relato de la tortuga verá la luz. En realidad, y en resumidas cuentas, yo soy, es, el tipo sería bastante femenino, calificativo que debe tomarse como neutro y no despectivo, y sobre todo como personaje matriz, por esa cuestión que pare tortugas como regalo… pero ese tema de la feminidad y de los partos es otra historia.

Esta tratará de explicar, si alguna explicación fuera necesaria, el por qué de su gesto de regalarle una tortuga de dos pesos a alguien. Sí, es verdad: urge dar algún dato de ese alguien. Pero, y por sobre todo, habría que evitar que la subjetividad se filtre en el relato para que éste produzca en el lector un mejor efecto. ¿Acaso hay alguna duda de que un buen (bio u holo)relato debe, por sobre todas las cosas, (ex)poner al lector frente a sus propias (im)posibilidades? No. Al contrario de un mal relato, como los que suele escribir este tipo, y que logran un único y poco redituable objetivo: que el lector se pierda en vericuetos sin importancia por lo ajenos; al contrario de eso digo, se dice, se diría, vale decir que el buen relato se aleja y enajena del propio narrador para convertir al lector en el único héroe factible que derribará al que cuenta y recuenta hasta que se vuelva transparente, inexistente, una brisa y nada más. Que no deje de decirse que quien escribe no vale más que lo que el lector logra revivir en su cabeza. O sea que si existe algún tipo capaz de regalarle una tortuga de dos pesos a alguien, sólo puede hacerlo porque el lector –amo plenipotenciario de las imágenes que decide albergar por debajo de sus meninges– se lo permite. Cada uno decide consumir lo mejor cuando lo mejor se le ofrece. Un buen relato es un buen nutriente, un mal relato deja pesadez, malhumor y, luego, nada. 

Algo así como el desmesurado apetito por lo banal, lo que yo denomino, lo que se denomina, lo que valdría la pena nominar como “realityísmo”, moda felizmente extinta en este nuevo decenio.  Entonces, el lector –en este caso el paraveedor o transvivenciador– se veía hipnotizado por una serie de eventos burdos y sin mayor profundidad que lo convencían de que en eso, en el fondo de lo que consumía, había algo realmente bueno. Las incontables muertes cerebrales registradas en aquel entonces me dan a entender, nos dan, darían a entender el porqué de la hambruna intelectual del siglo pasado que casi diezmó la población pensante ávida de abrirse las venas frente a sus pantallas (del internetsms: yuPñiko, y del antiguo rescatado, chup-ete lect-ron-ico). Pero esto también es otra historia que no tiene nada que ver con el tipo que regaló a alguien una tortuga de dos pesos.

De la persona receptora se sabe poco, o poco quiero, se quiere, se querría contar. Hay un escán en pobre color CNK, que huelga decir que es un abuso innecesario y ancestral de información en dos dimensiones, y que me convenció, que convence, que convencería de que se trataba de alguien poseedor de algo especial. Especial, digo, se dice, diríamos por eso que llamaban sonrisa. Es verdad que una sentencia que incluye el calificativo de especial nos vuelve a acercar al nimbo del mal relato. Sin embargo, la impresión de esta persona en el cubo holográfico que poseo, que se tiene, que tendríamos para verificar la vetusta digitalización, no deja lugar a dudas de que la receptora en cuestión debió ser alguien particular para el donante, ya que el dicho escán habría sido visto por millares de personas  interconectadas por pantallas inexplicablemente inertes. En la imagen se ve una hilera de dientes que, curiosamente, unos labios bordan sin reparos a pesar del pixelado, detalle injustificable en nuestros días. De fondo se ve una estructura fálica escasamente iluminada y de una altura considerable, que corta la imagen en dos. Al costado, a la izquierda virtual, aparece el donador, que me veo, que se ve, que se vería un poco en escorzo, por lo que  difícilmente antropogenerable por el cubo. La persona receptora, aparte de su sonrisa, conserva un misterioso objeto transparente en sus manos que no me permiten, no permiten, no permitirían ni su identificación ni una mejor recreación del momento.

En todo caso, los nanholoperitos reportan que en el lugar en cuestión, el volumen de una tortuga no más grande que un pulgar, pasó de mis manos, de unas manos, de las posibles manos del donante a las de la persona receptora, bajo los preceptos del antiguo ritual que todos hoy conocemos. Nada en la imagen permite asegurar lo que sé, lo que se sabe, lo que habría pasado. Sólo queda la traza de esos labios que bordan con amplitud sendas hileras de dientes, un objeto indescifrable que sostiene la receptora, el falo divisorio al fondo, y mi figura, esa figura, lo que de seguro es la figura escorzada del donante.

Sin embargo creo, se cree, sería razonable creer que el curioso mito de regalar una tortuga de dos pesos, de no haberse originado durante ese encuentro, debió de ser uno de los primeros en aquellos tiempos pretéritos. Tiempos en los que me encontré, en los que el donante se encontró, en los se habrían encontrado estos dos personajes, de los cuales la persona receptora manifestaba la notable cualidad de unos labios que bordaban una blanca e inexplicable sonrisa, y el donante perpetraba este mito, base de nuestra cultura, que ofrece en el símbolo de la tortuga perseverancia y sabiduría. Génesis de este mito que intentaré, se intentará, intentaríamos desarrollar en el holorelato que sigue basados en los detalles de este registro único que poseo, poseemos, hoy se posee.

25 de noviembre de 2010

El SIDA y nosotros / Le SIDA et nous / AIDS and US



Foto del biologuero

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Le mauvais goût n’est-t-il pas de montrer les détails de l’intimité…
… mais plutôt de fermer les yeux, de jouir impunément et de faire n’importe quoi.

Utilise-le, exige-le et fais-le perpétuer. 
Au jour d’aujourd’hui il n’y a plus d’excuse pour que le SIDA continu à se parsemer hors d’une capote.

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Bad taste is not showing intimacies details…
… but shutting the eyes, impunibly getting off and doing whatever.

Use it, ask for it and perpetuate it. 
Nowadays, there is not longer excuse for AIDS to spread outside of a preservative.

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